6 El marqués de Posada
El marqués de Posada
Alba recorrió el camino de regreso a casa con el cuerpo dolorido y el alma maltrecha.
Llevaba más de un lustro trabajando como criada para las casas nobles del pueblo y, en ese tiempo, se había acostumbrado al sufrimiento de la carne, pero aún no sabía de remedios que curasen las heridas de la mente.
«Solo puedo rezar», pensó compungida, aunque la debilidad que implicaba esa idea y la rendición que subyacía tras ella la hundió por completo.
Resbaló sobre el suelo mojado y, para no caerse de bruces, se apoyó en la pared de arenisca de un palacete vetusto.
Se concedió unos segundos para recuperar el resuello.
Los cantos rodados que tapizaban las calles estaban cubiertos por una pátina de humedad después de todo un día de orbayu , aquella lluvia fina y molesta que envenenaba el humor de los lugareños.
Pese a que la distancia que la separaba de su hogar era escasa, temía que, al llegar, su hermana la obligase a enfrentarse a la verdad.
Poner voz y verbo a su congoja no le aportaba el menor consuelo; más bien, al contrario.
Al doblar la esquina, vio la luz del candil colocado en la ventana que, como el faro en la tormenta, le iluminaba el camino.
No había día en que Mina olvidara encenderlo.
Una noche de otoño, tumbadas en el lecho que compartían y con la oscuridad cerniéndose sobre ellas, Alba le había preguntado por qué lo hacía:
—Es una tontería… —Su hermana se había mostrado reacia a compartir sus razones.
—Da igual que sea una tontería; quiero saberlo.
Durante un momento el silencio de Mina se fundió con las sombras, hasta que ella se decidió a romperlo:
—La superstición puede llegar a ser una creencia muy poderosa, ¿no crees…? Siento que la luz del candil te guía y te protege. Te conduce hasta aquí sana y salva y, mientras no me demuestren lo contrario, seguiré encendiéndolo cada día.
Alba alcanzó la puerta y abrió con la pesada llave que guardaba en la faltriquera.
Empujó el portalón que daba acceso a un zaguán repleto de trastos.
Pese a sus exiguas dimensiones, aquel portal era un lujo para un hogar tan humilde.
La proximidad a la decena de casonas, palacios y casas con escudo que jalonaban la parte noble de la villa había contagiado la morada de los Lorenzo de parte de su abolengo.
Su bisabuelo paterno la había recibido de manos del marqués de Gastañaga en pago por su arrojo en la defensa de Llanes durante la Francesada.
Sus piernas, con más voluntad que ella, la condujeron hasta la cocina.
El suculento olor del caldo de verduras también debió ayudar a ello: el cuerpo le suplicaba a gritos que lo reconfortase, aunque fuera sorbo a sorbo.
Mina, que solía preparar la cena para toda la familia, removía el puchero en el lar con un largo cucharón de palo.
No hizo falta ni una sola queja de Alba para que su hermana reparase en que algo iba mal.
Era capaz de leer en ella como en un libro abierto.
—¿Qué te pasa? ¿No estás bien? —le preguntó, mientras Alba se dejaba caer sobre una silla de anea tapizada de cojines.
Alba hizo un gesto desdeñoso para quitarle importancia; sin embargo, las palabras brotaron de su boca como si tuviesen vida propia.
—No quiero hablar… Estoy agotada, Mina. Demasiado cansada de todo… —Su voz, rasposa y estridente, le recordó al graznido de un cuervo enojado.
Mina retrocedió un par de pasos y se agarró al cucharón con ambas manos, como si fuese una suerte de salvavidas con el que mantenerse a flote. La pequeña de las Lorenzo tardó unos segundos en sobreponerse a su desconcierto para acudir a arrodillarse a los pies de su hermana.
—No digas tonterías. ¿Acaso no confías en mí?
Puedes contarme lo que sea… —Su mirada reflejaba tanto desasosiego que Alba tuvo que esforzarse para contener las lágrimas.
Juntó las manos sobre el regazo para disimular el temblor que las estremecía.
Los recuerdos de lo sucedido ese mismo día en el palacio del marqués de Posada pesaban como plomo fundido y resultaban tan vívidos que no podía apartarlos de su cabeza.
Pugnó por desecharlos, por olvidarlos, pero fueron más fuertes que ella.
Se quedaron allí, repitiéndose una y otra vez, como un bucle infinito de angustia.
Acostumbraba a dejar la puerta bien cerrada cuando limpiaba en la biblioteca.
Pese a ser una ardua tarea que ocuparía una jornada completa, solo le concedían unas horas antes de que el atardecer devorase la luz de otro día.
Subida al último peldaño de la escalera y armada con un plumero, desempolvaba volúmenes pesados, compendios interminables, manuales sesudos y alguna novelita pía sobre temas de moral intachable.
Todo el mundo sabía que el ilustre marqués de Posada era un santo varón…
con el alma podrida. Su mujer, hija devota de la Iglesia católica, portaba un pedrusco duro y frío en la cavidad que debió albergar un corazón, y el descendiente de tan singular matrimonio, además de estar destinado a ser un grande de España, se comportaba como un vil depredador con las jóvenes que tenían la desgracia de cruzarse en su camino.
Por eso Alba cerraba la puerta para limpiar la biblioteca del palacio. Nadie esperaba que Íñigo Suárez de Trelles, heredero del marquesado de Posada, entrase en dicha habitación en busca del placer de la lectura.
La joven se remangó la saya para bajar un peldaño y acometer una nueva hilera de libros.
A su espalda oyó el rechinar de la puerta y se detuvo a mitad de camino.
La corriente de aire que notó en las pantorrillas terminó de convencerla: alguien se había adentrado en sus dominios.
Soltó las faldas de golpe y bajó los últimos peldaños con tal precipitación, que apunto estuvo de caer.
Un silbido desvergonzado la obligó a girarse y se vio, frente a frente, con el sucesor del marqués.
—¡Madre de Dios! Ni siquiera mi título puede guardarme de tanta provocación… —dijo Trelles cubriendo de lascivia cada palabra y cada gesto—. Debería contárselo a la marquesa. Odiará saber que su hogar se está convirtiendo en un antro de meretrices.
Alba ignoraba qué era una meretriz, pero el tono descarado y la amenaza física que emanaba del cuerpo del heredero bastaron para causarle un terror similar al del cervatillo que intuye que su caza será inminente.
Trató de retroceder, mas no había dónde huir ni dónde esconderse.
Trelles se abalanzó sobre ella, la agarró por la cintura y la empujó contra la estantería.
Alba sintió el agudo canto de los libros incrustándose en su espalda.
El noble desplazó sus garras, le atrapó los brazos y la sujetó con fuerza.
La sensación de impotencia, de que le habían arrebatado la voluntad y la defensa, fue tan devastadora que tuvo que esforzarse por mantenerse en pie.
No tenía claro que dicho esfuerzo mereciese la pena; perder la conciencia sería mejor.
Las caricias forzadas recorrieron su cuerpo con lujuria sin freno.
Le sobrevino una náusea en la boca del estómago.
Jamás había imaginado la pesadilla de sufrir una violación en sus propias carnes.
No volvería a mirar de frente.
No volvería a ser la de antes.
—Si eres dócil y entregada, tal vez podría olvidarme de tu pecado —susurró el heredero tras lamerle el cuello hasta el escote.
El cuerpo de Alba tembló de asco. Pensó en sus padres y pensó, sobre todo, en su hermana y en la dulce utopía de un futuro mejor.
Esto era lo que ofrecía el mundo real para las mujeres como ellas.
Cerró los ojos, los apretó y trató de resignarse a lo inevitable.
Dudó si sería capaz de hacerlo. ¿Hasta dónde podía llegar su capacidad de sacrificio?
Ajeno a sus pensamientos, Íñigo Suárez de Trelles —llamado a convertirse en el sexto marqués de Posada— la arrastró hacia el suelo y más abajo aún; la arrastró hacia la iniquidad que hallaría acostada sobre el entablado de la biblioteca.
Cuando ya lo daba todo por perdido, les llegaron los gritos de la marquesa quebrando la falsa paz del palacio.
Íñigo se puso en pie apoyando todo su peso en ella.
Alba sintió un dolor que, como otras cosas, sufrió en silencio.
Al comprobar que el heredero la abandonaba con el mismo egoísmo con que la había tomado, se centró en escapar de él.
Ni siquiera quiso saber qué milagro la había salvado.
Se fue sin mirar atrás, sin despedirse de nadie.
—No puedes regresar allí —le rogó Mina a su hermana cuando esta terminó el relato.
Después se puso en pie, abrió la puerta de la alacena y rebuscó entre los tarros hasta encontrar el ungüento que preparaba su madre para curar los cardenales.
Se lo aplicó con una delicadeza que demostraba tanto amor que Alba lloró de nuevo.
Esta vez se dejó ir: lo necesitaba para sanar.
Derramó unos lagrimones lustrosos, relucientes como piedras preciosas y, en cierto modo, lo eran.
—Nuestro padre no debe saberlo jamás. No puede saberlo o acabará con Trelles y estaremos condenados para siempre. ¿Me lo prometes?
La pequeña de las hermanas Lorenzo asintió en silencio, resignada. Sabía que Alba llevaba razón, pero ese silencio obligado la afligía profundamente.
—No te preocupes, Mina; te aseguro que habrá un futuro diferente para ti —dijo Alba al verla tan triste—. Tú estudiarás y serás maestra; encontraremos el modo de pagarlo. Tendrás una vida mucho mejor que la mía. Una que no te destroce las manos… ni el alma.
La mirada de Mina se perdió pensando en Mario, el joven que había conocido en las fiestas del Bando. Desde entonces, ya lo había visto varias veces y no podía apartarlo de su cabeza ni un solo instante. Su hermana intuyó quién era el culpable de tanta ensoñación y quiso advertirla:
—No te enamores —le pidió—. No lo estropees. Tú eres diferente, mejor que el resto, y puedes elegir tu destino. No deberías fiarlo al corazón de un hombre.
Mina se obligó a sonreír. Aunque Alba solo deseaba su bien, nunca se había enamorado.
Ella no podía entender lo difícil que resulta desechar el amor una vez que hace acto de presencia.
Difícil no, imposible. Cerró el tarro del bálsamo y se limpió las manos con un paño.
Alba le tomó una de esas manos sin mácula para transmitirle su gratitud.
—Nadie me cuida como tú —dijo antes de fundirse en un abrazo que ofrecía el consuelo que tanto necesitaba. Mientras su hermana permaneciese a su lado, ella tendría fuerzas para soportar los envites que le salieran al paso.