El silencio de la casa azul 4 Más allá del mar
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4 Más allá del mar

Más allá del mar

Mario Melgar se sentó sobre el banco de madera que, siendo niños, construyeron con su padre.

Lo habían encalado al comienzo del verano para que luciese como nuevo, aunque hacía mucho tiempo que ya que no lo era.

En aquella casa destartalada, olvidada por la fortuna, no había nada nuevo.

A Mario le gustaba el banco y sentarse en él; no solo porque lo hubiera fabricado con sus manos, también por su ubicación frente al mar —uno de los pocos privilegios que le otorgaba la vida, por no decir el único—.

No obstante, esa sensación placentera iba perdiendo fuste: la visión del Cantábrico peleado con la costa no lograba cautivarlo como antes.

Cuando Simón se sentó a su lado, como había hecho tantas veces, la necesidad de alejarse de todo lo conocido se tornó más pujante.

Pese al esfuerzo por mantenerse quieto y no rechazar la presencia fraterna, su cuerpo se distanció de él con un gesto que a Simón no le pasó desapercibido. Aun así, su hermano eligió ignorarlo.

—Madre te ha planchado la camisa de los domingos. Te la ha dejado estirada sobre la cama.

—No sé si quiero ir… —El bullicio de las fiestas patronales con su retahíla de rostros familiares, tan ordinarios y vulgares, solo podía acrecentar el desánimo que amenazaba con tragárselo, como las olas que sacudían la arena a sus pies.

—Hay que ir, hermano. En el bando no nos perdonarán la deserción. No podrás volver a asomar la cara por la taberna del Roxu.

En realidad, era Simón quien más temía las represalias de la cuadrilla. Mario sabía frenar sus chanzas con una simple mirada, pero su hermano estaba hecho de otra pasta.

—¡Estoy cansado, harto de todo! —le soltó de pronto, y fue como retirar una espita— ¡Quiero irme!

¡Quiero marcharme de aquí! —Con aquellas palabras, que expresaban un deseo que había ocultado hasta entonces, notó que parte de su carga se aligeraba—.

Seguiré los pasos de Bautista y cogeré un barco con rumbo a Cuba.

—¿Bautista…? ¿En serio? Pero si no sabemos nada de él. Podría estar muerto; ahogado en el fondo del océano o enterrado tan lejos de su tierra que ni siquiera será un fantasma para los suyos. Tú no quieres eso para ti… —protestó Simón, que solo pensaba en irse de romería.

—Cualquier cosa es mejor que esto —arguyó impulsado por la desesperanza que se había adueñado de su mente y se extendía por su cuerpo—. Ese no saber del que hablas es mil veces mejor que la certeza de que, si no me voy, jamás podré escapar de la miseria.

Simón se quedó callado observando el mar.

Esa misma mañana habían estado a punto de perder la vida en él.

Hasta ahí llegaba la única reflexión que podía afrontar en aquel momento; la única que quería afrontar.

Necesitaba beber para olvidar las penas propias y ajenas; en particular, las del cenizo de Mario.

—Si quieres irte, hermano, será otro día…; no creo que a estas horas salgan muchos barcos con destino a Cuba.