El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Calma

Las cámaras comenzaron a disparar destellos en cuanto Clara entró en la sala de prensa de la Comandancia.

Frente al atril se agolpaban periodistas de televisiones, emisoras de radio y periódicos de toda la provincia. Las conversaciones fueron apagándose a medida que avanzaba hacia ellos.

Clara dejó una carpeta sobre el atril y esperó a que desapareciera el murmullo.

—Buenos días.

Decenas de ojos se clavaron en ella.

—En relación con la investigación de los homicidios ocurridos en los últimos días en El Cuervo, puedo confirmar que la Guardia Civil ha procedido a la detención de José Luis Murillo.

Los flashes iluminaron de nuevo la sala.

—La detención se produjo después de que el señor Murillo huyera de una finca de su propiedad en la que se estaban destruyendo diversos documentos. Durante la huida, embistió con su vehículo a un agente de la Guardia Civil, que resultó herido.

Varias manos se levantaron.

Clara continuó antes de concederles la palabra.

—En dicha finca se han intervenido distintos efectos que están siendo analizados por especialistas del Servicio de Criminalística. La investigación permanece abierta y, por el momento, no podemos facilitar más información sobre su posible relación con los homicidios.

El murmullo creció.

Clara señaló a una periodista de la primera fila.

—Teniente, ¿están diciendo que Murillo es el asesino de Roberto Sánchez e Iván Ganfornina?

—No.

La respuesta, inmediata, acalló parte de la sala.

—Estoy diciendo que José Luis Murillo ha sido detenido y que existen elementos que debemos investigar. Determinar su relación con las dos muertes forma parte precisamente de las diligencias que continúan abiertas.

Otro periodista intervino.

—Pero han encontrado pruebas en su finca.

—Hemos encontrado elementos que están siendo analizados.

—¿Entre ellos el arma utilizada en los asesinatos?

Clara mantuvo la expresión.

—No voy a confirmar ninguna información que todavía dependa de un análisis pericial.

—¿Murillo ha confesado?

—No.

—¿Ha declarado?

—Ha ejercido su derecho a no declarar y ha solicitado asistencia letrada.

Una periodista levantó la voz desde el lateral.

—¿Puede confirmar que el caso está resuelto?

—No.

Los flashes se dispararon de nuevo.

—La investigación continúa abierta. La Guardia Civil no dará por concluida ninguna línea hasta que las pruebas hayan sido analizadas y los hechos estén plenamente esclarecidos.

—Entonces, ¿creen que el asesino podría seguir libre?

Clara sabía que aquella sería la frase que ocuparía los titulares.

Escogió la respuesta con cuidado.

—Lo que creemos no es relevante. Lo que podamos demostrar, sí.

El murmullo creció.

Clara cerró la carpeta.

—Gracias.

Se apartó del atril con las preguntas sucediéndose a su espalda.

No respondió a ninguna más.

❖ ❖ ❖

En El Cuervo, sin embargo, las precauciones de Clara importaron poco.

Para muchos vecinos bastó una palabra: detenido.

En cuestión de horas, la imagen de José Luis Murillo apareció en televisiones, periódicos digitales y teléfonos móviles. Su huida, los documentos quemados y el atropello de un guardia civil hicieron el resto.

Después de varios días de miedo, el pueblo encontró algo que necesitaba desesperadamente: un culpable.

La tensión empezó a ceder.

Los vecinos volvieron a ocupar las terrazas. Los comercios recuperaron sus horarios habituales. Las conversaciones sobre el Sediento fueron dejando paso a otras más cotidianas.

Durante los días siguientes no apareció ningún cadáver.

Una semana después, El Cuervo empezaba a parecerse otra vez al pueblo que había sido antes de la muerte de Roberto Sánchez.

Las unidades desplazadas fueron reduciendo su presencia.

Las cámaras de televisión desaparecieron poco a poco.

La vida regresó, o al menos se le pareció.

Solo había un problema: Clara Díaz seguía sin creer que el caso estuviera cerrado.

❖ ❖ ❖

Aparcó frente a un modesto bloque de viviendas de Sevilla.

Llevaba dos cafés en una bandeja de cartón.

Subió hasta el segundo piso y llamó al timbre.

La puerta se abrió pocos segundos después.

Morales apareció vestido con una camiseta gris y un pantalón de deporte. Los hematomas que días atrás cubrían parte de su rostro empezaban a adquirir tonos amarillentos y llevaba el brazo derecho sujeto por un cabestrillo.

Al ver los cafés, Morales sonrió.

—No esperaba una visita oficial con servicio de cafetería incluido.

Clara le tendió uno de los vasos.

—No se acostumbre.

Morales lo aceptó.

—Pase.

Clara entró.

El piso era sencillo, luminoso y bastante más ordenado de lo que Clara había imaginado.

Morales cerró la puerta.

—¿Qué?

—Nada.

—Ha puesto cara de sorpresa.

—No he puesto ninguna cara.

—Ha mirado el salón como si esperara encontrar una zona catastrófica.

Clara avanzó.

—No descarte que siga buscándola.

—El dormitorio queda fuera de la inspección.

Sobre una estantería descansaban varias fotografías familiares.

En una de ellas, Morales aparecía rodeado de niños con camisetas de fútbol. En otra abrazaba a sus padres en una playa.

Clara se detuvo ante la primera fotografía.

—¿Todos sobrinos?

—Doce.

—Eso debería requerir algún tipo de autorización administrativa.

Morales sonrió.

—Espere a verlos juntos.

—Prefiero conservar la imagen.

—Si se queda cinco minutos más, saco los álbumes.

Clara siguió caminando.

—Paso.

Salieron a la terraza.

Frente al edificio, varios árboles rodeaban un pequeño parque.

Se sentaron.

Morales dio el primer sorbo al café.

—Ahora sí.

—¿Ahora sí qué?

—Puede decirme para qué ha venido realmente.

Clara lo miró.

—A ver cómo está.

Morales tardó un momento en responder.

—Eso casi ha sonado convincente.

—Puedo irme.

—Ni se le ocurra.

Clara dejó el café sobre la mesa.

Morales sonrió.

Después, la expresión de Morales se volvió más seria.

—¿Qué dicen los de Criminalística?

Clara apoyó la espalda en la silla.

—Han confirmado que el instrumento encontrado en el bidón es compatible con las lesiones de Roberto e Iván.

La sonrisa desapareció.

—Las dos agujas.

—La separación coincide.

—Entonces era el arma.

—Es compatible con las heridas —corrigió Clara—. No es lo mismo.

Morales suspiró.

—Una semana en casa y ya echaba de menos que me corrigiera.

—Eso dice mucho de su recuperación.

—¿Y el latón?

—También analizaron las partículas encontradas bajo las uñas de Roberto.

—¿Coinciden con el instrumento?

—No pueden asegurarlo. La muestra era demasiado pequeña para determinar una procedencia concreta.

Morales frunció el ceño.

—Así que seguimos sin saber de dónde salió.

—Exacto.

Clara volvió a coger el café.

—También han conseguido recuperar parte de los documentos del bidón.

—¿Qué había?

—Fragmentos. Anotaciones sobre plantas, mezclas, sustancias...

—¿Venenos?

—Algunas podrían serlo.

Morales dejó el vaso sobre la mesa.

—Murillo tenía un instrumento compatible con las heridas y documentos sobre sustancias tóxicas.

—Sí.

—Y aun así sigue sin gustarle.

Clara no respondió.

—¿Qué cosa?

—Que sea él.

No respondió.

Morales la conocía lo suficiente ya para interpretar el silencio.

—¿Por qué?

Clara sostuvo el vaso entre las manos.

—Porque todo apareció junto.

—Eso suele ser bueno en una investigación.

—A veces.

—¿Y otras?

Clara miró hacia el parque.

—Otras veces significa que todavía no has entendido lo que estás mirando.

Morales guardó silencio.

A lo lejos, varios niños corrían detrás de un balón.

—¿Puedo hacerle una pregunta, mi teniente?

—Depende.

—Es personal.

Ella lo observó por encima del vaso.

—Eso reduce bastante sus posibilidades.

—¿Está casada?

Clara arqueó ligeramente una ceja.

—No.

—¿Pareja?

—Tampoco.

El sargento asintió con aire satisfecho.

—Ya somos dos.

Clara bajó la vista hacia la mano que Morales mantenía sobre la mesa.

Una fina línea de piel más clara rodeaba su anular. Clara ya la había visto el primer día, junto a la máquina de café de la Comandancia, pero entonces no había preguntado.

—Más quisiera.

—¿Cómo dice?

Clara señaló su mano con la mirada.

—Que nunca hubiera estado casado.

El sargento levantó la mano y contempló el anular.

Después soltó una carcajada.

—Vaya... Qué perspicaz, señorita Holmes.

—No ha hecho falta deducir demasiado. La alianza dejó más huella de la que imaginaba.

Morales volvió a apoyar la mano sobre la mesa.

La sonrisa seguía allí, aunque ahora había adquirido un ligero matiz de melancolía.

—Lo estuve.

Clara esperó a que continuara.

—¿Y?

—Y nada.

—Ha sido usted quien ha empezado con las preguntas personales.

—Cierto.

Morales tomó el vaso y bebió un sorbo.

—Pero esa historia se la contaré otro día, mi teniente.

Clara sostuvo la mirada de Morales.

—Trato hecho.

—¿Trato?

—Usted no pregunta por mis asuntos y yo no pregunto por los suyos.

Morales sonrió.

—Eso significa que usted también tiene una historia.

Clara volvió los ojos hacia el parque.

—Todo el mundo tiene alguna.

—¿Sabe qué?

—¿Qué?

—Creo que al final sí va a jugar ese partido.

Clara tomó otro sorbo de café.

—Recupérese primero, sargento.

—Eso no ha sido un no.

—Tampoco ha sido un sí.

Morales sonrió.

—Me vale.

Clara negó con la cabeza y volvió la vista hacia el parque. Durante unos minutos ninguno habló.

Después de días de cadáveres, interrogatorios, sirenas y miedo, el silencio de aquella terraza resultaba extraño, casi agradable.

Clara quiso creer que podían permitírselo, aunque solo fuera por un rato.