CAPÍTULO 16
La Hermandad
El amanecer llegó a El Cuervo con un silencio distinto.
La noticia del segundo asesinato había recorrido el pueblo mucho antes de que despuntara el sol. Bastaron unas cuantas llamadas de madrugada, varios mensajes reenviados de móvil en móvil y el inconfundible boca a boca de un municipio donde casi nadie guardaba un secreto durante demasiado tiempo.
Aquella mañana no se hablaba de otra cosa.
Las persianas de los comercios se alzaban con la misma puntualidad de siempre, pero las conversaciones habían cambiado.
En las panaderías, en los bares y en las puertas de las casas, las voces apenas superaban un susurro, como si pronunciar el nombre de Iván Ganfornina demasiado alto pudiera convertir el miedo en algo todavía más real.
Muchos recordaban el funeral celebrado apenas unas horas antes; algunos incluso aseguraban haber visto a Iván salir de la parroquia de San Juan.
Nadie entendía qué había ocurrido después, y los rumores crecían a la misma velocidad que la incertidumbre.
Había quien hablaba de un ajuste de cuentas; otros recuperaban viejas leyendas que llevaban décadas dormidas. Cada vecino parecía tener una explicación distinta.
Pero todos compartían una pregunta:
¿Quién sería el siguiente?
❖ ❖ ❖
En el puesto de la Guardia Civil nadie había dormido.
La teniente Clara Díaz llevaba horas revisando informes cuando dejó el último documento sobre la mesa.
La autopsia preliminar de Iván confirmaba lo que ya sospechaban: las lesiones del cuello eran prácticamente idénticas a las de Roberto.
Dos heridas punzantes, la misma separación, la misma precisión.
Morales entró con dos cafés.
Dejó uno frente a ella.
—Esto empieza a considerarse asistencia sanitaria.
Clara cogió el vaso.
—Gracias.
El sargento ocupó la silla de enfrente.
—Las vigilancias están montadas. Jaime, David y Álvaro están controlados.
—¿Alguna novedad?
—Ninguna.
Clara bebió un sorbo.
—Mejor.
Unos nudillos golpearon la puerta.
—Adelante.
Un agente asomó la cabeza.
—Mi teniente, el alcalde y su esposa ya están aquí.
Clara miró el reloj.
—Hágalos pasar.
José Moreno entró acompañado de Rosa Cuéllar.
Ambos conservaban todavía en el rostro las huellas de una noche sin descanso. Rosa llevaba el bolso apretado contra el cuerpo y José caminaba junto a ella con una seriedad poco habitual en alguien acostumbrado a saludar a medio pueblo cada vez que cruzaba una calle.
Clara se puso en pie.
—Gracias por venir.
—Faltaría más —respondió José.
Rosa se limitó a asentir.
Tomaron asiento.
Clara dejó que se acomodaran antes de comenzar.
—Sé que no es el mejor momento, pero necesito hacerles unas preguntas sobre anoche.
—Pregunte —dijo el alcalde.
—Ustedes estuvieron en la reunión de la hermandad.
—Sí.
—¿Hasta el final?
José miró a su mujer.
—Sí.
—¿Recuerdan quién salió primero?
Rosa respondió esta vez.
—José Luis.
—¿Murillo?
—Sí.
—¿Están seguros?
—Completamente —dijo José—. Se despidió y salió antes que los demás.
Aquello coincidía con la declaración del padre Gabriel.
—¿Y después?
Rosa hizo memoria.
—Nosotros salimos poco después.
—¿Ustedes?
—Sí —respondió José—. Nos marchamos antes que Gonzalo y los Benítez.
—¿Vieron a Murillo fuera?
—No —respondió José—. Cuando salimos ya no estaba junto a la puerta.
—¿Vieron su coche?
El alcalde negó.
—No me fijé.
Rosa tampoco.
—¿Y Daniel?
—Seguía dentro cuando nos marchamos —respondió Rosa.
—¿Iván?
—También.
La cronología empezaba a ordenarse
—¿Notaron algo extraño durante la reunión? —preguntó Morales—. ¿Alguna discusión? ¿Alguien especialmente nervioso?
—Nada —respondió José—. Fue una reunión completamente normal.
Rosa asintió.
—Iván estaba como siempre.
Clara observó a ambos.
—Necesito preguntarles también por Jaime.
La expresión del alcalde cambió y Rosa bajó la mirada.
—Ya imaginaba que llegaría ese momento —dijo José.
—¿Ha hablado con él?
—Esta mañana.
—¿Cómo está?
—Asustado.
Rosa apretó las manos.
—Desde que supo lo de Iván apenas ha dormido.
—¿Sabe dónde está?
—Sí —respondió José—. Sigue fuera del pueblo.
—Bien.
No pidió una dirección. Jaime ya estaba localizado y bajo vigilancia.
—Si habla con él, no le diga nada sobre el dispositivo que hemos establecido.
José la miró.
—¿Creen que corre peligro?
—Después de dos homicidios relacionados entre sí, no pienso correr riesgos innecesarios.
Rosa palideció.
—Es nuestro hijo.
—Precisamente por eso estamos vigilándolo.
Clara cerró la libreta.
—Eso es todo por ahora.
El alcalde se levantó.
—Teniente.
—¿Sí?
—Encuentre a quien está haciendo esto.
En su voz ya no había autoridad, solo la preocupación de un padre.
—Lo intentaremos.
José y Rosa abandonaron la sala.
Morales miró sus notas.
—Murillo primero.
—Eso ya lo sabíamos.
—Pero ahora tenemos otra confirmación.
—Tenemos una confirmación de que salió primero. Nada más.
—Todavía no le gusta.
—¿Qué cosa?
—Que Murillo empiece a aparecer demasiado.
Clara lo miró por encima del vaso de café.
—No convierta una cronología en una condena.
—Anotado.
El sargento consultó las anotaciones.
—Seguimos con Daniel.
Clara miró la hora.
—¿Lo ha localizado?
Morales sacó el teléfono y buscó el número.
—Esta mañana estaba trabajando. Tengo la dirección de la clínica.
—Llámelo.
Se llevó el teléfono al oído.
—Sí —dijo Morales—. Estamos en el cuartel... Entiendo.
Escuchó unos segundos.
—No, no se preocupe.
Colgó.
—Está en la clínica. Dice que puede venir en media hora. Tiene un paciente y está terminando con él.
Clara guardó la carpeta.
—No hace falta.
Morales levantó la mirada.
—¿Que venga?
—Que espere.
Clara se puso en pie.
—Vamos nosotros.
La clínica veterinaria de los Benítez ocupaba un local en una calle próxima al centro. Un rótulo sencillo sobre la fachada mostraba la silueta de un perro y un gato junto al apellido familiar.
Cuando Clara empujó la puerta, un ladrido grave llegó desde el interior.
Morales se detuvo.
—Eso no sonaba pequeño.
—¿Le dan miedo los perros?
—Respeto.
Otro ladrido sonó desde el fondo.
Esta vez, más fuerte.
—Muchísimo respeto.
Clara disimuló una sonrisa.
La recepción estaba vacía. Tras el mostrador se abría un pequeño pasillo del que llegaban voces y el sonido metálico de algún instrumental.
—¿Daniel? —llamó Morales.
—¡Un momento!
La voz procedía de la última puerta.
Avanzaron por el pasillo.
A medida que avanzaban, el olor a desinfectante se hizo más intenso.
Al llegar a la consulta encontraron a Daniel inclinado sobre la mesa de exploración. Vestía unos vaqueros oscuros y un polo azul marino, cubierto por una bata verde. Tenía el cabello algo revuelto y el cansancio de la noche anterior seguía marcado bajo sus ojos.
Sobre la mesa había un pastor alemán.
Una mujer de unos cincuenta años mantenía ambas manos alrededor del cuello del animal mientras Daniel trabajaba sobre una herida abierta en una de las patas delanteras.
El perro volvió a ladrar al descubrirlos.
Morales se detuvo en el umbral.
Daniel levantó la vista.
—Pasen. No muerde.
Morales miró al animal.
—¿Seguro?
—No.
Morales lo miró con recelo.
—Es broma.
La propietaria acarició la cabeza del perro.
—Thor no hace nada.
El animal enseñó brevemente los dientes y Morales dio medio paso atrás.
—Thor y yo acabamos de conocernos. Prefiero no precipitar la relación.
La mujer soltó una carcajada.
Daniel volvió a concentrarse en la pata.
—Me quedan un par de puntos.
—Termine —dijo Clara.
Se quedaron junto a la puerta.
Daniel sujetó la piel con unas pinzas e introdujo la aguja curva por uno de los bordes de la herida. Sus movimientos eran precisos, tranquilos, casi mecánicos.
El perro apenas reaccionó mientras Daniel terminaba el último punto.
—Muy bien, campeón. Una más.
Clara recorrió la consulta con la mirada.
Una mesa de acero inoxidable. Un ecógrafo. Una báscula en el suelo. Varios armarios. Sobre una bandeja descansaban gasas, pinzas, una jeringa y un par de pequeños viales.
Cortó el hilo y examinó su trabajo.
—Ya está.
La mujer soltó por fin el aire que parecía llevar varios minutos conteniendo.
—¿Y ahora?
—Antibiótico durante siete días. La herida siempre limpia y que no se lama los puntos.
Miró a Thor.
—Aunque sospecho que esa última parte va a ser una negociación complicada.
—¿Puede andar?
—Puede. Pero nada de carreras durante unos días.
Daniel ayudó a bajar al animal de la mesa.
Thor apoyó la pata con cautela y, antes de salir, volvió la cabeza hacia Morales.
Morales se apartó para dejarle espacio.
—Encantado, Thor.
La mujer volvió a reír.
Cuando la puerta se cerró, Daniel se quitó los guantes y los arrojó a una papelera.
—Perdonen. Podría haber cerrado y acercarme al cuartel.
—No era necesario —respondió Clara.
Daniel se lavó las manos.
—Imagino que vienen por lo de anoche.
—Así es.
Cerró el grifo, se secó y señaló dos sillas.
—Adelante.
Clara no se sentó.
—No tardaremos demasiado.
Morales permaneció junto a ella.
Daniel comenzó a recoger el instrumental mientras Clara iniciaba las preguntas.
—Usted es Daniel Benítez. Treinta años. Veterinario. Diputado Mayor de la hermandad.
—Así es.
Clara señaló la clínica con una ligera inclinación de cabeza.
—¿Trabaja con su padre?
—Sí. Compartimos la clínica.
—¿Vive con ellos?
Daniel negó mientras depositaba las pinzas en un recipiente.
—No. Vivo solo desde hace unos años.
—¿En El Cuervo? —preguntó Morales.
—Sí. Tengo un piso aquí cerca.
Clara miró la bandeja.
La jeringa continuaba allí.
—Imagino que, por su profesión, está acostumbrado a administrar medicamentos mediante inyección.
Daniel siguió la dirección de su mirada, cogió la jeringa y la dejó caer en el contenedor amarillo.
—Forma parte del trabajo.
—¿Qué clase de medicamentos?
—Antibióticos, sedantes, anestésicos... depende del animal y del tratamiento.
Clara dirigió la vista hacia uno de los armarios.
—¿Tiene acceso a sustancias que, administradas en determinadas dosis, puedan provocar la muerte?
Daniel se volvió hacia ella.
Esta vez dejó de recoger.
—Sí.
Morales levantó ligeramente el bolígrafo.
Daniel señaló uno de los armarios.
—Pero todas están controladas. Cada compra, cada uso y cada vial quedan registrados. Las inspecciones son bastante estrictas.
—¿Podría comprobarse si falta alguno?
—Por supuesto.
La respuesta había llegado sin resistencia, sin siquiera intentar averiguar por qué se lo preguntaban.
Daniel abrió el armario, guardó uno de los viales y volvió a cerrarlo.
—¿Quieren comprobarlo?
—Si es necesario, lo haremos.
—Cuando quieran.
Clara cambió de asunto.
—Hábleme de la reunión de anoche.
Daniel se apoyó ligeramente contra la mesa de exploración.—Fue como cualquier otra reunión antes de las fiestas. Revisamos el programa, el recorrido de la procesión y algunos gastos pendientes.
—¿Hubo alguna discusión?
—Ninguna.
—¿Recuerda quién abandonó primero la parroquia?
—José Luis Murillo.
—¿Y después?
—El alcalde y Rosa se marcharon poco después.
—¿Cuándo salió usted?
—Después de mis padres y de Gonzalo.
—¿Sus padres salieron con el doctor Romero?
—Sí.
—¿Y usted por qué se quedó atrás?
—Estaba recogiendo unas cosas. Nada especial. Salí unos segundos después.
—¿Vio a Murillo?
—Sí.
—¿Dónde?
—En su coche.
—¿Qué coche tiene?
—Un Audi blanco. Q7 creo…
—¿Estaba solo?
—Que yo viera, sí.
—¿Qué hacía?
—No lo sé. Estaba sentado al volante.
—¿Habló con él?
—No exactamente. Mi madre sí.
—Explíquese.
—Cuando salí, estaba alcanzando a mis padres. Mi madre se había detenido junto al coche de José Luis para despedirse de él.
—¿Murillo se marchó?
—No. Cuando nosotros nos fuimos, seguía dentro del Audi.
Aquello sí era nuevo: Murillo había salido el primero, pero seguía allí cuando los demás comenzaron a marcharse.
—¿Le pareció extraño?
—No. José Luis siempre anda con papeles, llamadas, historias del archivo... Pensé que estaría haciendo cualquier cosa.
—¿Cómo estaba?
Daniel tardó un momento en responder.
—No me fijé demasiado.
—¿Vio a Iván después de salir?
—No. Seguía dentro con el padre Gabriel.
—¿Sabía que iba a quedarse?
—No.
—¿Alguien podía saberlo antes de que terminara la reunión?
—Que yo sepa, no.
Clara cerró la libreta.
—Por ahora es suficiente.
Antes de salir, Daniel se volvió.
—Teniente.
—¿Sí?
—¿Creen que habrá otro?
—Estamos trabajando para que no lo haya.
Daniel asintió.
Morales esperó a que salieran de la clínica para hablar.
—Murillo fue el primero en salir y todavía estaba allí cuando se fueron los demás.
—Sí.
—Eso le da tiempo.
—También se lo da a cualquiera que permaneciera en la zona.
Morales sonrió ligeramente.
—Ya sabía que iba a decir eso.
Clara echó a andar hacia el coche.
—Suba al coche.
—¿Adónde vamos?
—A hablar con el hombre del Audi blanco.