CAPÍTULO 19
Sospechas
Las puertas del cuartel se abrieron apenas unos minutos después.
Venancio y su mujer Elena, entraron juntos.
Ambos rondaban los cincuenta años. Vestían con sencillez y el cansancio acumulado durante las últimas horas se reflejaba en sus rostros.
Él caminaba con la serenidad de quien llevaba toda una vida ejerciendo como veterinario en el pueblo.
Ella sostenía el bolso contra el pecho con ambas manos, incapaz de ocultar la preocupación.
Morales salió a recibirlos.
—Pasen, por favor.
Los condujo hasta la pequeña sala de reuniones, donde Clara ya los esperaba con la carpeta de la investigación abierta sobre la mesa.
La teniente se puso en pie.
—Gracias por venir tan rápido.
—Faltaría más, teniente —respondió Venancio mientras estrechaba su mano.
El matrimonio tomó asiento frente a ellos.
—No vamos a entretenerlos más de lo necesario. Solo necesitamos aclarar algunos detalles sobre la reunión celebrada anoche en la parroquia.
Los dos asintieron.
—¿A qué hora abandonaron la iglesia?
Elena reflexionó unos instantes.
—Sería poco después de la una.
—¿Iván seguía allí?
—Sí. Se quedó hablando con el padre Gabriel.
Clara tomó nota.
—¿Quién salió con ustedes?
—El doctor Romero —respondió Venancio—. Caminamos juntos hasta la puerta. Mi hijo nos alcanzó unos segundos después.
La teniente levantó la vista.
—¿Y luego?
El matrimonio intercambió una mirada.
Fue Elena quien respondió.
—Mientras íbamos hacia los coches vimos a José Luis Murillo sentado dentro del suyo.
—¿Estaba solo?
—Sí.
—¿Les llamó la atención algo?
—La verdad... sí.
Clara dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—¿Qué fue?
—Parecía nervioso.
—¿En qué sentido?
—No sabría explicarlo. Estaba sentado al volante, mirando hacia el asiento de al lado. Como si estuviera pensando en algo, las manos le temblaban.
Venancio intervino.
—Mi mujer incluso se acercó a la ventanilla para preguntarle si se encontraba bien.
—¿Qué respondió?
—Que sí. Dijo que solo estaba cansado.
—¿Le creyó?
Venancio se encogió de hombros.
—En ese momento sí.
Clara no apartó la vista de la pantalla.
—¿Vieron a alguien acercarse a su vehículo?
—No.
—¿O salir de él?
—Tampoco.
La teniente hizo una última anotación y estaba a punto de cerrar la carpeta cuando Elena volvió a hablar.
—Teniente...
Clara levantó la vista.
—¿Sí?
La mujer frunció el ceño, como si acabara de recordar un detalle que hasta entonces había considerado insignificante.
—No sé si servirá de algo...
—Dígame.
—Cuando me acerqué a la ventanilla me pareció ver una caja de madera sobre el asiento del copiloto.
Morales levantó la cabeza.
—¿Una caja?
—Sí. No era muy grande. Pensé que serían libros o documentos. José Luis siempre va cargado de papeles.
Clara anotó el detalle sin dejar traslucir qué importancia podía tener.
—¿La había visto antes?
—No.
—¿Está segura de que estaba dentro del coche?
—Completamente.
Clara cerró la carpeta.
Se puso en pie.
—No tenemos más preguntas. Gracias por su colaboración.
Venancio también se levantó.
Antes de marcharse, observó a Clara con gesto preocupado.
—Teniente... ¿cree que José Luis tiene algo que ver con todo esto?
Clara sostuvo su mirada.
—Todavía no lo sabemos.
Y era cierto: una investigación no se construía con sospechas, sino con pruebas.
Venancio y Elena abandonaron la sala.
La puerta apenas había terminado de cerrarse cuando llamaron de nuevo.
—Adelante.
Ortega apareció en el umbral.
Llevaba una memoria USB en la mano.
—Creo que esto les va a interesar.
Morales se incorporó en la silla.
—¿Las cámaras?
—Las cámaras.
Ortega entró y dejó la memoria sobre la mesa.
Clara lo miró.
—¿Ha encontrado el Audi?
—Sí.
Ortega dejó que el dato pesara un instante.
—A la una y treinta y dos de la madrugada.
Clara frunció el ceño.
—¿Dónde?
—En la cámara del cruce que estuvimos viendo esta mañana.
Morales se incorporó.
—¿La salida hacia los campos?
—Esa misma.
Ortega señaló la memoria.
—Se ve un Audi Q7 blanco pasando por el cruce en dirección a las fincas. La matrícula coincide con la de Murillo.
Durante un instante nadie habló.
Clara recordó la conversación en la Casa de Postas.
Me quedé unos diez minutos en el coche pasando unas notas al teléfono y después me fui a casa.
—¿Está seguro de la hora? —preguntó.
—Una y treinta y dos. La cámara está sincronizada con el sistema municipal.
—¿Y aparece regresando?
—No en el tramo que he revisado.
Clara se levantó.
—Quiero ver las imágenes.
Ortega introdujo la memoria en el ordenador.
El vídeo apareció en pantalla.
En la pantalla apareció una carretera prácticamente desierta, granulada bajo la luz de las farolas.
En la esquina inferior, el reloj marcaba:
01:31:54.
Unos segundos después, dos faros aparecieron al fondo.
El vehículo se aproximó al cruce.
Un Audi Q7 blanco.
Clara se inclinó hacia la pantalla.
El coche redujo la velocidad y tomó el desvío.
La matrícula quedó visible apenas un instante.
Fue suficiente.
Ortega congeló la imagen.
—Es él.
Morales miró a Clara.
Esta vez no había ninguna broma en su expresión.
—Dijo que se fue a casa.
Clara mantuvo la vista fija en la pantalla.
—Sí.
—Y su casa no está por ahí.
—No.
Ortega señaló el desvío.
—Pero su finca sí.
Clara no apartó la vista de la pantalla.
Los diez minutos dentro del coche, el nerviosismo que había percibido Elena, la caja de madera en el asiento del copiloto y ahora aquel desvío.
Cuatro piezas que, por separado, podían no significar nada; juntas empezaban a dibujar algo muy distinto.
Clara cogió su chaqueta.
—Ortega, ¿sabe llegar a esa finca?
—Sí.
Morales ya estaba poniéndose en pie.
—Supongo que se acabó lo de no convertir una cronología en una condena.
Clara caminó hacia la puerta.
—No vamos a condenar a nadie, Morales.
Clara se volvió hacia ellos.
—Vamos a hacerle una pregunta que Murillo olvidó contestarnos.
—¿Cuál?
Clara abrió la puerta.
—Por qué nos mintió.
El jefe de la Policía Local detuvo el todoterreno frente a la puerta del cuartel y bajó la ventanilla.
—¿Nos vamos?
—Llévenos a esa finca Ortega.
—Suban.
Los tres abandonaron el centro del pueblo en dirección sur.
Al tomar una curva, una estructura de hormigón llamó la atención de Clara.
Varias grúas se alzaban sobre un edificio de líneas modernas que todavía mostraba los andamios en buena parte de la fachada.
—¿Qué están construyendo? —preguntó.
Ortega sonrió con cierto orgullo.
—El nuevo centro de salud.
Morales observó la obra mientras pasaban junto a ella.
—Tiene buena pinta.
—Llevábamos años reclamando. Si todo va bien, abrirá sus puertas el año que viene.
Clara continuó contemplando el edificio hasta que quedó atrás.
—¿Ya tiene nombre?
Ortega asintió sin apartar la vista de la carretera.
—Sí.
Ortega tardó un momento en responder.
—Centro de Salud Doctor Gonzalo Romero.
Morales sonrió.
—No me extraña.
—Se lo ha ganado de sobra —respondió Ortega—. Lleva más de treinta años atendiendo a medio pueblo. Ha venido de madrugada, en Navidad, en feria... donde hiciera falta. Aquí hay gente que dice que le debe la vida.
Clara no hizo ningún comentario y volvió la vista hacia la carretera.
Poco a poco las calles dieron paso a amplios campos de cultivo, olivares y parcelas salpicadas por antiguas casas de labor. El paisaje se abrió bajo el sol de primera hora de la tarde, teñido por el amarillo de los rastrojos y el verde intenso de los naranjos.
El todoterreno siguió avanzando por un asfalto que se internaba entre los campos.
Tras rebasar un viejo poste eléctrico, Ortega giró a la izquierda y abandonó la carretera.
—La finca está al final de ese carril —anunció Ortega.
Los tres callaron.
Apenas unos minutos después, comenzaron a distinguir la silueta de una vieja casa de campo entre los olivos.
Ortega detuvo el todoterreno a un lado del carril, dejando libre el paso para cualquier vehículo que pudiera entrar o salir de la finca.
Frente a ellos, una cancela tubular de acero y malla metálica permanecía entreabierta.
El jefe de la Policía Local descendió el primero.
—¡José Luis!.
Solo respondió el zumbido de las cigarras.
Volvió a llamar.
—¡Murillo!
Nada.
Entonces Clara reparó en algo.
Una fina columna de humo negro se elevaba desde el interior de la finca y se perdía entre las copas de los olivos.
—¿Lo veis?
Morales siguió la dirección de su mirada.
—Sí.
Los tres cruzaron la cancela y avanzaron a paso rápido por el camino de albero.
Al rodear la vivienda, encontraron un viejo bidón galvanizado del que todavía escapaban pequeñas llamas.
Dentro ardían restos de papel ennegrecido.
—Tenemos que apagar ese fuego. ¡Ya! —ordenó Clara.
Ortega salió corriendo hacia el todoterreno.
Regresó con un pequeño extintor que guardaba en el maletero.
—Más de una vez me ha sacado de un apuro.
Accionó la maneta.
Una nube de polvo químico cubrió el bidón mientras las últimas llamas se extinguían con un siseo.
Morales aprovechó aquellos segundos para acercarse a la casa.
—¡José Luis! ¡Salga! ¡Guardia Civil!
Nadie respondió.
Entonces ocurrió.
Los faros de un Audi Q7 blanco se encendieron junto al lateral de la vivienda.
—¡Morales! —gritó Clara.
El rugido del motor quebró la quietud del campo.
El Audi irrumpió a toda velocidad, levantando una nube de polvo. Durante una fracción de segundo, los ojos de José Luis Murillo se cruzaron con los de Clara. No vio miedo en ellos, sino desesperación.
—¡Javi, cuidado!
Morales se volvió justo cuando el vehículo se abalanzaba sobre él.
Morales apenas tuvo tiempo de apartarse.
El retrovisor derecho lo golpeó con violencia a la altura del hombro. El impacto lo hizo girar sobre sí mismo y lo lanzó varios metros. Cayó pesadamente sobre el albero y quedó inmóvil.
Sin levantar el pie del acelerador, Murillo alcanzó la salida de la finca.
La cancela tubular de acero apenas ofreció resistencia. El pestillo saltó por los aires y una de las hojas se desprendió de las bisagras con un estruendo metálico, retorciéndose sobre el suelo mientras el coche desaparecía carretera abajo envuelto en una espesa nube de polvo.
Por un instante, Clara solo vio a Morales inmóvil sobre el albero.