CAPÍTULO 10
La mañana apenas había comenzado cuando Clara cruzó las puertas de la Comandancia.
Había dormido poco, apenas lo suficiente para que el cuerpo descansara sin que la cabeza llegase a hacerlo.
El sueño con su padre seguía prendido en algún rincón de su cabeza, pero Clara había decidido dejarlo donde correspondía: en el territorio confuso de los sueños.
Avanzaba por el pasillo cuando escuchó una voz a su espalda.
—Mi teniente.
Se volvió.
Morales se acercaba con dos vasos de café.
Le tendió uno.
—Tiene peor cara que yo.
Clara aceptó el vaso.
—Buenos días a usted también.
—Lo digo desde el respeto.
—Claro.
Morales bebió un sorbo.
—¿Al final le dio una oportunidad a las series?
Clara lo miró por encima del vaso.
—No.
—Una pena. Igual habría dormido mejor.
—Morales.
—Ya me callo.
Continuaron caminando.
—¿Tenemos algo nuevo? —preguntó Clara.
La expresión de Morales perdió el tono de broma.
—Del teléfono de Roberto.
Clara dejó de beber.
—¿Qué?
—Álex Roldán ha conseguido acceder al contenido. Estaba terminando de revisarlo cuando he llegado.
—Vamos.
Morales la siguió.
—Sabía que el café iba a durar poco.
❖ ❖ ❖
El especialista en informática forense los esperaba frente a dos monitores encendidos.
Rondaba los cuarenta y la taza vacía junto al teclado delataba que llevaba allí varias horas.
Al verlos entrar, se puso en pie.
—Buenos días, mi teniente. Sargento.
Clara dejó el café sobre una mesa auxiliar.
—Morales me ha dicho que ha conseguido acceder al teléfono.
—Sí.
Roldán volvió a sentarse.
—Ya he hecho una primera revisión.
Clara se colocó junto a él.
—¿Algo relevante?
—La mayor parte es exactamente lo que cabría esperar del teléfono de alguien que regentaba un bar. Conversaciones con proveedores, reservas, clientes, pedidos... Bastante actividad relacionada con el negocio.
Movió el ratón.
—También fotografías, redes sociales y conversaciones personales. De momento no he encontrado amenazas directas ni nada que indique que Roberto estuviera esperando que alguien quisiera hacerle daño.
—¿Llamadas de la noche del asesinato? —preguntó Morales.
—Las estamos cruzando con los registros. No hay ninguna que destaque a simple vista, pero todavía no daría esa parte por cerrada.
—¿Y los mensajes?
Roldán abrió una ventana.
—Ahí hay algo que quiero que vean.
Clara y Morales se acercaron a la pantalla.
El técnico abrió WhatsApp.
Decenas de conversaciones llenaron la pantalla.
Roldán desplazó el cursor hasta detenerlo sobre un grupo.
Clara leyó el nombre.
—«Los 5 Moskeperros».
A Clara se le escapó una sonrisa.
Morales se inclinó hacia la pantalla.
—Con k.
—Eso parece.
—La adolescencia fue una época difícil para todos.
Clara lo miró de reojo.
—¿Usted tenía algo peor?
—Esa información está clasificada.
Roldán reprimió una sonrisa.
—En este caso el nombre tiene unos cuantos años.
Abrió la información del grupo.
Cinco participantes.
Roberto y otros cuatro hombres.
Clara reconoció inmediatamente la composición.
—Son los de la fotografía.
Morales observó los nombres.
—Los cuatro amigos.
—Sí —respondió Roldán—. El grupo se creó cuando eran adolescentes.
Clara se acercó un poco más.
—¿Fecha?
Roldán señaló la pantalla.
7 de octubre de 2015.
Morales hizo un cálculo.
—Tenían unos dieciséis años.
—Aproximadamente —respondió Roldán.
Clara permaneció mirando la fecha.
Un grupo de amigos creado más de una década atrás no tenía nada de extraordinario.
—¿Qué le ha llamado la atención?
Roldán regresó a la conversación.
—La actividad.
Comenzó a desplazarse.
Cumpleaños.
Bromas.
Fotografías antiguas.
Alguna felicitación navideña.
Intentos de organizar comidas que unas veces prosperaban y otras quedaban enterrados bajo una sucesión de excusas.
Era una de esas conversaciones que sobreviven durante años incluso cuando quienes las iniciaron ya apenas forman parte de la vida cotidiana de los demás.
—No parece que fueran precisamente inseparables últimamente —dijo Morales.
—No —respondió Roldán—. El grupo llevaba bastante tiempo prácticamente muerto.
Clara observó la pantalla.
Encajaba con lo que Sergio, el empleado del Manila, les había contado: Roberto se había ido alejando de sus antiguos amigos.
El técnico detuvo el desplazamiento.
—Pero hay otra cosa.
—¿Cuál? —preguntó Clara.
Roldán señaló la barra lateral.
—Falta el principio.
—¿Cómo que falta?
—Los primeros mensajes del grupo no están en el terminal. La conversación conservada empieza después de la fecha de creación.
Clara volvió a mirar:
7 de octubre de 2015.
—¿Cuánto después?
—Lo suficiente para saber que se eliminó una parte del historial.
—¿Quién la eliminó?
Roldán negó con la cabeza.
—Desde este terminal no puedo determinarlo. Solo puedo decirles que esos mensajes ya no están aquí.
—¿Se pueden recuperar?
—Si se borraron hace tantos años y no disponemos de una copia de seguridad de aquella época, es muy improbable.
Clara mantuvo la vista en la fecha.
—Pero no sabemos cuándo se borraron.
—Exactamente.
Morales cruzó los brazos.
—Pudo hacerlo Roberto hace diez años.
—O hace cinco —dijo Clara.
—O por cualquier motivo que no tenga nada que ver con su muerte —añadió Roldán.
Clara asintió.
Eso era importante.
Una ausencia podía despertar preguntas, pero no convertirse por sí sola en una prueba.
—Sigamos.
Roldán continuó desplazándose.
Roldán avanzó por meses y después por años.
Felicitaciones.
Memes.
Fotografías.
Alguna conversación sobre fútbol.
Nada que justificara detenerse.
Hasta que Roldán dejó de mover el ratón.
—Aquí.
Clara miró la fecha.
Tres semanas antes de la muerte de Roberto.
—¿Qué ocurre?
—Después de meses sin una conversación real, Roberto escribió esto.
En la pantalla apareció el mensaje.
Robe:
Tenemos que hablar.
Un minuto después:
David:
Otra vez 😒
Robe:
Va en serio.
Alvi:
¿Ahora qué pasa?
Robe:
No puedo seguir con esto.
Clara dejó el vaso de café sobre la mesa.
Nadie habló.
Roldán continuó.
Pasaron varios minutos antes de que apareciera una respuesta.
Iván:
Han pasado muchos años.
Clara entrecerró ligeramente los ojos.
Después:
Robe:
Por eso.
Silencio.
Tres minutos.
Cuatro.
Cinco.
Finalmente:
David:
Déjalo estar tío eran cosas de crío.
Morales se inclinó un poco más hacia la pantalla.
Robe:
No.
Otra pausa.
Iván:
¿Has bebido?
Robe:
No.
Iván:
Pues deja de darle vueltas.
La última respuesta de Roberto apareció unos segundos después.
Robe:
No puedo.
Y, finalmente:
Robe:
No puedo seguir mirando para otro lado.
Roldán dejó de desplazarse.
La conversación terminaba ahí.
Durante unos instantes, los tres se limitaron a mirar la pantalla.
Clara leyó de nuevo los mensajes desde el principio.
—¿No volvieron a hablar de esto? —preguntó.
—No en el grupo —respondió Roldán.
—¿Conversaciones individuales?
—Estoy revisándolas.
—Quiero saber si Roberto contactó con alguno de ellos después de estos mensajes. Llamadas, WhatsApp, SMS, cualquier aplicación de mensajería.
—Lo comprobaré.
Morales señaló la pantalla.
—Sea lo que sea, los cinco saben de qué están hablando.
En eso no había margen para la duda.
Roberto no había necesitado explicar a qué se refería.
Ninguno había preguntado a qué se refería.
Los demás lo habían entendido de inmediato.
—Y ocurrió hace años —añadió.
Morales miró la fecha de creación del grupo.
—Cuando eran adolescentes.
Clara negó lentamente.
—No necesariamente. Sabemos que ellos hablan de algo antiguo. No sabemos cuándo ocurrió exactamente.
Morales aceptó la corrección.
—Cierto.
Clara volvió a leer el último mensaje.
No puedo seguir mirando para otro lado.
Hasta entonces, la muerte de Roberto solo les había dejado preguntas.
Ahora una empezaba a tomar una forma concreta.
¿Qué había hecho Roberto Sánchez tantos años atrás que, tres semanas antes de morir, había decidido que ya no podía seguir callando?
Clara se volvió hacia Morales.
—Quiero hablar con los cuatro.
—Ortega debería tener ya la información que le pedimos.
—Llámelo.
Morales sacó el teléfono.
Clara permaneció frente a la pantalla.
Cinco nombres componían aquel grupo.
Uno de ellos estaba muerto; los otros cuatro compartían algo que Roberto había decidido sacar a la luz.
E Iván acababa de convertirse en el primero con quien Clara quería hablar.