El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 23 #3
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CAPÍTULO 23 #3

Señaló a dos de los guardias.

—Ustedes conmigo.

Avanzaron hacia la clínica.

El primero de los agentes abrió lentamente la puerta.

Clara entró detrás.

El olor a desinfectante impregnaba la sala de espera.

Dentro no se oía nada.

Levantó una mano y los tres se detuvieron.

Entonces llegó una voz desde el fondo.

—...sé que has sido tú.

Álvaro.

Clara avanzó por el pasillo.

Al alcanzar la consulta lo vio.

Daniel permanecía junto a la mesa de exploración, completamente inmóvil.

Frente a él, Álvaro sostenía una escopeta paralela de caza.

El cañón apuntaba directamente al pecho del veterinario.

Las manos de Álvaro temblaban.

Tenía los ojos enrojecidos.

Clara mantuvo su pistola baja.

—Álvaro.

El hombre giró apenas la cabeza.

—No se acerque.

—No voy a hacerlo.

Los dos guardias permanecieron detrás de ella, separados entre sí y con las armas preparadas.

—Pero necesito que baje la escopeta.

—No.

—Álvaro...

—¡He dicho que no!

Daniel tragó saliva.

—Álvaro, por favor...

—¡Tú cállate!

La escopeta volvió a centrarse sobre su pecho.

—Sé lo que estás haciendo.

Daniel lo miró sin comprender.

—¿De qué demonios estás hablando?

—¡No me mientas!

—No te estoy mintiendo. No sé qué quieres de mí.

—¡Nos está matando uno por uno!

Clara mantuvo la posición.

Álvaro respiraba con dificultad.

—Primero Roberto. Después Iván. Ahora David.

Daniel palideció.

—¿David?

Álvaro soltó una risa amarga.

—No finjas.

—¿Qué le ha pasado?

Clara observó a Daniel.

La sorpresa de Daniel parecía genuina.

—Lo han encontrado muerto esta mañana —dijo.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Muerto?

—Igual que los otros —espetó Álvaro—. Y tú sabes por qué.

—No tengo ni idea de qué estás hablando.

—¡Mentiroso!

La escopeta se movió.

Clara elevó ligeramente la voz.

—Álvaro. Míreme.

Él no respondió.

—Álvaro.

Esta vez volvió la cabeza.

—No voy a acercarme. Pero necesito que me escuche.

—No tiene nada que decirme.

—Sí.

Clara mantuvo la pistola baja.

—Porque Daniel no mató a David.

El veterinario la miró.

Álvaro negó inmediatamente.

—No puede saberlo.

—Sí puedo.

Era mentira, pero Clara no vaciló.

—Daniel —dijo sin apartar los ojos de Álvaro—, ¿qué número calza?

El desconcierto apareció en el rostro del veterinario.

—¿Qué?

—Sus zapatos. ¿Qué número?

—Un cuarenta y cuatro.

Clara continuó mirando a Álvaro.

—El hombre que estuvo esta mañana con David dejó huellas junto al lugar donde escondió una bicicleta.

—Un cuarenta y dos.

—Puede haberse puesto otros zapatos.

—No.

La respuesta de Clara fue inmediata, firme, sin dejar espacio para la duda.

—El dibujo, la longitud y la pisada no corresponden con Daniel. Lo hemos comprobado.

Uno de los guardias situado detrás de ella la miró fugazmente.

Clara ni siquiera lo miró.

—Daniel no estaba allí.

Álvaro volvió la vista hacia el veterinario.

Por primera vez, el cañón descendió unos centímetros.

—Está mintiendo.

—No.

Clara avanzó un paso.

—Usted ha venido aquí convencido de que había encontrado al asesino. Lo entiendo. Tiene miedo.

—Van a matarme.

—Por eso estamos aquí.

—No pueden protegerme.

—Podemos intentarlo. Pero primero tiene que bajar esa escopeta.

Álvaro negó con la cabeza.

—Él tenía motivos.

Daniel lo miró.

—¿Motivos para qué? ¿De qué coño estás hablando?

Álvaro apretó los labios.

Pareció a punto de responder.

Clara intervino.

—No importa ahora.

No quería que aquello derivara hacia otro lugar mientras siguiera sosteniendo un arma.

—Míreme, Álvaro.

Él obedeció.

—Si dispara, no podrá deshacerlo. Y la persona que mató a Roberto, a Iván y a David seguirá ahí fuera.

Las manos de Álvaro temblaron con más fuerza.

—No teníamos que haberlo hecho...

Clara percibió el cambio.

—Baje el arma.

—Todo esto es por nuestra culpa.

—Álvaro.

El cañón descendió lentamente.

—Déjela en el suelo.

—No teníamos que...

—Despacio.

La culata tocó primero el suelo.

Después el cañón.

Uno de los guardias avanzó de inmediato, retiró la escopeta y la aseguró. El segundo redujo la distancia con Álvaro.

Álvaro no opuso resistencia.

Cayó de rodillas y la tensión pareció abandonarlo de golpe.

—Dios mío...

Clara enfundó su pistola.

Daniel permanecía junto a la mesa de exploración.

—¿Qué está pasando? —preguntó—. ¿Qué habéis hecho?

Álvaro no fue capaz de mirarlo.

—Lo siento.

—¿Qué has hecho?

Clara se interpuso antes de que Daniel pudiera acercarse.

—Ahora no.

—Pero...

—Daniel, fuera.

Él la miró, desconcertado.

—Teniente...

—Fuera.

Uno de los guardias lo acompañó hasta el pasillo.

Clara esperó hasta que dejó de verlo.

Entonces se agachó frente a Álvaro.

Álvaro lloraba.

—Escúcheme —dijo ella—. Ha dicho que todo esto es por culpa de ustedes.

Álvaro cerró los ojos.

—Sí.

—Necesito saber qué significa.

El hombre negó lentamente con la cabeza.

—No puedo.

—Tres de sus amigos están muertos.

Álvaro abrió los ojos.

Clara sostuvo su mirada.

—Y usted cree que será el siguiente.

Álvaro no respondió.

—Si quiere que protejamos a Jaime y a usted, tiene que decirme qué une realmente a los cinco.

Álvaro bajó la cabeza.

Solo se escuchó su respiración entrecortada.

Al final, solo pronunció un nombre.

—Lucía.