El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Murillo

La Casa de Postas se alzaba junto a la antigua carretera Nacional IV.

En otro tiempo, cuando las diligencias unían Sevilla con Cádiz, aquel lugar había servido de parada a viajeros y caballos agotados y había acabado convirtiéndose en el primer núcleo estable sobre el que creció El Cuervo.

Los carruajes desaparecieron hacía mucho, pero el edificio, transformado ahora en el principal centro cultural del municipio, conservaba la sobriedad de las viejas construcciones andaluzas.

Morales detuvo el vehículo frente a la fachada de piedra.

—Curioso sitio para una biblioteca.

Clara contempló el edificio.

—Quizá no haya un lugar mejor para guardar la historia de un pueblo que aquel donde empezó a escribirse.

Atravesaron el patio de entrada y empujaron la pesada puerta de madera.

Al cruzar la puerta, el bullicio de la carretera quedó atrás.

En el interior, la antigua posta había dado paso a un espacio amplio y luminoso.

La cubierta de madera vista se elevaba sobre una larga sala flanqueada por estanterías repletas de libros.

La luz entraba tamizada por los altos ventanales laterales, dibujando franjas sobre el pavimento pulido.

Varias mesas de lectura ocupaban el centro de la estancia, mientras el olor a papel, madera y libros antiguos envolvía el ambiente con una calma impropia de un pueblo que acababa de despertar con la noticia de un segundo asesinato.

Aquella mañana, sin embargo, la biblioteca distaba mucho de estar en silencio.

Varias voces infantiles llenaban la sala.

Morales dirigió la mirada hacia el fondo de la sala.

Una veintena de alumnos de primaria permanecían sentados sobre una alfombra de colores, escuchando con absoluta atención a un hombre de unos cuarenta años que sostenía un libro entre las manos.

Tenía el cabello castaño, con entradas ya visibles, gafas de montura fina y una chaqueta de lino clara pese al calor.

Sostenía el libro con ambas manos y pasaba las páginas con un cuidado casi excesivo, como si aquel ejemplar mereciera más consideración que cualquier objeto cotidiano.

Hablaba con una voz pausada, envolvente, propia de quien llevaba toda una vida contando historias.

—...y por eso Don Alonso Barragán decidió que ningún niño de El Cuervo creciera sin aprender a leer.

Cerró despacio el libro y sonrió a los pequeños.

—En aquella época los libros eran un lujo. Pero él estaba convencido de que existía algo mucho más valioso que el dinero.

Señaló entonces un retrato de Don Alonso que presidía uno de los muros de la biblioteca.

—¿Sabéis qué era?

Los niños lo miraron expectantes.

—El conocimiento.

Después recitó despacio las palabras grabadas también en el pedestal de la estatua del bulevar de la Ladrillera.

—«El conocimiento es el mayor legado que podemos dejar al mundo».

Varios alumnos completaron la frase con él.

—Muy bien.

Dejó el libro sobre una mesa y continuó.

—Por eso, cada año, el día de su nacimiento, los vecinos de El Cuervo llevamos un libro hasta los pies de su estatua. No flores, sino libros. Porque esa era la mejor forma de agradecer a Don Alonso Barragán todo lo que hizo por nuestro pueblo.

Los niños seguían escuchándolo fascinados.

Clara observaba desde la puerta.

La escena explicaba mejor que cualquier descripción el respeto que Murillo despertaba entre los vecinos.

Morales carraspeó lo suficiente para llamar la atención del cronista.

José Luis levantó la vista.

Al reconocer a los agentes cerró el libro con la misma delicadeza con la que había comenzado la charla.

Los niños dejaron escapar un pequeño murmullo de decepción.

Él les dedicó una sonrisa tranquila.

—Parece que nuestra historia tendrá que esperar unos minutos.

Después se volvió hacia la maestra.

—Si le parece, pueden ir eligiendo un libro para llevarse a clase.

José Luis caminó entonces hacia Clara y Morales con absoluta serenidad.

—Teniente Díaz... sargento Morales, ya me han dicho que me buscaban.

La sonrisa seguía en su rostro.

—Imagino que vienen por lo ocurrido con Iván.

Clara sostuvo su mirada.

—Así es, señor Murillo.

El cronista hizo un gesto hacia un pequeño despacho acristalado situado al fondo de la biblioteca.

—Acompáñenme. Allí podremos hablar con tranquilidad.

José Luis abrió la puerta del pequeño despacho y les indicó que tomaran asiento.

Las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de libros y archivadores. Sobre la mesa descansaban varias carpetas, fotografías antiguas del pueblo y un cuaderno lleno de anotaciones escritas a mano.

Antes de que Clara formulara la primera pregunta, Morales se adelantó.

—Tengo que decirle una cosa, señor Murillo.

El cronista levantó la vista.

—Usted dirá.

—Es fascinante escucharle hablar de Don Alonso Barragán. Se nota que siente auténtica admiración por él.

José Luis sonrió.

—Supongo que es inevitable.

Acarició con la yema de los dedos el lomo de uno de los libros que descansaban sobre la mesa.

—He dedicado prácticamente toda mi vida a reconstruir su historia. Cada documento, cada carta, cada referencia que ha sobrevivido al paso del tiempo... He intentado reunir todo lo que hablaba de él.

Morales observó los archivadores.

—Debe conocer mejor que nadie la historia de este pueblo.

El cronista sonrió apenas.

—Digamos que llevo muchos años conviviendo con ella.

Tras una pausa, añadió:

—Y aún sigo encontrando cosas que me sorprenden.

Clara sostuvo su mirada.

Después abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.

—Precisamente por eso hemos venido a verle, señor Murillo.

—Señor Murillo, necesito que volvamos a la reunión de anoche.

El cronista asintió.

—Por supuesto.

—¿Notó algo fuera de lo normal?

José Luis se tomó un momento para responder.

—No. Fue una reunión bastante tranquila. Se habló de la organización de las fiestas, del programa de actos y del reportaje que estoy preparando para el periódico local. Nada que llamara la atención.

Clara tomó una breve nota.

—¿Vio marcharse a todos los asistentes?

—Sí.

La respuesta llegó sin vacilación.

— Excepto Iván, que se quedó hablando con el padre Gabriel.

Morales levantó la vista de la libreta.

Clara dejó pasar un instante antes de continuar.

—¿Se dirigió directamente a su domicilio?

El cronista negó con la cabeza.

—No.

—¿Dónde fue?

— A ninguna parte. Me quedé unos minutos en el coche.

Morales arqueó una ceja.

—¿Haciendo qué?

José Luis sonrió con cierta timidez, como si la explicación le resultara demasiado trivial.

—Pasando unas notas al teléfono. Durante la reunión apunté algunas cosas en papel y prefería pasarlas antes de perderlas.

Clara anotó aquella información.

—¿Cuánto tiempo permaneció allí?

—No sabría decirle con exactitud. Quizá diez minutos.

—¿Y después fue a casa?

—Sí.

Clara mantuvo la atención en él.

—¿Hay alguien que pueda confirmar la hora a la que llegó?

La sonrisa del cronista se apagó.

—Me temo que no.

—Estoy divorciado. Vivo solo con mi hijo.

—¿Su hijo Alonso?

—Sí. Pero cuando llegué ya estaba dormido. Dudo siquiera que me oyera entrar.

Morales terminó de escribir y levantó la vista.

—¿Observó algo inusual durante el tiempo que estuvo en el coche?

—No. Nada fuera de lo normal. Pero, la verdad, estaba absorto en esas notas, así que no presté atención al exterior del coche.

Clara cerró lentamente la carpeta.

Clara anotó la respuesta. En apariencia era intrascendente; de momento, no tenían motivos para tratarla de otro modo.

—Gracias por su tiempo, señor Murillo.

El cronista también se levantó.

—Ojalá pueda serles de ayuda.

Morales le estrechó la mano.

—Gracias por recibirnos.

José Luis los acompañó hasta la puerta de la biblioteca. Antes de despedirse, volvió la vista hacia los niños, que seguían hojeando libros alrededor de la maestra.

Murillo sonrió al verlos.

—La historia siempre acaba encontrando a quien quiere escucharla.

Clara respondió con un gesto de cortesía y salió del edificio junto a Morales.

El calor comenzaba a hacerse notar cuando regresaron al vehículo oficial.

Morales arrancó el motor.

—¿Qué le ha parecido?

Clara observó por el retrovisor la fachada de la Casa de Postas.

—Necesitamos saber por dónde salió ese Audi.

—¿Cómo?

Clara buscó una forma de comprobarlo.

Entonces recordó a alguien.

—Ortega.

❖ ❖ ❖

Manuel Ortega extendió un plano de El Cuervo sobre la mesa.

—Cámaras tenemos. Otra cosa es que estén donde ustedes las necesitan.

Clara se inclinó sobre el plano.

—Quiero comprobar las salidas del pueblo entre la una y la una y media de esta madrugada.

El jefe de la Policía Local recorrió varias calles con el dedo.

—Aquí tenemos una. Aquí otra, pero solo enfoca la entrada de la avenida... —continuó avanzando—. Y esta controla un cruce a las afueras.

—¿Graba los vehículos que salen? —preguntó Morales.

—Si pasan por aquí, sí.

Clara señaló el punto.

—¿Adónde lleva esa carretera?

—A la zona de campos. Hay varias explotaciones agrícolas, algunas casas y fincas.

Ortega estudió el plano.

—Ahora que lo pienso, José Luis tiene una por allí.

Clara levantó la vista.

—¿Murillo?

—Sí.

Morales se acercó al mapa.

—¿Una finca?

—Una casa de campo con algo de terreno. Lleva años siendo suya. Creo que era de la familia.

Clara volvió a mirar el cruce.

—¿Para llegar hasta allí tendría que pasar por esa cámara?

Ortega estudió el trazado.

—Por la ruta normal, sí.

—¿Y para ir a su domicilio?

El policía señaló otra dirección.

—No. Su casa está dentro del pueblo. Si salió por aquí, desde luego no iba hacia ella.

Clara volvió la vista al cruce señalado.

Todavía no sabían si el Audi había pasado por allí, y no pensaba construir una sospecha sobre algo que aún no habían comprobado.

—Quiero las grabaciones de todas las cámaras que cubran las salidas del pueblo entre la una y las dos.

Ortega asintió.

—Se las consigo.

—Todas —insistió Clara—. No solo esa.

Morales la miró.

—Para no buscar únicamente lo que queremos encontrar.

Clara recogió el plano.

—Veo que de vez en cuando escucha.

—Intento hacerle la pelota.

Clara lo miró.

—Pues tampoco le está funcionando.

Morales sonrió.

—Seguiré intentándolo.

Clara se dirigió hacia la puerta.

—Cuando tenga las grabaciones, llámeme. Aunque no aparezca el Audi.

—Hecho.

Ya estaban saliendo cuando Morales miró una última vez el plano.

—Una finca.

Clara continuó caminando.

—De momento, Morales, solo es una finca.

—Sí, mi teniente.

Morales puso el coche en marcha.

—¿Dónde vamos ahora?

Clara abrió la carpeta de la hermandad y pasó el dedo por la lista hasta detenerse en el siguiente nombre.

Gonzalo Romero.

—A casa del doctor.