CAPÍTULO 20 #2
—Fotografíenla antes de moverla.
—Por supuesto.
La cámara volvió a dispararse.
Solo después la especialista extrajo la pieza y la depositó sobre una superficie limpia.
El calor había oscurecido buena parte del metal, aunque en algunos puntos todavía conservaba su tono amarillento.
—Parece latón —dijo.
Clara se quedó mirando la pieza.
Latón.
La palabra le produjo una sensación inmediata de familiaridad.
—Embálenla por separado.
—Sí, mi teniente.
La especialista estaba terminando de embalar la pieza cuando otro miembro del equipo levantó cuidadosamente un fragmento ennegrecido.
—Aquí hay algo más.
Clara se acercó.
No parecía papel corriente. Era más grueso, de un tono amarillento bajo las zonas carbonizadas.
—¿Pergamino? —preguntó Ortega.
El especialista lo examinó.
—Podría ser. Necesitaremos tratarlo antes de intentar leer nada.
—Recuperen todo lo que puedan. Hasta el fragmento más pequeño.
—Lo haremos.
El sonido de la emisora rompió el silencio.
Clara llevó el transmisor a la altura del hombro.
—Teniente Díaz.
—Central para la teniente Díaz.
—Adelante.
La voz del operador sonaba más acelerada de lo habitual.
—Policía Local acaba de localizar el vehículo de José Luis Murillo.
Clara intercambió una mirada con Ortega.
—¿Dónde?
—Frente al Centro Cultural Casa de Postas.
La teniente frunció el ceño.
Precisamente donde habían hablado con él aquella mañana.
—¿Murillo está dentro del vehículo?
—Negativo. El turismo está estacionado junto a la entrada. Dos patrullas mantienen vigilado el edificio.
—¿Alguien lo ha visto entrar?
Hubo unos segundos de silencio.
—El conserje confirma que Murillo entró hace aproximadamente veinte minutos. No lo ha visto salir.
Clara respondió sin vacilar.
—Que nadie entre ni salga. No se aproximen a él hasta que lleguemos.
—Recibido.
Guardó la emisora.
Después miró a la especialista.
—Continúen con la inspección. Quiero todo lo que pueda recuperarse de ese bidón y una revisión completa de la finca.
—De acuerdo.
Clara volvió hacia Ortega.
—Vámonos.
❖ ❖ ❖
El todoterreno abandonó la finca levantando una nube de polvo.
Durante los primeros minutos ninguno de los dos habló.
Ortega mantenía la vista fija en la carretera.
Clara miraba por la ventanilla.
En su cabeza se sucedían las imágenes de las últimas horas.
Murillo dentro del Audi frente a la parroquia.
La caja de madera.
El bidón ardiendo.
El instrumento de dos agujas.
La huida.
Morales tendido sobre el albero.
Todo parecía conducir al mismo hombre.
Demasiado.
—¿En qué piensa? —preguntó Ortega.
Clara tardó unos segundos en responder.
—En que no me gustan las respuestas fáciles.
—Después de lo que acaba de hacer, Murillo no parece precisamente inocente.
—No he dicho que lo sea.
—Ha quemado documentos y casi mata a Morales para escapar.
—Lo sé.
Ortega la miró fugazmente antes de devolver la atención a la carretera.
—Entonces no la entiendo.
Clara apoyó el brazo junto a la ventanilla.
—Todavía no sabemos qué estaba quemando.
—Encontramos un instrumento con dos agujas.
—Y quiero saber qué es antes de decidir para qué servía.
Clara dirigió la atención hacia los campos.
Había aprendido hacía mucho tiempo que una sucesión de indicios podía construir una verdad.
O una mentira perfecta.
La Casa de Postas apareció poco después junto a la antigua Nacional IV.
Aquella mañana, el edificio había estado lleno de niños.
Ahora varios vehículos policiales ocupaban la explanada.
El Audi Q7 blanco de José Luis Murillo permanecía estacionado frente a la entrada.
Ortega detuvo el todoterreno.
Dos agentes se acercaron inmediatamente.
—Mi teniente.
Clara descendió.
—Situación.
—El vehículo estaba aquí cuando llegamos. Cerrado. Nadie ha salido del edificio.
El conserje aguardaba cerca de la puerta.
Clara se acercó.
—¿Ha visto entrar a Murillo?
—Sí. Hace unos veinte minutos.
—¿Cómo estaba?
El hombre tragó saliva.
—Muy alterado.
—¿Dijo algo?
—No. Entró directamente. Le pregunté si necesitaba ayuda, pero ni siquiera me contestó.
—¿Hay alguien más dentro?
—No. La biblioteca estaba cerrada a esa hora.
Clara miró hacia la fachada.
Las ventanas permanecían abiertas.
No llegaba una sola voz desde el interior.
Aquella mañana, el edificio había olido a libros y había estado lleno de niños escuchando hablar de Alonso Barragán.
Ahora solo había silencio.
—Ortega.
El jefe de la Policía Local se acercó.
—Dígame.
—Entramos.
Cuatro agentes ocuparon posiciones detrás de ellos.
Clara encabezó el grupo.
La pesada puerta de madera cedió con un leve quejido.
El olor a papel envejecido y madera encerada volvió a recibirla.
Avanzaron despacio.
Sus pasos resonaban sobre el suelo.
Clara levantó una mano.
Todos se detuvieron.
Al fondo del corredor, la puerta del despacho de Murillo permanecía entreabierta.
Una estrecha franja de luz escapaba por la rendija.
Clara avanzó.
Empujó la puerta.
José Luis Murillo estaba sentado detrás del escritorio.
No intentó levantarse.
Ni huir.
Ni siquiera pareció sorprendido de verla.
Permanecía con las manos entrelazadas sobre la mesa.
A su alrededor se acumulaban manuscritos, mapas, fotografías antiguas y árboles genealógicos. Décadas de investigación perfectamente ordenadas.
Frente a él, el retrato de Alonso Barragán presidía la pared.
Murillo lo contemplaba.
Clara permaneció unos segundos en la puerta.
El hombre que hacía menos de una hora había embestido a Morales para escapar estaba ahora sentado tranquilamente en su despacho.
Derrotado.
—José Luis Murillo.
El cronista cerró los ojos.
Después volvió lentamente la cabeza hacia ella.
Clara avanzó.
—Queda detenido por el atropello del sargento Morales y por su huida de la finca.
Murillo bajó la mirada.
No ofreció resistencia.
Ortega se acercó para esposarlo.
El primer clic metálico rompió el silencio del despacho.
Después el segundo.
Clara esperaba una explicación.
Una protesta.
Cualquier cosa.
Murillo levantó finalmente la cabeza.
—Quiero hablar con un abogado.
Clara sostuvo su mirada.
—Está en su derecho.
El cronista volvió los ojos hacia el retrato de Alonso Barragán.
Y no dijo una palabra más.
❖ ❖ ❖
La habitación permanecía en penumbra.
La última luz de la tarde entraba por la ventana del hospital y se extendía sobre el suelo. El monitor junto a la cama marcaba un ritmo constante.
Clara estaba sentada en una silla, junto a la ventana.
Habían pasado varias horas desde la finca.
Murillo estaba detenido.
Criminalística continuaba trabajando.
Y Morales estaba fuera de peligro.
Solo entonces se había permitido estar allí.
Un movimiento en la cama la hizo volver la cabeza.
Morales abrió los ojos lentamente.
Parpadeó varias veces hasta conseguir enfocar la habitación.
Después la vio.
—Mi teniente...
La voz salió ronca.
Clara se incorporó.
—¿Cómo se encuentra?
Morales hizo ademán de moverse y una mueca de dolor le cruzó el rostro.
—Como si me hubiera atropellado un coche.
Clara no respondió de inmediato.
—Qué diagnóstico tan preciso.
—Tengo experiencia reciente.
Ella negó con la cabeza.
Morales permaneció unos segundos en silencio.
—¿Lo tenemos?
Clara sabía perfectamente a quién se refería.
—Está detenido.
El sargento cerró los ojos un instante.
Un gesto de alivio pasó por su rostro.
—¿Dónde lo encontraron?
—En la Casa de Postas.
Morales volvió a abrir los ojos.
—¿Se entregó?
—No exactamente. Volvió allí después de huir. Cuando entramos estaba sentado en su despacho.
—¿Ha hablado?
—Ha pedido un abogado.
—Listo, entonces.
Clara arqueó una ceja.
—¿Listo?
—Quema pruebas, huye, intenta convertirme en decoración de carretera y después pide abogado.
—Pedir un abogado sigue siendo un derecho, Morales.
—Ya sabía que iba a decir eso.
Clara no respondió.
Solo se escuchó el monitor.
Morales la observó.
—¿Qué encontraron en el bidón?
—Todavía lo están procesando.
—Pero encontraron algo.
Clara dudó.
—Un instrumento metálico.
—¿Qué clase de instrumento?
—Tenía dos agujas.
La expresión de Morales cambió.
—Como las marcas.
—Podría ser.
—Mi teniente...
—Podría ser —repitió Clara—. Hasta que Criminalística no lo determine, no sabemos nada.
Morales dejó escapar el aire.
—Ahora sí que sé que está bien.
—¿Por qué?
—Ya vuelve a llevarme la contraria.
Clara estuvo a punto de responder.
No lo hizo.
Bajó la mirada hacia sus manos.
El silencio se prolongó.
Morales fue el primero en percibir que algo había cambiado.
—¿Qué pasa?
Clara negó ligeramente.
—Nada.
—No se le da muy bien mentir.
Ella levantó la mirada.
—Y usted habla demasiado.
—Eso ya lo sabíamos.
Clara permaneció callada.
Podía dejarlo ahí.
Probablemente debería.
Pero todavía conservaba demasiado nítida la imagen de Morales inmóvil sobre el camino.
—Me ha asustado, Morales.
Él dejó de sonreír.
Clara bajó la vista.
—Cuando no respondía...
Se detuvo.
No necesitaba terminar la frase.
Morales tampoco se lo pidió.
Por primera vez desde que se conocían, no buscó una broma con la que llenar el silencio.
Movió despacio la mano sana sobre la sábana hasta dejarla junto a la de ella.
Clara la miró.
Después apoyó la suya encima.
—Todavía le debo ese partido de fútbol —murmuró Morales.
Esta vez la sonrisa de Clara fue sincera.
—Va a tardar en pagármelo. Está hecho un cuadro.
Morales dejó escapar una risa que terminó convirtiéndose en una mueca de dolor.
—Entonces... tendrá que esperar.
Clara entrelazó suavemente sus dedos con los de él durante un instante.
—Lo haré.
Y, por primera vez desde que la ambulancia había abandonado la finca, la tensión que llevaba horas oprimiéndole el pecho comenzó, por fin, a desaparecer.