El silencio de la casa azul 2 El peso de los sueños
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2 El peso de los sueños

El peso de los sueños

Llanes, un año antes

La luz que alumbraba la embarcación no era más que un pequeño candil que esparcía un fulgor brumoso en torno a sí.

Su palmaria insuficiencia —a la que casi se había acostumbrado— tan solo lo inquietó cuando la llama comenzó a oscilar con fuerza, impulsada por el violento vaivén de las olas.

Mario elevó la mirada al cielo en busca de señales y temió que parte de la oscuridad se debiese a una tempestad en ciernes; de hecho, le pareció que el amanecer tardaba demasiado en llegar.

No se habían alejado de la costa en exceso —a su hermano Simón le gustaba echar el aparejo en las proximidades de la Roca del Diablo, donde la pesca solía ser mejor—, pero el recelo que albergaba hacia el mar despertó sus alertas.

Antes de avisar a su hermano, recordó la pesadilla que sufría en el preciso instante en que Simón lo despertó para salir a faenar.

En el sueño se veía a sí mismo de anciano, con la piel arrugada, la ropa raída y sin un triste mendrugo que echarse a la boca.

El hambre lo torturaba y ni siquiera podía arrastrar sus viejos huesos al mar para obtener alimento: una galerna había varado toda la flota del concejo a la espera de que llegara su fin.

El verdadero terror vino de la certeza de que ese futuro espantoso era un futuro posible.

Unas semanas atrás, tuvieron que dejar la barca en tierra durante varias jornadas por culpa del mal tiempo.

No llegaron a pasar mayor necesidad de la habitual, gracias al trabajo de su madre, que lavaba ropa para las casas nobles de Llanes; mas le avergonzaba pensar que hasta entonces había sido el esfuerzo de una mujer lo que había alimentado a tres hombres hechos y derechos.

Le dolía ver los sabañones y las durezas en las manos de ella.

—¡Mario! —le gritó Simón señalando el cielo—. ¡¿Qué estás pensando?! ¡Espabila de una vez, que se nos echa la tormenta encima! Venga, vamos a recoger las redes.

Su hermano tenía razón: no debía perder ni un segundo en reflexiones inútiles.

Se levantó con agilidad y se aprestó a izar el aparejo, pero aquello pesaba como un demonio mojado y apenas consiguió moverlo.

Las redes se hundieron a plomo y estuvieron a punto de arrastrarlo con ellas al fondo del mar.

—¡Maldita sea, Simón! ¡Están repletas! ¡No puedo creerlo! Llevamos semanas sin pescar y tiene que ser justo ahora… —protestó frustrado.

—Ya sabes lo que dice el refrán: «A mar revuelto…» —le respondió Simón encogiéndose de hombros.

Mario no conocía a una persona más resignada y menos ambiciosa que su hermano, aunque a veces ese simplismo de Simón lograba desquiciarlo.

Estaba a punto de soltar un exabrupto para liberar la tensión, cuando el cielo se abrió sobre sus cabezas.

Era una lluvia intensa —tan torcida como las circunstancias—, que no dejaba el menor resquicio de duda: la tormenta los había atrapado y ya no sería fácil liberarse de sus garras sin daños.

—¡Vamos a tener que desprendernos del aparejo! ¡No podremos izarlo sin volcar la barca! —se quejó Mario a gritos, sujetándose al mástil huérfano de vela. La nave se agitaba cada vez con mayor violencia.

—¡Si regresamos sin las redes, no nos dejarán entrar en casa! —voceó su hermano con tono lastimero.

—¡Si perdemos las redes, será una tragedia, pero si perdemos la barca, será la ruina! Yo asumo toda la responsabilidad, Simón. No vamos a perder más tiempo en darle vueltas o ya no quedará nadie para contarlo…

Su hermano asintió y sacó del cinturón un cuchillo para cortar los cabos que sujetaban los aparejos a la embarcación.

Mario se colocó a estribor y se dispuso a hacer lo mismo.

Mientras se esforzaba en tajar la cuerda, hostigado por el aguacero que hacía que el cuchillo resbalase sobre el cabo, caviló sobre lo mucho que podía complicarse algo tan sencillo en apariencia.

Tuvo la sensación, como había tenido otras veces, de que sería mucho más fácil doblegarse.

«La vida traza sus propios caminos sin necesidad de que los hayas recorrido antes», se dijo en tono agorero.

Sabía que parte de su pesimismo era fruto del hambre y del cansancio y, aun así, no le importó.

Las emociones de las últimas semanas habían adquirido la consistencia de una losa, más siniestra y ominosa que la tormenta que se cernía sobre ellos, y no quería soportar su peso por más tiempo.

Concentrados como estaban en coordinar sus movimientos, no pudieron capear la ola que, auxiliada por el peso de las redes, volcó la endeble nave con una facilidad pasmosa.

Mario sintió su cuerpo ajeno, sometido a las leyes de la naturaleza: tropezó, rodó, cayó y se sumergió en el agua sin que hubiera un ápice de voluntad en ninguno de sus movimientos.

El mar lo recibió con aquella mordida fría que, para el Cantábrico, representaba toda una seña de identidad: la advertencia de su fiereza.

Pero ya era tarde para advertencias. El casco le impactó en el hombro.

El golpe le nubló el sentido y lo impulsó hacia el fondo, hacia una oscuridad más profunda y mortal que la que aguardaba fuera.

Cerró los ojos y se dejó arrastrar con docilidad, a sabiendas de que rendirse conllevaba un menor esfuerzo.

Supo que la muerte lo esperaba abajo, pero ¿en verdad sería tan terrible?

No lo creía. Estaba a punto de encontrar la paz que le había sido negada en vida.

No volvería a pasar hambre, no volvería a temer un futuro plagado de miseria.

La calma que le aportaron sus ideas se esfumó cuando Simón le tiró con fuerza del gabán.

Abrió los ojos bajo el agua y se encontró a su hermano haciendo aspavientos incomprensibles.

Entonces tuvo miedo de sí mismo. Había estado a punto de dejarse morir; así de lejos llegaba su desesperanza.

Simón lo meneó con fuerza para que cesara en su ofuscación y, agarrándolo del brazo, le subió a la superficie.

Sus cabezas irrumpieron entre la marejada en busca de una bocanada de aire.

La tempestad los esperaba ajena a sus cuitas y dramas personales.

Arrastrado por su hermano, ambos lograron sujetarse a la pala del timón y trataron de recuperar el resuello batidos por las olas.

—La marea nos empuja hacia la orilla —dijo Simón después de un tiempo que pareció eterno. Mario, incapaz de pronunciar palabra, se limitó a asentir y, antes de que su hermano añadiera nada más, braceó con la extremidad que le quedaba libre.

El estrecho arenal al que arribaron, custodiado por acantilados abruptos, los acogió como lo haría una madre que recibe la visita inesperada de sus hijos.

Mario se quedó tumbado boca arriba, cubierto de salitre y algas, mientras Simón empujaba la embarcación hasta alejarla del envite del oleaje.

Cuando consideró que la nave se encontraba a buen recaudo, se arrodilló junto a su hermano.

—¡¿Estás loco?! —le espetó sin ambages; el ceño fruncido, la mirada enojada.

Mario apenas se movió; se limitó a frotarse los ojos para espantar el llanto. Por muy bajo que cayera su espíritu, un Melgar jamás lloraba en público, aunque ese reducido público fuese su hermano.

—¿Tan loco te parece querer escapar de la maldita miseria?

—¿A toda costa? —cuestionó Simón, aunque esta vez había más angustia que enojo en su pregunta.

—A toda costa, hermano.

Y sus palabras, dotadas del empaque de una sentencia, resonaron acunadas por las olas del Cantábrico.