10 Un grito de auxilio
Un grito de auxilio
El padre Aquiles rechazó su ayuda y se quitó la casulla con gesto ágil y un tanto descuidado.
Como al cura le gustaba llevar el cabello más largo de lo que la rectitud del cargo le exigía, su flequillo se transformó en copete, extremo del que ni siquiera llegó a darse cuenta.
Ismael tuvo que reprimir el impulso de peinarlo con las manos y se limitó a colocar la prenda en una percha forrada de satén blanco que colgó en el interior del armario.
Mientras lo hacía, pensó en la lectura elegida por el sacerdote, así como en la homilía que vino después.
El padre Aquiles tenía una vena apasionada que se plasmaba en su predilección por el Cantar de los Cantares .
Los discursos que ensalzaban las virtudes del amor carnal entre el hombre y la mujer provocaban el enojo y la incomodidad de sus feligreses más píos, aunque el cura se mostraba ajeno a ello.
Ismael admiraba su valor y su determinación casi tanto como la intensidad de su fe. En realidad, envidiaba su fe.
—Sé que es lo que se espera de un seminarista, pero de verdad que no hace falta que seas tan sesudo. Algo de diversión no te vendría nada mal —dijo el padre Aquiles forzando una sonrisa traviesa—. He visto a una moza entre el rebaño que no te quitaba el ojo de encima…
—Ha debido correr la voz del tono de sus sermones —respondió Ismael para seguirle el juego. Aun así, supo a quién se refería el sacerdote: la presencia de Alba Lorenzo, sentada en el último banco de la capilla, también había captado su atención y despertado su curiosidad.
—Entonces me apuraré por si la joven quiere hablar conmigo…
—Déjelo ya, padre. Me rindo. Tan solo es la hermana de una amiga.
—No te he pedido explicaciones —alegó el sacerdote levantando las manos en son de paz—. Tranquilo, ve a saludar a la joven. Terminaré de cambiarme yo solo —y, al despojarse de la túnica, el flequillo volvió a colocarse en su sitio.
Alba le esperaba a la puerta de la capilla.
Tenía una expresión taciturna, más severa de lo habitual en ella.
Antes de que entablasen conversación, Ismael ya intuyó que algo le había sucedido a Mina.
Ambas hermanas pertenecían al Bando de la Magdalena y jamás pisarían la capilla de San Roque, si no fuera estrictamente necesario.
Los bandos se tomaban su rivalidad muy en serio.
—¡Qué sorpresa tan agradable, Alba! No contaba con verte por aquí —dijo haciendo un gesto hacia el templo.
—No es una visita de cortesía, Ismael —le respondió la muchacha, dando rienda a sus peores temores.
—¿Le ocurre algo a Mina?
Alba le miró de frente y, por una vez, Ismael no encontró ni pizca de la fortaleza que acostumbraba a ver en ella.
Se asustó. Mina Lorenzo había sido su mejor amiga desde niña.
Durante un tiempo creyó que podría serlo todo: su novia, su esposa, el amor de su vida…
Sin embargo, tal grado de devoción no había sido suficiente para Mina.
Ella no le amaba y nunca lo haría. Aceptarlo, resignarse y encontrar un nuevo sentido a su existencia era lo más difícil que había hecho nunca.
Rezó hasta el agotamiento, hasta que las palabras perdieron sentido, para que el seminario le ayudase a olvidarla. Aún no lo había conseguido del todo.
Se alejaron de la capilla para poner distancia con los últimos fieles que campaban por allí sin otra finalidad que el chismorreo.
Caminaron por las calles tapizadas de piedra, dejando atrás la plaza de San Roque, hasta alcanzar los muros del viejo torreón medieval.
A los pies de la atalaya, la hermana de Mina se detuvo y elevó los ojos hacia el cielo.
Llanes se había acostumbrado a sus cielos grises y encapotados, pero esta vez se mostraban como un fiel reflejo de las emociones de Alba.
—Ojalá pudiese hablar con libertad, sin estar amarrada por el peso de las palabras, por el peso del miedo…
—se atrevió a decir la muchacha tras un largo silencio.
A Ismael le sonó poético, como un salmo del Cantar de los Cantares que poco antes había recitado el padre Aquiles, aunque no sirvió para despejar sus dudas—.
Mis padres no deben saber nada de lo que ocurre o el dolor los destrozará.
Los matará. Eres un hombre bueno y siempre has querido cuidar de Mina.
Supongo que deberá bastar con eso… No tenemos nada más —añadió sombría antes de superar sus últimos recelos.
Luego le contó todo lo sucedido y lo que ella pretendía de él.
Ismael la escuchó y pensó que, si con «eso» hubiera sido bastante, él sería el prometido de Mina y no un aspirante a sacerdote de vocación más que dudosa. A pesar de ello, estaba dispuesto a hacer cuanto estuviese en sus manos para ayudar a su primer y único amor.