CAPÍTULO
Después del silencio
La noticia recorrió El Cuervo antes de que terminara la noche.
Al amanecer, el nombre de Gonzalo Romero ya corría por las barras de los bares, las puertas de las panaderías y los corrillos improvisados en las aceras.
Algunos se negaban a creerlo; otros reconstruían conversaciones, visitas a la consulta y encuentros fortuitos en busca de señales que nunca habían visto.
El médico que durante más de treinta años había curado a medio pueblo era el mismo hombre al que la Guardia Civil acusaba de tres asesinatos.
El Sediento desapareció de las conversaciones con la misma rapidez con que había regresado.
Esta vez no hubo leyendas ni monstruos, tampoco historias de hombres que regresaban de la tumba sedientos de sangre.
Solo personas y verdades que habían tardado demasiado en salir a la luz.
La declaración de Lucía había desenterrado una verdad silenciada durante once años. Jaime y Álvaro tendrían ahora que responder por lo ocurrido aquella noche.
Clara sabía que aquello no garantizaba una condena; había pasado demasiado tiempo.
Pero algo sí había cambiado.
Durante once años, aquella historia había sobrevivido únicamente en la memoria de Lucía.
Ahora, al menos, el silencio tenía nombres.
❖ ❖ ❖
Lucía estaba sentada en un banco del bulevar cuando vio acercarse a Daniel.
No se levantó.
Él caminó hasta detenerse frente a ella.
—Hola.
—Hola.
Ninguno dijo nada.
Daniel señaló el espacio vacío a su lado.
—¿Puedo?
Lucía lo miró.
—Sí.
Daniel se sentó dejando una prudente distancia entre ambos.
Frente a ellos, el agua continuaba cayendo en la fuente. Un hombre cruzó el paseo con una bolsa de pan bajo el brazo. Más allá, dos niños discutían por unos cromos.
El pueblo seguía adelante.
—Me he enterado —dijo Daniel.
Lucía bajó la mirada.
—Ya se ha enterado todo el mundo.
Ella sabía que quería decir muchas cosas.
También sabía que estaba eligiendo no hacerlo.
Y se lo agradeció.
Permanecieron un rato mirando la fuente.
Fue entonces cuando Daniel reparó en su muñeca.
La pulsera.
Su mirada se detuvo apenas un instante en la pequeña pieza de plata.
Lucía lo vio reconocerla.
Once años antes, él mismo había tardado una eternidad en conseguir cerrar aquel broche.
Daniel levantó los ojos hacia ella.
No preguntó por qué seguía llevándola.
No intentó tocarla.
Solo sonrió.
Lucía bajó la mirada hacia la pulsera.
Después dejó descansar la mano sobre el banco, en el espacio que los separaba.
Daniel hizo lo mismo.
Sus dedos quedaron muy cerca.
No llegaron a tocarse.
Todavía no.
Lucía volvió la vista hacia la fuente.
❖ ❖ ❖
Dos semanas después, Clara Díaz descubrió que había cosas más peligrosas que perseguir asesinos.
—¡Teniente, cuidado!
El balón pasó a escasos centímetros de su cabeza.
Clara se volvió hacia Morales.
—¿Estos son sus sobrinos?
—Le advertí que eran peligrosos.
—Dijo que jugaba al fútbol con ellos. No que hubiera formado un ejército.
Morales soltó una carcajada.
A su alrededor, una docena de niños corría detrás del balón sin que Clara consiguiera averiguar muy bien quién pertenecía a cada equipo.
Uno de los pequeños se plantó frente a ella con las manos en la cintura.
—Tienes que correr más.
Clara arqueó una ceja.
—¿Perdona?
—Que así no vamos a ganar.
Morales tuvo que girarse para disimular la risa.
—Ni una palabra —advirtió Clara.
—Yo no he dicho nada.
—Pero lo ha pensado.
—Eso todavía no es delito.
El balón volvió a rodar hacia ellos.
Morales lo controló con el pie y se lo pasó.
Clara consiguió detenerlo.
Más o menos.
El niño que acababa de reprenderla levantó los brazos desesperado.
—¡Pásala!
Clara miró a Morales.
—¿Siempre son así?
—Hoy están tranquilos.
Ella negó con la cabeza.
Después golpeó el balón.
El pase salió bastante mejor de lo esperado.
Los niños echaron a correr detrás de él.
—No está mal —dijo Morales.
—He tenido suerte.
—Eso no se lo cree ni usted.
Clara permaneció seria.
Habían pasado dos semanas desde El Cuervo.
Dos semanas de informes, declaraciones y noches reconstruyendo sobre el papel una investigación que todavía aparecía de vez en cuando cerraba los ojos.
Pero aquella tarde no había cadáveres.
No había marcas en ningún cuello.
No había leyendas.
Solo un balón, doce niños y un sargento que parecía disfrutar demasiado viéndola hacer el ridículo.
Morales comenzó a correr hacia el otro extremo del campo.
—¡Vamos, mi teniente!
Clara permaneció quieta.
—¿Qué?
Él siguió corriendo de espaldas.
—¡Que nos están ganando!
Clara lo observó.
Recordó la primera vez que lo había visto junto a aquella cafetera de la comandancia.
Hablaba demasiado.
Sonreía demasiado.
Y ella había tardado muy poco en decidir que probablemente acabaría agotándole la paciencia.
No se había equivocado.
—¡Clara!
Morales acababa de llamarla por su nombre.
Esta vez ella no lo corrigió.
Echó a correr.
—¡Javi!
Él se volvió.
—¿Qué?
Clara señaló el balón que avanzaba hacia ellos.
—Como perdamos, el informe lo hace usted.
Morales sonrió.
—Eso es abuso de autoridad.
—Denúncieme.
El balón llegó hasta Clara.
Lo golpeó hacia delante y continuó corriendo.
Morales fue tras ella.
Las voces de los niños llenaron el campo.
En ese instante Clara Díaz entendió que no estaba intentando descubrir nada.
Simplemente estaba allí.
❖ ❖ ❖
Epílogo
El frío de diciembre ya se había instalado en Sevilla.
Clara empujó la puerta de la pequeña cafetería del centro. La campanilla anunció su llegada.
Era uno de esos locales donde el tiempo parecía transcurrir más despacio. El aroma del café recién molido se mezclaba con el de las tostadas recién hechas.
Eligió la misma mesa junto a la ventana.
—Un café solo, por favor.
—Enseguida.
Mientras esperaba, dejó que la mirada recorriera el local.
Todo seguía igual.
O casi.
Entonces la vio.
La camarera se movía entre las mesas con la misma naturalidad de siempre, pero había algo distinto en ella.
Sonreía.
Una sonrisa tranquila.
De esas que no necesitan fingirse.
Al reconocer a Clara, se acercó hasta su mesa.
—Me alegro de volver a verte, niña.
Clara le devolvió la sonrisa.
—Yo también.
La camarera regresó a la barra.
Clara tomó un sorbo de café y bajó la mirada hacia la carpeta que descansaba junto a su teléfono.
Llevaba años guardándola y, aun así, aquella mañana la había llevado consigo.
En la cubierta, bajo el sello de la Guardia Civil, podía leerse un nombre:
MATEO DÍAZ.
Clara pasó un dedo por el borde del expediente.
Todavía quedaban silencios.