El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Perfil

El Peugeot abandonó la carretera del cementerio para tomar de nuevo la nacional en dirección a Sevilla. Los primeros minutos transcurrieron sin conversación, hasta que las tripas de Morales se encargaron de romper la quietud del habitáculo.

—Mi teniente... si no le importa, ¿podríamos hacer una parada en la Venta El Paisano?

Clara apartó un momento la vista de la carretera.

—¿Tiene hambre otra vez?

Morales se llevó una mano al pecho.

—Me ofende que lo pregunte.

—Eso es un sí.

—Creo que llevo sin comer desde ayer.

Clara recordó el serranito con el que había justificado su resistencia la noche anterior.

—Ayer presumía de tener una ventaja táctica considerable.

—Se ha agotado.

Clara negó con una media sonrisa.

—Quince minutos.

Morales la miró.

—¿Quince?

—No haga que me arrepienta.

—Estoy empezando a caerle bien.

Clara volvió la vista hacia la carretera.

—Acaba de perder cinco.

Morales soltó una carcajada.

❖ ❖ ❖

La Venta El Paisano bullía de camioneros, comerciales y vecinos que aprovechaban la hora del almuerzo. El aroma a carne a la brasa, café y guisos caseros se extendía por un comedor donde las conversaciones competían con el tintinear de platos y cubiertos.

Encontraron una mesa junto a una de las ventanas.

Morales estudió la carta.

—Aquí hay decisiones importantes que tomar.

Clara ni siquiera abrió la suya.

—Pida lo que quiera.

—Eso es peligroso.

—Tiene diez minutos.

—Quince.

Clara se tomó un instante antes de responder.

—Ya veremos.

El camarero se acercó y Morales hizo el pedido con una seguridad que sugería que aquellos diez minutos podían convertirse fácilmente en media hora.

Clara esperó a que se marchara.

—¿Viene mucho por aquí?

—Alguna vez. Es difícil trabajar por esta zona y no acabar entrando.

—¿También se lo recomendó Manuel?

Morales sonrió.

—Está celosa porque todavía lo llama Ortega.

—Estoy intentando mantener cierta profesionalidad.

—Yo también.

Clara arqueó una ceja.

—¿Llamándolo Manuel después de conocerlo ayer?

—Hay gente con la que uno conecta rápido.

—Eso he visto.

Morales tomó un trozo de pan.

—¿Sabe qué ocurre? Usted observa demasiado.

—Es mi trabajo.

—No. Su trabajo es investigar. Lo de observar hasta cómo alguien coge una barra de pan debe de ser afición.

Clara bajó la mirada hacia su mano.

Morales dejó inmediatamente el pan sobre el plato.

—Ya está. Ahora voy a pensar en esto cada vez que coma delante de usted.

—Relájese, Morales.

—Eso intento desde que la conozco.

La comida llegó poco después.

Durante unos minutos hablaron de cosas que no tenían importancia: del calor, del tráfico de la nacional y de la insistencia de Ortega con el bizcocho de Santa Margarita.

Cosas pequeñas, pero necesarias.

Cuando retiraron los platos y dejaron dos cafés sobre la mesa, Clara abrió la libreta.

Morales la vio hacerlo.

—Se acabó el recreo.

—Hace cinco minutos.

—Sabía que los quince eran mentira.

Clara ignoró el comentario.

—Vamos a ordenar lo que tenemos.

La expresión de Morales cambió casi al instante y acercó la silla.

—Bien. Si tuviera que resumirlo, diría que tenemos más preguntas que respuestas.

Clara sostuvo la taza entre las manos.

—Eso no es necesariamente malo.

—¿No?

—Es peor empezar a responderlas demasiado pronto.

Morales asintió.

—Entonces empecemos por lo que sí sabemos.

Abrió su libreta.

—Roberto apareció junto a la fuente, pero todo indica que murió a pocos metros de allí.

—Las marcas de arrastre y la suciedad de la ropa apuntan en esa dirección.

—Y tenemos los restos metálicos bajo una de las uñas.

—Que Criminalística deberá identificar.

Morales pasó la página.

—Dos punciones en el cuello.

Clara dejó la taza sobre el plato.

—Limpias. Regulares. Con muy poco sangrado.

—No parecen hechas al azar.

—No.

—¿Algún tipo de instrumento?

Clara asintió.

—Es una posibilidad. Dos agujas o dos elementos punzantes colocados a una distancia fija. Pero hasta que tengamos el informe forense, no podemos afirmar más.

Morales hizo una anotación.

—Tampoco encontramos señales de robo.

—Ni indicios claros de una pelea prolongada.

—Aunque Roberto sí llegó a defenderse.

Clara pensó en los restos bajo la uña.

—Al menos tuvo contacto con algo.

Morales levantó la vista.

—¿El agresor?

—Puede ser. O con algún objeto que llevara encima. No lo sabemos todavía.

—Entonces, si descartamos de momento el robo, el móvil parece más personal que económico.

—Parece —corrigió Clara.

Morales sonrió.

—Parece.

Clara apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Hay algo que sí podemos asumir con bastante seguridad: hubo planificación.

—¿Por la forma de matarlo?

—Por todo. Quien hizo esto eligió un momento en el que Roberto estaba prácticamente solo, actuó sin llamar la atención y después tuvo tiempo para desplazar el cadáver hasta la fuente.

—Conocía su rutina.

—O la estudió.

Morales hizo girar lentamente la cucharilla dentro del café.

—Y quería que lo encontraran allí.

Clara lo miró.

—Eso creo.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Pero la fuente importa.

—Si no importara, habría dejado el cuerpo donde murió.

Morales meditó la respuesta.

—Entonces la escena también forma parte del mensaje.

Clara no respondió enseguida.

—Puede formar parte de él.

El sargento volvió a sus notas.

—Tenemos un cadáver trasladado, dos marcas en el cuello y un pueblo entero hablando de una leyenda.

Clara levantó la vista.

—¿Adónde quiere llegar?

Morales dejó la cucharilla.

—A que quizá estamos mirando esto al revés.

Clara esperó a que continuara.

—Si alguien quería matar a Roberto sin llamar la atención, podía haberlo hecho de cien maneras. Pero lo deja junto a una fuente con dos agujeros en el cuello precisamente en un pueblo donde existe una historia sobre un hombre que bebía sangre.

Clara no apartó la mirada de él.

Morales continuó:

—Eso no parece discreción.

—No.

—Entonces quizá nunca quiso ser discreto.

Clara lo observó con atención.

—Continúe.

El sargento apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Si todo el mundo habla del Sediento, todo el mundo mira hacia la leyenda.

—Y deja de mirar hacia otra parte.

Morales asintió.

Clara cogió la taza y la sostuvo sin beber.

—Una distracción.

—O una puesta en escena.

—Ambas cosas pueden ser lo mismo.

Clara pensó en Rosario. En el miedo con el que había contado aquella historia. En la rapidez con la que la leyenda se había extendido por el pueblo.

—El asesino sabía lo que esas marcas provocarían —dijo.

—¿Está segura?

—No.

Clara negó.

—Pero si conocía la leyenda, sabía que alguien terminaría relacionándolas.

—Y en El Cuervo parece difícil no conocerla.

Morales se recostó.

—Entonces nuestra pregunta ya no es si el Sediento ha vuelto.

Clara dejó que la frase reposara entre ambos.

—Esa nunca ha sido nuestra pregunta.

Él sonrió.

—Déjeme ponerle un poco de dramatismo.

—No.

Morales soltó una risa.

Clara volvió a la libreta.

—La pregunta es qué gana el asesino haciendo que el pueblo mire hacia una leyenda.

—Tiempo.

—Puede ser.

—Confusión.

—También.

Morales buscó otra posibilidad.

—Miedo.

Clara levantó los ojos.

La palabra adquirió un peso distinto.

—Sí —admitió Clara—. También miedo.

Morales cerró la libreta.

—Pues ya tenemos algo parecido a un perfil.

Clara negó.

—Todavía no.

—¿Ni un poco?

—Tenemos comportamiento. No personalidad.

Morales esperó a que desarrollara la idea.

—Sabemos que planifica —continuó Clara—. Que conoce a Roberto o, como mínimo, conoce sus hábitos. Que dispone de algún medio para causarle la muerte con rapidez. Y que después manipula la escena.

—Y probablemente conoce la leyenda.

—Probablemente.

—No parece alguien impulsivo.

Clara bajó la vista hacia el café.

—No.

Cuando volvió a mirarlo, continuó:

—Quien hizo esto tuvo que mantener la calma antes, durante y después.

Morales exhaló despacio.

—Eso reduce bastante la lista.

—No tanto como cree.

—Déjeme conservar alguna esperanza.

Clara cerró la libreta.

—Consérvela. Pero no la confunda con una prueba.

El camarero se acercó para retirar las tazas.

Morales buscó la cartera.

—Invito yo.

Clara dejó unas monedas sobre la mesa antes de que pudiera hacerlo.

—La próxima.

Morales la miró.

—Eso implica que habrá próxima.

Clara se levantó.

—No saque conclusiones precipitadas. Acabamos de hablar de eso.

Morales sonrió mientras la seguía hacia la salida.

—Definitivamente estoy empezando a caerle bien.