El silencio de la casa azul 5 El Bando de la Magdalena
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5 El Bando de la Magdalena

El Bando de la Magdalena

Aunque la santa vestía un simple sayal ceñido a su cintura con un tosco cordón de esparto, se había convertido en el centro de todas las miradas.

Llevaba la melena suelta, ondulada y peinada en gruesas guedejas que le caían con gracia a ambos lados del pecho.

Avanzaba descalza, sujetando en las manos un crucifijo de plata.

A sus pies, el frasco argentado que conservaba los restos del elixir con el que había ungido los pies de Cristo.

Su paso lento, izada sobre una alfombra de claveles escarlatas, generaba una devoción que se expandía entre los fieles como un manto silencioso.

En un pasado lejano, había sido la cofradía de Mareantes de San Nicolás —el gremio de balleneros de Llanes— la primera en ofrecerse a sufragar las fiestas patronales.

Desde entonces, ya habían transcurrido varias décadas y las ballenas nadaban en aguas remotas.

No obstante, el Bando de la Magdalena había ido dejando su impronta en la villa de Llanes y, entre las muchas actividades que organizaban, la procesión de la santa desde su humilde capilla a la basílica de Santa María de la Asunción era la que suscitaba mayor fervor en el pueblo.

Sin duda, a causa del radiante esplendor de la talla; la femineidad coronada con un halo de santidad que nadie podía ignorar y, menos aún, los devotos del bando.

Ellos tachaban cada día del almanaque hasta ver llegar el ansiado veintidós de julio.

Mina sintió el apretón de Alba en su brazo y la miró directamente a los ojos.

Su hermana, de habitual temple tranquilo y sereno, contenía la emoción a duras penas.

Estrujaba el tallo del clavel como si la flor tuviera la culpa de alguna afrenta.

Mina esbozó una sonrisa luminosa y sincera; una sonrisa que condensaba toda la ternura que le provocaba.

Intuyó qué plegaria le había formulado Alba a la santa: sus propios deseos relegados, casi olvidados, en pos de un futuro mejor para ella.

Así de lejos llegaba la generosidad de su hermana.

—Romera, vamos de fiesta —dijo Alba con la ilusión reflejada en sus pupilas.

Mina asintió entusiasmada y la agarró de la mano.

Juntas, unidas por vínculos mucho más fuertes que el parentesco, unos vínculos que solo pueden comprender dos mujeres que afrontan la vida juntas, emprendieron el camino a los festejos.

Entre tanta felicidad, el destino les reservaba los tragos más amargos.

Pero eso aún estaba por pasar…

* * *

El rostro de una mujer hermosa siempre ha sido un bálsamo infalible para curar las penas del alma.

La miseria, la desesperanza y el dolor —en definitiva, las mil y una caras del miedo— se desvanecían bajo su poderoso embrujo, conjuradas por ensalmo.

Mario lo sabía de sobra: ¡había usado ese bálsamo de Fierabrás tantas veces!

También sabía que todo remedio milagroso conlleva un peaje que debe pagarse tarde o temprano, pero, con la cantidad de planes que bullían en su cabeza, esa cuestión apenas lo inquietaba.

Los compases de la orquesta venida desde Gijón envolvían sus palabras: un recitar sosegado y galante que entretejía los mimbres de una letanía exitosa; y en verdad debía de serlo, pues la joven le miraba como si él fuera el mejor premio de la rifa.

Sintió una punzada de remordimiento, prematura y superficial, pero la desechó para perderse y olvidarse entre aquellos ojos verdes que, en torno a las pupilas, se moteaban con el color de la arena mojada.

Se amarró con fuerza a la cintura de Mina, tan esbelta que parecía una advertencia de su fragilidad, y ella se sonrojó al instante.

La punzada del deseo borró sus escasos reparos.

Aun así, se esforzó en concentrarse en el sonido de la música, la fragancia de las flores y la blandura de la hierba bajo sus pies.

No era recomendable apurarse cuando el afán consistía en seducir a una mujer decente.

—Nadie me había mirado con unos ojos como los tuyos —susurró cerca del oído de la joven. A las mujeres les gustaba creer en la magia de su mirada. El cuerpo de Mina se estremeció de un modo que a él le resultó adorable; luego le apartó la vista con timidez.

—Apenas nos conocemos…, no deberías decirme esas cosas —se quejó sin demasiado énfasis.

—¿Cómo que apenas nos conocemos? Te llamas Mina Lorenzo.

Ayudas al maestro en la escuela. Tu hermana Alba es tu mejor amiga…

—Mario hizo una pausa estratégica y añadió con voz seductora—.

Y eres la muchacha más hermosa del Bando de la Magdalena.

¡No, qué digo!; la más hermosa de Llanes.

No mientas, Mina Lorenzo: sí te conozco.

¡Te conozco muy bien! —afirmó con una convicción que tenía mucho de impostado.

—Mario Melgar —contestó empleando la misma fórmula que él, acompañada de una mueca burlona—, eres un zalamero —y se distanció de sus manos y de una cercanía que la abrumaba en exceso. Justo entonces, como si hubiera estado aguardando ese gesto, Alba los abordó.

La mayor de las hermanas Lorenzo también era agraciada y su rostro tenía carácter, pero el cansancio y la falta de sueño le otorgaban un aspecto más mustio. Se asemejaba a una rosa que estaba a punto de marchitarse. La música se detuvo antes de que la joven abriera la boca:

—Se hace tarde, Mina. Debemos volver a casa.

Su voz tenía un matiz dominante, como si ella estuviera acostumbrada a decidir por las dos.

Mina asintió y se volvió hacia Mario. Su rostro expresaba todas las dudas que se le amontonaban en la cabeza.

Mario quiso agarrarse a aquellas vacilaciones: la experiencia le había enseñado que la conquista se obtiene a base de socavar voluntades.

—¿Por qué tienes que irte tan pronto? —preguntó sin soltarle la mano.

Mina se esforzó en disimular el estremecimiento que le causaba el contacto con la piel de Mario. Cerró los ojos con fuerza para hallar algo de sosiego en su interior: no quería que sus palabras temblasen ni delatasen sus emociones.

—Alba se levanta cada día de madrugada. Su trabajo es muy duro y no puede permitirse llegar cansada…

—Lo entiendo; tu hermana tiene que descansar.

Pero tú podrías quedarte conmigo… —Mario se puso serio.

Hasta entonces había desempeñado el papel de seductor un tanto arrogante y tarambana, pero un cambio de registro podía inclinar la balanza a su favor—.

No creo que consiga dormir si te marchas ahora.

No te preocupes por nada, Mina. Soy de fiar. Te llevaré a casa cuando quieras.

Las mujeres cruzaron una mirada que decía muchas cosas; entre otras, que no estaban ni estarían de acuerdo.

Mina arrugó el entrecejo en un mohín que era la debilidad de su hermana, pero Alba no se dejó convencer por él.

Ella conocía muy bien, quizás demasiado, el alcance de los peligros que acechaban al otro lado de las paredes de su hogar.

Ni siquiera los grandes palacios, cunas de la nobleza de rancio abolengo, podían garantizar protección para las jóvenes como ellas.

La humildad siempre tenía un precio. Decidida, cogió la mano de Mina.

Ella también sabía fruncir el ceño, aunque su gesto severo no resultase del agrado de su hermana.

Mario fue testigo de la lucha de voluntades que, por fin, se decantó a favor de Alba Lorenzo.

—Lo siento, pero debemos irnos… —Y Mina se mordió la lengua para no preguntar si volvería a verlo alguna vez.

El galán asintió con una sonrisa destartalada que le supo a derrota.

Apenas le quedaba tiempo para recomponer una estrategia que, al menos en teoría, nunca fallaba.

Soltó la mano de Mina con manifiesta desgana y las vio alejarse sin echar la vista atrás.

Aun así, lo tuvo claro: puede que hubiese perdido una batalla, pero no había perdido la guerra.

Sería él quien dijese la última palabra.

—¡Mina Lorenzo! —gritó de pronto. La joven se detuvo y le miró expectante—. ¡Que sepas que estoy deseando verte de nuevo!