El silencio de la casa azul 8 Ausencias
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—Nunca había conocido a nadie como tú. Eres tan hermosa… —dijo Mario mientras las olas lamían sus pies descalzos.

El cortejo de Melgar estaba compuesto por una retahíla de frases trilladas y breves poemas de versos desparejados que loaban la belleza y los encantos de Mina.

Ni siquiera tenía que improvisarlo; ya lo había ensayado antes con otras.

Aunque a Mina, tan ingenua e inexperta en los lances del amor, le sonaron a gloria y elevaron su espíritu por encima de la arena que los sostenía y hasta del mismísimo mar.

—No quiero tener que separarme de ti —musitó Mario, que ya pensaba en la despedida—.

Me gustaría quedarme contigo para siempre…

—Acarició su rostro con la punta de los dedos y la atrapó con una mirada brillante de emoción, decidido como estaba a desplegar todo el velamen con la esperanza de seducirla.

Al fin y al cabo, no tenía tiempo que perder. Se iba.

Mina se arremangó la saya y se adentró un poco más en el agua.

Necesitaba tomar distancia de él, alejarse aunque solo fuera unos centímetros.

Apenas sabía leer entre líneas cuando se trataba de hombres; no con la misma certeza con que entendía las matemáticas y que ahora necesitaba para poder avanzar en la relación.

¿Qué quería decirle cuando hablaba de estar juntos para siempre?

¿Se refería al matrimonio? ¿A formar una familia con ella? ¿Qué podía ser, si no?

Como si pretendiese advertirla de lo errada que estaba, el cielo comenzó a llorar por ella.

Era una lluvia de verano, cálida y ligera, pero Mario la cogió de la mano y echaron a correr.

La playa ascendía formando unas dunas guarecidas por una maraña de juncos y plantas de litoral.

Al fondo del arenal, donde ya lo derrotaba la vegetación, había una cabaña olvidada: una casita de pescadores vencidos por las fatigas de esa vida miserable que Mario quería dejar atrás.

Los viejos tablones que conformaban sus cuatro paredes estaban desgastados por el viento y la sal.

Mina los tocó antes de entrar: la arena se mezclaba con los nudos de la madera dejando un poso de efímera historia sobre la superficie.

Se le erizó el vello en los brazos y quiso pensar que era un efecto de la lluvia que ya se derramaba con fuerza.

La pareja se resguardó del aguacero en la cabaña, cuyo interior olía a cerrado, a salitre y humedad.

El calor de principios de septiembre se había condensado en la estancia, otorgándole una atmósfera brumosa y un tanto irreal.

Mario se desabrochó poco a poco la camisa mojada y, de espaldas a Mina, se despojó de la prenda.

La musculatura de su espalda se tensó al hacerse más profunda su respiración.

Se dio la vuelta y, muy despacio, como un cazador que acecha a su presa, se acercó a ella.

Acarició su pelo y deslizó la mano hasta que sus dedos rozaron la piel del cuello.

Vigiló cada reacción de Mina, seguro de que en eso consistía parte del placer.

Supo, con una certeza que nacía de la experiencia, que la había conquistado, que la joven estaba vencida.

—Mario, ¿tú me amas?

Él le dijo las palabras que quería escuchar; las palabras que necesitaba escuchar. Si las circunstancias hubiesen sido diferentes, tal vez le habría concedido más tiempo. Tal vez se habría esforzado en ser más sincero. No era el caso ni el momento de pensarlo.

La condujo con suavidad hacia el catre situado en un extremo de la estancia: un lecho desvencijado cubierto con una manta mullida que él mismo había tenido la precaución de colocar.

Ella no reparó en nada de eso. Tampoco la dejó pensar.

Colmó sus oídos de halagos y su cuerpo de sensaciones.

Mario sabía que ella era una buena chica y que, si se detenía, si vacilaba un instante, no volvería a avanzar.

No obstante, notó una punzada de remordimiento antes de continuar, pero los remordimientos solo servían para amarrar a los mediocres.

La desechó y se dejó llevar por el instinto, tan poderoso que decidió por los dos.

Cerró los ojos y, sin hallar oposición, se entregó hasta el fondo.

Mina Lorenzo se convertía así en otra muesca que tallar en el tablón de la pared y en su memoria.

* * *

Desde su último encuentro en la cabaña de la playa, Mina no había vuelto a saber de Mario, y la distancia que había entre ambos creció y se transformó en una pesada losa que debía cargar sobre su espalda.

Cada día se esforzaba en ponerse en pie, en enderezarse, pero el peso de esa lápida de silencio derrotaba todos sus empeños.

En contraste con la sensación de soledad y vacío, su cabeza era un hervidero de dudas y vacilaciones, de preguntas sin respuesta y de crueles reproches para sí misma.

El maremágnum de emociones que la consumía por dentro le provocaba un cansancio mental que llegaba a ser tan físico como enfermizo.

Pese a intentarlo con todas sus fuerzas, apenas lograba disimular aquel malestar ante su hermana.

Alba se arrimó a la cama que compartían cada noche y le plantó un beso en la mejilla.

El suyo era un gesto que el tiempo había convertido en costumbre: un beso de despedida cada mañana, casi de madrugada, antes de irse a trabajar.

Lo normal era que Alba recibiera un abrazo de Mina a cambio; su hermana tiraba de ella y la arrojaba sobre las mantas, devolviéndola al calor del lecho y a sus brazos.

Pero esta vez no hubo respuesta: Mina no se sentía con ganas de jugar.

Había descubierto que el albor de un nuevo día traía consigo las horas más oscuras del alma.

Decaída, se limitó a darle la espalda para buscar cobijo entre las sábanas.

Y se atrevió a rezar, pese a saberse indigna de ello.

Al menos, en las plegarias hallaba algún consuelo.

Alba se detuvo a los pies del lecho y la observó preocupada: hacía tiempo que la notaba esquiva, que apenas la miraba a los ojos y estaba más sensible y distraída de lo habitual en ella.

Se preguntó si sería culpa de los nervios, de la angustia por las pruebas que debía superar para poder cursar los estudios de maestra.

El bueno de don Mauro la había ayudado a prepararlas y, durante varias semanas, Mina solo se había dedicado a estudiar y a emborronar cuaderno tras cuaderno.

Puede que al final perdiese parte del impulso; nada de extrañar.

Desde luego, ella no dudaba de la capacidad de su hermana y sabía de la lucha que mantenía consigo misma; batallando a diario con la presión de su propia exigencia, lo que podía resultar agotador.

Decidió dejarla dormir sin más zarandeos ni más bromas.

Al fin y al cabo, también ella tenía que afrontar sus retos: una vida diferente, una nueva vida que había comenzado en el mismo instante en que dijo adiós a su antiguo empleo.

Tras lo ocurrido en el palacio del marqués de Posada, Alba se acostó con la ansiedad pegada al cuerpo.

Durante el duermevela, plagado de delirios, tomó la determinación de que no regresaría allí jamás.

Pero abandonar su trabajo de una manera tan repentina la obligaría a dar alguna explicación a sus padres y no quería hacerlo.

A la mañana siguiente, la vigilia había trazado surcos de fatiga alrededor de sus ojos.

Apartó las mantas con desgana y, al incorporarse, sintió un intenso dolor en los brazos.

Las garras del heredero, un lobo con falso pelaje de grande de España, le habían dejado marcas más profundas que la equimosis que afloró a su piel como signo del ultraje.

Se puso en pie despacio y, sin despertar a su hermana, se dirigió a la cocina.

La casa olía a leña quemada y a gachas de maíz recientes.

Cuando entró en la estancia, su madre removía el desayuno en un puchero de barro.

Su padre, sentado a la mesa, aguardaba paciente a que estuviera listo.

Los dos mantenían un silencio taciturno, impropio en ellos, como si fueran un par de adivinos que hubiesen vaticinado las malas noticias.

—¡Alba! —exclamó su padre al verla detenida bajo el dintel de la cocina.

—¡Alba! —repitió su madre que parecía afligida—. Hija mía, ¿cómo no nos dijiste nada ayer? Ha tenido que venir la chismosa de Asunción a contarnos lo ocurrido… ¡Madre de Dios, qué desgracia tan terrible! —Añadió persignándose deprisa.

Alba frunció el ceño con extrañeza. No era capaz de entender las tribulaciones de su madre y, menos aún, que Asunción Ortiz, su vecina más cercana, estuviera informada de lo sucedido la noche anterior en casa del marqués de Rivero: a saber qué se había inventado el maldito don Íñigo.

No podía ser más ruin. Abrió la boca para responder, pero se calló.

Ignoraba si debía exigir explicaciones o quizás ofrecerlas. Su madre la sacó de dudas al decir:

—Cuentan que la marquesa encontró a su marido arrodillado en el reclinatorio de sus aposentos. Tenía las manos cruzadas con tanta fuerza que no pudieron arrancarle el rosario de ellas…

—La avaricia de doña Tecla es más fuerte que su fe. Le cortará una mano al difunto antes que permitir que lo entierren con la ristra de perlas —rebatió su padre con inquina.

Alba se tomó unos segundos para encajar el significado de la conversación. Solo fue capaz de hallar una razón a tanto desvarío:

—El marqués ha muerto… —dijo, pero cada una de las cuatro palabras de esa afirmación sonó a pregunta.

Su madre asintió confusa. Su padre arrugó las cejas y, con un ademán del brazo, la invitó a sentarse a su lado.

—No lo sabías… —aventuró su madre mientras servía las humeantes gachas de maíz; primero a su esposo y luego a Alba.

El vapor que desprendían las fariñas le removió el estómago.

La primera ocurrencia que tuvo fue que don Íñigo era el flamante marqués de Posada.

¿Cuánto daño iba a hacer un ser tan cruel con el poder que le confería el marquesado?

Su única respuesta fue que debía alejarse de él, apartarse del camino del marqués si quería mantenerse a salvo.

—No, no lo sabía —reconoció—. Debió de suceder después de irme…

—Anda, apúrate con el desayuno, hija —la apremió su padre—. Van a necesitarte en el palacete.

—No voy a ir —afirmó tajante—. Encontraré otro trabajo.

Me dijeron en la plaza que el ama del doctor Arguelles está buscando a alguien para ayudar en las cocinas…

—No podía parar de hablar y enfrentar el rostro de sus padres.

Fruto del nerviosismo, se arremangó el vestido, dejando a la vista el comienzo de los cardenales.

Al ser consciente de lo que enseñaba, se bajó las mangas con prisa y le echó una mirada furtiva a su madre: la mujer aún tenía la cuchara de las gachas en la mano.

A Alba le pareció que la apretaba en exceso, pero solo fue una impresión fugaz.

No tardó en darle la espalda para seguir trasteando en la cocina.

La voz de su madre, a la par ronca y decidida, terminó de despejar sus dudas:

—Estarás mucho mejor con el doctor —concluyó—. Si el viejo marqués se comportaba como un tirano, su sucesor es el mismísimo demonio. No vuelvas por allí —y dejando a su marido con la boca abierta, mudo de opinión y de argumentos, resolvió el futuro de su hija y puso fin a todos sus desvelos.