CAPÍTULO
Gonzalo
El vehículo avanzó por las calles de El Cuervo sin que ninguno de los dos hablara.
Clara conducía con la mirada fija al frente. A su lado, Morales permanecía recostado en el asiento con el brazo todavía sujeto por el cabestrillo.
Parecía haber pasado mucho más de una semana desde la primera vez que recorrieron juntos aquellas calles. Entonces habían llegado sin saber qué buscaban; ahora iban directamente hacia un hombre.
Clara redujo la velocidad al acercarse a la consulta de Gonzalo y observó la fachada a través del parabrisas.
Habían estado allí antes.
Habían hablado con él, le habían hecho preguntas y las había respondido todas con la paciencia de quien no tenía nada que esconder.
Clara apagó el motor.
Ninguno se apresuró a bajar.
Morales fue a desabrocharse el cinturón, pero Clara habló antes.
—Sobre lo que me dijo en Comandancia...
Él volvió la cabeza.
Clara mantuvo las manos sobre el volante.
—Tenía razón.
Morales la observó un momento.
No preguntó a qué se refería.
—No se acostumbre, mi teniente.
A Clara se le escapó una sonrisa mínima.
—No pensaba darle ese gusto.
Morales abrió la puerta.
—Eso me deja más tranquilo.
Clara salió del vehículo.
Caminaron juntos hasta la entrada. Al llegar, ella se detuvo.
—Espéreme aquí.
—No pensaba dejarla sola.
Clara le sostuvo la mirada.
Esta vez no discutió.
—Lo sé.
Después se volvió hacia la puerta.
Ya no iba allí para averiguar cómo habían muerto Roberto, Iván y David, sino para hacer la pregunta que debieron formularse desde el principio.
Clara entró en la consulta sin llamar.
Gonzalo Romero levantó la vista del escritorio. La sorpresa apenas duró un instante antes de que recuperara aquella expresión cordial con la que la había recibido desde el primer día.
—Teniente Díaz. Me alegro de verla. ¿Se encuentra bien?
Clara cerró la puerta a su espalda.
—Sí, doctor.
Gonzalo señaló una de las sillas.
—Siéntese.
—Prefiero quedarme de pie.
Algo cambió apenas perceptiblemente en el rostro del médico.
—Como quiera.
Clara lo observó.
La consulta era la misma: los mismos libros, el mismo escritorio, el mismo hombre amable que durante aquellos días había respondido a cada pregunta, siempre dispuesto a colaborar.
Y, sin embargo, ahora todo parecía distinto.
—Llevo días intentando averiguar cómo cometió los asesinatos.
La sonrisa de Gonzalo desapareció.
Clara continuó.
—Hoy he comprendido que esa nunca fue la pregunta correcta.
El médico sostuvo su mirada.
—No sé de qué me está hablando.
—La pregunta era por qué.
Gonzalo no respondió.
—¿Por qué un hombre como usted decidió hacerlo?
Gonzalo se reclinó lentamente en la silla.
—Teniente, no sé qué cree haber descubierto, pero...
—Ya no es necesario fingir, doctor.
La sonrisa desapareció definitivamente de su rostro.
Clara dio un paso hacia el escritorio.
—Fue Roberto.
Gonzalo no reaccionó.
—Aquel día que tuvo que llevarlo al hospital.
Ni un gesto.
—Antes de bajar del coche le contó algo.
Esta vez Clara lo vio: una contracción mínima en la mandíbula.
Apenas duró un instante, pero estaba allí.
—Creo que le habló de lo que ocurrió hace once años.
Gonzalo apartó la mirada.
—No sé de qué...
—Le habló de Lucía.
El nombre cambió el aire de la consulta.
Por primera vez desde que Clara había entrado en la consulta, Gonzalo Romero pareció quedarse sin respuesta.
Ella no apartó los ojos de él.
—Hasta entonces usted no lo sabía.
El médico volvió lentamente la mirada hacia ella.
—Pero debió de empezar a comprender muchas cosas. Los cambios de su hija. Los silencios. Todo aquello que durante años no había sabido explicar.
Gonzalo tragó saliva.
—Tenga cuidado, teniente.
Clara dejó pasar un instante.
—Y Mercedes.
Aquello sí lo golpeó.
—No hable de mi mujer.
La voz seguía siendo baja, pero ya no era la del médico afable que conocía todo El Cuervo.
—¿Ella llegó a saberlo?
—He dicho que no hable de ella.
Clara no insistió.
No necesitaba hacerlo: había encontrado la grieta.
—Roberto le dio algo que usted llevaba once años sin saber que necesitaba.
Gonzalo respiraba lentamente.
—Nombres.
El médico cerró los ojos.
Solo un instante, pero fue suficiente.
—Cinco nombres —continuó Clara—. Cinco hombres que siguieron con sus vidas después de aquella noche.
Gonzalo abrió los ojos.
—Usted no sabe nada de mi hija.
Clara sostuvo la mirada de Morales.
—Sé que sobrevivió.
La expresión del médico se endureció.
—No.
Hizo una pausa.
—Usted sabe que sigue viva. No es lo mismo.
Aquella respuesta decía mucho más de lo que Gonzalo probablemente pretendía.
—Y después estaba la leyenda.
Gonzalo no respondió.
—La caja. Los manuscritos. El instrumento. Todo aquello que hablaba del Sediento y de cómo alguien había conseguido convertir unos crímenes en superstición.
El médico permaneció inmóvil.
Clara avanzó otro paso.
—Aquel hombre comprendió algo que usted también comprendió.
Gonzalo levantó ligeramente la mirada.
—Que para esconder un crimen no siempre es necesario ocultarlo.
El silencio se prolongó.
—A veces basta con conseguir que todo el mundo mire en la dirección equivocada.
La mirada de Clara descendió hasta el cinturón del médico.
Se detuvo en la hebilla de latón.
En uno de sus bordes distinguió una pequeña rozadura.
Después volvió a sus ojos.
—Y usted decidió hacer exactamente lo mismo.
Durante varios segundos ninguno dijo nada.
Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
—Supongo que ahora espera que se lo confirme.
—Esperaba un mínimo de decencia viniendo de usted.
Él volvió a mirarla.
—No sé para qué ha venido.
—Para darle la oportunidad de explicármelo.
—¿Explicarle qué?
—Por qué tres de los hombres que hicieron aquello a su hija están muertos.
Gonzalo apoyó la espalda en la silla.
—Ya empezamos otra vez.
—Roberto le contó lo que ocurrió.
—Eso lo dice usted.
—Y poco después apareció muerto.
—También murió Iván. Y David. ¿Va a convertir en asesino a cualquiera que supiera lo que ocurrió hace once años?
Clara bajó la mirada hacia su cinturón.
—Solo al que además llevaba algo de latón cuando Roberto intentó defenderse.
Gonzalo siguió el gesto.
—¿La hebilla?
—Encontramos restos bajo sus uñas.
—Roberto entró muchas veces en esta consulta, eso pudo ocurrir cualquiera de esas veces.
—Pudo.
Gonzalo la observó.
—No parece muy convencida de su propia acusación.
—Lo estoy bastante.
—Pues hasta ahora no me ha dado ningún motivo para estarlo.
Gonzalo sonrió mientras se inclinaba ligeramente hacia delante.
—Tiene una hebilla gastada, una historia sobre mi hija y una leyenda que conoce medio pueblo. Me temo que no tiene nada.
Clara sostuvo la mirada de Morales.
—Hasta que llegamos a David.
La sonrisa desapareció.
—David llevaba un reloj deportivo.
Gonzalo no dijo nada.
—Detectó una caída y realizó una llamada automática al 112.
Esta vez sí hubo una reacción.
Pequeña, pero inequívoca.
Sacó el teléfono.
—La llamada quedó grabada.
Gonzalo miró el aparato.
Clara pulsó la pantalla.
Durante unos segundos solo se escuchó el viento. Después llegó una voz femenina.
—Emergencias 112. ¿Puede oírme?
No hubo respuesta.
Se oyó un roce, seguido de la respiración entrecortada de David.
Entonces llegó otra voz, más próxima.
—Tranquilo.
Gonzalo dejó de mirar el teléfono.
Clara no apartó los ojos de él.
La grabación continuó.
—Esto es por Lucía.
Clara la detuvo.
Ninguno dijo nada.
Gonzalo tardó unos segundos en reaccionar.
—Eso no demuestra que lo matara.
Clara lo miró, incrédula.
—¿De verdad va a seguir negándolo?
—Demuestra que estaba allí.
—Mientras David agonizaba.
—No sabe qué ocurrió antes.
Gonzalo señaló el teléfono.
—Tiene unos segundos de una conversación. No sabe por qué fui hasta allí ni en qué estado encontré a David.
—Y casualmente habló de Lucía.
—No he dicho que fuera casualidad.
Clara lo miró.
—Entonces explíquemelo.
Gonzalo calló.
—Eso pensaba.
—Lo que piense no importa. Lo que pueda demostrar, sí.
Clara asintió despacio.
—Tiene razón.
Guardó el teléfono.
—Entonces hablemos de lo que podemos demostrar.
Gonzalo esperó.
—La herramienta que encontramos con Murillo fue destruida antes de que David muriera.
El médico no respondió.
—Pero David tenía las mismas dos perforaciones que Roberto e Iván. La misma separación. El mismo patrón.
—Lo que significa que existe otra.
Gonzalo sostuvo su mirada.
—O que su teoría es equivocada.
Clara recorrió la consulta con la mirada.
—Por eso vamos a comprobarlo.
Gonzalo permaneció inmóvil.
Clara señaló alrededor.
—¿Qué cree que encontraremos cuando registremos la clínica?
—No puede registrar esto porque quiera. Necesita una orden.
—¿Quién dice que no la tenga ya?
Gonzalo apretó la mandíbula.
—¿Y qué espera encontrar?
Clara volvió los ojos hacia él.
—Eso es precisamente lo que le estoy preguntando.
Gonzalo calló un momento.
—Si no ha matado a nadie, si la hebilla no significa nada, si esa grabación no significa nada y si me he equivocado con usted desde el principio...
Miró hacia los armarios.
Después hacia el escritorio.
—No encontraremos nada.
Gonzalo no respondió.
Clara esperó.
—¿Verdad?
Gonzalo bajó la mirada hacia sus manos.
—¿Ha venido sola?
La pregunta tomó a Clara por sorpresa.
—No.
El médico asintió despacio.
—Morales está fuera.
Clara no respondió.
Gonzalo sonrió con cansancio.
—Buen hombre. Habla demasiado, pero es buen hombre.
—No cambie de tema.
—No lo estoy cambiando.
Gonzalo se levantó.
Clara se tensó.
Él se detuvo al advertirlo.
—Tranquila, teniente. No voy a hacerle daño.
Rodeó el escritorio y caminó hasta la ventana. Separó apenas una de las lamas de la persiana.
La tarde empezaba a caer sobre El Cuervo.
—¿Sabe cuánto tiempo llevo mirando estas calles?
Clara no contestó.
—Treinta y dos años.
Soltó la persiana.
—He visto crecer a medio pueblo. He atendido a niños que ahora traen aquí a sus propios hijos. He salido de madrugada porque alguien tenía fiebre. He visitado casas donde sabía que jamás iban a pagarme. He acompañado a personas cuando ya no quedaba nada que la medicina pudiera hacer por ellas.
Se volvió hacia Clara.
—He dedicado mi vida a este pueblo.
Clara no apartó los ojos.
—Y ha matado a tres hombres.