El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 22
71%

CAPÍTULO 22

La caída

La Comandancia de la Guardia Civil de Sevilla había recuperado su ritmo habitual.

Los teléfonos volvían a sonar, las impresoras escupían informes y los agentes cruzaban los pasillos con carpetas bajo el brazo. Después de más de una semana sin nuevos asesinatos, el caso de El Cuervo empezaba a retirarse de las conversaciones, desplazado poco a poco por la rutina.

Cuando Morales entró en la Unidad Orgánica de Policía Judicial, varias cabezas se volvieron hacia él.

—¡Mira quién ha vuelto! —gritó uno de los agentes.

—Ya era hora, sargento.

—Pensábamos que iba a cogerse la baja hasta Navidad.

Morales levantó una mano.

—No os acostumbréis. Alguien tiene que vigilar que trabajéis de vez en cuando.

Las risas recorrieron la sala.

Uno de los guardias se acercó y le dio una palmada en el hombro izquierdo.

Morales hizo una mueca.

—Ese no... el otro.

—Perdona.

—No pasa nada. Así recuerdo que un coche pesa bastante más que yo.

Las carcajadas volvieron a llenar la oficina.

Clara apareció al fondo del pasillo y se detuvo al verlo rodeado de compañeros.

—Veo que no ha perdido el sentido del humor.

—El médico intentó quitármelo, pero no encontró dónde estaba roto.

Clara negó con la cabeza, aunque la respuesta estuvo a punto de arrancarle una sonrisa.

—¿Le han dado el alta?

—Relativa. Trabajo de oficina durante unos días y nada de hacer el héroe.

—Procure cumplir al menos la segunda parte.

—Haré el esfuerzo.

Clara comenzó a caminar.

Morales se puso a su lado.

—Reconozca que se alegra de volver a verme por aquí.

—No abuse de su convalecencia, Morales.

—Eso no ha sido un no.

Clara lo miró de reojo.

—A su despacho.

Morales sonrió, satisfecho con aquella victoria mínima.

No llegaron a dar más de unos pasos.

La puerta del despacho del capitán se abrió.

—Teniente Díaz. Sargento Morales.

El tono bastó para detenerlos.

—A mi despacho. Ahora.

Las bromas quedaron atrás de inmediato.

El capitán los esperaba de pie, con una carpeta abierta sobre la mesa.

Clara entró primero.

—¿Qué ocurre?

—Acaban de llamar de El Cuervo.

La expresión de Morales cambió.

El capitán no los hizo sentarse.

—Hace unos veinte minutos han encontrado un cadáver.

Clara se detuvo.

—¿Quién?

—David Silva.

El nombre cayó en el despacho y borró de golpe cualquier resto de normalidad.

Clara fue la primera en reaccionar.

—Levantamos la vigilancia.

El capitán asintió.

—Tres días después de detener a Murillo.

Morales bajó la mirada. Tres días después de detener a Murillo habían levantado la vigilancia.

En aquel momento había parecido una decisión lógica; ahora David Silva estaba muerto.

—¿Dónde? —preguntó Clara.

—En el Parque Rocío de la Cámara. Había salido a correr.

—¿Qué sabemos?

El capitán bajó la vista hacia el informe.

—Muy poco. Pero los primeros agentes describen dos punciones en el cuello.

Morales expulsó el aire despacio.

Clara no apartó los ojos del capitán.

—Murillo lleva ocho días en prisión provisional.

—Lo sé.

Nadie necesitó explicar lo que significaba.

Si la muerte de David reproducía las anteriores, José Luis Murillo no podía haberla cometido.

Clara pensó en la finca, los manuscritos, el instrumento de dos agujas, el Audi blanco. En todas aquellas piezas que parecían haber encajado con demasiada facilidad.

Y, sin embargo, David Silva estaba muerto.

—¿Está confirmada la misma causa de muerte? —preguntó.

—Todavía no. El forense ni siquiera ha llegado.

Por el momento, eso era todo lo que podían afirmar:

un cadáver, dos punciones y un hombre encerrado en una celda que no podía estar en dos lugares a la vez.

El capitán cerró la carpeta.

—He hablado con el juez instructor. Hasta que sepamos qué ha ocurrido con David, la implicación de Murillo en los homicidios queda seriamente cuestionada.

Morales miró a Clara.

Ella no pareció sorprendida; solo molesta consigo misma.

—No volvemos al punto de partida —dijo.

El capitán arqueó ligeramente una ceja.

—¿No?

—Tenemos tres víctimas, una relación entre ellas y todo lo que hemos aprendido durante estas semanas. Hemos seguido una línea equivocada. No es lo mismo que no tener nada.

El capitán sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir.

—Entonces averigüe dónde nos equivocamos.

—Quiero que vaya a El Cuervo. La zona está acordonada y Criminalística va de camino. Coordine la inspección y reconstruya las últimas horas de David. Si alguien ha reproducido los dos primeros crímenes, quiero saber cómo.

—Entendido.

El capitán dirigió entonces la mirada hacia Morales.

Su mirada se detuvo en el cabestrillo.

—Usted se queda.

Morales frunció el ceño.

—Mi capitán, estoy de alta.

—Para trabajar. No para perseguir a nadie por el monte.

—Puedo acompañar a la teniente.

—También puede obedecer una orden.

Morales cerró la boca.

Clara disimuló una sonrisa.

—Además —continuó el capitán—, tengo otro trabajo para usted.

—Dígame.

—Quiero que hable con Murillo.

La expresión de Morales cambió.

Clara volvió la cabeza hacia él.

—¿Murillo?

—Hace ocho días que está encerrado y sigue sin explicar por qué huyó, por qué quemó aquellos documentos ni qué hacía realmente en esa finca.

—Ha ejercido su derecho a no declarar —señaló Clara.

—Y seguirá ejerciéndolo si quiere. No le estoy ordenando que lo interrogue.

El capitán miró a Morales.

—Quiero que averigüe si está dispuesto a hablar.

Morales no respondió.

—Acaba de aparecer un tercer cadáver —continuó el capitán—. Si Murillo no mató a esos hombres, ahora sabe que nosotros también lo sabemos. Quizá eso cambie las cosas.

—¿Y si no quiere verme?

—Se vuelve.

Morales asintió.

El capitán añadió:

—Y si acepta, no improvise un interrogatorio. Escúchelo.

Morales alzó las cejas.

—¿Solo escuchar?

—De momento.

El capitán apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tenemos una finca llena de documentos quemados, un instrumento compatible con las heridas de Roberto e Iván y un hombre que intentó huir en cuanto aparecimos. Todo eso sigue existiendo aunque David Silva haya aparecido muerto.

La muerte de David no borraba las pruebas; cambiaba su significado.

—Murillo nos ocultó algo —continuó el capitán—. Hasta ahora dimos por hecho que ocultaba dos asesinatos.

El capitán dejó pasar un instante antes de continuar.

—Puede que nos equivocáramos en qué estaba intentando esconder.

Morales miró a Clara.

Por primera vez desde que habían recibido la noticia, el caso parecía abrir una dirección distinta.

—Hablaré con él —dijo.

El capitán asintió.

—Bien.

Clara se dirigió hacia la puerta.

—Díaz.

Se volvió.

—No dé nada por supuesto cuando llegue allí.

—Nunca lo hago.

Morales dejó escapar una tos sospechosamente parecida a una risa.

Clara giró la cabeza.

—¿Algún problema, sargento?

—Ninguno, mi teniente.

El capitán señaló la puerta.

—Fuera los dos.

Salieron al pasillo. A esas horas, el movimiento en la Comandancia había disminuido; apenas llegaban algunas voces lejanas y el sonido de una puerta cerrándose al fondo.

Clara y Morales avanzaron juntos unos metros.

—Parece que hoy no me toca conducir —dijo Morales.

—Considérelo parte de su recuperación.

Llegaron al punto donde sus caminos se separaban. Clara dio un par de pasos, pero se detuvo.

—Morales.

—¿Sí?

—Con Murillo, tenga cuidado.

Él levantó ligeramente el brazo sujeto por el cabestrillo.

—Creo que ya ha gastado su oportunidad.

Clara no sonrió.

Morales comprendió que hablaba en serio.

—Tendré cuidado.

—Llámeme en cuanto termine.

—Usted también.

Clara comenzó a alejarse.

—Mi teniente.

Se volvió.

—¿Qué?

—No fue culpa suya.

Clara se detuvo.

No necesitó preguntar a qué se refería.

—Levantamos la vigilancia, Morales.

—Porque teníamos a Murillo detenido y todo apuntaba hacia él.

—Y nos equivocamos.

—Sí.

Clara pareció sorprenderse por la respuesta. Morales no apartó la mirada.

—Nos equivocamos. Los dos. Pero eso no significa que David esté muerto por nuestra culpa.

—Estaba bajo nuestra protección.

—Y tomamos una decisión con lo que sabíamos entonces.

—Una decisión equivocada.

—Eso lo sabemos ahora.

Clara apretó la mandíbula.

—Está muerto ahora.

Morales perdió parte de la calma.

—Ya lo sé.

—Pues no parece que lo entienda.

La expresión de Morales cambió. La ligereza que casi siempre lo acompañaba desapareció por completo.

—No vuelva a decirme eso.

Clara no respondió.

—Sé perfectamente lo que es perder a alguien a quien debías proteger. Y sé lo que significa que David esté muerto.

Clara sostuvo la mirada de Morales.

—Entonces no me pida que actúe como si no hubiéramos cometido un error.

Morales respondió sin vacilar.

—Lo que le pido es que no cometa el siguiente intentando corregir este.

Ninguno habló.

Desde algún despacho llegó el sonido de un teléfono.

Clara giró la cabeza hacia el pasillo que debía tomar.

—Tengo que irme.

—Yo también.

—Llámeme cuando termine con Murillo.

—Lo haré.

Clara echó a andar.

Morales la vio alejarse un instante antes de tomar el pasillo contrario.

Esta vez, las respuestas los esperaban en direcciones distintas.