7 El precio de una vida
El precio de una vida
Tinieblas, oscuridad, negrura… ¿Cuántas palabras existen para describir la ausencia de luz que trae consigo la noche más sombría?
Tan solo una luna enflaquecida, con vocación de invisible, se atrevía a plantarle cara.
El cielo, hambriento de fulgor, había devorado hasta la última estrella.
Al contemplarlo, resultaba fácil predecir que el amanecer iba a regalarles un día anubarrado que vertería la lluvia a capricho.
Mario caminaba por el paseo de San Pedro que, orillando el acantilado, conducía hasta la playa y la muralla que escoltaba el linde norte de la villa.
Ahora solo quedaban los restos de la fortificación, derrumbada por un exceso de humanidad y de vida.
El pueblo había tenido que resignarse a borrar parte de su pasado para poder construir un futuro.
De hecho, él fue de los primeros en asumirlo; tal como había aceptado que, si quería prosperar en la vida, le tocaría dejar muchas cosas atrás.
No obstante, esa misma inquietud que le impelía a avanzar, le había alejado del sueño hasta hacerle caer en la peor de las vigilias: la vigilia del desesperado.
A los pies de la muralla medieval, el mar se batía sobre la arena. A pesar de la penumbra, Mario reconoció las suaves curvas de la ensenada y decidió bajar a la playa. A veces, los contrabandistas dejaban algún fardo arrumbado en la costa, sobre todo cuando los carabineros les pisaban los talones.
Con cuidado de no tropezar, a sabiendas de que la oscuridad llenaba los caminos de trampas, descendió uno a uno los burdos escalones de piedra.
La arena fina, entreverada de la maleza salvaje que crece en cualquier lugar, le acogió con blandura.
Se acercó a la orilla, apurando el peligro hasta desafiar el envite del mar, y continuó avanzando en paralelo a la costa.
Jugaba a esquivar las olas, como suelen hacer los perros, cuando tropezó con un bulto inesperado y cayó de bruces al suelo.
—¡Maldita sea mi suerte! —Renegó con los calzones mojados de agua salada.
Antes de levantarse, extendió las manos frente a sí para palpar qué demonios escondían las sombras: unos fardos alijados con prisa sembraban la playa como un campo de minas.
El repentino botín y las posibilidades que le brindaba lo animaron a prender la tea que llevaba encima para esos menesteres.
Su luz tan solo era una llama débil, mortecina, pero a él le daba el mismo servicio que el faro que habían construido una década atrás y que salvaba tantas vidas.
—¿Qué estás haciendo, hermano? —La voz de Simón lo asustó.
La tea se le escapó de las manos y fue a parar al suelo.
Su llama a ras de arena alumbró el torso de un cadáver.
El hombre gastaba los ropajes de un contrabandista francés y su vientre mostraba un tajo alargado y rojizo que no dejaba especular sobre las causas de la muerte.
Ambos hermanos retrocedieron espantados y a duras penas consiguieron mantenerse en pie.
—¿Qué demonios es esto?
—¿Qué estás haciendo aquí?
Las preguntas pronunciadas a un tiempo se cruzaron entre sí, pero ninguno de los dos respondió a lo que el otro quería saber.
Guardaron silencio, confusos y acobardados, ignorando sus respectivas dudas.
Mario inspiró hasta llenarse los pulmones de aire, se armó de valor y se agachó para recoger la lumbre del suelo.
Ignoró el cadáver —o al menos lo intentó— y rodeó los bultos.
Sacó la navaja del bolsillo y la hendió en un costado.
Dando un fuerte tirón, separó los bordes con los dedos.
Una sonrisa arrogante mudó su rostro de expresión.
—Tabaco —dijo girando el fardo hacia Simón, que agrandó los ojos y la boca al leer la misma expresión en francés. Y esa mera palabra, carente de explicaciones, cambiaría sus vidas para siempre.
* * *
Si por aquel entonces alguien le hubiese preguntado cuál era el precio de los sueños, él habría respondido que mil quinientos reales: el coste del billete más módico para viajar en el bergantín que cruzaba el Atlántico rumbo a Cuba.
No era un precio modesto, claro que no. Los sueños no podían ser baratos.
Algunos emigrantes se veían obligados a empeñar todas sus pertenencias, a cambio de la posibilidad de labrarse un porvenir mejor.
Gracias al tabaco francés que había encontrado en la playa, Mario ya no tendría que endeudar a su familia.
La euforia que le contagió esa idea diluyó sus últimos recelos y se sintió más libre que nunca.
Simón se marchó en busca de la carretilla que usaban para portear el pescado.
El tamaño de los fardos les impediría llevar más de uno por persona.
Entretanto, Mario se quedó a custodiar el alijo, aunque tuvo la prudencia de guardar cierta distancia camuflado en las paredes de roca.
No quería cargar con la culpa del crimen, ni siquiera del contrabando, si a los carabineros se les ocurría dar una batida nocturna, algo que no era tan raro.
Trasladaron la carga impulsados por una peculiar mezcla de exaltación y miedo.
Aun así, aquel tabaco pesaba como si le hubieran añadido piedras de la cantera.
Cuando llegaron a casa, los dos sudaban a mares y eran incapaces de pronunciar palabra.
A un gesto de Simón, empujaron la carretilla en dirección a la endeble construcción que usaban de cobertizo.
Abrieron la puerta sin poder evitar la inoportuna queja de los goznes oxidados.
Agarraron los fardos en silencio y, uno a uno, los introdujeron en el interior del cobertizo.
Al salir tras uno de esos portes, Mario se dio de bruces con la mirada acusadora de Fidel, su padre.
—Padre…, yo… —balbució avergonzado. Un gesto resuelto de su progenitor detuvo sus palabras.
—¡Calla! Será mejor que terminemos con esto cuanto antes —dijo Fidel echando mano a un bulto—. No quiero tener a los vecinos husmeando por aquí cuando mañana madruguen para ir a trabajar.
Mientras guardaba la carretilla en el almacén y cerraba la puerta con un candado de siete llaves, Mario reflexionó sobre las explicaciones que le daría a su padre.
Fidel era un hombre honesto que desde niños les había inculcado su deber de cumplir y respetar la ley.
Dudó si se atrevería a decirle que ese camino recto no conducía a nada bueno: un infausto porvenir de escasez y penurias, de trabajar de sol a sol hasta que el cuerpo cayese rendido en la cama.
Él no necesitaba razones para convencerse a sí mismo; su decisión era firme: estaba a punto de atravesar el océano y de comenzar una vida en un lugar donde pudiera tener una oportunidad de triunfar.
Solo le pedía a su familia una cosa: que no le impidiesen llevar a cabo los planes que ya tenía armados en la cabeza.
No obstante, todo resultó más sencillo de lo que jamás habría imaginado. La suerte le sonreía, y su sonrisa era amplia y sincera.
—Lo comprendo, Mario, hijo mío. De verdad que no hay nada que pueda entender mejor. Mira mis manos y dime, ¿qué he conseguido en esta vida a base de ser honrado? —Sus palabras revelaban un entendimiento tan profundo que no hizo falta nada más.
Mario sujetó las manos de su padre, duras, ásperas y encallecidas, aunque capaces de dar amor a pesar de ello… Ahora tendría que aprender a vivir sin él. Lo atrajo hacia sí hasta fundirse en un emotivo abrazo.
Ambos sabían que aquel abrazo tenía aires de despedida y que les sería muy difícil romperlo.