9 La prueba
La prueba
Mina se atusó un par de veces los mechones de cabello y les buscó acomodo tras la oreja.
Enseguida supo que la suya iba a ser una ubicación efímera: ese día su melena mostraba una rebeldía contraria a ella.
Los nervios y la angustia la consumían por dentro y la cháchara de Alba —más emocionada que otra cosa— tan solo conseguía empeorar su maltrecho estado de ánimo.
La joven se sentía atrapada en una especie de purgatorio en vida.
Las hermanas Lorenzo caminaban a la par, aunque era Alba quien tiraba de ella agarrada de su brazo.
Al final de la calle, a unos cincuenta pasos de distancia y dejando a la izquierda el puente y la ría, ya se distinguía el inmueble que cubría de buganvilla sus muros de arenisca y hacía las veces de escuela.
El cariz inexorable que adquiría su destino le provocó una intensa náusea en la boca del estómago.
Cerró los ojos y trató de contener la arcada, pero al instante comprendió que apenas le quedaba tiempo para esconderse.
Más pronto que tarde, tendría que enfrentarse a las consecuencias de su infamia.
—¡Mira, Mina! —exclamó su hermana—. Don Mauro acaba de asomar la cabeza por la puerta. Debe de estar tan nervioso como tú. ¡Qué par de tontos! Con todo lo que habéis estudiado…
—No es tan fácil como supones… —le reprochó cortándole el discurso en seco—. Si lo fuera, todas las mujeres serían maestras, ¿no crees? —Estaba siendo injusta con su hermana, pero ya no podía soportar su entusiasmo ni un solo instante más.
Alba se paró en seco y la observó extrañada: algo le ocurría a Mina y no sabía qué. Lo mejor sería dejarlo pasar: no era momento para preguntas ni reproches. En la puerta de escuela, Mina se deshizo del brazo de su hermana con prisa y se giró para enfrentarse a ella:
—Vete a casa; no hace falta que me esperes…
Mina sonó arisca, casi descortés, aunque fue la lividez de su piel y su andar vacilante lo que acabó de convencer a Alba de que algo no iba bien.
—No, no me voy. Siempre dijimos que te esperaría hasta el final. Quiero ser la primera en saber cómo te han salido las pruebas.
Alba quería abrazarla, colmarla de los mejores deseos e intenciones, pero Mina se alejó de ella sin volver la vista atrás.
Mientras avanzaba, paso a paso, hacia el lugar que custodiaba su destino, la vida se precipitó sobre ella, como suele suceder tantas veces, para cerrarle el futuro de golpe en las mismísimas narices.
Mina se dobló sobre sí, se encogió dolorida y, apoyando una mano en la pared, vomitó el desayuno: una plasta de gachas de maíz mezclada con una buena dosis de bilis, fracaso y miedo, que dejó un olor acre en el ambiente.
Su hermana la contempló perpleja, incapaz de moverse del sitio: el peor de los temores le había amarrado los pies al suelo.
Sin embargo, pese a sentirse paralizada, las palabras se le escaparon solas, como si pretendiesen buscar un sentido a lo ocurrido:
—¡Dios mío! ¿Qué has hecho…?
Mina se puso en pie con esfuerzo y halló respaldo en la pared de flores.
Las buganvillas nimbaron su hermoso rostro y, por un instante, se pareció a una ninfa virginal.
Pero ya no lo era, no; ni ninfa ni virginal.
Lo ineludible de esa certeza y sus consecuencias sacudió a ambas hermanas a la vez con la fuerza de una bofetada.
—Me quiere. Se casará conmigo —afirmó empecinada, cuando apenas comenzaba a asumir lo ocurrido. Ya no habría pruebas, ya no sería maestra, ya no habría un futuro diferente y mejor para ella. Imaginó la decepción en los ojos de don Mauro y el dolor se le hizo insoportable.
«Eso no es lo que yo quería para ti», se dijo Alba al contemplar el vómito, el maldito delator que cambiaría la vida de Mina para siempre.
—¿Te lo ha pedido? —le preguntó angustiada. Tener que renunciar a un porvenir más próspero era una lástima, pero su hermana podía verse abocada a un futuro mucho peor. No quiso ni pensarlo.
—No… —respondió Mina abatida, y ahí se le acabó la voz.
No encontró los términos, las palabras, ni siquiera el llanto y los gritos que pudieran expresar la desolación que sentía.
Tampoco pudo explicarle a Alba que no sabía dónde estaba Mario, que ignoraba qué razones lo alejaban de ella.
Solo le quedaba el silencio, así que decidió amarrarse a él.
Al silencio y a las certezas grabadas con tinta en su corazón.
Pese a que aquellos restos de tinta fuesen cada vez más delebles.