El silencio de El Cuervo CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Lucía

—Mamá, ¿la blanca o la azul?

Mercedes apareció en la puerta de la habitación con una cesta de ropa apoyada sobre la cadera.

Ni siquiera miró hacia la cama.

—La azul.

Lucía se volvió hacia ella.

—Pero si no las has visto.

—No necesito verlas. Llevas preguntándomelo desde las seis y quieres que te diga la azul.

Lucía intentó contener una sonrisa.

—Pues entonces no sé para qué te pregunto.

—Yo tampoco.

Mercedes siguió su camino por el pasillo.

Lucía volvió a contemplar las dos blusas extendidas sobre la cama.

La blanca era nueva; la azul se la había puesto tantas veces que su madre amenazaba con esconderla cada vez que aparecía en el cesto de la ropa sucia.

Cogió la azul.

Su madre siempre tenía razón y eso era algo que, con dieciséis años, resultaba especialmente irritante.

Se la puso frente al espejo.

El cabello rubio le caía suelto sobre los hombros. Había probado a recogérselo dos veces y las dos había terminado soltándoselo. Se inclinó hacia el cristal para comprobarse los ojos, se apartó un mechón de la frente y torció ligeramente los labios.

No estaba mal.

Volvió a mirar la hora.

Daniel llegaría en cualquier momento.

Solo pensarlo la hizo sonreír.

Se reprendió enseguida.

Llevaban juntos casi un año. Ya debería habérsele pasado aquella tontería.

Y no se le había pasado.

Desde la planta baja llegó la voz de Gonzalo.

—¡Lucía!

Ella abrió la puerta.

—¿Qué?

—¡Tu novio!

Lucía miró el reloj.

—¡Pues dile que espere!

—¡Eso estoy haciendo!

La voz de su padre volvió a escucharse unos segundos después.

—¡Pero como siga viniendo antes de la hora voy a empezar a cobrarle la consulta!

Lucía puso los ojos en blanco.

—¡Papá!

Escuchó la risa de Mercedes desde el pasillo.

—No le hagas caso.

—Es imposible no hacerle caso. Se asegura de que lo escuche todo el pueblo.

—Eso también lo has heredado de él.

—Yo no soy así.

Mercedes la miró.

Lucía sostuvo su mirada un par de segundos.

—Vale. Un poco.

Su madre sonrió.

Se acercó y le arregló el cuello de la blusa.

—Estás muy guapa.

—¿Seguro?

—Segurísimo.

Lucía volvió a mirarse en el espejo.

Mercedes permaneció detrás de ella.

—¿A qué hora vais a volver?

—No sé.

—Lucía.

—Mamá...

—Una hora.

—Daniel me acompaña.

—No te he preguntado quién te acompaña. Te he preguntado a qué hora vuelves.

Lucía suspiró.

—A las dos.

Mercedes levantó una ceja.

—A la una y media.

—Mamá.

—A la una.

—¡Eso no es negociar!

—Claro que lo es. Yo he empezado por las doce.

Lucía se volvió hacia ella con expresión indignada.

Mercedes aguantó la expresión seria hasta que acabó echándose a reír.

—A la una y media. Y me mandas un mensaje si vais a quedaros más.

Lucía la abrazó rápidamente.

—Te quiero.

—Ya, ya. Ahora me quieres.

Lucía cogió el bolso de encima de la cama y salió al pasillo.

—¿Llevas dinero?

—Sí.

—¿El móvil?

Lucía levantó el teléfono.

—¿Las llaves?

Lucía se detuvo.

Regresó a la habitación.

Mercedes negó con la cabeza.

—Dieciséis años.

—¡Las tenía controladas!

—Por supuesto.

Lucía cogió las llaves de la cómoda y bajó las escaleras casi corriendo.

Gonzalo esperaba junto a la puerta.

—Despacio.

—Que Daniel está esperando.

—Precisamente. Si lleva cinco minutos esperando, puede esperar cinco minutos y medio.

Lucía pasó a su lado.

Su padre la sujetó suavemente del brazo.

—Eh.

Ella se volvió.

—Estás preciosa.

—Gracias, papá.

Él señaló hacia la puerta.

—Y dile a ese muchacho que te traiga entera.

—Qué pesado eres.

—Es mi trabajo.

—Tu trabajo es curar gente.

—Ese es el que me paga las facturas. Ser pesado contigo lo hago gratis.

Lucía negó con la cabeza mientras abría la puerta.

—Adiós.

—A la una y media —recordó Mercedes desde arriba.

—¡Sí!

—Y el mensaje.

—¡Que sí!

Cerró la puerta.

Daniel esperaba apoyado contra la pared de enfrente.

Al verla, se incorporó.

—Por fin.

Lucía abrió mucho los ojos.

—¿Perdona?

—Nada.

—Eso pensaba.

Daniel sonrió y se acercó a ella.

Tenía dieciséis años y aún no había aprendido a disimular lo mucho que le gustaba verla.

—Estás muy guapa.

Lucía bajó la mirada.

—Mi padre ha dicho lo mismo.

—Retiro lo dicho.

Ella le dio un golpe suave en el hombro.

—Idiota.

Daniel se echó a reír.

Comenzaron a caminar.

Las fiestas habían cambiado el pueblo.

Las calles estaban más concurridas de lo habitual y, conforme se acercaban al centro, la música se hacía más presente. Grupos de jóvenes avanzaban en la misma dirección. Desde algunas casas llegaban conversaciones, televisores encendidos y el ruido de familias terminando de cenar.

Lucía caminaba junto a Daniel hablando demasiado deprisa, saltando de un asunto a otro sin dejar apenas espacio para las respuestas.

Le contó algo que había ocurrido aquella mañana, después saltó a una discusión con una amiga y terminó preguntándole qué pensaba hacer cuando acabaran el instituto.

Daniel apenas consiguió responder.

—¿Me estás escuchando?

—Más o menos.

Lucía se detuvo.

—Daniel.

Él sonrió.

—Sí te estoy escuchando.

—¿Qué acabo de decir?

—Que Marta es una pesada, que no sabes qué vas a estudiar y que tu madre piensa que deberías hacer Magisterio.

Lucía entrecerró los ojos.

—Vale.

Volvieron a caminar.

—Aunque yo no he dicho que quiera hacer Magisterio.

—Todavía.

—¿Qué significa eso?

—Que terminarás haciéndolo.

—¿Y tú qué sabes?

Daniel se encogió de hombros.

—Te gustan los niños.

—También me gustan los perros y no voy a ser veterinaria.

—Todavía.

Lucía volvió a golpearlo en el brazo.

Daniel se rio.

Unos metros más adelante se detuvo de repente.

—Espera.

Lucía avanzó dos pasos antes de darse cuenta.

—¿Qué pasa?

Daniel se llevó una mano al bolsillo.

—Nada.

—¿Entonces?

—Cállate un momento.

—Qué romántico.

—Lucía.

Ella sonrió.

Daniel sacó algo pequeño del bolsillo.

Lo mantuvo oculto dentro de la mano.

De pronto parecía mucho más nervioso.

—Te he comprado una cosa.

La sonrisa de Lucía desapareció.

—¿A mí?

—No. A tu padre.

—Daniel...

—No es gran cosa.

Abrió la mano.

Una fina pulsera de plata descansaba sobre su palma.

Lucía guardó silencio.

Daniel interpretó inmediatamente aquel silencio como una mala señal.

—Si no te gusta puedo cambiarla.

—Cállate.

—Es que la dependienta me dijo que...

—Daniel.

Él se calló.

Lucía tomó la pulsera entre los dedos.

Era sencilla: una pequeña cadena de plata, sin piedras ni adornos innecesarios, con una diminuta pieza redonda en el centro que atrapaba la luz al moverse.

—¿Por qué?

Daniel se encogió de hombros.

—Porque sí.

—Eso no es una razón.

—Pues porque llevamos casi un año juntos.

Lucía lo miró.

—Once meses.

—Casi un año.

—No.

—Once meses es casi un año.

—Matemáticamente no.

—Pues te la devuelvo y esperas otro mes.

Lucía cerró inmediatamente la mano alrededor de la pulsera.

—Ni se te ocurra.

—Entonces te gusta.

Ella volvió a contemplarla.

—Mucho.

Ninguno habló.

Lucía le tendió la pulsera.

—Pónmela.

Daniel tomó uno de los extremos.

Ella apartó el cabello y extendió la muñeca.

Él tardó más de lo necesario en cerrar el pequeño broche.

—¿Sabes poner una pulsera?

—Estoy aprendiendo.

—Pues date prisa.

—No te muevas.

—No me estoy moviendo.

—Te estás moviendo.

—Daniel...

El cierre encajó finalmente.

—Ya está.

Lucía levantó la muñeca.

La pequeña pieza de plata brilló bajo la luz de una farola.

La contempló un momento.

Después miró a Daniel y lo besó.

Fue un beso breve, suficiente para que él olvidara cualquier respuesta ingeniosa.

Cuando se separaron, Lucía sonrió.

—Gracias.

Daniel se encogió de hombros, intentando recuperar algo de dignidad.

—Once meses.

Ella volvió a mirar la pulsera.

—Casi un año.

—Eso he dicho yo.

—No te acostumbres a tener razón.

Siguieron caminando.

Lucía enlazó los dedos con los de Daniel.

A medida que se acercaban al centro, la música se hacía más fuerte y las calles se llenaban de gente conocida. Ella saludaba a unos y otros mientras avanzaban. Tenía dieciséis años, toda la noche por delante y ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

Durante aquellas horas, eso era todo lo que importaba.

La puerta se cerró detrás de Diana y Marta.

Lucía siguió escuchando sus voces al otro lado. Una carcajada. Los pasos alejándose por la acera. Después, nada.

Regresó al salón.

La música continuaba sonando.

Roberto había abierto la caja de pizza y buscaba entre los últimos trozos mientras David discutía con Álvaro por algo que Lucía no había escuchado. Iván, hundido en uno de los sillones, sostenía un vaso casi vacío.

Todo parecía seguir exactamente igual.

Lucía recogió el oso del sofá y volvió a sentarse.

—¿Otra porción? —preguntó David.

—No puedo más.

—Queda media pizza.

—Pues os la coméis vosotros.

Roberto alargó inmediatamente la mano.

—No hace falta que me lo digas dos veces.

Lucía sonrió.

Miró el teléfono.

Las doce y treinta y nueve.

Todavía tenía tiempo.

Encontró un mensaje de Daniel.

¿Todo bien?

Lucía escribió:

Sí. Estamos en casa de Jaime. Luego me acompañan.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Vale. La yegua sigue igual. Mi padre está de los nervios.

Tú seguro que estás siendo de muchísima ayuda.

Los tres puntos aparecieron en la pantalla.

Muchísima. He sujetado una linterna.

Lucía soltó una carcajada.

—¿Qué pasa? —preguntó Jaime.

—Nada. Daniel.

Escribió:

Veterinario del año.

Guardó el teléfono.

—¿Está con su padre? —preguntó Jaime.

—Sí. Parece que la cosa se ha complicado.

—¿Lo de la yegua?

—Se ha tenido que ir corriendo.

Jaime se sentó en el otro extremo del sofá.

—Siempre le han gustado los animales.

—Desde pequeño.

—Al final acabará haciendo lo mismo que su padre.

—Eso dice él.

—¿Y tú?

Lucía lo miró.

—¿Yo qué?

—¿Qué vas a hacer?

—Cuando termine el instituto, dices.

—Sí.

Lucía se encogió de hombros.

—No tengo ni idea.

—¿Magisterio?

—¿Por qué todo el mundo dice lo mismo?

Jaime sonrió.

—Porque te gustan los niños.

Lucía negó con la cabeza.

—Eso mismo ha dicho Daniel.

—Pues por una vez tiene razón.

—No se lo digas.

Jaime rio.

La conversación continuó unos minutos entre recuerdos del instituto, profesores que ambos habían tenido y anécdotas familiares.

Jaime recordó una comida de años atrás en la que Lucía había derramado una jarra entera sobre el mantel.

—Yo tenía ocho años.

—Tenías diez.

—Ocho.