CAPÍTULO 14
Investigación
El sol caía con fuerza sobre la campiña sevillana cuando el Peugeot volvió a incorporarse a la carretera en dirección a Sevilla.
Buena parte del trayecto transcurrió sin conversación.
Clara contemplaba los campos sucederse tras la ventanilla mientras ordenaba mentalmente todo lo que habían reunido en apenas dos días.
Roberto, los cinco amigos, la historia del coche, la reunión después de su muerte y Jaime marchándose a Rota.
Por encima de todo, seguía volviendo a aquella frase:
No puedo seguir mirando para otro lado.
Algo había cambiado en Roberto durante los últimos meses; eso parecía claro.
Lo que todavía no sabían era qué había decidido dejar de ignorar.
Morales mantuvo la vista en la carretera.
—Hay una cosa que me preocupa.
Clara giró ligeramente la cabeza.
—¿Cuál?
—Que estamos intentando descubrir qué sabía Roberto cuando quizá deberíamos preguntarnos quién sabía que iba a hablar.
—Los cuatro amigos —dijo.
—Como mínimo.
—Y quizá alguien más.
No hacía falta añadir nada.
❖ ❖ ❖
La actividad en la Unidad Orgánica de Policía Judicial no había disminuido durante su ausencia.
Nada más verlos entrar, Álex Roldán se levantó de su mesa.
—Mi teniente.
Clara se acercó.
—¿Ha encontrado algo?
Roldán asintió y volvió a sentarse.
—Creo que sí. Tiene relación con el grupo.
—Enséñenoslo.
—Después de revisar la conversación de Los 5 Moskeperros seguí con los chats individuales. Hay uno que empieza apenas unos minutos después de la conversación que vimos esta mañana.
—¿Con quién? —preguntó Clara.
Roldán abrió el chat.
En la parte superior de la pantalla apareció un nombre.
Jaime.
Morales miró a Clara.
—¿A qué hora? —preguntó ella.
—Roberto le escribió seis minutos después del último mensaje en el grupo.
Roldán desplazó ligeramente la pantalla.
Robe: No puedo más.
Jaime: Lo sé.
Robe: Cada día pesa más.
Jaime: A mí también.
Jaime: No hay un solo día que no me arrepienta.
Morales se incorporó.
Clara mantuvo la vista en la pantalla.
Roldán continuó.
Robe: Tenemos que contarlo.
Jaime: No.
Jaime: Ya es tarde, Robe.
Clara acercó ligeramente el rostro a la pantalla.
—Siga.
Roldán desplazó el chat.
Robe: Nunca es tarde.
Pasaron casi tres minutos antes de la siguiente respuesta.
Jaime: Déjalo.
Robe: Eso llevamos haciendo demasiado tiempo.
La siguiente respuesta tardó más.
Jaime: No arreglaríamos nada.
Robe: Eso no lo sabemos.
Roldán dejó de mover el ratón.
—Ahí termina.
Durante unos segundos nadie habló.
La historia del coche acababa de quedarse pequeña. No tenía por qué ser falsa, pero sí era insuficiente.
—¿Hay más conversaciones entre ellos? —preguntó Clara.
—Sí, aunque posteriores a esta son muy escasas. Nada parecido.
—¿Y anteriores?
—Estoy revisándolas. Hay años de mensajes y bastantes huecos. Parte del historial no se conserva.
Morales señaló la pantalla.
—Entonces lo del coche no era todo.
Clara negó.
—Eso es lo único que podemos afirmar.
—Pero Jaime sabe exactamente de qué está hablando Roberto.
—Sí.
Roberto no explicaba nada. Jaime tampoco preguntaba. No lo necesitaba.
—Quiero todas las conversaciones privadas entre Roberto y los otros cuatro —dijo Clara—. Especialmente las semanas anteriores a su muerte.
—De acuerdo.
—Y cualquier referencia a algo que llevaran años evitando, aunque no sepamos todavía qué es.
Morales se quedó mirando el nombre de Jaime en la pantalla.
—Hace una hora podía esperar.
Clara cerró la conversación.
—Ya no.
—¿Lo hacemos venir?
—No todavía.
Morales frunció el ceño.
—¿Entonces?
Clara se volvió hacia Roldán.
—Quiero el volcado completo del teléfono. Mensajes eliminados, fotografías, archivos compartidos, copias de seguridad y cualquier conversación con los otros cuatro.
—De acuerdo.
—Priorice las semanas anteriores a la muerte de Roberto. Después retroceda todo lo que pueda.
Roldán tomó nota.
—¿Algo más?
—Cualquier referencia a algo que llevaran años evitando. Aunque no sepamos todavía qué significa.
—Entendido.
Clara centró otra vez la atención en a Morales.
—Localice a Jaime.
—¿Pero no lo interrogamos?
—Todavía no.
—¿Por qué esperar?
Clara caminó hasta la pizarra.
En el centro permanecía la fotografía de Roberto. A su alrededor se acumulaban horarios, nombres y preguntas.
Tomó un rotulador.
—Porque Jaime sabe más que nosotros.
Escribió debajo de la fotografía:
SECRETO COMPARTIDO
Después añadió:
ROBERTO — JAIME
Morales observó las palabras.
—Y si hablamos con él ahora, elegirá qué parte quiere contarnos.
—Exacto.
—Puede borrar cosas.
Clara dejó el rotulador.
—Por eso quiero saber primero dónde está, con quién habla y qué relación mantenía realmente con Roberto.
—¿Y los otros tres?
—También. Los cuatro se reunieron ayer y nos han contado la misma historia del coche. Antes de volver a preguntarles nada, quiero saber qué ocurrió realmente entre ellos.
Morales abrió su libreta.
—¿Hasta dónde retrocedemos?
—Hasta que tenían dieciséis años.
—Once años.
—Sí. Empiece por lo básico. Colegio, amistades, problemas, fiestas, relaciones... y cualquier incidente en el que aparezcan dos o más de esos nombres.
Morales anotó.
—¿Y Jaime?
—Confirme primero que está en Rota. Después averigüe qué ha hecho desde que supo que Roberto había muerto.
—Sin hablar con él.
—Sin hablar con él.
Morales guardó la libreta.
Antes de salir se volvió.
—Puede que simplemente se distanciaran con los años.
Clara sostuvo su mirada.
—Puede.
—Pero no lo cree.
Ella miró de nuevo el chat de Roberto.
—La gente se distancia, Morales.
Clara volvió la mirada hacia el chat antes de continuar.
—No suele escribir que no pasa un solo día sin arrepentirse de algo.
El sargento asintió y salió.
❖ ❖ ❖
La tarde avanzó deprisa y el caso de Roberto Sánchez empezó a extenderse por varias mesas de la Unidad.
Un equipo solicitó grabaciones de las cámaras situadas en los accesos a El Cuervo.
Otro comenzó a cruzar las comunicaciones registradas por las antenas de la zona durante la madrugada.
Roldán continuó trabajando con el teléfono de Roberto.
Criminalística seguía analizando las muestras recuperadas bajo las uñas y los restos recogidos en el recorrido hasta la fuente.
Clara permaneció buena parte de la tarde en el despacho de coordinación.
Revisó declaraciones, comparó horarios y volvió sobre el informe de la inspección ocular.
A las cinco, la pizarra estaba cubierta de flechas, interrogantes y nombres unidos por líneas que todavía no llevaban a ningún sitio.
La puerta se abrió.
Morales entró con una carpeta bajo el brazo y dos vasos de café.
Dejó uno delante de Clara.
—No es de máquina.
Ella levantó la vista.
—¿Me está haciendo la pelota, sargento?
—He cruzado la calle para conseguirlo. Como mínimo podría fingir agradecimiento.
Clara probó el café.
—Aceptable.
—Algún día conseguiré un sobresaliente.
—No se haga ilusiones.
Morales sonrió y abrió la carpeta.
—Tengo algunas cosas.
Clara dejó el vaso.
—Empiece.
—Primero, Jaime.
—¿Está en Rota?
—Confirmado. Ortega conoce al tío y ha hablado personalmente con él. Jaime llegó esta mañana.
—¿Ha salido?
—No que sepamos. El tío dice que llegó bastante afectado y que lleva prácticamente todo el día en casa.
—¿Ha hablado con alguno de los otros tres?
—Estoy esperando los registros completos, pero parece que sí hubo contacto con David esta mañana.
—Quiero hora y duración.
—Ya lo he pedido.
Clara hizo una anotación.
—¿Qué más?
Morales pasó una hoja.
—He seguido con Roberto. Su madre murió hace nueve meses, como ya sabíamos. No tenía hermanos ni familiares cercanos en El Cuervo. Pero he localizado al padre.
—¿Dónde?
—Francia. Vive en Lyon desde hace más de veinte años. Abandonó a la familia cuando Roberto era pequeño. Se casó de nuevo, tiene otros dos hijos y trabaja para una empresa de transportes.
—¿Mantenían contacto?
—Prácticamente ninguno. Dos llamadas en los últimos cinco años. Una cuando murió la madre de Roberto y otra varios meses antes. Ninguna llegó a tres minutos.
—¿Ha viajado a España recientemente?
—No. Se ha comprobado que lleva meses en Francia. El lunes trabajó y después cenó con su familia. Tenemos movimientos de tarjeta, cámaras y testigos.
Clara dejó la hoja.
—Entonces lo dejamos fuera.
—Eso parece. Un cabo suelto menos.
Clara volvió hacia la pizarra.
—¿Y la cronología?
—¿Ha avanzado?
—Algo. David y Álvaro abandonaron el Manila aproximadamente a la una menos cuarto.
—Sergio seguía allí.
—Sí. Después Sergio terminó de ayudar a recoger y se marchó. Roberto permaneció solo el tiempo suficiente para terminar de cerrar.
Morales estudió la línea temporal.
—Y la muerte se sitúa entre las dos y las cuatro.
—Según la estimación forense.
—Tenemos un hueco.
—Sí.
Clara trazó una línea entre la salida de Sergio y el intervalo probable de muerte.
Morales contempló las fotografías de la escena.
—¿Cree que el asesino lo esperaba?
Clara se tomó un momento antes de responder.
—Creo que sabía cuándo encontrarlo prácticamente solo.
—Eso implica conocer su rutina.
—O haberla vigilado.
Morales miró la fotografía de las dos punciones.
—Por cómo está hecho todo, no parece alguien que confíe demasiado en la suerte.
—No.
—Entonces Roberto pudo verlo.
—Pudo.
—Y reconocerlo.
—También pudo ser atacado antes de tener tiempo de reaccionar.
—Seguimos sin saber qué le administraron.
Clara volvió a mirar las marcas.
—Todavía.
Como si aquella palabra hubiera sido una invitación, el teléfono de su mesa comenzó a sonar.
Clara descolgó.
—Díaz.
Escuchó.
Algo cambió en su expresión.
Morales dejó la carpeta.
—¿Qué ocurre?
Clara colgó despacio.
—Era Salas.
—¿Toxicología?
Ella asintió.
—Tiene los primeros resultados.
Morales se puso en pie.
—¿Vamos?
Clara cogió la chaqueta.
—Ahora.
❖ ❖ ❖
El doctor Salas los esperaba en una de las salas del Instituto de Medicina Legal.
Sobre la mesa había varias fotografías de la autopsia, los resultados preliminares de Toxicología y una ampliación de las dos lesiones del cuello.
—Ya tenemos algo.
Clara dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿La causa de la muerte?
—Con bastante seguridad.
Salas tomó uno de los informes.