CAPÍTULO 20
Cenizas
—¡Ortega! ¡Llame a una ambulancia! ¡Ahora!
Clara cayó de rodillas junto a Morales.
Le sujetó el rostro entre las manos.
—Javi... mírame.
Nada.
Durante un instante dejó de oír las cigarras, el motor del Audi alejándose por la carretera, incluso la voz de Ortega pidiendo asistencia por teléfono.
Solo veía a Morales tendido sobre el albero.
—Javi.
Le buscó el pulso en el cuello.
Lo encontró.
Rápido.
Pero estaba ahí.
Clara soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Vamos, Morales. Abra los ojos.
No obtuvo respuesta.
—No me haga esto.
Su voz perdió firmeza.
Entonces recordó una conversación que apenas unas horas antes le había parecido una tontería.
—Todavía tenemos un partido de fútbol pendiente.
Los párpados de Morales temblaron.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Morales?
Él abrió los ojos con dificultad.
Tardó unos segundos en enfocar el rostro que tenía sobre él.
Después, pese al dolor, una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
—Sabía... que se moría de ganas... de jugar conmigo.
Clara dejó escapar una risa entrecortada. Sintió cómo la tensión de aquellos segundos cedía de golpe y se le humedecían los ojos.
—Cállese.
—Sí, mi teniente.
—Y no vuelva a darme un susto así en su vida.
Morales dejó escapar una débil mueca.
—Eso... me va a costar más.
A lo lejos comenzó a escucharse una sirena.
Clara volvió la cabeza.
El sonido crecía rápidamente entre los campos.
—Ya vienen.
—Qué pena... —murmuró Morales.
Clara permaneció seria.
—¿Qué?
—Estaba muy cómodo.
—No intente hacerse el gracioso.
—Entonces sí que estoy grave.
Esta vez Clara no pudo evitar sonreír.
La ambulancia apareció por el carril levantando una nube de polvo.
Dos técnicos sanitarios descendieron con el equipo mientras una enfermera se arrodillaba junto a Morales.
—Necesito que se aparte un momento, por favor.
Clara retrocedió lo justo.
Los sanitarios comenzaron la valoración. Le inmovilizaron el cuello con un collarín cervical y examinaron la cabeza, el hombro y el brazo que había recibido el impacto.
—¿Ha perdido el conocimiento? —preguntó la enfermera.
—Sí —respondió Clara—. Unos segundos.
Morales abrió los ojos.
—No tantos.
—Usted no estaba en condiciones de contarlos.
La enfermera dirigió una mirada fugaz a ambos antes de continuar.
—¿Sabe cómo se llama?
—Javier Morales.
—¿Sabe dónde está?
Él miró alrededor.
—En una finca... reconsiderando algunas decisiones profesionales.
—Está orientado.
Clara sintió que parte de la presión que le atenazaba el pecho empezaba a ceder.
—Vamos a trasladarlo al hospital —explicó la enfermera—. Hay que descartar lesiones en la cabeza y valorar ese hombro.
Los sanitarios prepararon la camilla.
Clara se acercó.
—Voy con él.
—Ni se le ocurra.
La voz de Morales seguía siendo débil.
Clara lo miró.
—No está usted en condiciones de decidir nada.
—Precisamente... por eso aprovecho.
—Morales.
Él sostuvo su mirada.
La sonrisa desapareció.
—Atrape a ese cabrón.
Volvió a ver el Audi abalanzándose sobre él.
—Ahora mismo lo único que me importa es que llegue bien al hospital.
—Y yo voy a llegar.
Hizo una mueca cuando los sanitarios comenzaron a levantar la camilla.
—Pero Murillo... cada minuto que pasa está más lejos.
Clara apretó la mandíbula.
Lo sabía.
Morales también.
Y los dos sabían que aquella era la razón por la que ella no podía subir a la ambulancia.
Un vehículo apareció entonces por el carril.
Clara volvió la cabeza.
Gonzalo Romero detuvo el coche junto a la entrada de la finca y bajó casi antes de apagar el motor.
—¿Qué ha ocurrido?
Se acercó rápidamente.
—Murillo ha intentado huir —respondió Clara—. Ha golpeado a Morales con el coche.
Gonzalo miró hacia la camilla.
—¿Cómo está?
—Consciente —respondió uno de los sanitarios—. Ha tenido una pérdida breve de conocimiento y presenta un traumatismo en el hombro. Lo trasladamos para valoración.
El médico se acercó.
—Sargento.
Morales abrió los ojos.
—Doctor... al final voy a darle trabajo.
Gonzalo sonrió.
—Eso significa que todavía conserva el sentido del humor.
—Por desgracia —murmuró Clara.
El médico comprobó brevemente que Morales respondía con normalidad y después se volvió hacia ella.
—Iré detrás de la ambulancia. En cuanto llegue al hospital me aseguraré de que lo atiendan y la llamaré.
Clara no apartó los ojos.
—No tiene por qué hacerlo.
—Lo sé.
Gonzalo miró a Morales.
—Pero voy a hacerlo.
Las puertas de la ambulancia se cerraron.
Morales levantó ligeramente la mano sana antes de que el vehículo comenzara a alejarse.
Clara se quedó quieta.
Gonzalo regresó a su coche y salió tras la ambulancia.
El sonido de la sirena acompañó a ambos vehículos por el carril hasta perderse entre los campos.
Entonces regresó el silencio.
Clara siguió mirando el camino vacío.
Aún podía sentir entre las manos el rostro de Morales. La quietud de su cuerpo sobre el albero. Aquellos segundos interminables antes de encontrarle el pulso.
Cerró los ojos un instante.
—Teniente.
La voz de Ortega la hizo volver.
Clara abrió los ojos.
Un olor acre flotaba en el aire.
Giró lentamente la cabeza.
El bidón seguía humeando junto a la casa.
Una voluta gris ascendía desde su interior y se deshacía bajo el sol de la tarde.
Clara se detuvo en ella.
Después miró la vivienda.
Murillo había huido.
Pero no había tenido tiempo de llevárselo todo.
—Ortega.
—Dígame.
—Acordone la finca y avise a Criminalística.
El jefe de la Policía Local asintió.
Clara comenzó a caminar hacia el bidón.
—Y que nadie toque nada.
Se detuvo a unos pasos.
Bajo la capa blanquecina del extintor todavía asomaban restos de papel carbonizado.
Algunos se habían convertido ya en ceniza.
Otros no.
Clara los contempló en silencio.
Fuera lo que fuese que José Luis Murillo había intentado hacer desaparecer, no había terminado el trabajo.
Clara llevó la mano al transmisor.
—Central, aquí teniente Díaz.
Un breve chasquido precedió a la respuesta.
—Adelante, mi teniente.
—Activen búsqueda y localización de José Luis Murillo. Ha huido de su finca y durante la fuga ha embestido a un agente de la Guardia Civil.
Ortega abrió una pequeña libreta y le mostró una anotación.
—Vehículo Audi Q7 blanco. Matrícula...
Clara leyó los números.
—Comuniquen el aviso a todas las patrullas disponibles de Guardia Civil y Policía Local. Si localizan el vehículo, informen inmediatamente de su posición. No intenten interceptarlo en solitario.
—Recibido, mi teniente.
La comunicación se cortó.
—Y avise a Policía Judicial y Criminalística —añadió Clara—. Quiero que revisen la finca.
—Ahora mismo.
Clara guardó el transmisor.
El humo seguía escapando lentamente del bidón.
Se acercó hasta quedar a poco más de un metro.
Entre el polvo blanco del extintor y las cenizas distinguió varios fragmentos de papel carbonizado.
Y algo más.
Un pequeño brillo metálico.
Clara se inclinó ligeramente, sin acercarse.
—Ortega.
El jefe de la Policía Local dio un paso.
—¿Qué?
—No se acerque.
Se detuvo.
—¿Ha visto algo?
—Sí.
—¿Qué es?
Clara entrecerró los ojos.
—No lo sé.
El metal apenas sobresalía entre los restos quemados.
Podía ser cualquier cosa.
Pero Murillo había prendido fuego a aquel bidón y, cuando los vio llegar, había huido hasta el punto de poner en peligro la vida de Morales.
Aquello bastaba para no tocar absolutamente nada.
—Esperaremos a Criminalística.
Clara volvió la mirada hacia la vivienda.
—Y nadie entra en la casa.
—Entendido.
El jefe de la Policía Local se alejó para terminar de acordonar la zona.
Clara permaneció junto al bidón.
Al fin tuvo un momento para pensar.
Sacó el teléfono.
Ninguna llamada.
Volvió a guardarlo.
Gonzalo le había prometido avisarla en cuanto supiera algo de Morales.
Todavía era pronto.
Demasiado pronto.
Clara dirigió nuevamente la mirada hacia las cenizas.
Esperar nunca se le había dado bien.
❖ ❖ ❖
No tardaron mucho en llegar.
Dos vehículos de la Unidad Orgánica de Policía Judicial se detuvieron junto a la entrada, seguidos por la furgoneta de Criminalística.
Los especialistas descendieron con el material de inspección y comenzaron a preparar la entrada a la finca.
Una mujer de mediana edad se acercó a Clara.
—Teniente.
—Gracias por venir tan rápido.
Clara señaló el bidón.
—Empezaría por ahí. Lo encontramos ardiendo cuando llegamos. Ortega apagó el fuego con un extintor y desde entonces nadie lo ha tocado.
La especialista observó la zona.
—¿Quiénes se aproximaron?
—Ortega, el sargento Morales y yo. Ninguno manipuló el contenido.
—¿El propietario?
—Estaba aquí. Huyó en cuanto nos vio.
La mujer asintió.
—De acuerdo. Primero documentaremos todo.
El trabajo comenzó.
Fotografiaron el acceso.
La cancela arrancada.
Las marcas de neumáticos sobre el albero.
El exterior de la vivienda.
El bidón.
Cada detalle quedó registrado antes de que nadie tocara nada.
Clara observaba en silencio.
El procedimiento avanzaba despacio, pero sabía que debía ser así.
Una escena mal procesada podía convertir una prueba en una duda.
Solo cuando terminó la documentación inicial, la especialista se colocó unos guantes nuevos y tomó unas pinzas largas.
Se agachó junto al bidón.
Los primeros restos aparecieron uno a uno.
Fragmentos de papel.
Cartón ennegrecido.
Pequeños trozos que todavía conservaban tinta.
Cada elemento era separado, fotografiado y embalado.
Clara no apartaba la mirada.
La especialista introdujo nuevamente las pinzas.
Se detuvo.
—Un momento.
Apartó con cuidado una fina capa de ceniza.
Algo amarillento apareció debajo.
Clara dio un paso.
—¿Qué es?
—Todavía no lo sé.
La especialista siguió trabajando.
Poco a poco emergió una pequeña pieza metálica ennegrecida por el calor.
Cuando quedó suficientemente expuesta, nadie habló.
Dos agujas finas sobresalían de uno de sus extremos.
Clara sintió que algo se tensaba en su interior.
Dos.
La especialista ladeó ligeramente la cabeza.
—No recuerdo haber visto un instrumento como este.
Clara tampoco.
Pero sí había visto lo que dos agujas podían dejar atrás.
Dos pequeños orificios.
En el cuello de Roberto Sánchez.
En el cuello de Iván Ganfornina.
La coincidencia era demasiado precisa para ignorarla.