CAPÍTULO 12
Despedida
El bullicio del bar quedó atrás en cuanto la puerta se cerró.
Clara y Morales caminaron hasta el vehículo sin hablar.
La calle Fernando Cámara seguía ajena a la investigación. Las terrazas continuaban llenándose, los comercios terminaban de levantar sus persianas y un repartidor descargaba varias cajas de fruta frente a una pequeña tienda.
A escasos metros de allí, David y Álvaro acababan de ofrecerles una explicación para un secreto de más de diez años.
Morales abrió el coche.
Esperó a que Clara entrara antes de rodearlo y ocupar el asiento del conductor.
—¿Qué le han parecido?
Clara dejó la carpeta sobre las piernas.
—Preparados.
Morales introdujo la llave, pero no arrancó.
—¿Preparados para mentir?
—No necesariamente.
—Entonces no la sigo.
Clara miró hacia el bar.
—Iván nos cuenta que hace once años cogieron un coche sin permiso. Los cinco habían bebido. Roberto conducía. Golpearon un vehículo estacionado y huyeron.
—Y ellos cuentan lo mismo.
—Exactamente lo mismo.
—Porque ocurrió.
Clara giró la cabeza hacia él.
—Es posible.
Morales esperó a que continuara.
—También sabemos que ayer los cuatro se reunieron —continuó ella—. Y que hablaron de lo que encontraríamos en el teléfono de Roberto.
—Así que han tenido tiempo de reconstruir la historia juntos.
—Sí.
Morales apoyó las manos sobre el volante.
—Pero eso tampoco significa que sea falsa.
Clara sonrió apenas.
—Está aprendiendo.
—Me preocupa la velocidad.
Clara volvió la vista hacia el parabrisas.
—No me preocupa que coincidan en lo esencial. Después de once años sería normal recordar que cogieron un coche, que Roberto conducía y que tuvieron un accidente.
—Lo que le preocupa es cómo reaccionan.
—Exacto.
Morales arrancó.
—En cuanto aparece el tema dejan de hablar con naturalidad.
Clara lo miró.
—Ha hecho un buen trabajo ahí dentro, Morales.
El sargento giró la cabeza hacia ella.
—¿Eso era un cumplido?
—No se acostumbre.
—Demasiado tarde.
A Clara se le escapó una sonrisa.
Morales se incorporó a la circulación.
—Solo he intentado que se relajaran.
—Y lo ha conseguido.
—A veces funciona mejor que entrar dando golpes en la mesa.
—Yo no doy golpes en la mesa.
—Era una metáfora, mi teniente.
—Una bastante mala.
Morales sonrió.
Clara abrió de nuevo la carpeta.
—Cuando he mencionado el grupo se han cerrado. Usted ha rebajado la tensión y David ha empezado a hablar.
—Para eso estamos.
—No.
Morales la miró de reojo.
—¿No?
—Usted lo hace de manera natural. La gente baja la guardia con usted.
Esta vez no bromeó.
—Y con usted hacen justo lo contrario.
Clara levantó una ceja.
—Gracias.
—No lo decía como algo malo.
—Menos mal.
Morales sonrió.
—Usted hace que la gente piense muy bien lo que va a decir. Yo intento que deje de pensarlo.
Clara lo observó un momento.
Después volvió a la carpeta.
—Puede que funcione.
—¿Puede?
—No abuse del momento.
Morales soltó una carcajada.
El silencio volvió al coche, pero esta vez resultó cómodo.
—Entonces —dijo Morales—, ¿qué hacemos con la historia del coche?
—Comprobarla.
—¿Y después?
Clara miró los cuatro nombres anotados.
Iván.
David.
Álvaro.
Jaime.
—Nos queda Jaime.
En ese mismo instante, el teléfono de Morales vibró sobre la consola.
Miró la pantalla.
—Ortega.
Respondió mediante el manos libres.
—Dime, Manuel.
Clara giró ligeramente la cabeza hacia él.
Ayer había sido el jefe de Policía Ortega.
Morales tenía una facilidad sorprendente para acortar distancias.
—Javi, acabo de acordarme de una cosa —dijo Ortega al otro lado.
—Cuéntame.
—El entierro de Roberto es dentro de un par de horas. Ya hay gente en el cementerio y seguramente vaya medio pueblo. Los amigos también estarán.
Clara levantó la vista.
Morales la miró.
—Perfecto. Gracias por avisar.
—Y una cosa más.
—Dispara.
—No te vayas del pueblo sin probar un bizcocho de la pastelería Santa Margarita. Luego no digas que no te advertí.
Morales soltó una carcajada.
—Lo tendré en cuenta.
La llamada terminó.
Clara permaneció mirándolo.
—¿Manuel?
—¿Qué pasa?
—Ayer era el jefe de Policía Ortega.
—Supongo que ya no somos tan desconocidos.
Clara negó suavemente con la cabeza.
—Tiene una facilidad sorprendente para ganarse a la gente.
—Forma parte del trabajo.
—Empiezo a darme cuenta.
Morales volvió la atención a la carretera.
—¿Qué hacemos, mi teniente? ¿Vamos a por Jaime?
Clara consultó la hora.
Clara se tomó un momento antes de responder.
Después guardó la carpeta.
—Cambiamos de planes.
—¿Cementerio?
Clara asintió.
—Jaime puede esperar. El entierro de Roberto, no.
Morales siguió las indicaciones del navegador.
Al abandonar el casco urbano, una rotonda dio paso a una carretera estrecha que discurría entre parcelas delimitadas por muros bajos y largas hileras de pinos. A ambos lados se sucedían terrenos de labor y algunas fincas dispersas mientras El Cuervo iba quedando atrás.
Apenas un par de minutos después apareció el cementerio municipal.
Un recinto sobrio, rodeado por altos muros encalados que ocultaban buena parte de su interior. El acceso se abría en el centro de la fachada bajo un sencillo rótulo de piedra. Tras la verja de hierro asomaban las copas oscuras de varios cipreses y el blanco de las primeras coronas de flores.
Una fila de vehículos ocupaba ya los aparcamientos.
Algunos vecinos caminaban hacia la entrada con ramos entre las manos. Otros permanecían reunidos en pequeños corrillos, hablando en voz tan baja que sus conversaciones se confundían con el viento.
Morales estacionó.
Ninguno se apresuró a bajar.
—Aquí va a estar medio pueblo —dijo él.
Clara observó a la gente que continuaba llegando.
—Eso dijo Ortega.
—Buen sitio para mirar.
Ella giró la cabeza hacia él.
Morales levantó las manos.
—Solo mirar. Prometido.
Clara abrió la puerta.
—Procure que no se note.
❖ ❖ ❖
Al cruzar la entrada, el murmullo de la calle quedó atrás.
Las conversaciones se habían reducido a susurros y hasta los pasos parecían más contenidos, como si el lugar impusiera por sí solo la necesidad de bajar la voz.
La sala reunía ya a decenas de vecinos vestidos de oscuro.
Algunos sostenían flores entre las manos. Otros se abrazaban en silencio. Hombres acostumbrados a saludarse con palmadas en la espalda estrechaban ahora las manos con solemnidad, mientras varias mujeres se secaban discretamente las lágrimas.
Clara avanzó sin prisa.
No buscaba nada concreto; precisamente por eso miraba a todos.
Reconoció a Antonio, el hombre que había encontrado el cadáver. Permanecía apartado del resto, con la gorra entre las manos y la vista clavada en el suelo.
Más allá estaba Sergio.
El trabajador del Manila hablaba con varios vecinos, aunque apenas conseguía terminar una frase sin que la emoción le quebrara la voz.
Clara continuó entre los asistentes.
Entonces los vio.
David e Iván conversaban en voz baja.
Álvaro permanecía junto a ellos, pero no participaba demasiado en la conversación. Cada pocos segundos desviaba la mirada hacia la entrada.
Clara redujo el paso.
Morales también lo advirtió.
—¿Busca a alguien? —susurró.
—Eso parece.
Entró una pareja de edad avanzada.
Después una mujer acompañada de dos adolescentes.
Nadie más.
—¿Jaime? —preguntó Morales.
Clara tardó un momento en responder.
Habían interrogado a tres de los cuatro amigos y el cuarto todavía no había aparecido.
—Puede ser.
Continuaron andando.
No había razón para conceder más importancia a una ausencia que todavía podía explicarse de cien maneras.
Sobre un atril de madera descansaba una fotografía enmarcada.
Roberto sonreía.
Clara redujo el paso.
Hasta entonces había visto su rostro en fotografías policiales, en documentos y, sobre todo, inmóvil junto a una fuente.
Aquel hombre era distinto.
Parecía más joven de lo que recordaba, aunque probablemente no lo fuera. Sonreía a la cámara con la despreocupación de quien no sabe que algún día un desconocido examinará esa imagen buscando comprender quién fue.
Clara permaneció frente a la fotografía unos segundos.
Llevaba dos días investigando la muerte de Roberto Sánchez y quizá aquel fuera el primer momento en que intentaba conocer a Robe.
No al cadáver ni a la víctima, sino al hombre.
—Teniente.
La voz de Morales la devolvió a la sala.
Clara siguió la dirección de su mirada.
Un hombre de unos sesenta años avanzaba entre los asistentes estrechando manos y recibiendo abrazos. Vestía un traje oscuro y dedicaba unas palabras a cada persona que se acercaba.
Algunas buscaban su mano.
Otras simplemente apoyaban una palma sobre su hombro.
Clara lo reconoció.
—El doctor Romero.
—Parece que todo el pueblo lo conoce.
Gonzalo terminó de hablar con una mujer mayor y levantó la vista.
Sus ojos encontraron los de Clara.
Sus miradas se sostuvieron un instante.
Después el médico se acercó.
—Teniente Díaz. Sargento Morales.
Su voz sonaba cansada.
—Doctor —saludó Clara.
Gonzalo estrechó primero su mano y después la de Morales.
—Gracias por venir.
—Lo sentimos mucho —dijo Clara.
El médico desvió la mirada hacia el lugar donde descansaba el féretro.
—Hoy hemos perdido a un vecino.
Calló un momento.
—Y en un pueblo como este esas cosas se sienten de otra manera.
Un hombre lo llamó desde unos metros más allá.
Gonzalo volvió la cabeza.
—Disculpen.
—Por supuesto —respondió Clara.
El médico se alejó.
Apenas había dado unos pasos cuando otra persona se acercó a abrazarlo.
Y después otra.
Morales observó la escena.
—Da la impresión de que confían mucho en él.
Clara siguió al médico con la mirada.
—Es el médico del pueblo.
—Ya.
—¿Qué?
Morales se encogió de hombros.
—Nada. Que a mi médico de cabecera no lo abrazaría tanta gente.
Clara estuvo a punto de responder, pero un toque de campana apagó poco a poco las conversaciones.
Los asistentes comenzaron a ocupar sus lugares.
Clara y Morales se situaron discretamente al fondo.
Desde allí podían observar la estancia sin llamar demasiado la atención.
El féretro de madera clara descansaba frente al altar, rodeado de coronas de flores blancas y centros de claveles. Junto a un crucifijo, la fotografía de Roberto continuaba mostrando aquella sonrisa que parecía pertenecer a otro lugar.