CAPÍTULO 23
Cada uno por su lado
El todoterreno abandonó la carretera principal y tomó el camino de albero que se internaba entre los pinares.
A ambos lados, las copas filtraban la luz de la mañana y proyectaban sombras irregulares sobre el terreno. Con las ventanillas cerradas, Clara apenas podía imaginar el olor a pino, tierra y romero que tantas veces había acompañado las mañanas de aquel paraje.
Tras una curva apareció el Parque Rocío de la Cámara.
La explanada se abría entre los árboles, salpicada de merenderos y senderos. Más allá, el terreno descendía hacia la Laguna de los Tollos, convertida desde aquella distancia en una lámina de agua brillante bajo el sol.
Al fondo, entre dos hileras de árboles, se alzaba la ermita de Nuestra Señora de la Esperanza.
Blanca, sencilla e inmóvil.Cada primavera, aquel lugar se llenaba de familias, caballos, carretas y música durante la romería.
Aquella mañana solo había vehículos policiales.
Clara aparcó junto al perímetro.
Ortega ya la esperaba.
—Teniente.
—¿Quién lo encontró?
—Un hombre que había salido a pasear. Poco después de las ocho.
Clara miró hacia el sendero.
—¿Ha tocado algo?
—Dice que no. Se acercó, vio las marcas del cuello y llamó directamente.
—¿Los primeros agentes?
—Acordonaron y esperaron. Nadie ha movido el cuerpo.
Clara asintió.
—Bien.
Ortega levantó la cinta.
—Está por aquí.
Caminaron entre los pinos.
A medida que avanzaban, el canto de los pájaros fue quedando sepultado bajo las voces de los agentes y el sonido de las cámaras.
Entonces Clara lo vio.
David Silva yacía de costado a pocos metros del sendero.
Se detuvo, no por sorpresa, sino por reconocimiento.
La ropa deportiva, la posición del cuerpo y, en el cuello, dos pequeñas heridas que conocía demasiado bien.
Clara cruzó el perímetro procurando mantenerse dentro del corredor de acceso marcado por Criminalística.
—¿El forense?
—De camino.
No se acercó al cadáver de inmediato.
Primero observó el entorno.
El suelo era diferente al de las otras escenas.
No había adoquines ni cemento, solo una fina capa de tierra compactada.
Y aquella tierra había conservado rastros.
Clara se agachó sin abandonar el corredor protegido.
Las zapatillas de David habían dejado una sucesión de pisadas bastante definida.
Una, otra, otra.
Las pisadas se sucedían a intervalos regulares.
—Venía corriendo —dijo Ortega.
—Eso parece.
Clara siguió el rastro con la mirada.
Las pisadas continuaban varios metros antes de llegar hasta el cuerpo.
Pero no estaban solas.
Junto a ellas aparecían dos líneas estrechas sobre la tierra.
Eran paralelas, aunque se interrumpían en algunos puntos.
Clara frunció el ceño.
—Ortega.
Él se acercó.
—¿Qué ve?
El jefe de la Policía Local se acuclilló a cierta distancia.
—Dos surcos.
—Eso ya lo veo.
Ortega la miró.
—¿Ruedas?
Clara tardó un momento en responder.
Observó la separación entre ambas marcas.
Después siguió su recorrido.
—Podrían serlo.
—¿Una bicicleta?
—Es una posibilidad.
Clara se incorporó.
Las marcas avanzaban en la misma dirección que las pisadas de David.
Durante varios metros, ambas trayectorias discurrían casi en paralelo.
—Si era una bicicleta —dijo Ortega—, iban juntos.
—O coincidieron en este tramo.
—¿Y después?
Clara volvió la mirada hacia el cadáver.
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
Se acercó lo suficiente para observarlo sin interferir en el trabajo que todavía debía realizar el forense.
David vestía un pantalón corto negro y una camiseta técnica empapada de sudor. El polvo del camino cubría parcialmente sus zapatillas.
En la muñeca izquierda llevaba un reloj deportivo.
Clara reparó en él.
—No lo toquen.
Ortega siguió su mirada.
—¿El reloj?
—Si estaba entrenando, puede habernos guardado el recorrido. Hora de salida, ritmo, paradas...
—Incluso el momento en que dejó de correr.
Clara lo miró.
—Quizá.
No quería convertir otra posibilidad en un hecho.
Volvió a observar el cuerpo.
No apreciaba signos evidentes de lucha.
Tampoco heridas defensivas.
Pero aquello tendría que confirmarlo el forense.
A unos metros, entre los rastrojos, había unos auriculares.
Todo parecía indicar que David había salido aquella mañana a hacer exactamente lo que hacía habitualmente.
Correr.
—¿Conocemos su rutina? —preguntó.
—Sé que venía bastante por aquí. Pero puedo comprobarlo.
—Hágalo. Familia, amigos, aplicaciones deportivas si las utilizaba... Quiero saber qué días corría, a qué hora y si repetía recorrido.
Clara regresó con los ojos a los dos surcos.
—Y que Criminalística documente esas marcas antes de que nadie las pise.
—Por supuesto.
Permanecieron unos segundos en silencio.
Ortega terminó formulando la pregunta.
—¿Cree que son del asesino?
Clara observó el sendero.
—Creo que estaban aquí cuando murió David.
—No es exactamente lo mismo.
—No.
Clara comenzó a seguirlas desde fuera de la zona protegida.
—Por eso vamos a ver adónde llevan.
Los dos surcos continuaban por el sendero.
A veces desaparecían sobre las zonas más compactas y reaparecían unos metros después, allí donde la tierra estaba más suelta.
Clara avanzaba despacio.
Ortega caminaba a su lado.
—Si realmente es una bicicleta —dijo él—, hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—David estaba corriendo. ¿Cómo consiguió acercarse lo suficiente para clavarle eso en el cuello?
Clara había pensado lo mismo.
Miró hacia atrás.
Desde allí apenas podían distinguir el cuerpo entre los agentes.
—Tuvo que detenerse.
—¿Por qué?
—No lo sabemos.
Continuaron caminando.
Unos metros más adelante, las marcas describían una ligera desviación hacia uno de los lados del sendero antes de recuperar la trayectoria.
Clara se detuvo.
—Aquí.
Ortega observó el suelo.
—¿Qué?
—Las ruedas cambian de dirección.
Señaló la marca.
—Hasta aquí iban prácticamente rectas. Aquí se desplazan hacia el lateral.
Ortega miró hacia el margen del camino.
—¿Perdió el equilibrio?
—Puede ser.
Clara contempló nuevamente el rastro.
Una bicicleta.
La hipótesis surgió por sí sola.
—Si alguien que circulaba junto a él tuvo un problema...
Ortega terminó la idea.
—David se habría detenido a ayudar.
Clara asintió muy despacio.
—Es posible.
—Y cuando se acercó...
Los dos miraron hacia el lugar donde yacía el cadáver.
Clara no necesitó terminar la frase.
—Primero demostremos que esas marcas pertenecen a una bicicleta —dijo—. Después podremos preguntarnos quién iba encima.
Las marcas continuaron alejándose del parque.
Pasaron por detrás de la ermita y alcanzaron finalmente la carretera.
Allí desaparecieron.
Clara se detuvo en el borde del asfalto.
Ortega llegó a su lado.
—Hasta aquí hemos llegado.
Ella no respondió.
Miró a derecha e izquierda.
Sobre aquella superficie era imposible distinguir el paso de una bicicleta entre el de cualquier otro vehículo.
Comenzó a caminar por el arcén.
—¿Qué busca? —preguntó Ortega.
—Que vuelva a dejar rastro.
Unos doscientos metros más adelante, la carretera se bifurcaba.
El ramal derecho continuaba asfaltado.
El izquierdo se convertía en un camino de tierra.
Clara se dirigió hacia él.
Bastaron unos pasos para encontrar lo que buscaba.
Clara se detuvo.
Los dos surcos reaparecían sobre el polvo.
—Parece que no íbamos desencaminados.
—Todavía no sabemos qué estamos siguiendo.
Continuaron.
Las marcas avanzaban varios metros por el camino hasta que terminaron de forma abrupta.
Clara levantó una mano.
—Pare.
Ortega se detuvo.
Ella se agachó.
Allí donde desaparecían los surcos comenzaba otro rastro.
Pisadas que se dirigían hacia la cuneta.
Clara observó primero el dibujo y después el tamaño.
—No son las de David.
—¿Está segura?
—Las suyas eran más grandes. Y la suela es distinta.
Las huellas descendían por el pequeño desnivel y se internaban entre retamas y lentiscos.
Clara las siguió con la vista.
No avanzó sobre ellas.
Rodeó la zona manteniendo suficiente distancia hasta encontrar un punto desde el que pudiera observar la vegetación sin pisar el rastro.
Entonces lo vio.
Algo oscuro sobresalía entre las ramas.
Ortega intentó acercarse.
—Quieto.
El jefe de la Policía Local se detuvo.
Clara entornó los ojos.
Primero distinguió una rueda; después, parte de un manillar.
Una bicicleta.
Estaba tumbada entre la vegetación y parcialmente cubierta por ramas.
No parecía haber terminado allí por accidente.
Clara sacó el teléfono.
—Necesito a Criminalística en el camino que sale del parque hacia el oeste. Que nadie se acerque hasta que lleguen.
Colgó.
Ortega seguía mirando hacia la cuneta.
—Así que sí era una bicicleta.
—Eso parece.
—Y alguien la escondió.
Clara contempló la vegetación que la cubría.
—Eso también parece.
Ortega la miró.
—¿El primer error?
Clara se tomó un instante antes de responder.
—No lo sé.
Volvió la vista hacia las pisadas.
—Pero es la primera vez que nos deja algo que podemos analizar.
El viento agitó suavemente las ramas.
Clara permaneció observando la bicicleta.
Sintió que ya no estaba siguiendo únicamente las consecuencias de lo ocurrido.
Ahora tenía un rastro, y alguien se había tomado la molestia de ocultarlo.
❖ ❖ ❖
José Luis Murillo entró acompañado por dos funcionarios.
Morales apenas lo reconoció.
En poco más de una semana, el cronista parecía haber envejecido varios años. La barba le cubría buena parte del rostro y los hombros, antes siempre erguidos, aparecían vencidos.
Cuando levantó la mirada y descubrió quién lo esperaba al otro lado de la mesa, se detuvo.
Morales permaneció sentado.
Uno de los funcionarios retiró las esposas.
—Tiene veinte minutos.
Murillo ocupó la silla de enfrente.
La puerta se cerró.
Ninguno habló.
Fue Murillo quien bajó primero la mirada.
—Sargento...
La voz apenas le salió.
—Siento lo que ocurrió.
Morales no respondió.
—Yo no quería atropellarlo.
—Pero aceleró.
Murillo cerró los ojos.
—Sí.
Morales dejó pasar unos segundos.
—No he venido para hablar de mí.
El cronista levantó la vista.
—Entonces ¿para qué ha venido?
—Esta mañana ha aparecido otro cadáver en El Cuervo.
Murillo quedó inmóvil.
Morales observó su reacción.
—David Silva.
Algo cambió en el rostro del cronista.
No fue sorpresa exactamente.
Fue miedo.
—¿Cómo?