CAPÍTULO
El Sediento
José Luis Murillo llevaba varios segundos con la mirada fija en la mesa.
Desde el pasillo llegaban voces apagadas, pasos, el sonido ocasional de una puerta al cerrarse. Dentro de aquella habitación, sin embargo, ninguno de los dos parecía tener prisa.
Morales esperó.
El cronista había pasado media vida reconstruyendo la historia de El Cuervo.
Ahora estaba a punto de contar la parte que había intentado destruir.
—No sé por dónde empezar —murmuró Murillo.
Morales apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Por lo que encontró en esos manuscritos.
Murillo levantó la mirada.
—Si le cuento lo que había allí, va a pensar que estoy loco.
—Después de esta semana tendrá que esforzarse bastante.
Murillo estuvo a punto de sonreír.
Después volvió a bajar los ojos.
—Todo lo que creemos saber sobre Alonso Barragán es mentira.
—Mi padre me habló de él cuando era niño. Mi abuelo hizo lo mismo con mi padre. Está en los libros del pueblo, en los archivos, en la escuela... —Murillo negó lentamente—. Llevamos generaciones contando la misma historia.
—El benefactor.
—Sí.
Murillo levantó la mirada.
—El hombre que impulsó la primera escuela. La biblioteca. Los caminos. El que ayudó a convertir un pequeño asentamiento en el pueblo que terminó siendo El Cuervo.
Murillo hizo una pausa.
—Ese Alonso Barragán existió. Pero no fue siempre ese hombre.
El cronista respiró profundamente.
—Mucho antes de convertirse en el personaje de la estatua había otro hombre.
—¿El Sediento?
Murillo negó.
—No.
La respuesta sorprendió a Morales.
—Entonces ¿quién?
—Se llamaba Esteban.
Murillo entrelazó las manos sobre la mesa.
—Vivía solo. No tenía esposa ni hijos. Era curandero, aunque llamarlo únicamente así sería quedarse corto. Estudiaba plantas, preparaba remedios, construía sus propios instrumentos... Tenía conocimientos que, para la mayoría de la gente de aquella época, debían de parecer imposibles.
Sus ojos se perdieron durante un instante.
—Y escribía todo lo que aprendía.
—¿Los manuscritos?
—Algunos eran suyos. Otros fueron escritos después.
—¿Y Alonso?
Murillo tardó en contestar.
—Alonso Barragán era joven cuando empezó a frecuentar su casa.
—¿Familia?
—No.
—¿Aprendiz?
—Al principio.
Aquellas dos palabras hicieron que Morales alzara la mirada.
—¿Y después?
Murillo calló.
Cuando retomó la historia, bajó la voz.
—Después aprendió demasiado.
—Esteban era un hombre enfermo. Los manuscritos describían los síntomas con bastante detalle —continuó Murillo—.
Desde muy joven sufría una extraña sensibilidad a la luz.
Su piel reaccionaba al sol con una violencia que nadie sabía explicar.
Por eso trabajaba durante la noche y apenas se dejaba ver durante el día.
—De ahí la leyenda.
—Parte de ella.
Murillo se inclinó ligeramente hacia delante.
—Imagine lo que significaba aquello hace doscientos años. Un hombre que vivía apartado, que salía de noche, rodeado de frascos, plantas, animales conservados e instrumentos que nadie comprendía.
—El candidato perfecto para convertirse en un monstruo.
—Exactamente.
—Pero Esteban no mató a nadie.
Morales mantuvo la mirada en él.
—Entonces alguien lo hizo por él.
El cronista asintió.
—Alonso.
El nombre adquirió de pronto otro peso.
—Esteban tenía algo que Alonso quería.
—¿Qué?
—Todo.
Morales frunció el ceño.
—La casa. Las tierras. Sus conocimientos. Sus manuscritos.
—¿Y Alonso era su heredero?
—No al principio.
Murillo apoyó las manos sobre la mesa.
—Pero acabó siéndolo.
Morales intuyó hacia dónde se dirigía la historia.
—¿Cómo?
Murillo se tomó un momento antes de responder.
—Con paciencia.
—Entre los documentos encontré el testamento de Esteban.
Morales esperó.
—Le dejaba todo a Alonso.
—¿Todo? ¿Por qué?.
Murillo sonrió con tristeza.
—Porque confiaba en él.
Aquella respuesta pesó más que las anteriores.
—Esteban no tenía familia. Alonso era lo más parecido a un hijo. Estaba convencido de que continuaría su trabajo cuando él ya no estuviera.
Morales comprendió.
—Y Alonso descubrió el testamento.
—Sí.
Murillo bajó la mirada.
—A partir de entonces empezó a contemplar la casa de otra manera. Las tierras. Los libros. Todo lo que Esteban había construido durante una vida entera.
—Pero Esteban seguía vivo.
El silencio duró unos segundos.
—¿Pensó en matarlo?
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—No dejó escrito cada pensamiento que tuvo, sargento. Solo puedo contarle lo que aparece en los documentos y lo que puede reconstruirse a partir de ellos.
Morales aceptó la precisión con un leve asentimiento.
—Lo que sí sabemos es que comprendió algo: si Esteban moría de repente, todas las miradas terminarían sobre él.
Murillo respiró hondo.
—Así que necesitaba que Esteban muriera sin que nadie pensara en Alonso.
Morales permaneció atento.
La respuesta parecía inevitable.
—Tenía que conseguir que lo matara otro.
Murillo levantó la vista.
—No otro hombre.
Murillo hizo una pausa.
—Todo el pueblo.
Alonso no tuvo que inventar el miedo; ya estaba allí.
Esteban vivía apartado, trabajaba de noche y apenas soportaba la luz del día. Sus remedios curaban enfermedades que otros no comprendían y su casa estaba llena de frascos, plantas secas, instrumentos y libros escritos en lenguas que pocos podían leer.
Durante años aquello había provocado recelo.
Alonso solo tuvo que alimentarlo.
—No comenzó acusándolo —explicó Murillo—. Habría resultado demasiado evidente.
—¿Entonces?
—Preguntas.
Morales arqueó ligeramente una ceja.
—¿Nunca os habéis preguntado por qué Esteban solo sale de noche? ¿Habéis visto alguna vez lo que guarda en esos frascos? ¿Por qué creéis que nunca entra en la iglesia?
Murillo negó despacio.
—No necesitaba afirmar nada. Las respuestas las daban los demás.
—Y nadie recordaría después quién había empezado.
—Exactamente.
El cronista dejó escapar el aire.
—Los rumores tienen una ventaja terrible: cuando pasan por suficientes bocas, terminan pareciendo recuerdos.
Morales no lo interrumpió.
—Pero Alonso necesitaba algo más —continuó Murillo—. Un rumor puede convertir a un hombre en extraño. Para convertirlo en monstruo necesitaba cadáveres.
La expresión de Morales se endureció.
—Los manuscritos.
Murillo asintió.
—Esteban había estudiado durante años plantas, sustancias y venenos naturales. No para matar. Para comprenderlos.
—Y Alonso utilizó ese conocimiento.
—Encontró anotaciones sobre una toxina capaz de actuar muy rápido. Las estudió. Hizo pruebas. Modificó cantidades.
Morales recordó inmediatamente los informes toxicológicos.
—Hasta conseguir lo que necesitaba.
—Una muerte rápida y unas consecuencias suficientemente extrañas como para alimentar el miedo.
—¿La rigidez?
—Entre otras cosas.
A esas alturas, la historia había dejado de parecer antigua.
—Después construyó el instrumento.
Murillo cerró los ojos un momento.
—Era pequeño. Fácil de ocultar. Tenía un depósito para la sustancia y dos agujas finas y paralelas en uno de los extremos.
Morales vio de nuevo la pieza ennegrecida extraída del bidón.
—Dos agujas.
—Sí.
—Separadas como las marcas del cuello.
Murillo levantó lentamente los ojos.
—Como dos colmillos.
La habitación quedó en silencio.
Morales comprendió entonces que aquella forma no era una extravagancia del arma.
Las dos agujas no eran necesarias para matar; eran necesarias para contar una historia.
—Quería que pareciera una mordedura.
—Quería que la gente creyera que lo era.
Murillo bajó la voz.
—Porque un veneno mata a un hombre.
Murillo hizo una pausa.
—Pero dos marcas en el cuello pueden crear un monstruo.
La primera víctima nunca tuvo nombre.
Al menos no en los documentos que Murillo había encontrado.
—Alonso escribió muy poco sobre él —explicó—. Solo cinco palabras.
Morales esperó.
—«Un hombre que viajaba solo».
—¿Eso es todo?
Murillo apartó la mirada.
—Probablemente ni siquiera le importaba quién fuese.
La ausencia de un nombre hacía la historia aún más inquietante.
—Solo necesitaba un cadáver.
—El primero.
El cronista asintió.
Aquella noche Alonso esperó junto a uno de los caminos que atravesaban la zona.
Conocía los horarios de los comerciantes, los arrieros y los viajeros que utilizaban aquellas rutas. Sabía quién acostumbraba a pasar acompañado y quién recorría solo los últimos kilómetros antes de llegar al siguiente pueblo.
Esperó hasta encontrar a uno.
—¿Cómo consiguió acercarse? —preguntó Morales.
—No lo sabemos.
Murillo negó suavemente.
—Quizá pidió ayuda. Quizá fingió estar herido. Quizá simplemente habló con él. En los manuscritos no aparece.
—Solo sabemos lo que ocurrió después —continuó Murillo.
Dos agujas en el cuello, nada más.
El hombre cayó poco después.
Alonso esperó junto a él.
No huyó; permaneció allí hasta asegurarse de que había muerto.
Después arrastró el cadáver.
—¿Hasta dónde?
—Hasta las inmediaciones de la casa de Esteban.
Morales lo comprendió de inmediato.
—Quería que lo relacionaran con él.
—Quería que pareciera inevitable relacionarlo con él.
Murillo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Al amanecer alguien encontró el cuerpo.
Dos pequeñas heridas en el cuello y un muerto cerca de la casa del hombre que solo salía de noche.
No hizo falta mucho más.
—Alonso no acusó a Esteban —continuó—. Eso fue lo más inteligente.
—Dejó que lo hicieran los demás.
—Exactamente.
Murillo miró hacia un punto indeterminado de la pared.
—Uno recordó haberlo visto caminar de noche. Otro habló de los frascos de su casa. Otro aseguró que una vez lo había visto enfermo después de exponerse al sol.
Una historia fue sumándose a otra hasta que alguien puso nombre a aquello que temían.
El Sediento.
Morales permaneció atento.
—¿Y Alonso volvió a matar?
—Sí.
—¿Cuántas veces?
Murillo negó despacio.
—No puedo asegurarlo.
Respiró hondo.
—Pero hubo más cadáveres. Otro viajero, y después otro.
Siempre de noche, siempre con las dos marcas, siempre lo bastante cerca de las propiedades de Esteban para que el miedo encontrara el camino correcto.
—Ya nadie buscaba a un asesino —dijo Murillo—. Buscaban una criatura.
Morales bajó la vista hacia sus manos.
—Y Esteban.
El cronista tardó en responder.