El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El secreto

Apenas cuarenta minutos después, el vehículo oficial abandonaba Sevilla rumbo a El Cuervo.

La autovía fue quedando atrás y el paisaje se abrió en una sucesión de campos dorados salpicados de olivares. Había poco tráfico; el zumbido constante del motor ocupaba el espacio que ninguno de los dos parecía dispuesto a llenar.

Clara miraba por la ventanilla sin prestar verdadera atención al paisaje.

Seguía dándole vueltas a la fecha de creación del grupo, a los mensajes desaparecidos y, sobre todo, a aquella conversación de tres semanas atrás.

Han pasado muchos años.

Cosas de crío.

No puedo seguir mirando para otro lado.

Roberto había querido hablar.

Los demás habían intentado impedírselo.

Eso no convertía a ninguno de ellos en asesino.

Pero sí significaba que los cuatro podían saber algo que ellos desconocían.

El teléfono de Morales vibró sobre la consola central.

Miró la pantalla.

—Ortega.

Aceptó la llamada mediante el manos libres.

—Dígame.

La conversación fue breve.

Cuando terminó, Morales dejó el teléfono junto a la palanca de cambios.

—Ha cumplido su palabra.

Clara apartó la mirada de la ventanilla.

—¿Los cuatro?

—Nombre completo, domicilio, fotografía y la información que ha podido reunir de cada uno.

—¿Algo destacable?

—A primera vista, nada.

Morales le tendió el teléfono.

Clara repasó los cuatro rostros.

David Silva.

Álvaro Silva.

Iván Ganfornina.

Jaime Moreno.

Cuatro hombres con vidas aparentemente normales.

Cuatro hombres que habían entendido perfectamente de qué hablaba Roberto tres semanas antes de morir.

Clara devolvió el teléfono.

—Empecemos por el que viva más cerca del Manila.

Morales consultó la información.

—Iván Ganfornina.

Tomó la salida que conducía hacia El Cuervo.

El resto del trayecto transcurrió sin conversación.

❖ ❖ ❖

La vivienda de Iván se encontraba en una calle tranquila, a pocos minutos del centro.

Era una casa de dos plantas, de fachada clara y líneas sencillas. Las ventanas estaban protegidas por rejas negras y varias macetas perfectamente cuidadas flanqueaban la entrada.

Sobre la puerta principal colgaba una pequeña cerámica de Nuestra Señora de la Esperanza protegida por un discreto tejadillo de tejas árabes.

Morales apagó el motor.

Consultó una última vez la pantalla del teléfono.

—Iván Ganfornina. Veintisiete años. Graduado en Administración y Dirección de Empresas. Responsable de gestión en una empresa de distribución agrícola.

Clara observó la vivienda.

—¿Algo más?

Morales deslizó el dedo por la pantalla.

—Hermano mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza.

Levantó la vista hacia la pequeña cerámica situada sobre la puerta.

—Supongo que aquí todo el mundo lo conocerá.

Clara se desabrochó el cinturón.

—En un pueblo como este, probablemente.

Abrió la puerta.

—Vamos a escuchar qué tiene que decir.

El llamador apenas había dejado de resonar cuando alguien abrió.

La mujer que apareció tendría unos veintitantos años. Llevaba el cabello castaño recogido en una coleta sencilla, vaqueros claros y una camiseta blanca. En una mano sostenía un paño de cocina.

Al verlos, la expresión de la joven cambió.

Clara mostró la identificación.

—Buenos días. Guardia Civil. ¿Iván Ganfornina?

La joven asintió.

—Sí. Está en casa. Soy Diana, su prometida.

La preocupación le borró cualquier amago de cordialidad.

—¿Ha ocurrido algo?

—Necesitamos hacerle unas preguntas sobre Roberto Sánchez.

Fue mínimo.

Un instante.

Los dedos de Diana se tensaron alrededor del paño.

Después relajó la mano.

—Pasen.

Se apartó para dejarlos entrar.

Los condujo hasta un salón amplio y luminoso.

—Voy a avisarlo.

Diana desapareció por el pasillo.

Clara recorrió la estancia con la mirada.

Muebles modernos.

Libros alineados en una estantería.

Fotografías de viajes y reuniones familiares distribuidas sobre un aparador.

Una vivienda ordenada.

Cuidada.

Nada que, por sí mismo, mereciera atención.

Morales se acercó ligeramente a una de las fotografías.

Iván aparecía vestido con la túnica de la hermandad y sostenía una vara entre las manos.

Clara continuó recorriendo las imágenes.

Pareja.

Familia.

Amigos.

Entonces se detuvo.

Una fotografía distinta a las demás la hizo detenerse.

Era más antigua.

Cinco adolescentes miraban a la cámara.

Clara reconoció a Roberto.

También a Iván.

No necesitó comprobar los otros tres rostros para saber quiénes eran.

Los 5 Moskeperros.

Morales siguió la dirección de su mirada.

—Vaya.

Clara se acercó un poco más.

Debían de tener dieciséis o diecisiete años.

Sonreían.

Cinco amigos convencidos, como casi todos a esa edad, de que algunas cosas durarían para siempre.

Escucharon pasos en el pasillo.

Clara se apartó del aparador.

Iván entró en el salón mientras terminaba de abrocharse el último botón de una camisa azul claro.

Era un hombre de complexión atlética, bien afeitado y con el cabello oscuro cuidadosamente peinado.

Al descubrirlos, algo cruzó por su expresión y desapareció casi de inmediato.

Sorpresa, quizá inquietud.

Demasiado rápido para atribuirle un significado.

—Buenos días.

Su voz era firme.

—Soy Iván.

Clara se presentó y le estrechó la mano.

Le devolvió un apretón firme.

—Imagino que vienen por Roberto.

—Así es.

Iván miró hacia el pasillo.

—Diana, cariño, no hace falta que te quedes.

Ella apareció de nuevo.

—¿Seguro?

—Sí. No pasa nada.

Diana dudó antes de asentir.

—Estoy en la cocina.

Cuando desapareció, Iván señaló el sofá.

—Siéntense, por favor.

Clara y Morales tomaron asiento.

Iván ocupó un sillón frente a ellos.

—¿En qué puedo ayudarles?

Clara no abrió la libreta todavía.

—¿Cuánto tiempo hacía que conocía a Roberto?

Iván pareció sorprendido por la pregunta.

—Desde niño. Éramos amigos desde el colegio.

—¿Eran?

Iván advirtió la corrección.

Iván bajó ligeramente la mirada.

—Con los años cada uno hizo su vida.

—¿Se habían distanciado?

—Sí. Supongo que es normal.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con él?

Iván pensó.

—No sabría decirle. Hace unas semanas, quizá.

Clara sostuvo su mirada.

—Tres.

Iván se quedó quieto.

Solo un instante.

—Puede ser.

—En un grupo de WhatsApp.

El silencio que siguió fue distinto.

No duró mucho.

Iván miró primero a Clara y después a Morales.

—Han revisado su teléfono.

No lo formuló como una pregunta.

—Sí —respondió Clara.

Iván apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Entonces ya saben lo que hablamos.

—Sabemos lo que escribieron.

Clara hizo una pausa.

—Lo que no sabemos es de qué hablaban.

Iván no respondió.

Clara continuó:

—Roberto dijo que no podía seguir con aquello. Usted respondió que habían pasado muchos años.

Iván bajó la mirada.

—Sí.

—David dijo que eran cosas de críos.

—Y Roberto terminó diciendo que no podía seguir mirando para otro lado.

Clara se inclinó apenas hacia delante.

—¿A qué se refería?

Iván permaneció inmóvil, como si estuviera calculando cuánto quería contarles.

Al final soltó el aire.

—A una estupidez.

Morales habló por primera vez.

—¿Qué clase de estupidez?

Iván levantó la mirada.

—Una que hicimos cuando éramos chavales.

Clara no lo apremió.

Dejó que el silencio hiciera su trabajo.

Iván terminó respirando hondo.

—Fue durante las fiestas del pueblo. Tendríamos dieciséis años. Habíamos bebido y... cogimos el coche del padre de uno de nosotros sin permiso.

Morales permaneció inmóvil.

—¿Los cinco?

—Sí.

—¿Quién conducía? —preguntó Clara.

—Roberto.

Clara observó su rostro.

—Continúe.

—Íbamos dando una vuelta. Haciendo el idiota, básicamente. Al salir de una calle, Roberto calculó mal y golpeamos un coche que estaba aparcado.

Desde el pasillo llegó un ruido.

Diana apareció en la entrada del salón.

—¿Qué coche?

Iván giró la cabeza.

La sorpresa de ella parecía auténtica.

—Diana...

—Nunca me has contado eso.

Él bajó la mirada.

—Porque no es precisamente algo de lo que esté orgulloso.

Diana permaneció junto a la puerta.

Esta vez Iván no le pidió que se marchara.

—¿Hubo heridos? —preguntó Morales.

—No. El coche estaba vacío.

—¿Qué hicieron después?

Iván se pasó una mano por la mandíbula.

—Lo que harían cinco críos asustados. Salimos de allí.

—¿Sin dejar una nota? —preguntó Clara.

—Sin dejar nada.

—¿Y el coche que llevaban?

—Tenía un golpe, pero conseguimos que pareciera otra cosa. El padre de mi amigo creyó que se lo habían dado estando aparcado.

Clara mantuvo la expresión.

—¿Y nunca dijeron la verdad?

—No.

Esta vez la respuesta llegó inmediatamente.

—Teníamos dieciséis años. Estábamos muertos de miedo. Nos prometimos no volver a hablar de aquello.

Clara permaneció en silencio.

La historia era posible.

Cinco adolescentes.

Alcohol.

Un coche cogido sin permiso.

Un accidente.

Una mentira mantenida durante años.

Suficiente para avergonzarse.

Suficiente, quizá, para explicar un «eran cosas de crío».

Pero había una frase que seguía sin encajarle.

—¿Por qué Roberto quería confesarlo ahora?

Iván apoyó la espalda en el sillón.

—Porque llevaba meses muy cambiado.

—¿Desde cuándo?

—Desde que murió su madre. Aquello le afectó muchísimo.

Clara ya lo sabía y no lo interrumpió.

—Empezó a darle vueltas a todo —continuó Iván—. A la enfermedad de ella, al bar, a su vida... A cosas que había hecho mal. Decía que necesitaba poner algunas cosas en orden.

—¿Y una de ellas era localizar al propietario de un coche al que golpearon hace más de diez años?

Iván percibió el escepticismo.

—Ya sé cómo suena.

—¿Cómo suena?

—Exagerado.

Clara no respondió.

Iván continuó:

—Para nosotros aquello quedó atrás. Éramos unos críos y no le hicimos daño a nadie. Pero Roberto empezó a decir que no importaba cuánto tiempo hubiera pasado. Que lo que estaba mal seguía estando mal.

Morales intervino.

—En el grupo usted le preguntó si había bebido.

—Porque Roberto bebía.

—¿Y pensó que estaba borracho?

—Pensé que estaba volviendo a obsesionarse con el tema.

Clara cruzó una pierna sobre la otra.

—Cuando escribió «han pasado muchos años», ¿hablaba del coche?

—Sí.

La respuesta llegó sin vacilación.

—¿Y cuando David escribió «eran cosas de crío»?

—También.

De nuevo respondió sin pensarlo.

Clara lo observó.

Iván no parecía buscar las palabras: las tenía preparadas.