CAPÍTULO
La pregunta correcta
La puerta se cerró detrás de Álvaro con un leve chasquido. La habitación pareció quedar suspendida, pero las palabras que acababan de escuchar seguían allí. Once años reducidos a una confesión que, de pronto, daba sentido a demasiadas cosas.
Morales había llegado a El Cuervo apenas unos minutos antes de que Álvaro comenzara a hablar. Clara solo había tenido tiempo de ponerlo al corriente de lo imprescindible. Después se habían limitado a escuchar.
Ahora ya no quedaba nadie frente a ellos; solo la historia.
Clara siguió mirando la puerta cerrada mientras Morales bajaba los ojos hacia la mesa, ordenando mentalmente cada nombre, cada víctima, cada pieza que acababa de ocupar su lugar.
—Cinco.
Clara no respondió.
—Todo esto era por lo que hicieron los cinco.
Durante días habían trabajado con los mismos cinco nombres: Roberto, Iván, David, Álvaro y Jaime.
Roberto. Iván. David. Álvaro. Jaime.
Sabían que compartían algo ocurrido muchos años atrás. También que, después de las primeras muertes, cualquiera de los que quedaban podía convertirse en el siguiente objetivo.
Lo que no habían conseguido averiguar era por qué. Hasta ahora.
Clara volvió la mirada hacia Morales.
—Lucía.
Él asintió.
Por fin sabían qué los unía realmente.
—Tiene el motivo.
—Lo tiene.
—Conocía a todos.
—Sí.
Morales esperó a que continuara.
Conocía ya lo suficiente a su teniente para saber que aquellas respuestas no significaban que hubiera llegado a la misma conclusión.
—Pero no cree que sea ella.
Clara no tardó en contestar.
—No. Hay algo que no encaja.
—¿El qué?
—Todo lo demás.
Morales frunció ligeramente el ceño.
—El asesino no se limitó a matarlos. Preparó una sustancia capaz de provocar una muerte rápida y una rigidez que confundiera las primeras impresiones.
Fabricó un instrumento para dejar dos heridas idénticas y utilizó una historia de hace dos siglos para conseguir que todo un pueblo mirara hacia otro lado.
Morales guardó silencio.
—Eso requiere conocimientos —continuó Clara.
—Médicos.
Clara lo miró.
El nombre surgió entre ambos antes de que ninguno lo pronunciara.
—Gonzalo.
Clara bajó los ojos.
Recordó la consulta, los libros, la serenidad con la que el médico había respondido a cada pregunta. Después recordó algo más.
La casa.
Clara levantó los ojos.
—Vive en la antigua casa de Alonso.
Morales soltó el aire.
—Joder.
—La historia estaba allí.
—Eso no significa que la conociera.
—No.
—Ni que supiera lo de Lucía.
Clara se quedó quieta.
Aquello sí era diferente.
No necesitaban demostrar todavía que Gonzalo hubiera matado.
Antes necesitaban responder a una pregunta mucho más sencilla.
¿Cuándo había descubierto un padre lo que le hicieron a su hija?
Clara pensó en Roberto.
En las últimas semanas antes de su muerte, en aquel mensaje que llevaba días persiguiéndolos.
No puedo seguir mirando para otro lado.
Y recordó algo más.
—Era paciente suyo.
—¿Roberto?
—Sí.
Entonces la posibilidad dejó de parecer remota.
—Gonzalo tendría los conocimientos, la información y un motivo.
Clara no respondió.
Eso era precisamente lo inquietante de Gonzalo: cada elemento podía explicarse por separado.
Los conocimientos médicos no demostraban nada.
Vivir en la casa de Alonso tampoco.
Ser el padre de Lucía no lo convertía en asesino.
Eso era todo. Una sospecha. Nada más.
Clara cerró la carpeta y se recostó ligeramente en la silla. Durante un momento, ninguno de los dos pareció saber por dónde continuar.
El teléfono de Clara vibró sobre la mesa.
Miró la pantalla antes de responder.
—Dígame, Roldán.
—Teniente. ¿Sigue en El Cuervo?
Clara miró el reloj.
—Sí. ¿Qué ocurre?
—He estado revisando lo que me enviaron de David.
Clara se incorporó.
—¿Ha encontrado algo?
Hubo una pausa al otro lado.
—Sí.
Morales levantó la mirada.
Clara activó el altavoz y dejó el teléfono sobre la mesa.
—Le escucha también el sargento Morales.
—Buenas tardes, sargento.
—Roldán.
Clara volvió al asunto.
—¿Qué ha encontrado?
—Prefiero que lo escuche usted misma.
—¿Es importante?
Roldán tardó un momento en responder.
—Creo que sí.
Clara miró a Morales.
—¿Puede decírmelo por teléfono?
—Se lo envío.
Clara miró la pantalla.
—Hágalo.
—Déme un momento.
La llamada terminó.
Morales se inclinó hacia delante, atento.
Clara mantuvo el teléfono entre las manos.
Pasaron unos segundos sin que ocurriera nada.
Morales la observó.
—Está empezando a ponerme nervioso.
—Pues imagínese a mí.
—No lo parece.
Clara estaba a punto de responder cuando el teléfono vibró.
Ambos bajaron la mirada.
Había llegado un mensaje de Álex Roldán.
Era un archivo adjunto.
Clara lo abrió.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Cuando terminó, Morales alzó despacio la mirada.
Clara ya lo estaba mirando.
—Esto lo cambia todo.