CAPÍTULO 11 #3
—Estaba más callao —respondió Álvaro.
David continuó:
—Salía menos. Bebía menos. Incluso cuando quedaba con nosotros parecía que estaba pensando en otra cosa.
Clara anotó la respuesta.
Coincidía con lo que habían escuchado antes. No demostraba que fuera cierto, pero les daba algo que comprobar.
Cerró la libreta.
El gesto llamó la atención de ambos.
Entonces llegó a la pregunta que realmente le interesaba.
—¿Quiénes eran los Cinco Moskeperros?
David se quedó inmóvil.
Álvaro desvió la mirada hacia la cristalera.
Esta vez ninguno respondió.
Morales observó a uno y a otro.
Después sonrió.
—Tranquilos. No vamos a detener a nadie por esa «k».
David dejó escapar una risa breve.
Incluso Álvaro relajó ligeramente la expresión.
—Éramos nosotros —respondió David al fin—. Los cinco.
—Roberto, Iván, Jaime y ustedes dos —dijo Clara.
—Sí.
Morales señaló las tazas.
—Tengo que reconocer que esperaba una historia mejor detrás del nombre.
—Teníamos dieciséis años.
—Eso explica muchas cosas.
—Morales —advirtió Clara.
—Estoy creando un ambiente de confianza, mi teniente.
Clara lo miró.
—Pues confíe en silencio.
David volvió a reír y la tensión cedió lo suficiente.
Clara no interrumpió el momento.
Morales podía parecer espontáneo, incluso distraído, pero Clara empezaba a comprobar que no lo era. Sabía cuándo hablar y, sobre todo, cómo conseguir que los demás lo hicieran.
Clara volvió su atención hacia David.
—Hace tres semanas Roberto escribió en ese grupo que necesitaban hablar.
—Dijo que no podía seguir con aquello.
David bajó los ojos hacia su café.
—Sí.
—Y usted respondió que eran cosas de críos.
Esta vez no tocó la cucharilla.
—¿A qué se refería?
David soltó el aire.
—Fue hace muchos años.
Clara no lo apremió.
—Éramos unos críos.
Morales permaneció inmóvil.
—Continúe —dijo Clara.
David apoyó las manos sobre la mesa.
—Durante las fiestas cogimos el coche del padre de uno de nosotros.
—¿Quiénes?
—Los cinco.
—¿Habían bebido?
—Sí.
—¿Quién conducía?
David levantó la mirada.
—Roberto.
La respuesta coincidía con la de Iván.
Clara no mostró reacción alguna.
—¿Qué pasó?
—Golpeamos un coche que estaba aparcado.
—¿Había alguien dentro?
—No.
—¿Qué hicieron?
David vaciló.
—Nos fuimos. Éramos unos críos.
De nuevo la misma justificación.
Clara miró a Álvaro.
—¿Fue así?
Él asintió.
—Quiero escucharlo de usted.
Álvaro frunció ligeramente el ceño.
—Ya se lo ha contado.
—No le he preguntado qué ha contado su primo. Le he preguntado qué recuerda usted.
Álvaro se inclinó hacia delante.
—Habíamos bebido. Cogimos el coche. Roberto conducía. Le dimos un golpe a otro que estaba aparcado y nos largamos.
Clara sostuvo su mirada.
—¿Dónde ocurrió?
Álvaro abrió la boca, pero no respondió de inmediato.
David giró ligeramente la cabeza hacia él.
—No lo sé —dijo Álvaro—. Hace más de diez años.
—¿Y usted? —preguntó Clara mirando a David.
—Tampoco lo recuerdo.
—¿Qué coche conducían?
David respondió:
—No me acuerdo del modelo.
—¿De quién era?
—Del padre de Jaime.
Clara anotó el dato.
Iván no había dado ese nombre.
—¿Y el coche al que golpearon?
—Ni idea —respondió Álvaro.
—¿Color?
—No me acuerdo.
—¿Marca?
—Tampoco.
Clara cerró de nuevo la libreta.
La historia seguía siendo la misma. Los detalles, en cambio, se desdibujaban en cuanto Clara se alejaba de su estructura principal.
—¿Por eso se reunieron ayer?
David la miró.
—Sí.
—Para recordar esta historia.
—Para hablar de Roberto.
—Y de esta historia.
David apretó los labios.
—También.
Álvaro movió una mano sobre la mesa, como si fuera a intervenir, pero terminó retirándola.
Clara lo vio.
—¿Quién propuso la reunión?
—Yo.
Al menos aquello coincidía con lo que Iván había dicho recordar.
—¿Y Jaime?
—Estuvo con nosotros.
—¿Los cuatro acordaron contar lo ocurrido si preguntábamos?
David negó.
—No acordamos nada.
Morales habló entonces.
—Pero repasaron los hechos.
David lo miró.
—Sí.
Morales asintió lentamente.
—Entiendo.
Clara se puso en pie.
Los dos primos parecieron sorprendidos por lo abrupto del final.
—¿Eso es todo? —preguntó David.
—De momento.
Álvaro cruzó los brazos.
—¿Cree que alguno de nosotros ha matado a Roberto?
Clara estudió su reacción.
—No he dicho eso.
—Pero lo está pensando.
—Estoy pensando que Roberto quería hablar de algo que ustedes preferían dejar enterrado.
Álvaro descruzó los brazos. Pareció dispuesto a responder.
David se adelantó.
—Ya le hemos explicado qué era.
Álvaro lo miró.
No añadió nada.
Clara asintió.
—Sí.
Guardó la libreta.
—Ahora nos toca comprobarlo.
Morales se levantó.
Antes de marcharse, Clara miró una última vez a los dos primos.
—Una cosa más.
Ambos esperaron.
—Si recuerdan cualquier detalle, por insignificante que les parezca, llámenme.
Dejó una tarjeta sobre la mesa.
—A veces los recuerdos cambian con el tiempo.
Ninguno respondió.
Cuando los dos guardias civiles abandonaron el bar, Álvaro esperó hasta verlos alejarse tras la cristalera.
—¿Crees que sospechan algo?
David tomó la tarjeta que Clara había dejado sobre la mesa y la hizo girar entre los dedos.
—No lo sé —dijo sin apartar la vista de ella.