El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Nervioso

Morales redujo la velocidad al abandonar las últimas calles del casco urbano.

Apenas unos cientos de metros después, una vivienda señorial apareció a la derecha de la carretera que conducía hacia Jerez.

Construida en el siglo XVIII, destacaba por la sobriedad de su arquitectura. La fachada encalada, los gruesos muros y los balcones de hierro forjado conservaban el carácter de otra época. Tras un amplio portón de madera se intuía un patio interior presidido por un viejo olivo.

Morales contempló la casa con curiosidad.

—No esperaba encontrar una casa así a las afueras del pueblo.

Gonzalo sonrió mientras abría la cancela.

—Tiene unos cuantos siglos de historia.

Los agentes cruzaron el patio.

—Perteneció a don Alonso Barragán —explicó Gonzalo.

Morales sonrió de medio lado.

—Entonces el señor Murillo debe de tenerle bastante envidia.

El médico soltó una breve risa.

—Más de una vez me lo ha dicho.

Mientras les invitaba a pasar, añadió con absoluta naturalidad:

—En su testamento, don Alonso dispuso que la casa quedara vinculada al médico titular de El Cuervo. Consideraba que cuidar de la salud de los vecinos era tan importante como fomentar su educación.

Clara recorrió el amplio zaguán con la mirada.

—Así que ha ido pasando de un médico a otro.

—Exactamente. Cada nuevo médico del pueblo la habita mientras desempeña su labor aquí. Es una tradición que se ha conservado hasta nuestros días.

Morales volvió a mirar las vigas de madera del techo.

—Es una forma curiosa de mantener vivo un legado.

—Y una responsabilidad —respondió Gonzalo.

Gonzalo cerró la cancela a su espalda y se acomodó distraídamente el cinturón antes de conducirlos hacia el interior.

Un amplio salón se abrió ante ellos, inundado por la luz que entraba desde el patio. Las paredes estaban decoradas con fotografías familiares, títulos universitarios enmarcados y varias estanterías donde los libros de medicina convivían con novelas y cuentos infantiles.

—Siéntense, por favor.

Apenas habían tomado asiento cuando unos pasos descendieron por la escalera.

Una joven apareció en el umbral de la sala.

Tendría unos veintisiete años. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta sencilla, que dejaba al descubierto un rostro de facciones delicadas y una belleza serena, casi frágil.

Vestía vaqueros claros y una camisa blanca de manga larga, impropia del calor de finales de verano, abotonada hasta las muñecas.

Al descubrir a los agentes, les dedicó una sonrisa tímida.

—Perdón... no sabía que tenías visita.

—No pasa nada, hija.

Gonzalo se levantó.

—Lucía, ellos son la teniente Clara Díaz y el sargento Morales.

La joven se acercó despacio.

—Encantada.

Clara estrechó su mano.

Era cálida, pero apenas ejercía presión.

—¿Vive aquí con su padre?

Lucía negó.

—No. Doy clase de Primaria en Jerez y vivo cerca del colegio.

—¿Ha venido por lo ocurrido?

—Sí. Mi padre no quería estar solo estos días.

—Entonces tendrá vacaciones.

—Las tenía.

La sonrisa se le apagó al responder.

—Aunque estos días apenas he pensado en eso.

Clara la miró con atención.

Calculó que tendría prácticamente la misma edad que Roberto e Iván.

—Imagino que los conocía.

La expresión de Lucía cambió apenas.

—Sí.

Su voz se volvió más baja.

—Aquí nos conocemos todos.

—¿Cómo está viviendo todo lo que está ocurriendo?

Lucía tardó un momento en responder.

Miró hacia la ventana antes de volver a fijar los ojos en Clara.

—Todavía me cuesta creerlo.

Hizo una pausa.

—El Cuervo siempre me ha parecido un lugar tranquilo. Ver dos asesinatos en tan pocos días... es algo que jamás habría imaginado.

Clara percibió tristeza en sus palabras y un cansancio difícil de explicar.

Lucía dirigió entonces la mirada hacia su padre.

—Si no os importa... voy a dar un paseo.

Gonzalo la miró con una ternura que apenas intentó disimular.

—No vuelvas muy tarde.

Antes de salir, se despidió con educación.

—Ha sido un placer conocerles.

La puerta se cerró con suavidad.

Durante un momento ninguno habló.

Fue Morales quien rompió el silencio.

—Parece muy buena chica.

Gonzalo permaneció observando la puerta por la que acababa de salir su hija.

Una expresión cargada de nostalgia apareció en su rostro.

Se levantó despacio y caminó hasta un aparador donde descansaba una fotografía familiar.

En ella aparecía junto a su esposa y una Lucía de apenas diez años, sonriente, sujetando una bicicleta nueva.

—Lucía siempre ha sido una chica sensible —continuó Gonzalo—. Con los años se fue volviendo más reservada. Nunca ha sido de hablar demasiado de sus cosas.

—Hace dos años murió mi mujer.

Clara levantó la mirada.

—Lo siento.

—Mercedes llevaba tiempo tratándose la hipertensión. Una mañana sufrió un infarto mientras yo estaba pasando consulta.

Gonzalo bajó la vista hacia sus manos.

—Lucía estaba muy unida a su madre. Su muerte la hundió. Desde entonces ha pasado por temporadas mejores y peores, pero últimamente...

No terminó la frase.

—¿Está en tratamiento? —preguntó Clara.

—Sí.

Clara recordó la forma en que Lucía evitaba sostener la mirada demasiado tiempo y aquella tristeza que parecía acompañarla incluso cuando sonreía.

—Es curioso... Llevo media vida intentando aliviar el dolor de los demás y sigo sin saber cómo aliviar el de mi hija.

Clara y Morales guardaron silencio.

Por un momento, dejaron de ver solo al médico más respetado de El Cuervo para ver también  a un padre afligido.

Clara abrió la libreta.

—Doctor, necesito volver unos minutos a la reunión de anoche.

Gonzalo asintió.

—Por supuesto.

—¿Transcurrió con normalidad?

—Sí. Hablamos únicamente de la organización de las fiestas patronales.

—¿A qué hora abandonó la parroquia?

—Poco después de la una.

—¿Iván seguía allí?

—Sí. Permanecía hablando con el padre Gabriel.

—¿Observó algo fuera de lo habitual antes de marcharse?

El médico se tomó un momento antes de responder.

—Bueno...

Clara levantó la vista de la libreta.

—¿Sí?

—Ahora que lo menciona... cuando nos marchábamos, el matrimonio Benítez y yo vimos a José Luis sentado dentro de su coche. Parecía algo inquieto.

—¿Le dijo algo?

—Elena le preguntó si se encontraba bien. Él sonrió y respondió que sí, que no era nada.

Gonzalo se encogió de hombros.

—Después, cada uno siguió su camino.

Clara hizo una última anotación.

Nervioso.

—Gracias, doctor. De momento no tengo más preguntas sobre la reunión.

Clara cerró la libreta y se puso en pie.

Gonzalo los acompañó hasta la puerta.

—Si necesitan cualquier otra cosa, ya saben dónde encontrarme.

—Lo tendremos en cuenta.

Clara y Morales se despidieron y caminaron unos metros hacia el coche.

—No sé usted, mi teniente, pero cuanto más hablamos con la gente, menos me gustan esos diez minutos de Murillo en el coche.

Clara siguió caminando.

—Diez minutos no convierten a nadie en asesino.

—No. Pero empiezan a parecerme diez minutos muy largos.

Morales consultó la hora.

—Las dos y diez.

Clara cerró la carpeta de las diligencias.

—Todavía nos queda el matrimonio Benítez.

—Y a mí me queda el estómago.

La teniente arqueó una ceja.

—¿Otra vez?

—Llevo desde las siete de la mañana a base de café. Si sigo así, dentro de un rato empezaré a interrogar bocadillos.

Clara sonrió.

—¿Alguna propuesta?

—Casa Manolo.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿Tan bueno es?

—Lo suficiente para reconciliar a cualquiera con un lunes.

Clara negó, todavía divertida.

—Pida algo para llevar.

—¿Y comer en el cuartel?

—La prensa estará esperando a que cometamos el error de sentarnos tranquilamente en un restaurante.

Morales hizo un gesto de aprobación.

—Buena observación.

Sacó el teléfono del bolsillo.

—Voy encargando dos menús.

Mientras el sargento hablaba, Clara abrió de nuevo la carpeta de la investigación.

Repasó una a una las declaraciones de la mañana.

El padre Gabriel, José Moreno y Rosa Cuéllar, Daniel Benítez, José Luis Murillo y, por último, Gonzalo Romero.

Su bolígrafo se detuvo sobre la misma idea.

Nervioso.

Morales colgó.

—En veinte minutos estará listo.

Clara cerró la carpeta.

—Quiero cotejar ese detalle con los Benítez antes de volver a hablar con Murillo.

—¿Lo del coche?

Ella asintió.

—El padre Gabriel no observó nada extraño. Murillo afirma que pasó unos minutos más en el coche antes de regresar a casa. Y ahora Gonzalo recuerda que parecía inquieto dentro del vehículo.

Clara levantó la vista.

—Tres declaraciones que no concuerdan mucho.

Morales sacó las llaves del bolsillo.

—Entonces merece la pena comprobarlo.

—En una investigación, los pequeños detalles son los que terminan señalando el camino.

Los dos abandonaron la vivienda del doctor cuando el reloj se acercaba a las dos y media de la tarde.

En el cuartel ya los esperaban dos bolsas de papel con la comida de Casa Manolo.

Morales abrió la suya y se quedó mirando el contenido.

Clara alzó los ojos.

—¿Qué ocurre?

El sargento sacó un enorme bocadillo del recipiente desechable.

—Morales, ¿qué demonios es eso?

—Se llama tumbabarcos.

Clara observó aquella baguette de casi medio metro, rebosante de lomo, tortilla, bacon, queso, pimientos y salsa. Parecía imposible añadir un ingrediente más.

—Eso no es un bocadillo.

Morales lo sostuvo con ambas manos.

—No. Eso es un desafío.

Clara soltó una carcajada.

—Si consigue terminarse eso, quizá podamos descartarlo como sospechoso.

—¿Por qué?

—Porque nadie capaz de comer semejante monstruo tendría tiempo para cometer un asesinato.

Morales negó divertido.

—Mi teniente... empieza a preocuparme.

—¿El qué?

—Que ya está aprendiendo a hacer bromas.