El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Ha vuelto

Clara llegó a su apartamento poco antes de las once. Cerró la puerta a su espalda y se quedó un momento apoyada en ella. El cansancio del día parecía haber esperado hasta entonces para caerle encima.

Dejó las llaves y el teléfono sobre el recibidor, se quitó la chaqueta y caminó hacia el salón.

La televisión seguía donde siempre, negra y muda frente al sofá. Clara ni siquiera se planteó encenderla.

Sobre una de las estanterías descansaba una fotografía antigua. Clara se detuvo ante ella.

Mateo Díaz sonreía a la cámara con ella subida a hombros. Tendría seis o siete años. Detrás se distinguían los árboles del Parque de María Luisa y una luz de primavera que parecía pertenecer a otra vida.

Clara tomó el marco entre las manos y contempló la imagen.

A veces le costaba recordar la voz de su padre, y eso era lo que más miedo le daba.

Devolvió la fotografía a su sitio y fue al dormitorio.

Frente al espejo se recogió el cabello, pero terminó soltándolo de nuevo.

El cristal le devolvió el agotamiento de una jornada demasiado larga: los ojos verde avellana apagados por el cansancio, algunas hebras fuera de lugar y la expresión de quien había abandonado la comandancia sin conseguir abandonar el caso.

Se pegó una ducha rápida y se dejó caer sobre la cama.

No tardó en dormirse.

Soñó con el Parque de María Luisa, con las ruedas de una bicicleta sobre la grava y con la mano de su padre sujetando el sillín mientras ella pedaleaba sin atreverse a mirar atrás.

—No me sueltes.

—No te suelto.

Pero cuando Clara volvió la cabeza, Mateo ya no estaba.

El teléfono comenzó a sonar.

Abrió los ojos de golpe.

Por un instante no supo si aquel sonido pertenecía todavía al sueño.

El móvil vibraba sobre la mesilla.

Miró la pantalla.

03:20.

Morales.

Contestó.

—Dígame.

La voz del sargento sonaba distinta. Sin rastro del tono distendido con el que solía enfrentarse a casi todo.

—Mi teniente. Ha aparecido otro cadáver.

Clara se incorporó.

El sueño desapareció por completo.

—¿Quién?

—Iván Ganfornina.

Clara cerró los ojos un segundo.

—¿Dónde?

—En la parroquia de San Juan, en El Cuervo.

Ya estaba apartando las sábanas.

—¿Qué sabemos?

—Presenta las mismas lesiones que Roberto.

Clara se puso en pie.

—Voy para allá.

—Paso a recogerla.

—No. Nos vemos en la parroquia directamente.

—Entendido, mi teniente.

Clara colgó.

Pocos minutos después ya estaba saliendo de casa.

❖ ❖ ❖

La autovía permanecía prácticamente desierta.

Las luces del coche devoraban los kilómetros mientras la noche envolvía los campos que separaban Sevilla de El Cuervo.

Mientras conducía, Clara pensó en Iván.

Lo había visto apenas unas horas antes.

Había ayudado a llevar el féretro de Roberto hasta su última morada.

Ahora alguien tendría que hacer lo mismo por él.

Sus manos se tensaron sobre el volante.

Aquello ya no era un homicidio aislado. Era una cuenta atrás.

La N-IV atravesaba El Cuervo en una larga recta iluminada por farolas anaranjadas.

A lo lejos comenzó a dibujarse la parroquia de San Juan.

Su fachada encalada emergía de la oscuridad, rematada por una espadaña de ladrillo visto y una cruz de hierro.

A esa hora, sin embargo, eran los destellos azules de los vehículos de emergencia los que dominaban la imagen, reflejándose sobre los muros blancos y la verja de entrada.

Clara estacionó junto al perímetro.

Dos patrullas de la Policía Local y varios vehículos de la Guardia Civil ocupaban los alrededores.

Morales la esperaba junto a la cinta.

—Mi teniente.

Clara dirigió la mirada hacia el interior.

—Póngame al día.

—Es exactamente igual.

Ella lo miró.

—Dos marcas en el cuello. Sin signos aparentes de lucha. La misma puesta en escena.

Clara levantó la vista hacia la iglesia.

—Vamos a verlo.

Morales alzó la cinta.

El patio permanecía iluminado por focos portátiles. Policía Judicial y Criminalística trabajaban alrededor del cuerpo.

Iván estaba sentado sobre uno de los bancos de piedra, con la espalda apoyada en el respaldo y la cabeza ligeramente inclinada.

Desde cierta distancia podía parecer dormido, hasta que uno reparaba en la rigidez y en las dos pequeñas marcas del cuello.

Clara no necesitó acercarse demasiado.

No quería repetir la escena de Roberto como si la respuesta siguiera escondida en el cadáver.

Esta vez la pregunta estaba en otra parte:

¿Quién sabía que Iván seguía allí?

Apartó la mirada.

—¿El párroco?

Morales señaló hacia unas dependencias anexas a la iglesia.

—Dentro. Vive aquí, en la casa parroquial.

El padre Gabriel los recibió pocos minutos después. Rondaba los sesenta años y el cansancio endurecía aún más sus facciones.

—Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias —dijo.

—Padre, necesito que me cuente exactamente qué ocurrió.

El sacerdote tomó aire antes de responder.

—Esta noche se reunió la junta de la hermandad. Dentro de menos de un mes comienzan las fiestas patronales y quedaban asuntos por organizar.

—¿Quiénes estuvieron?

—Iván, por supuesto. Daniel Benítez y sus padres, Venancio y Elena. Gonzalo Romero. José Moreno y su esposa, Rosa Cuéllar. Y José Luis Murillo.

Morales atendió al instante.

—¿Murillo pertenece a la hermandad?

—No. José Luis es el cronista municipal. Está preparando unos artículos sobre la historia de la hermandad y las fiestas para el periódico local. Le pedimos que asistiera para documentarse.

Clara anotó el nombre.

—¿El doctor Romero sí pertenece a la junta?

—Sí. Es el diputado de caridad.

—¿A qué hora terminó la reunión?

—Algo después de la una.

—¿Se marcharon todos juntos?

—No.

El padre Gabriel hizo memoria.

—José Luis Murillo fue el primero en salir.

Clara levantó la mirada.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Y después?

—José Moreno y su mujer.

—¿Juntos?

—Sí. Salieron unos minutos después.

—¿Quiénes fueron los siguientes?

—Venancio y Elena Benítez salieron con Gonzalo Romero.

—¿Daniel?

—Unos segundos más tarde. Se había quedado rezagado.

—¿E Iván?

—Le pedí que se quedara conmigo. Era el hermano mayor y teníamos que revisar un par de cuestiones de la procesión.

—¿Hasta qué hora?

—Sobre la una y veinte.

—¿Qué hizo después?

—Volví a mis dependencias. Poco antes de las tres me llamó Diana, su prometida. Estaba preocupada porque Iván no había regresado y no contestaba al teléfono.

El sacerdote bajó la mirada.

—Salí a buscarlo y lo encontré en el patio.

Clara dejó pasar unos segundos mientras reconstruía la secuencia.

Murillo primero.

Después, José Moreno y Rosa Cuéllar.

Luego Gonzalo, Venancio y Elena Benítez.

Daniel unos segundos más tarde.

Iván permanecía dentro.

—Padre, cuando salió Murillo, ¿sabe si se marchó inmediatamente?

—No. Desde aquí no puedo ver bien la zona donde estaban aparcados los coches.

Clara asintió una vez.

No necesitó insistir.

—Necesito el acta de la reunión y los datos de todos los asistentes.

—La secretaria puede enviársela enseguida.

—Hágalo, por favor.

El sacerdote se alejó.

Morales esperó a que el sacerdote estuviera fuera de alcance.

—Iván no tenía una hora fija para salir.

—Exacto.

—El asesino no podía saber que el padre Gabriel iba a retenerlo.

Clara observó el banco de piedra.

—Roberto seguía una rutina. Podían estudiarlo durante días. Con Iván no.

Morales comprendió.

—Tenía que saber que seguía aquí.

—O verlo.

La posibilidad adquirió de pronto un peso distinto.

A pocos metros, el forense terminaba la primera inspección.

Clara se fijó de nuevo en la salida de la parroquia.

Quien hubiera matado a Iván había necesitado una oportunidad, y aquella oportunidad había surgido después de la reunión.

❖ ❖ ❖

La noticia no tardó en llegar a los medios.

Cuando Clara y Morales abandonaron el recinto, varias cámaras y micrófonos los esperaban al otro lado del cordón.

—¡Teniente Díaz! ¿Puede confirmar que es el mismo asesino?

—¿Estamos ante un asesino en serie?

—¿Existe peligro para los vecinos?

Morales abrió paso.

Clara no se detuvo.

—La investigación continúa abierta. No vamos a facilitar información hasta que se completen las primeras diligencias y la familia haya sido informada.

—¿La víctima es Iván Ganfornina?

Clara siguió caminando.

—No haremos más declaraciones.

Cinco minutos después abandonaban la parroquia rumbo al Puesto de la Guardia Civil de El Cuervo.

❖ ❖ ❖

A aquella hora de la madrugada, el cuartel estaba completamente despierto: teléfonos sonando, agentes entrando y saliendo, mapas abiertos sobre las mesas.

Clara decidió montar allí el operativo. No tenía sentido dirigir desde Sevilla una investigación cuyo siguiente movimiento podía producirse en cualquier calle de El Cuervo.

Un agente se acercó con una carpeta.

—Mi teniente. El padre Gabriel ha enviado el acta y los datos de los asistentes.

Clara la abrió.

Repasó los nombres.

Daniel Benítez.

Venancio Benítez.

Elena Benítez.

Gonzalo Romero.

José Moreno.

Rosa Cuéllar.

Y, como invitado, José Luis Murillo.

Cerró la carpeta.

—Morales.

—Sí, mi teniente.

—Quiero que localicemos a todos. Pero esta noche no vamos a llenar el pueblo de interrogatorios.

—¿Por la hora?

—Y porque primero quiero saber dónde estuvo cada uno después de salir de la parroquia.

Se acercó al mapa de El Cuervo.

—Murillo salió primero. José Moreno y Rosa Cuéllar después. Luego Gonzalo con Venancio y Elena. Daniel salió unos segundos más tarde. Iván permaneció dentro.

Clara recorrió los nombres con el dedo.

—No quiero volver a escuchar la misma cronología ocho veces. Quiero comprobarla.

Morales señaló tres nombres anotados en una hoja aparte.

—¿Y ellos?

Clara se quedó mirando los nombres.

Roberto había muerto. Ahora Iván.

Si la relación entre las víctimas era la que sospechaban, esperar a que apareciera un tercero ya no era una opción.

Pidió que la comunicaran con el capitán.

Cuando obtuvo respuesta, fue directa.

—Mi capitán, tenemos una segunda víctima con el mismo modus operandi.

—Lo sé. ¿Qué necesita?

—Vigilancia discreta sobre Jaime Moreno, David Silva y Álvaro Silva. Desde ahora.

—Concedida.

—También quiero refuerzos de Policía Judicial y de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de Sevilla al amanecer.

—Ya están en camino.

Clara volvió la atención al mapa.

—Y mañana tomaremos declaración a todos los asistentes de la reunión.

—De acuerdo.

Antes de colgar, el capitán añadió:

—Díaz.

—Dígame.

—Su prioridad ya no es solo resolver dos homicidios.

Clara aguardó la continuación.

—Es impedir el tercero.

La comunicación terminó.

Clara dejó el teléfono sobre la mesa.

Morales aguardaba junto al mapa.

—¿Tenemos autorización?

—Sí.

Clara señaló los tres nombres.

—Quiero vigilancia sobre Jaime, David y Álvaro. Discreta. Que no sepan que estamos ahí y que nadie los pierda de vista.

—Entendido.

—El resto del equipo reconstruirá los movimientos de quienes estuvieron en la parroquia. Sin prisas y sin llamar la atención. Las declaraciones pueden esperar a que amanezca.

Morales comenzó a repartir instrucciones.

En pocos minutos, el cuartel se transformó en el centro de una operación que se extendería por todo El Cuervo.

Clara permaneció frente al mapa.

Dos nombres estaban ya marcados: Roberto Sánchez e Iván Ganfornina.

Debajo permanecían otros tres: Jaime Moreno, David Silva y Álvaro Silva.

Clara contempló los cinco nombres.

—Señores —dijo finalmente.

Las conversaciones fueron apagándose.

—Desde este momento, nuestra prioridad es que no haya un tercer nombre en esa lista.

Nadie respondió; no hacía falta.

El operativo acababa de empezar.