El silencio de la casa azul 1 La Guía
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El silencio de la casa azul

El silencio de la casa azul

Por Arantxa Garcia Roces

© inepub.com

1 La Guía

La Guía

La muchacha descendió por la loma de San Antón dejando a su espalda la capilla de piedra de la Virgen de la Guía.

La luna llena alumbraba las torres medievales del templo, cuya recia silueta se asemejaba a una fortaleza militar.

Una vieja leyenda contaba que unos pescadores de la zona se vieron amenazados por una galerna y, temiendo por sus vidas, se encomendaron a la Virgen, a la que rogaron su amparo.

Mientras rezaban con el fervor que despierta la proximidad de la muerte, divisaron una sencilla caja de madera flotando sobre las olas y decidieron sujetarla a la barca.

Ya daban los últimos tirones a los cabos que la amarraban, cuando se les apareció una paloma blanca que los guio hacia la costa.

Así fue como salvaron la vida. Una vez en tierra firme, abrieron la caja y descubrieron una hermosa talla de la Virgen en su interior.

Con gran veneración, llevaron la imagen a la capilla de San Antón y la depositaron en el altar del templo.

Sin embargo, los marineros no tardaron en descubrir que aquel no debía de ser su sitio.

La Virgen se perdió —nadie supo cómo ocurrió—, se encontró y se volvió a perder una vez más; hasta que los fieles, resignados a la empecinada voluntad de la madre de Dios, le construyeron una capilla en el lugar elegido por ella, que pasó a llamarse el Campo de la Guía.

Aunque se la consideraba patrona de las gentes del mar, su fama de milagrera le había ganado la devoción de toda la comarca.

Mina Lorenzo echó la vista atrás y se santiguó con premura antes de emprender el descenso de nuevo.

Había acudido a la ermita de la Virgen de la Guía para pedir perdón por lo que iba a hacer, pese a que no podía arrepentirse de ello.

Sabía que, de seguir adelante con su propósito, ya no habría redención para ella, pero tenía la necesidad de explicarle a alguien que no actuaba con maldad.

Poder hacerlo ante la Virgen le supuso el principio de la paz que buscaba y, después de tanto sufrimiento y tanto dolor, la joven entendió que ese sosiego era lo único que de verdad le importaba.

Continuó avanzando pendiente abajo sin dejarse distraer por la belleza de los acantilados abruptos y el poderoso mar que lamía sus rocas.

Se detuvo justo al borde del precipicio, donde acababa la suave hierba que acogía sus pasos.

En aquella estrecha franja de piedra en que la tierra comulgaba con el Cantábrico, ventaba un nordeste rabioso que le erizó la piel de los brazos.

Mina alzó su viejo mantón de cuadros hasta cubrirse la cabeza con él y se guareció bajo la prenda de lana para espantar el frío.

No podía saber lo hermosa que estaba, lo mucho que se asemejaba a la Virgen encerrada en la caja.

Cerca de allí, parpadeaba la luz de un faro con su centelleante advertencia: «Ya no hacen falta milagros», parecía decirles a los navegantes que se atrevían a aproximarse a la costa.

Apenas restaban unas horas para que la noche cediera el paso al día.

Su tiempo se terminaba, pero se concedió un último instante de gracia para despedirse de sí misma y del pasado.

Recordó cada uno de los acontecimientos que la habían conducido hasta allí, como pequeñas piedrecitas que hubiesen ido construyendo el camino de su ruina.

Pensó en el amor perdido —un sentimiento tan intenso y desgarrador que había envenenado el resto de las cosas—, en las ilusiones fallidas, las esperanzas rotas…

En ese viaje final no encontró más que dolor y locura: ya no era la misma de antes ni volvería a serlo jamás.

Tampoco se sentía con fuerzas para afrontar la vida que vendría en adelante: tan solo sería una carga para Alba y una deshonra para el resto de su familia.

Si no se hubiese quedado embarazada tan joven, si Mario no hubiese emigrado a Cuba, si el marqués de Posada no hubiese violado a su hermana…

; sin esos condicionantes la historia de las hermanas Lorenzo, su historia, habría sido muy diferente.

Pero ya no había vuelta atrás. «Los errores no se pueden deshacer», se dijo.

Durante días, semanas y meses no había conseguido escapar del limbo de sufrimiento en el que vivían Alba y ella.

No hablaba, no comía, no dormía; solo podía pensar una y otra vez en todo lo que había perdido.

Poner fin a su desgracia sería lo mejor para ella y para todos los que amaba.

—El mar nos separó y el mar nos unirá de nuevo…

—susurró para sí, pese a que el viento era el único que podía escuchar sus palabras.

Mina sintió su impulso, como si de repente hubiera cobrado vida y la empujase para ayudarla a vencer sus últimas reticencias.

Quiso decirle que no hacía falta: la desesperanza las había borrado por completo.

Soltó el mantón de cuadros y lo dejó caer al suelo.

Se llevó la mano a la barriga y acarició la curva que, como un estigma, le impedía olvidar su historia de amor y su deshonra.

Extendió los brazos a ambos lados del cuerpo para devolverle el abrazo al viento y miró hacia el horizonte que se perfilaba ya a lo lejos.

Halló un pequeño consuelo al pensar que al menos el final era suyo, que ella había elegido el modo, el momento y el lugar en que quería irse.

—Espérame, Mario. Muy pronto me reuniré contigo…

A sus pies, rugieron las olas del mar salvaje. Le daban la bienvenida. Mina cerró los ojos, los apretó con fuerza y se arrojó al vacío.