CAPÍTULO #2
—Seguía curando a quien llamaba a su puerta.
Aquella frase hizo que Morales levantara la cabeza.
—¿No comprendía lo que estaba pasando?
—Comprendía que lo acusaban. Lo que no comprendió fue hasta dónde podía llegar el miedo.
Murillo tragó saliva.
—Creyó que la verdad bastaría.
—No bastó.
—¿Qué ocurrió?
—Alonso dejó de matar.
—¿Por qué?
—Porque ya no hacía falta.
Murillo habló casi en un susurro.
—El pueblo estaba preparado para hacerlo por él.
Murillo guardó silencio unos segundos.
Morales esperó.
—¿Qué le hicieron a Esteban?
El cronista levantó la mirada.
—Fueron a buscarlo una noche.
—¿Quiénes?
—Los documentos hablan de hombres con antorchas, herramientas del campo... gente que llevaba semanas convencida de que tenía un monstruo viviendo junto a sus casas.
—Esteban intentó explicarles lo que hacía. Les enseñó sus libros. Sus remedios. Incluso trató de explicarles su enfermedad.
Murillo negó despacio.
—Pero ya no importaba.
—¿Lo mataron?
—Sí.
La respuesta fue seca, sin adornos.
—¿Cómo?
—Los documentos no coinciden. Algunos hablan de golpes. Otros de que intentaron quemar la casa con él dentro. Una anotación posterior asegura que murió antes de que prendieran fuego a parte de sus pertenencias.
—Entonces no sabe exactamente qué ocurrió.
—No. Lo único seguro es que Esteban no salió vivo de aquella noche.
Ninguno dijo nada.
—¿Y Alonso?
—Heredó.
Una sola palabra bastó.
Todo aquello que Esteban había querido entregarle algún día terminó siendo suyo.
Morales apoyó la espalda en la silla.
—Así que consiguió exactamente lo que quería.
—Sí.
—Y nadie sospechó.
—¿Por qué iban a hacerlo?
Murillo esbozó una sonrisa amarga.
Morales permaneció pensativo.
Había algo que no encajaba.
—Entonces explíqueme una cosa.
—¿Cuál?
—El Alonso Barragán de la estatua.
Murillo no respondió.
—Si todo empezó así, ¿cómo pasamos de un hombre capaz de provocar la muerte de su maestro a un benefactor al que El Cuervo lleva dos siglos homenajeando?
Por primera vez desde que había comenzado a hablar, el rostro del cronista cambió.
Ya no había miedo en su rostro, sino tristeza.
—Esa es la peor parte.
—¿Peor que matar a varios hombres?
—No.
Murillo negó despacio.
—Peor para mí. Porque durante mucho tiempo quise creer que todo lo que vino después también era mentira.
—La escuela existió. La biblioteca también. Financió caminos, ayudó a familias que habían perdido sus cosechas, pagó tratamientos médicos y entregó tierras para obras que beneficiaron al pueblo.
—¿Con el dinero de Esteban?
Murillo bajó la mirada.
—En buena parte.
Morales comprendió la ironía.
—Robó una vida y después construyó la suya con ella.
—Sí.
—Eso no parece remordimiento.
Murillo levantó los ojos.
—Yo tampoco lo creí al principio.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Hasta que encontré los últimos documentos.
—¿Qué documentos?
—Los de Alonso.
Morales permaneció atento.
—Después de la muerte de Esteban empezó a escribir.
—¿Una confesión?
—No exactamente. Al principio eran notas dispersas. Cuentas. Recuerdos. Frases que no parecían tener relación entre sí.
Murillo tomó aire.
—Con los años fueron cambiando.
—¿En qué sentido?
—Empezó a escribir sobre Esteban.
El nombre volvió a imponerse en la conversación.
—Sobre cosas que le había enseñado. Conversaciones que habían tenido. Remedios que preparaban juntos. Incluso pequeños detalles que nadie habría considerado importantes.
Murillo sonrió con tristeza.
—Cómo colocaba los libros. Qué bebía mientras trabajaba. Lo mucho que le molestaba que Alonso dejara las herramientas fuera de sitio.
Morales escuchó.
—Cuanto mayor se hacía Alonso, más aparecía Esteban en aquellas páginas.
—Culpabilidad.
—Eso creo.
Murillo se corrigió inmediatamente.
—Eso interpreto.
Morales agradeció la precisión.
—¿Confesó los asesinatos?
—Sí.
Respondió sin vacilar.
—¿Y reconoció haber provocado su muerte?
Murillo tragó saliva.
—Sí.
Morales se inclinó hacia delante.
—Entonces ¿por qué nadie encontró esos documentos?
El cronista soltó una risa amarga.
—Porque Alonso volvió a hacer lo que mejor sabía hacer. Controlar la historia que los demás conocerían.
Murillo juntó las manos.
—Nunca confesó públicamente.
—Pero conservó los manuscritos. ¿Por qué?.
Murillo se tomó un momento antes de responder.
—No lo sé.
Después negó con la cabeza.
—Quizá no tuvo valor para destruirlos. Quizá quería que alguien acabara encontrándolos. O quizá un hombre puede arrepentirse de lo que hizo y seguir siendo demasiado cobarde para asumir las consecuencias.
Morales sostuvo su mirada.
Aquella posibilidad le pareció la más humana y, quizá por eso, la más desagradable.
—¿Qué hizo entonces?
—Intentó devolverlo.
—¿El qué?
Murillo miró hacia él.
—Todo.
Morales frunció el ceño.
—No podía devolverle la vida a Esteban. Tampoco podía devolverla a los hombres que había matado. Así que empezó a desprenderse de lo que había conseguido gracias a ellos.
La escuela, la biblioteca, los caminos, las ayudas.
Poco a poco, la fortuna que había heredado dejó de pertenecerle.
—Y el pueblo lo convirtió en un héroe —dijo Morales.
—Sí.
Murillo bajó la mirada.
—La mayor parte de las cosas por las que hoy veneramos a Alonso Barragán nacieron de su intento de pagar una deuda que nadie sabía que existía.
Morales guardó silencio.
Pensó en la estatua del bulevar. La figura de bronce, la expresión serena, la mano extendida hacia el paseo. Todo aquello seguía siendo cierto y, al mismo tiempo, no lo era.
La historia explicaba el origen del Sediento y la culpa de Alonso, pero aún quedaba una pieza que Murillo había evitado desde el principio.
Faltaba saber cómo había llegado todo aquello hasta sus manos.
—Hay algo que todavía no me ha explicado.
Murillo levantó la mirada.
—¿Cómo llegaron esos manuscritos hasta usted?
Morales lo observó un momento.
Murillo bajó de nuevo la mirada.
—Aparecieron en mi coche.
—La caja.
—La misma que vio Elena Benítez.
—Sí.
Morales apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Cuéntemelo desde el principio.
Murillo tomó aire.
—Aquella noche fui el primero en salir de la reunión de la iglesia. Llegué hasta el coche y, cuando abrí la puerta, la caja estaba en el asiento del copiloto.
—¿La había visto antes?
—Nunca.
—¿Su coche estaba cerrado?
Murillo dudó.
—Creía que sí.
—¿Qué hizo?
—Me senté y la abrí.