CAPÍTULO 12 #2
El párroco avanzó hasta el atril.
Era un hombre corpulento, de cabello completamente canoso y voz pausada.
Esperó hasta que la sala quedó en silencio.
—Es duro despedir a alguien. Pero lo es aún más cuando se marcha demasiado pronto.
Su mirada recorrió a los presentes.
—Hoy nos reunimos para decir adiós a Roberto Sánchez. Un hijo de este pueblo. Un amigo. Un vecino.
Hizo una pausa.
—La muerte siempre deja preguntas. Algunas encuentran respuesta con el tiempo. Otras nos acompañan para siempre.
Clara mantuvo la mirada en el sacerdote.
—Ninguno de nosotros es perfecto —continuó—. Todos cometemos errores. Todos tropezamos. Lo que nos define también es lo que hacemos después: si somos capaces de reconocerlos, pedir perdón y tratar de reparar el daño.
Clara bajó la mirada.
No puedo seguir mirando para otro lado.
Las palabras de Roberto regresaron a su cabeza.
No porque creyera que el sacerdote supiera algo; probablemente no era más que una coincidencia.
Pero, desde que habían leído aquella conversación, la idea del arrepentimiento parecía acompañar cada paso de la investigación.
—Hoy encomendamos a Roberto a la misericordia de Dios —concluyó el párroco— y pedimos consuelo para quienes lo despiden. Que descanse en paz.
Inclinó la cabeza.
Nadie se movió.
Después, dos empleados de la funeraria se acercaron al féretro.
Buscaron discretamente entre los asistentes.
David fue el primero en dar un paso al frente.
Ocupó uno de los laterales sin pronunciar palabra.
Iván se situó en el extremo opuesto.
Antes de hacerlo volvió a mirar hacia la entrada.
La entrada seguía vacía.
El cuarto en acercarse fue Sergio.
El joven tragó saliva antes de apoyar las manos sobre la madera barnizada.
Clara observó a los cuatro.
David mantenía la compostura con un esfuerzo visible.
Iván parecía ausente.
Sergio pestañeaba demasiado, intentando contener las lágrimas.
Álvaro, en cambio, volvió a mirar hacia la puerta.
Morales se inclinó ligeramente hacia Clara.
—Sigue sin venir.
—Sí.
Los cuatro levantaron el féretro.
El leve crujido de la madera se oyó con nitidez en el silencio de la sala.
Clara siguió con la mirada a quienes lo transportaban.
Cuatro hombres cargaban con Roberto Sánchez hacia su última despedida.
Pero faltaba uno de los cinco amigos de aquella vieja fotografía.
A su paso, los asistentes fueron apartándose lentamente para abrirles camino.
Nadie hablaba; solo se oían los pasos acompasados y algún llanto aislado mientras el féretro avanzaba hacia la salida.
Clara siguió con la mirada a David, Iván, Álvaro y Sergio hasta que desaparecieron tras la puerta.
Álvaro volvió a mirar hacia la entrada una última vez.
Jaime seguía sin aparecer.
Clara guardó silencio.
La ceremonia había terminado y los asistentes comenzaban a abandonar la capilla en pequeños grupos. Algunos se acercaban a los más allegados para ofrecerles el pésame; otros permanecían unos minutos en silencio antes de marcharse.
Clara y Morales se mantuvieron apartados.
Aquel no era el momento de hacer preguntas.
Fue Gonzalo quien se acercó a ellos.
No venía solo: lo acompañaba un hombre de unos cincuenta y tantos años, de porte elegante y expresión cansada.
Vestía un traje negro impecable, aunque las profundas ojeras y el gesto contenido delataban una jornada mucho más larga de lo que indicaba el reloj.
—Teniente Díaz, sargento Morales —dijo Gonzalo—. Quería presentarles a José Moreno, alcalde de El Cuervo.
El hombre les tendió la mano.
—Gracias por todo lo que están haciendo.
—Es nuestro trabajo —respondió Clara.
El apellido adquirió significado de inmediato.
Clara miró al hombre con más atención.
—¿Es usted familiar de Jaime Moreno?
José bajó ligeramente la cabeza.
—Soy su padre.
Morales y Clara intercambiaron una mirada.
—No lo hemos visto durante la ceremonia —dijo ella.
El alcalde exhaló lentamente.
—No ha podido venir.
Algo en su tono hizo que Clara esperara en lugar de preguntar.
José continuó:
—Roberto y él eran amigos desde que eran niños. Probablemente el mejor amigo que ha tenido.
Miró hacia la salida por la que acababa de desaparecer el féretro.
—Cuando se enteró de lo ocurrido se vino abajo. Esta mañana decidió marcharse unos días.
—¿Dónde? —preguntó Clara.
José la miró.
—A casa de un tío suyo.
—¿Fuera de El Cuervo?
—Sí.
—¿Dónde exactamente?
—En Rota.
Clara registró el dato.
—¿Se ha ido solo?
—Sí.
—¿Cuándo salió?
—Esta mañana temprano.
—¿Ha hablado con él desde entonces?
—Hace unas horas.
—¿Cómo estaba?
José bajó la mirada.
—Mal.
No intentó suavizarlo.
—Dice que no podía soportar estar aquí hoy. Que ver enterrar a Roberto era demasiado.
La explicación era perfectamente posible. El duelo no tenía una forma correcta: algunas personas necesitaban despedirse y otras no eran capaces de hacerlo.
—Necesitamos hablar con él —dijo finalmente.
José levantó la mirada.
—Por supuesto.
—¿Puede facilitarnos la dirección donde se encuentra y un teléfono de contacto?
—Sí. Lo que necesiten.
Gonzalo había permanecido en silencio hasta entonces.
—Jaime está pasando un momento complicado, teniente.
Clara permaneció seria.
—Lo entiendo, doctor.
Después volvió a José.
—Pero necesitamos hablar con todos los que formaban parte del círculo de Roberto. Nada más.
El alcalde asintió.
—Se lo daré todo.
Sacó el teléfono.
Morales anotó la dirección y el número mientras Clara observaba al hombre.
No parecía ocultar la preocupación por su hijo ni trataba de impedir que hablaran con él.
Era un dato más, no una conclusión.
Cuando terminaron, José guardó el teléfono.
—¿Creen que Jaime puede estar en peligro?
La pregunta sorprendió a Morales.
Clara tardó un segundo en responder.
—En este momento no tenemos ningún indicio que nos permita afirmar algo así.
Era cierto, y Clara no añadió nada más.
José asintió, aunque la respuesta no pareció tranquilizarlo.
—Gracias.
Unos vecinos lo llamaron desde la salida.
El alcalde se disculpó y se alejó.
Gonzalo permaneció un instante más.
Clara reparó entonces en que el médico seguía mirando hacia la puerta por la que José acababa de marcharse.
—¿Le preocupa Jaime? —preguntó.
Gonzalo volvió la mirada hacia ella.
—Me preocupa José.
—No es lo que le he preguntado.
Por primera vez desde que lo conocía, Gonzalo pareció medir la respuesta antes de hablar.
—He visto demasiadas veces lo que el miedo de un hijo puede hacerle a un padre.
Clara lo observó.
—Es un buen hombre —añadió Gonzalo.
—No lo dudo.
El médico inclinó ligeramente la cabeza.
—Nos veremos.
—Doctor.
Gonzalo se marchó.
Morales esperó a que se hubiera alejado antes de hablar.
—Eso explica la ausencia.
Clara miró hacia la puerta.
—La explica.
—Pero no la elimina.
Ella volvió la cabeza hacia él.
—No convierta todo en una sospecha, Morales.
—Creía que ese era su trabajo.
—Nuestro trabajo es comprobar.
Morales sonrió ligeramente.
—También estoy aprendiendo eso.
❖ ❖ ❖
El cementerio comenzaba a vaciarse cuando regresaron al coche.
Algunos vecinos permanecían todavía junto a las sepulturas. Otros abandonaban el recinto en silencio, con la mirada baja y las manos vacías después de haber dejado las flores.
Morales cerró la puerta y colocó ambas manos sobre el volante.
—¿En qué está pensando?
Clara siguió observando el camposanto a través del parabrisas.
—En Jaime.
—¿Vamos a Rota?
Clara negó.
—Todavía no.
Morales giró la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque sabemos dónde está.
—Suponiendo que su padre diga la verdad.
Clara lo miró.
—Y suponiendo que Jaime esté donde le ha dicho a su padre que está.
Morales esperó a que continuara.
—Por eso lo primero es comprobarlo.
Sacó el teléfono.
—¿Llamamos?
—No directamente a Jaime.
Clara abrió la libreta.
—Confirme la dirección. Compruebe que el familiar existe y que Jaime está allí. Si es así, hablaremos con él cuando corresponda.
—¿Y si no está?
Clara centró su atención en él.
—Entonces cambiaremos de prioridades.
Marcó el número de Ortega.
Clara volvió a mirar hacia los cipreses.
Hasta aquella mañana, Jaime Moreno había sido simplemente uno de cuatro nombres.
Ahora sabía algo más: había sido, según su padre, el mejor amigo de Roberto; había participado en la reunión del día anterior y aquella mañana había abandonado El Cuervo sin acudir al entierro.
Tres hechos, nada más.
Clara escribió debajo de su nombre:
Rota. Verificar.
Cerró la libreta.
—Vamos.