CAPÍTULO #2
Gonzalo no apartó los ojos de ella.
—Sí.
Una sola palabra, sin dramatismo, indignación ni miedo.
—Roberto Sánchez. Iván Ganfornina. David...
—Sé cómo se llamaban.
La frialdad de la respuesta hizo callar a Clara.
Gonzalo regresó despacio hasta el escritorio.
—He pronunciado esos nombres demasiadas veces.
Clara lo observó.
—Pero antes de Roberto no sabía lo que habían hecho.
—No.
—¿Qué ocurrió aquel día?
El médico tardó en responder.
—Ya lo sabe.
—Sé una parte.
—Entonces debería bastarle.
—No me basta.
Gonzalo ladeó ligeramente la cabeza.
Por un instante reapareció algo del hombre que Clara había conocido al principio de la investigación.
—Eso es lo que me gusta de usted.
Clara frunció el ceño.
—Nunca le basta.
Se sentó.
Esta vez lo hizo con el cansancio de un hombre mucho mayor.
—Roberto llevaba meses viniendo a verme. Los riñones, el alcohol... Cada vez que le explicaba que tenía que dejar de beber asentía como si fuera a hacerme caso.
Una sonrisa amarga le cruzó el rostro.
—Nunca lo hacía.
—Aquel día estaba peor. Le dije que no pensaba dejarlo marcharse solo y lo llevé al hospital.
Gonzalo bajó la mirada hacia el escritorio.
—Durante casi todo el trayecto no dijo una palabra.
Entrelazó los dedos.
—Cuando llegamos, puso la mano sobre la puerta. Pensé que iba a bajar.
Calló.
—Entonces dijo el nombre de mi hija.
Algo se quebró en su voz.
Apenas duró un instante, pero estaba allí.
—Lucía.
Clara no lo interrumpió.
—Le pregunté qué tenía que ver ella.
Gonzalo apretó las manos.
—Y empezó a hablar.
El silencio de Clara lo invitó a continuar.
—No me lo contó todo. Creo que ni siquiera podía. Lloraba. Apenas era capaz de mirarme.
Levantó los ojos.
—Pero dijo lo suficiente.
Gonzalo calló un momento.
—Cinco.
—Cinco muchachos a los que yo conocía.
Su mandíbula se tensó.
—Los había visto crecer. Los había curado.
Miró hacia la ventana.
—Y habían seguido viviendo aquí.
La voz comenzó a endurecérsele.
—Trabajando. Celebrando cumpleaños. Tomándose una cerveza. Saludándome cuando me encontraban por la calle.
Volvió a mirar a Clara.
—Mientras mi hija no podía regresar a este pueblo sin recordar lo que le habían hecho.
Clara dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—¿Lucía nunca se lo contó?
Gonzalo negó.
—No.
Aquella palabra pareció dolerle más que todo lo anterior.
—Esa noche volví a casa y empecé a recordar.
Clara esperó.
—Cosas pequeñas. Cambios a los que nunca había dado importancia.
Cerró los ojos.
—Y comprendí que llevaba once años mirando a mi hija sin verla.
Clara sintió el peso de aquella frase.
Gonzalo abrió los ojos.
—¿Sabe qué pensé cuando dejó de salir? ¿Cuando empezó a encerrarse? ¿Cuando ya no quería que la abrazáramos?
Negó lentamente con la cabeza.
—Pensé que era la edad.
No añadió nada más; no hacía falta.
—¿Y esa noche decidió matarlos?
—No.
La respuesta llegó de inmediato.
—Acaba de admitir que...
—He admitido que los maté.
Gonzalo la miró directamente.
—No que lo decidiera aquella noche.
Clara esperó.
—Aquella noche quise hacerlo.
Su voz no tembló.
—Quise encontrar a cada uno de ellos y matarlo con mis propias manos.
—Pero no lo hizo.
—No.
—¿Por qué?
Por primera vez, una tristeza profunda se instaló en el rostro de Gonzalo.
Contempló sus manos.
—Porque llevaba toda mi vida intentando mantener a la gente con vida.
Las giró despacio mientras hablaba.
—Estas manos han cerrado heridas. Han ayudado a respirar a personas que no podían hacerlo. Han sostenido otras manos mientras alguien se moría.
Levantó los ojos.
—No sabían matar.
Clara miró aquellas manos.
—Aprendió.
—Sí.
Clara permaneció frente a él.
—¿Cuándo?
Gonzalo calló.
—¿Cuándo cruzó esa línea?
El médico la observó antes de negar lentamente.
—Eso no ocurrió de un día para otro.
—Pero hubo un momento.
Gonzalo asintió apenas.
—Siempre hay un momento.
Se levantó.
Rodeó el escritorio y caminó hacia uno de los armarios del fondo.
La mano de Clara buscó instintivamente el arma.
—Quédese donde está.
Gonzalo se detuvo.
—No voy a hacerle daño.
—Apártese del armario.
Él obedeció y retrocedió dos pasos.
—Segundo cajón.
Clara no apartó los ojos de él.
—Ábralo.
—Creo que preferirá hacerlo usted.
Clara sintió tensarse el cuerpo.
—Ábralo, doctor.
Gonzalo obedeció.
En el interior había varias carpetas, material médico y una pequeña caja metálica.
La tomó despacio.
—Déjela sobre el escritorio.
Gonzalo hizo lo que le pedía.
Clara observó la caja.
No mediría más de veinte centímetros.
—Ábrala.
El médico mantuvo la mano sobre la tapa antes de levantarla.
Finalmente la levantó.
Sobre una pieza de tela oscura descansaba un pequeño instrumento metálico.
La fabricación era limpia, precisa, moderna; la forma, sin embargo, resultaba inconfundible.
Dos agujas paralelas, separadas por la misma distancia que Clara llevaba días observando en los cuellos de los muertos.
Levantó la mirada.
—¿Es esta?
—Sí.Lo hice yo.
Levantó la vista hacia él.
—¿Usted?
—La original era bastante rudimentaria.
Gonzalo contempló el instrumento.
—No podía confiar en ella.
—Así que fabricó una reproducción.
—Sí.
—Para matar.
El médico sostuvo su mirada.
—Para desviar la atención.
Las piezas terminaron de encajar. Nunca había sido solo el arma.
—Necesitaba al Sediento.
Gonzalo no respondió.
—No bastaba con matarlos. Necesitaba las dos heridas. La rigidez. Los cuerpos expuestos. Todo tenía que recordar a la leyenda.
—Necesitaba que miraran hacia otro lado.
Clara se quedó quieta.
Desde el principio, aquellas dos marcas habían reclamado toda la atención y los habían obligado a mirar en la dirección que Gonzalo quería.
—Nos hizo perseguir a un fantasma.
Gonzalo negó despacio.
—No.
La miró.
—El pueblo lo hizo por mí.
—Yo solo tuve que darle algo en lo que creer.
Clara no reaccionó.
El médico cerró lentamente la caja.
—Desde la primera vez que la vi junto a aquella fuente supe que tenía un problema.
—¿Por qué?
Gonzalo sonrió apenas.
—Porque todos miraban las heridas.
Gonzalo sostuvo su mirada.
—Usted miró los zapatos.
Recordó a Roberto junto a la fuente.
La suciedad, las abrasiones, el rastro casi invisible sobre el pavimento.
Todo había empezado allí.
Gonzalo empujó lentamente la caja hacia ella.
—Llévesela.
Clara contempló la caja antes de levantar la mirada.
—¿Eso es todo?
Gonzalo asintió.
—Sí.
—Ha matado a tres hombres.
—Lo sé.
—Y estaba dispuesto a continuar.
Esta vez tardó algo más en responder.
—Sí.
Clara observó al hombre que tenía delante.
Durante días había intentado imaginar quién se escondía detrás de aquellas muertes. Ahora lo tenía delante y no parecía un monstruo.
Quizá eso fuera lo más inquietante.
—Eso no fue justicia, doctor.
Gonzalo bajó la mirada hacia sus manos.
—No.
Clara esperó.
El médico guardó silencio unos segundos.
—Fue llegar once años tarde.
Clara sostuvo la mirada de Morales.
—Ha hecho todo esto por Lucía. ¿Y ahora qué?
—¿Ahora?
—Ahora tendrá que aprender a vivir sin su padre.
Gonzalo se quedó quieto.
—Sé lo que pesa esa ausencia.
Por primera vez desde que había empezado a hablar, Gonzalo no encontró respuesta.
Clara sacó las esposas.
Gonzalo las observó.
No opuso resistencia y extendió las manos.
El primer clic de las esposas rompió el silencio de la consulta; después llegó el segundo.
Clara le informó de sus derechos.
Gonzalo escuchó hasta el final sin interrumpirla.
Cuando terminó, la teniente tomó la caja y se dirigió hacia la puerta.
—Teniente.
Clara se detuvo.
Gonzalo mantenía la mirada baja.
—Cuando hable con Lucía...
Aquellas palabras parecieron costarle más que cualquier confesión anterior.
Clara esperó.
—Dígale que nada de esto fue por su culpa.
La teniente lo observó.
—Se lo diré.
Gonzalo bajó la cabeza.
Clara abrió la puerta.
Morales esperaba al otro lado.
No estaba solo.
Dos agentes uniformados aguardaban unos pasos más atrás y otro permanecía junto al vehículo.
Al ver las esposas, Morales miró primero a Gonzalo y después la pequeña caja que Clara sostenía entre las manos.
Después buscó los ojos de su teniente.
No preguntó nada; Clara tampoco necesitó explicárselo.
Morales hizo un gesto a los agentes.
Dos de ellos avanzaron hacia Gonzalo.
El médico cruzó el umbral sin oponer resistencia.
Clara permaneció junto a la puerta mientras se lo llevaban.
Morales se quedó a su lado.
Ninguno habló.