El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 23 #2
76%

CAPÍTULO 23 #2

—Igual que Roberto e Iván. Dos punciones en el cuello.

Murillo apartó la mirada.

—No...

—Usted lleva ocho días encerrado aquí.

—Eso cambia bastante las cosas, José Luis.

Murillo se pasó una mano por el rostro.

—Yo no maté a esos hombres.

—Entonces empiece a ayudarnos a entender qué hizo.

El cronista lo miró.

—Ya se lo he dicho.

—No. No ha dicho nada.

Morales se inclinó ligeramente hacia delante.

—Encontramos una finca llena de documentos quemados. Un instrumento con dos agujas. Huyó en cuanto nos vio y casi me manda al otro barrio.

Murillo bajó nuevamente la mirada.

—Y mientras usted permanece aquí, alguien ha vuelto a matar.

Morales dejó que el silencio trabajara por él.

—Así que tenemos dos posibilidades. O todo lo que encontramos en aquella finca está relacionado con los asesinatos de una manera que todavía no entendemos...

Hizo una pausa.

—...o usted lleva ocho días protegiendo un secreto que no tiene nada que ver con ellos.

Murillo no respondió.

Pero sus manos comenzaron a temblar.

Morales lo vio.

—¿Qué había en aquellos manuscritos?

Álvaro no respondió.

—¿Por qué los quemó?

Murillo apretó los labios.

—No puedo.

—Puede.

—No lo entiende.

—Pues explíquemelo.

Murillo negó con la cabeza.

Morales apoyó la espalda en la silla.

—He visto morir a dos hombres desde que empezó este caso. Esta mañana ha muerto un tercero.

El cronista cerró los ojos.

—Y quedan dos.

Aquello hizo que los abriera.

Morales lo vio.

Había acertado.

—Usted sabe algo.

Murillo tomó aire.

—No sobre los asesinatos.

—Entonces ¿sobre qué?

Morales esperó a que continuara.

No insistió.

Murillo parecía estar librando una batalla consigo mismo.

—Toda mi vida... —murmuró finalmente.

Morales permaneció donde estaba.

—¿Qué?

Murillo levantó lentamente la cabeza.

Tenía los ojos húmedos.

—Toda mi vida he contado una mentira.

Morales no dijo nada.

—Nos enseñaron que Alonso Barragán había levantado El Cuervo sobre la generosidad, el conocimiento, el progreso...

Negó lentamente.

—Yo también lo creí.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que encontré los manuscritos.

Morales sintió que algo empezaba a encajar.

No sabía todavía qué.

—¿Qué decían?

Murillo miró hacia la puerta cerrada antes de volver a Morales.

—Que la historia que llevamos dos siglos contando no ocurrió así.

—¿Qué ocurrió?

El cronista tragó saliva.

—Todo empezó mucho antes de Alonso Barragán.

Morales esperó a que continuara.

Murillo tomó aire.

—Con un hombre al que el pueblo terminó llamando el Sediento.

❖ ❖ ❖

Cuando Criminalística llegó, Clara les cedió el terreno.

La bicicleta fue fotografiada antes de que nadie se acercara a ella. Después comenzaron a trabajar sobre las pisadas que descendían hacia la cuneta.

Clara observaba desde varios metros de distancia.

Uno de los técnicos terminó de medir una de las impresiones y se incorporó.

—Mi teniente.

—Dígame.

—Tenemos varias huellas bastante aprovechables. El dibujo de la suela está bien definido.

—¿Puede estimar el número?

El técnico dudó.

—Con muchas reservas. El terreno puede deformar la pisada y todavía tenemos que hacer las mediciones correctamente.

Clara esperó la precisión.

—A simple vista, probablemente alrededor de un cuarenta y dos.

—¿Probablemente?

—No lo utilizaría para descartar a nadie todavía.

Clara asintió.

Eso era exactamente lo que necesitaba: un indicio útil, no una certeza prematura.

—¿Algo más?

—De momento, no. Cuando levantemos las impresiones podremos comparar dibujo, desgaste y dimensiones.

Clara miró hacia la bicicleta.

—Quiero todo. Huellas, fibras, restos biológicos, tierra, pintura, cabellos... lo que encuentren.

—Lo tendrá.

Se apartó unos metros y sacó el teléfono.

—Central.

—Adelante.

—Localicen inmediatamente a Jaime Moreno y Álvaro Silva. Quiero protección sobre los dos y que los trasladen al puesto de El Cuervo.

—Recibido.

Clara guardó el teléfono y Ortega se acercó.

—¿Cree que irá a por ellos?

—Roberto. Iván. David.

Clara sostuvo su mirada.

—Si estamos en lo cierto sobre lo que une a esos cinco hombres, solo quedan Jaime y Álvaro.

Ortega no necesitó preguntar nada más.

—Vamos.

No habían recorrido ni dos kilómetros cuando la emisora crepitó.

—Cuervo Uno para mi teniente.

Clara tomó el micrófono.

—Adelante.

—Hemos localizado a Álvaro Silva.

—¿Dónde?

Hubo una vacilación al otro lado.

—En la clínica veterinaria de Daniel Benítez.

Clara frunció el ceño.

—¿Está con Daniel?

—Sí, pero tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Álvaro ha entrado armado con una escopeta de caza.

Clara miró a Ortega.

—Dé la vuelta.

El todoterreno frenó sobre la grava.

Ortega giró el volante.

—¿Qué demonios hace Álvaro con una escopeta en casa de Daniel?

Clara ya tenía el teléfono en la mano.

—Eso es lo que vamos a averiguar.

—¿Aviso a más patrullas?

—Sí. Y que nadie entre hasta que lleguemos.

Cuando llegaron a la clínica, dos patrullas de la Guardia Civil esperaban a cierta distancia.

Clara abrió la puerta antes de que Ortega terminara de detener el vehículo.

—Situación.

Uno de los guardias se acercó.

—Álvaro Silva sigue dentro. Está con Daniel Benítez. No hemos oído disparos.

—¿Hay alguien más?

—Negativo. La recepcionista salió en cuanto lo vio entrar con la escopeta.

Clara miró hacia el establecimiento.

La puerta principal permanecía entreabierta.

—¿Han hablado con él?

—No. Hemos preferido esperar.

—Bien.

Se volvió hacia Ortega.

—Mantengan despejado el exterior. Que nadie se acerque.

—Entendido.

Clara desenfundó su arma.