CAPÍTULO #2
—Diez. Me acuerdo perfectamente.
—Pues tienes demasiada memoria.
—Para algunas cosas.
Lucía no dio importancia a aquella frase.
Roberto se levantó.
—Voy al baño.
—Pues qué interesante —respondió Álvaro.
—Te mantendré informado.
David soltó una carcajada.
Lucía volvió a mirar el reloj.
Las doce y cuarenta y siete.
—Yo también debería irme ya.
Jaime la miró.
—Todavía es pronto.
—Mi madre me mata como llegue tarde.
—Has dicho que a la una y media.
—Sí, pero tengo que llegar hasta mi casa.
—Te acompañamos.
—Ya.
Lucía buscó el bolso.
—Pues en diez minutos.
Jaime permaneció sentado.
—Diez minutos.
Ella levantó un dedo.
—Ni uno más.
—Palabra.
Lucía volvió a dejar el bolso.
La canción terminó.
Comenzó otra mucho más lenta.
Álvaro protestó desde el otro lado del salón.
—¿Quién ha puesto esta mierda?
—Tu gusto musical es lamentable —dijo David.
—Ha salido sola.
Iván se levantó para cambiarla.
Lucía miró de nuevo la pulsera.
Giró la pequeña pieza de plata entre los dedos.
—Es bonita.
La voz de Jaime hizo que levantara la cabeza.
—¿Qué?
Él señaló su muñeca.
—La pulsera.
Lucía sonrió.
—Me la ha regalado Daniel esta noche.
—Ya.
—¿Cómo que ya?
—Os vi antes enseñándosela a Marta.
Lucía acarició la cadena con el pulgar.
—Llevamos casi un año.
—Once meses.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
Jaime se encogió de hombros.
—El pueblo es pequeño.
—Eso empieza a darme miedo.
Lucía también sonrió.
Jaime, en cambio, dejó de hacerlo.
—Siempre me has gustado.
Ella tardó un momento en comprender.
—¿La pulsera?
—Tú.
Lucía se quedó callada.
Pensó que estaba bromeando y esperó la sonrisa.
No llegó.
—Jaime...
—Desde pequeños.
Ella apartó ligeramente la mirada.
—No sabía nada.
—Claro que no.
—Nunca me dijiste nada.
—Porque nunca tuve oportunidad.
Lucía soltó una risa incómoda.
—Bueno...
Buscó el bolso otra vez.
—Creo que debería irme.
Jaime no se movió.
—¿Tan mal te ha sentado?
—No.
—Entonces quédate.
—No es eso. Es tarde.
—Todavía no es la una.
Lucía miró el reloj.
Las doce y cincuenta y tres.
—Precisamente.
Se levantó.
Jaime hizo lo mismo.
—No quería incomodarte.
—No pasa nada.
—Lucía.
—De verdad.
Ella sonrió intentando quitar importancia a la situación.
—Mañana fingimos que no me has dicho nada y listo.
Dio un paso hacia el bolso.
Jaime se interpuso.
No fue un movimiento brusco; simplemente quedó delante.
Lucía se detuvo.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Pues déjame pasar.
Jaime la miró.
Había algo diferente en sus ojos, algo que Lucía no había visto hasta entonces.
Ya no le pareció el muchacho con el que había compartido mesa en reuniones familiares.
O quizá siempre lo había sido y ella nunca había sabido verlo.
—Solo quiero saber una cosa.
—Jaime...
—¿Nunca te has fijado en mí?
Lucía respiró hondo.
—Estoy con Daniel.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Intentó pasar a su lado.
Jaime la sujetó por la muñeca.
Lucía bajó la vista.
Precisamente por la muñeca de la pulsera.
—Suéltame.
Él lo hizo.
—Perdona.
Lucía retrocedió.
—Me voy.
Cogió el bolso y el oso.
Jaime dio otro paso.
—No quería asustarte.
—No me has asustado.
Era mentira: no sabía exactamente por qué, pero quería salir de aquella casa.
—Que me voy, Jaime.
Él volvió a colocarse delante.
Esta vez Lucía no intentó sonreír.
—Apártate.
—Solo dame un beso.
Lucía lo miró incrédula.
—¿Qué?
—Uno.
—¿Estás tonto?
Jaime intentó acercarse.
Lucía volvió la cara y lo empujó.
—¡He dicho que no!
El oso cayó al suelo y el ruido hizo que los demás miraran.
Lucía recogió rápidamente el peluche.
—Me voy.
Jaime volvió a acercarse.
—Espera.
—No me toques.
—Lucía...
—Que no me toques.
Álvaro se incorporó.
Miró a Jaime.
Después a Lucía.
Y sonrió.
—Eh...
La forma en que lo dijo cambió algo en la habitación.
—¿No pensabas compartir?
Lucía contuvo la respiración.
Jaime lo miró.
—Cállate.
Álvaro se acercó.
—¿Qué pasa?
—He dicho que te calles.
Lucía buscó con la mirada a Roberto.
Luego a David.
A Iván.
Esperaba una carcajada, una frase que deshiciera aquella situación absurda, que alguno dijera que ya estaba bien.
Nadie lo hizo.
Roberto fue el único que pareció incómodo.
—Dejadla.
Álvaro lo miró.
—¿Qué?
—Que la dejéis. Se quiere ir.
Por un instante, Lucía sintió alivio.
—Gracias.
Dio un paso hacia la puerta.
Álvaro se interpuso.
—¿Dónde vas?
El alivio duró poco.
Lucía miró hacia Roberto.
—Roberto.
Él evitó sus ojos.
—Tío —murmuró—. Esto no tiene gracia.
—Pues vete —respondió Iván.
Roberto permaneció quieto.
Lucía volvió a mirar la puerta.
La puerta estaba a apenas unos metros.
Solo tenía que llegar hasta ella.
Sacó el teléfono.
No llegó a desbloquearlo.
Una mano se lo arrebató.
—Devuélvemelo.
—Tranquila.
—He dicho que me lo devuelvas.
Ya nadie se rio.
Lucía sintió el corazón golpeándole contra el pecho.
Miró a Jaime.
—Tus padres conocen a los míos.
Él no respondió.
—Jaime.
Nada.
—Mi padre ha estado en esta casa.
La voz comenzó a temblarle.
—Tu madre conoce a mi madre.
Por primera vez, Jaime vaciló.
Lucía se aferró a aquella duda.
—Déjame ir.
Durante un instante creyó que la dejaría marcharse.
Entonces Álvaro cerró la puerta del salón.
El clic de la cerradura fue pequeño, casi insignificante.
Lucía lo escuchó perfectamente.
Después recordaría cosas sueltas, nunca la noche completa.
El sonido de la música, una botella golpeando accidentalmente la mesa, el oso de peluche en el suelo, su teléfono demasiado lejos.
Y cinco rostros conocidos. Eso era lo peor.
Los conocía: había bailado con ellos, había comido con ellos, Daniel les había pedido que la acompañaran a casa.
Lucía gritó, pidió que parasen y dijo sus nombres uno detrás de otro, como si pronunciarlos pudiera devolverles aquello que parecían haber olvidado: que eran personas.
Roberto volvió a decir que aquello estaba mal.
Una vez y después otra.
Pero no abrió la puerta, no llamó a nadie, no la ayudó.
Se quedó allí, y Lucía comprendió que mirar hacia otro lado también era una decisión.
En algún momento bajó los ojos.
No sabía por qué; quizá porque ya no podía mirar aquellos rostros.
Entonces vio su muñeca.
La pulsera: la misma que Daniel había tardado tanto en abrochar unas horas antes.
La pequeña pieza de plata temblaba con ella.
Lucía cerró los dedos alrededor.
Cerró los dedos alrededor con fuerza y, por un instante, consiguió estar en otro lugar.
Daniel fingiendo indignación porque ella decía que once meses no eran un año; su madre arreglándole el cuello de la blusa; su padre diciéndole que la trajeran entera.
Los coches de choque, el oso, las luces, su habitación, su casa.
Todo lo que seguía existiendo al otro lado de aquella puerta.
Se aferró a la pulsera.
Y dejó de mirar.
Cuando volvió a abrir los ojos, la música seguía sonando.
Eso fue lo primero que comprendió.
La misma canción, el mismo salón, pero nada era igual.
Lucía permaneció inmóvil.
Nadie hablaba.
Jaime estaba sentado al otro lado de la habitación con la cabeza entre las manos.
David miraba hacia el suelo.
Iván respiraba agitadamente.
Álvaro evitaba mirarla.
Roberto seguía junto a la pared.
Lucía se incorporó.
Nadie intentó detenerla.
Recogió el bolso.
Después, el teléfono.
Por último vio el oso, Federico, tumbado boca abajo junto al sofá.
Lucía lo miró.
No lo recogió.
Caminó hacia la puerta.
Cuando puso la mano sobre el picaporte, escuchó la voz de Jaime.
—Lucía...
Ella se detuvo.
No se volvió.
—Lo siento.
Lucía abrió la puerta.
—No vuelvas a pronunciar mi nombre.
Y salió.
La calle estaba vacía.
El aire frío le golpeó el rostro.
Lucía comenzó a caminar.
No corrió, no lloró, no llamó a nadie.
Simplemente caminó, un paso y después otro.
El teléfono vibró dentro del bolso.
No necesitó mirarlo para imaginar quién era.
Volvió a vibrar y esta vez lo sacó.
Daniel.
Lucía observó su nombre iluminando la pantalla.
No respondió.
La llamada terminó.
Unos segundos después llegó un mensaje.
¿Has llegado?
Lucía se quedó mirando aquellas dos palabras.
Quiso escribir que sí, decirle que fuera a buscarla, llamar a su madre, a su padre, a cualquiera.
No hizo ninguna de esas cosas. Apagó la pantalla y continuó caminando.
La pulsera seguía en su muñeca.
Lucía la cubrió con la otra mano.
Y siguió hacia casa.