El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—¿Cuándo se enteró de que Roberto había muerto?

La seguridad de Iván vaciló apenas.

—Ayer por la mañana.

—¿Quién se lo dijo?

—No recuerdo exactamente. La noticia corrió enseguida por el pueblo. Creo que me llamó Álvaro.

—¿Hablaron los cuatro?

Diana lo miró.

—¿Iván?

—Sí.

Clara no apartó los ojos de él.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—¿Cuánto tiempo después de enterarse de la muerte de Roberto?

Iván pensó unos segundos.

—Un par de horas, más o menos.

—¿Por teléfono?

—No. Nos vimos.

Morales intervino.

—¿Los cuatro?

—Sí.

—¿Dónde?

Iván dudó.

—En casa de David.

Clara observó su rostro.

—¿Quién propuso reunirse?

—David, creo.

Fue la primera respuesta que tardó en llegar.

—¿Y para qué necesitaban verse?

Iván apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Roberto acababa de morir. Éramos amigos desde niños.

—Ha dicho que llevaban años distanciados.

Iván sostuvo su mirada.

—Eso no significa que no nos afectara.

—No he dicho que no.

Clara dejó pasar un par de segundos.

—¿Hablaron de los mensajes?

Silencio.

Diana volvió lentamente la mirada hacia su prometido.

Iván terminó asintiendo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque supusimos que acabarían revisando su teléfono.

—¿Y decidieron reunirse para hablar de lo que iban a encontrar?

—No fue así.

—¿Cómo fue?

Iván se removió ligeramente en el sillón.

—Estábamos intentando entender qué había pasado. Salió el tema de los mensajes y pensamos que podían parecer más importantes de lo que eran.

Morales inclinó ligeramente la cabeza.

—Así que repasaron lo ocurrido aquella noche.

—Sí.

—Los cuatro juntos.

Iván lo miró.

—Sí.

Clara mantuvo los ojos sobre él.

—Una historia de hace más de diez años.

—Sí.

—Que decidieron reconstruir entre los cuatro pocas horas después de que Roberto apareciera muerto.

Iván sostuvo su mirada.

—Sabíamos que ustedes preguntarían.

La explicación era posible y, precisamente por eso, resultaba difícil saber cuánto valor concederle.

Clara cerró la libreta.

—De momento es todo, señor Ganfornina.

Iván pareció relajarse, aunque apenas.

Se levantó.

—Por supuesto.

Diana permaneció junto a la puerta del salón.

Su expresión ya no era la misma con la que los había recibido.

Ahora miraba a Iván, no a los guardias civiles.

Mientras caminaban hacia la salida, Clara se detuvo frente al aparador.

La fotografía seguía allí.

Cinco adolescentes abrazados durante las fiestas del pueblo.

Roberto.

Iván.

Álvaro.

Jaime.

Cinco sonrisas.

Una noche de alcohol, un coche golpeado, una mentira de adolescentes y una explicación sencilla para un secreto de más de diez años.

Clara contempló la fotografía apenas un instante más.

—Gracias por su tiempo.

Iván abrió la puerta.

—Si necesitan cualquier cosa...

—Lo llamaremos.

Salieron.

❖ ❖ ❖

El vehículo abandonó la zona del bulevar y continuó por la calle Fernando Cámara.

A ambos lados, las fachadas encaladas de viviendas de dos plantas se alternaban con pequeños comercios, cafeterías y negocios familiares. Naranjos y palmeras proyectaban sombras irregulares sobre las aceras mientras las terrazas empezaban a llenarse de vecinos.

Morales redujo la velocidad.

—Es aquí.

Detuvo el coche frente a dos viviendas adosadas, separadas únicamente por un estrecho muro medianero.

Clara abrió la carpeta.

—David Silva. Veintiocho años. Concejal de Deportes del Ayuntamiento. Soltero. Además del cargo público, organiza eventos deportivos en el municipio.

Morales miró hacia las casas.

—Buena imagen.

Clara pasó la hoja.

—Álvaro Silva. Veintiséis. Trabaja en la construcción.

Se detuvo en la información siguiente.

—Una reyerta en un bar hace cuatro años. Varias sanciones por conducir bajo los efectos del alcohol.

Morales se desabrochó el cinturón.

—Parece que uno pone las normas y el otro se las salta.

Clara cerró la carpeta.

—Eso es lo que dicen dos hojas de papel.

Abrió la puerta.

—Vamos a averiguar quiénes son de verdad.

Clara llamó dos veces al timbre de la vivienda de David.

Una mujer de alrededor de cincuenta años abrió la puerta, todavía con un paño entre las manos. Tras identificarse, les indicó que su hijo y su primo Álvaro estaban desayunando, como cada mañana, en un bar cercano.

El bar estaba a pocos metros.

Nada más entrar en el establecimiento los recibió el olor a café recién hecho y pan tostado. Una cafetera resoplaba detrás de la barra mientras varias conversaciones se mezclaban con el sonido de cucharillas y platos.

Morales recorrió el local con la mirada.

—Allí.

En la mesa más alejada de la entrada, dos hombres terminaban de desayunar.

Ambos levantaron la vista al verlos acercarse.

Clara reconoció sus rostros antes de llegar hasta ellos. Los había visto en la fotografía.

David fue el primero en reaccionar.

Vestía una camisa azul claro remangada hasta los codos y unos vaqueros oscuros. Tenía el aspecto cuidado de alguien acostumbrado a tratar con gente y una expresión abierta que se tensó ligeramente cuando Clara mostró la identificación.

—Buenos días. Soy la teniente Clara Díaz. Él es el sargento Javier Morales.

David miró la placa.

—Claro.

Clara guardó la identificación.

—Estamos investigando la muerte de Roberto Sánchez. Nos gustaría hacerles unas preguntas.

Los dos primos intercambiaron una mirada.

David respondió.

—Por supuesto. Siéntense.

Álvaro permaneció apoyado contra el respaldo. Era más corpulento que su primo. Los antebrazos curtidos por el trabajo asomaban bajo las mangas de una camiseta oscura y llevaba una barba de varios días.

No parecía incómodo, pero tampoco especialmente contento de verlos.

Clara esperó a que Morales tomara asiento. Ella se quedó un momento de pie.

Sobre la mesa había dos cafés, dos medias tostadas prácticamente terminadas, un periódico deportivo doblado y las llaves de una furgoneta.

Nada, a primera vista, que mereciera más atención.

Se sentó.

—Imagino que saben por qué estamos aquí.

La cordialidad de David se desvaneció.

—Por Roberto.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaron con él?

Los primos volvieron a mirarse.

Esta vez Clara reparó en que fue David quien respondió.

—El lunes por la noche. Vimos el partido en el Manila.

—¿Hasta qué hora?

—Sobre la una menos cuarto —respondió David—. Nosotros nos fuimos antes de que cerrara.

Clara anotó la hora.

—¿Quién se quedó con Roberto?

—Sergio. Estaba terminando con él.

Álvaro asintió.

—Sí. Nosotros nos fuimos y ellos se quedaron recogiendo.

—¿Era habitual?

—Sí —dijo Álvaro—. Sergio ayudaba a cerrar y después Roberto terminaba algunas cosas por su cuenta.

Eso encajaba con la declaración que ya les había dado Sergio.

—¿Cómo era vuestra relación con Roberto?

David respondió primero.

—Éramos amigos desde pequeños.

Álvaro añadió:

—Como hermanos.

Clara dejó el bolígrafo sobre la libreta.

—¿Como hermanos?

Álvaro sostuvo su mirada.

—Sí.

—Iván nos ha dicho que con los años se habían distanciado.

David cogió la cucharilla y la hizo girar una vez entre los dedos.

—Bueno... sí. Cada uno hizo su vida.

—Entonces ya no eran tan cercanos.

—No como antes —admitió David—. Pero seguíamos siendo amigos.

Morales apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Tiene que ser duro perder así a alguien a quien conocen desde niños.

David dejó la cucharilla junto al plato.

—Todavía no nos lo creemos.

Álvaro bajó la mirada.

Clara continuó.

—¿Cuándo empezó a cambiar la relación?

David suspiró.

—Después de morir su madre. Aquello lo destrozó.

—¿En qué sentido?