El silencio de El Cuervo CAPÍTULO #3
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CAPÍTULO #3

Durante un instante pareció regresar a aquel momento.

—Dentro había documentos antiguos. Cuadernos, páginas sueltas, papeles atados con cinta... y una pequeña herramienta metálica.

Morales escuchó.

—Dos agujas —añadió Murillo.

—La que encontramos en el bidón.

—Sí.

—¿Y qué hizo durante los diez minutos que permaneció en el coche?

Murillo levantó la mirada.

—Leer.

—Nos dijo que estaba pasando unas notas al teléfono.

—Mentí.

Morales no reaccionó.

—¿Por qué?

—Porque reconocí un nombre.

—Alonso Barragán.

—Sí.

Murillo tragó saliva.

—Solo necesité leer unas páginas para darme cuenta de que aquello podía ser importante. Había referencias que conocía por mis investigaciones, datos que no eran públicos... cosas que nadie habría podido inventar con facilidad.

—Y decidió ir a la finca.

—Sí.

Morales no dejó traslucir nada.

—Quiero saber qué ocurrió después.

Murillo soltó el aire.

—Leí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Toda la noche.

—No fui consciente de las horas —continuó Murillo—. Sacaba un documento, lo leía, buscaba otro, comparaba fechas... Había momentos en los que pensaba que aquello tenía que ser falso.

—¿Y lo era?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Cuanto más leía, menos podía engañarme.

Murillo bajó la vista hacia sus manos.

Morales lo observó.

—Y descubrió que el hombre al que llevaba toda la vida estudiando había sido el verdadero responsable de aquellas muertes.

—Sí.

Murillo cerró los ojos un instante.

—Cuando terminé de leer ya estaba amaneciendo.

Morales imaginó al cronista solo en aquella finca, rodeado de documentos capaces de derrumbar todo aquello a lo que había dedicado su vida.

—¿Qué hizo con la caja?

—La dejé allí.

—¿Con los manuscritos?

—Sí.

—¿Y la herramienta?

—También.

—¿Y se marchó?

—A casa.

—¿Sin contarle nada a nadie?

—Sin contarle nada a nadie.

—¿Por qué?

Murillo tardó en responder.

—Porque no sabía qué hacer. En unas horas había descubierto que una parte de la historia de El Cuervo era una mentira. Que el hombre de la estatua había construido su legado sobre varios asesinatos.

Morales no respondió.

—Necesitaba tiempo para pensar. Pero no lo tuvo.

Murillo negó.

—No.

Su expresión cambió.

—Al día siguiente me enteré de que Iván había aparecido muerto.

Morales permaneció atento.

—Dos heridas en el cuello —continuó Murillo—. Las mismas que describían los manuscritos.

—Las mismas que producía aquella herramienta.

—Sí.

El silencio adquirió un peso distinto.

—Entonces comprendí que aquello no podía ser una coincidencia.

—¿Qué pensó?

Murillo tardó en contestar.

—Que quien había dejado la caja en mi coche sabía exactamente lo que contenía.

—Y que alguien estaba reproduciendo los crímenes de Alonso.

—Sí.

Morales se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Fue entonces cuando decidió destruirlo todo?

Murillo cerró los ojos un instante.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque tuve miedo.

—¿De qué?

Murillo abrió los ojos.

—De que me relacionaran con aquellos documentos. De que alguien supiera que los tenía. De que la Guardia Civil encontrara en mi finca la misma herramienta que había dejado dos marcas en el cuello de dos hombres muertos.

Morales no apartó los ojos de él.

—Quería protegerse.

—Sí.

Murillo no intentó negarlo.

—Pero no solo a mí.

—¿A quién más?

El cronista tragó saliva.

—Al pueblo.

Morales frunció el ceño.

—¿Al pueblo?

—A su historia. A todo lo que habíamos construido alrededor de Alonso: la escuela, la biblioteca, la estatua, las historias que pasaban de padres a hijos. A una parte de nuestra identidad.

—La verdad no iba a destruir El Cuervo.

—En aquel momento yo creí que sí.

—Así que volvió a la finca.

—Sí.

—Y lo  quemó todo.

—Sí.

Morales recordó el bidón.

Las cenizas y el metal ennegrecido entre los restos.

—Por eso estaba ardiendo cuando llegamos.

—Sí.

—Y cuando nos vio...

Murillo bajó la mirada.

—Supe exactamente lo que iban a pensar.

—Que estaba destruyendo las pruebas de dos asesinatos.

—Entré en pánico.

Morales apretó la mandíbula.

—Casi me mata.

—Lo sé.

—No. Usted sabe que casi me atropella. Es diferente.

Murillo encajó el reproche sin responder.

—Iván estaba muerto. Roberto también. Y usted tenía información que podía haber cambiado la investigación.

—Sí.

—Pero decidió quemarla.

Murillo asintió.

—Para protegerse y proteger esa historia.

El cronista levantó lentamente los ojos.

—Para proteger la imagen que el pueblo tenía de sí mismo.

Morales guardó silencio.

Murillo tomó aire.

—¿Sabe cuál es la diferencia entre Alonso y yo, sargento?

Morales no respondió.

—Él creó la mentira.

Murillo dejó pasar un instante.

—Yo decidí protegerla.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Morales miró al hombre que tenía delante.

Durante días habían creído que José Luis Murillo ocultaba dos asesinatos. Ahora Morales comprendía que ocultaba otra cosa, algo que llevaba casi dos siglos enterrado.

—Entonces... el Sediento nunca existió.

Murillo negó despacio.

—No.

Se secó los ojos con el dorso de la mano.

—Existió algo mucho peor.

Morales esperó.

—Un hombre dispuesto a convertir una mentira en leyenda.

Murillo bajó la mirada.

—Y un pueblo entero dispuesto a creerla.