3 Un camino diferente
Un camino diferente
Mina Lorenzo acarició el lomo del libro con la yema del dedo y notó que un respingo de placer le sacudía el cuerpo. Aquel era el mejor de los volúmenes del maestro y su contenido tenía el mismo interés que un tratado de magia que pudiera resolver todos los problemas del mundo. O así lo sentía ella.
—No tengas miedo que no muerde… —dijo don Mauro con su peculiar sentido del humor—. Tranquila, no es más que aritmética, y ni siquiera demasiado avanzada.
Mina asintió como si le diese la razón, pero sin ocultar su sincera reverencia por la suavidad de la piel que encuadernaba el libro y por las fórmulas numéricas que encerraba en su interior.
—¿Me ayudará a entenderlo? —Quiso saber la muchacha. El maestro se rio con ganas al advertir su ansiedad, aunque en su mirada también había un poso de orgullo. La pequeña de las hermanas Lorenzo había despertado lo mejor de su vocación por la enseñanza.
—Por supuesto, pero no es tan complicado como supones. Revisa las primeras páginas y verás que no te resultan del todo extrañas…
Mina le hizo caso y, casi sin pretenderlo, se sumergió de lleno en los números, las operaciones y los símbolos que gozaban de una lógica incuestionable.
La verdad absoluta de las matemáticas, su incuestionable certeza, la había cautivado por completo.
Su talento natural para discernir la aparente simplicidad de la materia había resultado decisivo para que don Mauro le pidiera que lo ayudara en la escuela.
Tenía muchas esperanzas depositadas en su joven alumna.
—Lo entiendes, ¿verdad? ¿Mina…? ¡Mina! ¿Me escuchas? —El insistente reclamo del maestro la sacó de su abstracción y cerró el libro de golpe, permitiendo que las fórmulas aritméticas abandonaran su cabeza.
—A veces tengo la sensación de que los números me hablan… —explicó en un arranque de confianza inusual en ella. Se arrepintió al instante, aunque ya no podía borrar las palabras.
Don Mauro la observó con afecto y, dejando el humor a un lado, le respondió con la misma confianza que ella había depositado en él. Conocía la complejidad de lo que iba a proponerle a continuación, pero su conciencia y sobre todo el cariño que le tenía, así se lo exigía.
—Deberías estudiar para ser maestra. No solo tienes el talento necesario para ello, sino también la actitud, la capacidad de esfuerzo…
Mina bajó la cabeza y fijó la mirada en el suelo del aula: una colección de listones de madera sin pulir con un rastro de arena que delataba la proximidad de la playa.
Por mucho que barrieran, la arena siempre regresaba.
Tardó unos instantes en responder a una propuesta que podía abrirle las puertas de un mundo nuevo.
No quería rechazarla con premura —la mera posibilidad hizo que se sintiese diferente, especial…
—, mas no ignoraba que las palabras del maestro no tenían ni pies ni cabeza.
—Mi hermana trabaja de criada desde los trece años. Ni siquiera sé por qué no he seguido sus pasos. Es injusto que ella tenga que soportar todo tipo de penurias, mientras yo dejo pasar el tiempo en la escuela… No debería soñar con lo que no puedo conseguir.
—¿Y con qué soñar, si no? —preguntó don Mauro sonriendo. Después consultó su reloj de bolsillo y, ampliando la sonrisa, añadió—: Creo que el Bando del Clavel [1] tiene unas fiestas que preparar, ¿o no?
—No sea malo, profesor —respondió Mina frunciendo el ceño—. O respeta a nuestra santa o dejaremos de respetar al suyo.
—Me temo que los partidarios de mi bando no son tan melindrosos como los del tuyo. De todos modos, no vamos a reñir por eso.
—Ya le digo que seremos los primeros… —afirmó la muchacha con sarcasmo—. Pero tiene razón: me comprometí a engalanar la capilla con flores. Será mejor que vaya recogiendo mis cosas… Supongo que no lo veré en la romería —dijo, pese a que ya conocía la respuesta.
—Tengo otros menesteres con los que entretener mi tiempo —contestó achicando la mirada. Luego sonrió de nuevo para restarle importancia a unos piques que, entre ellos, no eran más que una diversión inocente—. Disfruta de las fiestas, Mina… y, si tienes tiempo, piensa en lo que te he dicho.
Mina asintió con vaguedad. No quería enredarse en más charlas infructuosas con el maestro. No obstante, las palabras de don Mauro siguieron dando vueltas en su cabeza y ya no pudo liberarse de ellas.
Por aquel entonces aún ignoraba que el camino de la desgracia está sembrado de ilusiones fallidas.