CAPÍTULO 9
Los sueños también hablan
La noche había caído sobre Sevilla cuando el vehículo oficial cruzó el portón de la Comandancia.
El aparcamiento estaba casi vacío.
Clara apagó el motor. Ninguno de los dos hizo ademán de bajar.
Morales dejó caer la cabeza contra el reposacabezas.
—Ha sido un día largo.
Clara soltó el cinturón.
—Y todavía no tenemos una causa definitiva de la muerte.
—Gracias. Justo lo que necesitaba para animarme.
La teniente abrió la puerta.
—Mañana tendrá otra oportunidad.
Morales salió detrás de ella.
El aire nocturno, más fresco que en El Cuervo, alivió por fin el calor acumulado durante el día.
Caminaron juntos hacia el edificio.
—Tengo que terminar unas notas y dejar cerrado el registro de lo de hoy —dijo Morales.
Clara miró la hora.
—Lo hacemos y nos vamos.
—Puedo encargarme yo.
Ella se volvió.
—Morales.
—No es heroísmo, mi teniente. Son cuatro anotaciones y un par de comprobaciones. Usted lleva conduciendo desde Sevilla esta mañana.
—Y usted lleva trabajando el mismo tiempo.
—Sí, pero yo he comido un serranito de El Cuervo.
Clara lo miró.
Morales compuso la expresión más seria de la que era capaz.
—Es una ventaja táctica considerable.
A Clara se le escapó una sonrisa.
—Quince minutos.
—¿Perdón?
—Tiene quince minutos. Después nos vamos.
Morales arqueó una ceja.
—¿Eso ha sido una orden?
—Sí.
—Perfecto. Así no tengo que sentirme culpable.
Entraron en el edificio.
El silencio de los pasillos contrastaba con el movimiento de aquella mañana.
Quince minutos después volvieron a salir.
La temperatura apenas había descendido unos grados, suficientes para que el aire de la noche resultara agradable.
Caminaron juntos hasta el aparcamiento.
Al llegar a los coches, Clara buscó las llaves.
—Bien. Mañana a primera hora.
—Allí estaré.
Clara estaba a punto de despedirse cuando Morales habló de nuevo.
—Mi teniente.
Ella levantó la mirada.
—Dígame.
—¿Qué hace cuando no está trabajando?
Clara tardó un instante en responder, sorprendida por la pregunta.
—¿Cómo?
—Cuando consigue salir de aquí y no hay ningún cadáver esperándola. ¿Qué hace?
Clara lo pensó unos segundos.
—Leer. Salir a correr de vez en cuando... y poco más.
—¿Nada de series?
Clara sonrió apenas.
—Solo cuando consigo terminar un capítulo sin quedarme dormida.
Morales asintió.
—Yo juego al fútbol con mis sobrinos casi todos los fines de semana.
Clara levantó una ceja.
—¿Con todos?
—Cuando se juntan parece un partido de Copa del Rey. Son doce.
Clara soltó una risa.
—Ahora entiendo de dónde saca la energía.
—No. Ellos me la quitan. Yo llego el lunes a trabajar para descansar.
Clara negó con la cabeza, aún divertida.
—Si algún día le apetece cambiar una escena del crimen por un partido de fútbol, está invitada.
Clara no respondió de inmediato.
—¿Con doce niños?
—No se confíe. Cuando hay un balón de por medio son bastante peligrosos.
Ella negó con una sonrisa.
—Me parece que no.
—Piénseselo.
—Ya lo he pensado, Morales.
—De acuerdo. Pero la invitación queda hecha.
Ninguno dijo nada.
Habían pasado el día entero entre un cadáver, horarios, interrogatorios y pequeñas evidencias cuyo valor todavía desconocían.
Era la primera conversación entre ambos que no giraba alrededor de Roberto Sánchez.
Morales metió las manos en los bolsillos.
—Bueno, para ser nuestro primer día, podría haber sido peor.
Clara lo miró.
—Hemos encontrado un cadáver con dos punciones en el cuello, probablemente lo han envenenado y alguien ha colocado el cuerpo junto a una fuente.
Morales reflexionó unos segundos.
—Retiro lo dicho.
Clara abrió la puerta del coche.
—Descanse, sargento.
—Usted también, mi teniente.
Morales levantó una mano a modo de despedida.
Clara entró en el vehículo.
—Y dele una oportunidad a las series —añadió él.
Ella cerró la puerta sin responder.
Pero arrancó el motor con la sonrisa todavía en los labios.
Clara llegó a su apartamento poco después.
El edificio permanecía en silencio. Apenas se escuchaban el zumbido lejano del ascensor y el rumor amortiguado del tráfico que ascendía desde la avenida.
Dejó las llaves en el recibidor y permaneció quieta, esperando que su cabeza aceptara que la jornada había terminado.
Se quitó los zapatos y caminó hacia la cocina.
Abrió el frigorífico, recorrió su interior con la mirada y volvió a cerrarlo.
No tenía demasiada hambre. Terminó preparándose algo rápido y llenó un vaso de agua.
Mientras bebía, su mirada se desvió hacia la televisión del salón.
La observó un momento.
Morales tenía razón.
Hacía demasiado tiempo que no conseguía terminar un capítulo sin quedarse dormida.
Por un momento estuvo tentada de encenderla.
No lo hizo.
Apagó la luz de la cocina y se dirigió al dormitorio.
La luz cálida de la mesilla iluminó la habitación. El dormitorio era sencillo, ordenado casi por necesidad. Dejó el teléfono junto a la cama y se soltó el cabello. Después de tantas horas recogido, agradeció sentirlo caer sobre los hombros.
Se sentó en el borde del colchón.
Solo entonces sintió de verdad el cansancio. No era sueño, sino algo más pesado.
El cuerpo había terminado la jornada; la cabeza, en cambio, seguía trabajando.
Sobre la mesilla descansaba una fotografía enmarcada.
Clara la tomó.
Mateo Díaz aparecía vestido con el uniforme de la Guardia Civil, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la cámara. Sonreía.
Clara conocía de memoria cada detalle de aquella fotografía.
Las arrugas junto a los ojos.
La forma de inclinar la cabeza.
La pequeña cicatriz junto a la ceja.
Incluso recordaba el marco anterior, uno de madera oscura que se había roto durante una mudanza.
Habían pasado demasiados años.
Aun así, algunas noches recordaba la voz de su padre con una claridad absoluta.
En otras, temía que ciertos recuerdos hubieran dejado de serlo.
Los había repetido tantas veces que ya no sabía si, sin darse cuenta, había terminado por rellenar los huecos.
Acarició el borde del marco con el pulgar.
—Buenas noches, papá.
Devolvió la fotografía a su sitio.
Se tumbó y apagó la lámpara.
La oscuridad ocupó la habitación.
Clara cerró los ojos.
Las imágenes del día regresaron en cuanto cerró los ojos.
Roberto junto a la fuente, las dos perforaciones, los restos bajo la uña, la casa.
Intentó alejarlas.
Buscó cualquier otra cosa a la que aferrarse.
En el libro que llevaba días sin abrir, en la televisión apagada.
En Morales.
Una sonrisa apenas perceptible le rozó los labios.
Duró poco.
El cansancio terminó imponiéndose.
Cuando por fin se quedó dormida, soñó con un solo hombre.
Soñó con su padre.
❖ ❖ ❖
Tenía seis años.
Corría por el Parque de María Luisa persiguiendo una paloma que se empeñaba en mantener siempre la misma distancia.
—¡Clara!
La niña se volvió.
Su padre caminaba unos metros detrás de ella.
Parecía más joven de lo que Clara lograba recordarlo despierta.
Llevaba el uniforme de la Guardia Civil y sostenía la gorra en una mano.
—Te vas a caer.
—¡No!
Tropezó inmediatamente con el borde de una losa.
Mateo consiguió sujetarla antes de que tocara el suelo.
—¿Ves?
Clara lo miró muy seria.
—No me he caído.
—Porque te he cogido.
—Entonces tenía razón.
Mateo soltó una carcajada.
La niña sonrió, satisfecha con su victoria.
Continuaron caminando.
La Plaza de España asomaba entre los árboles. La luz de la tarde se filtraba entre las ramas y moteaba el camino.
Mateo se detuvo de pronto.
—Clara.
—¿Qué?
—Cierra los ojos.
Ella lo miró desconfiada.
—¿Para qué?
—Hazme caso.
Clara cerró los ojos.
—¿Qué ves?
—Nada.
—Muy bien. Ahora escucha.
La niña obedeció y se quedó quieta.
Al principio todo fue ruido.
Poco a poco empezó a separar unos sonidos de otros.
Pájaros.
El agua de una fuente.
Las ruedas de una bicicleta.
Un perro ladrando a lo lejos.
Voces.
—Hay una bici.
—Sí.
—Y un perro.
—También.
—Y agua.
—Abre los ojos.
Clara obedeció.
Su padre se agachó hasta quedar a su altura.
—Ahora dime qué ves.
Clara buscó a su alrededor.
—Árboles.
—Eso lo ve todo el mundo.
Ella frunció el ceño.
Volvió a mirar.
Esta vez más despacio.
Un hombre leía un periódico en un banco.
Una mujer empujaba un carrito.
Dos niños daban de comer a las palomas.
Un jardinero recogía hojas junto a un seto.
—Hay un señor leyendo.
—Bien.
—Y una señora con un bebé.
—Sigue.
Clara observó al hombre del periódico.
—No está leyendo.
Mateo levantó ligeramente las cejas.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Por qué?
—Porque lleva mucho rato en la misma página.
Su padre miró hacia el banco.
Después volvió a mirarla.
—Puede estar leyendo despacio.
Clara negó con la cabeza.
—Está mirando a la señora del carrito.
Mateo sonrió.
—Eso está mejor.
La niña lo miró, orgullosa.
Su padre señaló suavemente sus ojos con dos dedos.
—Acuérdate de una cosa, Clara.
Ella esperó.
—Mirar es fácil.
Mateo tocó con un dedo su propia sien.
—Lo difícil es ver.
Clara se quedó mirándolo.
La frase quedó entre los dos, sencilla y definitiva.
Entonces algo cambió en el parque.
La luz se apagó.
Las voces desaparecieron.
—¿Papá?
Mateo ya no estaba a su lado.
Clara buscó a su alrededor.
—¿Papá?
Los árboles seguían allí.
El banco.
La fuente.
El sendero.
Pero estaba sola.
—¡Papá!
Echó a correr.
De pronto ya no tenía seis años.
O quizá sí.
En los sueños aquello no importaba.
—¡Papá!
Lo vio a lo lejos.
De espaldas.
Caminando entre los árboles.
—¡Espera!
Corrió más rápido.
Corrió más, pero la distancia entre ambos siguió creciendo.
—¡Papá!
Mateo se detuvo.
Clara se detuvo con él.
Creyó que iba a volverse.
No lo hizo.
—No te vayas.
Su voz ya no era la de una niña.
Mateo inclinó ligeramente la cabeza.
Y entonces Clara escuchó su voz, aunque él seguía de espaldas.
—Mira bien.
El parque desapareció.
Clara abrió los ojos.
Oscuridad.
Respiraba deprisa.
Durante un instante no supo dónde estaba.
Después reconoció el dormitorio.
La ventana.
La silueta del armario.
La fotografía sobre la mesilla.
Alargó una mano hacia el teléfono.
Las 4:17.
Clara dejó caer la cabeza sobre la almohada.
Había soñado con su padre muchas veces.
Con momentos reales.
Con momentos que probablemente nunca habían sucedido.
No significaba nada.
Solo era su cabeza revolviendo recuerdos después de un día demasiado largo.
Cerró los ojos.
Esta vez tardó bastante más en volver a dormirse.