El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 8
26%

CAPÍTULO 8

Certezas

El olor a desinfectante los recibió nada más cruzar las puertas del Instituto de Medicina Legal.

A aquella hora de la tarde, el edificio había perdido buena parte del movimiento habitual; los pasillos permanecían casi vacíos y el eco de sus pasos se mezclaba con el zumbido constante de los fluorescentes.

Morales caminaba junto a Clara. Ninguno de los dos hablaba. La llamada de Salas había bastado para dejar atrás cualquier conversación.

Cuando entraron en la sala, el forense revisaba varias fotografías sobre una mesa auxiliar. Levantó la vista.

—Teniente. Sargento.

—Doctor —respondió Clara.

Salas se quitó las gafas de lectura.

—Han venido rápido.

—Dijo que había encontrado algo.

—Varias cosas.

Morales miró hacia la mesa.

—Eso no ha sonado especialmente bien.

Salas negó despacio.

—No lo es.

Clara se acercó. Sobre la mesa descansaban varias fotografías tomadas durante la autopsia: primeros planos del cuello, las manos y detalles de las lesiones. Imágenes que prefirió observar como lo que eran: información.

Salas abrió una carpeta.

—Esta mañana les dije que solo podía ofrecerles indicios. Ahora tenemos algo más.

Extrajo varios documentos.

—Pero antes quiero dejar clara una cosa. Hay conclusiones que puedo sostener por los hallazgos de la autopsia y otras que dependerán de Toxicología. La identificación de cualquier sustancia tendrá que esperar al laboratorio.

—¿Cuánto? —preguntó Morales.

—Varios días, probablemente.

—Díganos lo que sabe.

Salas tomó una fotografía del cuello de Roberto. Las dos pequeñas perforaciones destacaban bajo la iluminación forense.

—Empecemos por lo más importante. No he encontrado una causa natural que justifique la muerte.

Clara apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa.

—¿La insuficiencia renal?

—No. Requería seguimiento, pero no estaba en una fase terminal ni explica un fallecimiento súbito como este.

Aquello coincidía con lo que Gonzalo les había dicho.

—Entonces, ¿qué lo mató? —preguntó Morales.

Salas volvió a mirar la fotografía.

—Todo apunta a una intoxicación aguda.

Clara frunció ligeramente el ceño.

—¿Puede afirmarlo?

—Puedo decirles que los hallazgos son compatibles con la administración de una sustancia de acción muy rápida y que no he encontrado otra causa suficiente para explicar el fallecimiento.

—Pero todavía no sabe qué sustancia.

—Exacto.

Morales señaló las perforaciones.

—¿Entró por ahí?

Salas cogió otra fotografía y la colocó junto a la primera.

—Eso sí puedo sostenerlo con bastante seguridad. Existe afectación de los tejidos subyacentes compatible con la penetración de dos elementos punzantes. La trayectoria coincide con las lesiones externas.

Clara acercó ligeramente la fotografía.

—¿Dos agujas?

—Es una posibilidad muy sólida.

Morales miró de nuevo las marcas.

—Entonces no eran mordeduras.

—No.

La respuesta de Salas fue inmediata.

—Mismo diámetro, profundidad muy similar y separación constante. Los bordes son demasiado regulares para corresponder a dientes.

Clara observó ambas marcas.

—¿Fueron hechas al mismo tiempo?

Salas levantó la vista.

—Sí.

—¿Cómo puede saberlo? —preguntó Morales.

—Por las características de los trayectos y la respuesta de los tejidos. Todo indica una penetración simultánea.

Clara permaneció inmóvil. Dos perforaciones, con la misma profundidad y separación, producidas al mismo tiempo.

—No utilizó dos veces una aguja.

Salas negó.

—No parece.

Morales miró a Clara.

—Utilizó un instrumento con dos puntas.

—Eso es lo más probable —respondió el forense.

Durante unos segundos solo se escuchó el sistema de ventilación.

Morales volvió a observar la fotografía.

—Alguien fabricó una mordedura.

Clara recordó lo que él le había contado durante el almuerzo. Una anciana del pueblo había relacionado aquellas heridas con una vieja leyenda: el Sediento. Hasta ese momento no había sido más que una superstición transmitida durante generaciones.

—No sabemos todavía qué pretendía imitar.

Morales la miró.

—Dos agujeros en el cuello.

—Sé lo que parece. Pero no confundamos lo que parece con lo que podemos demostrar.

Salas asintió ligeramente.

—Buena idea.

Morales dejó escapar el aire.

—Vale. Dos agujeros hechos a la vez con un instrumento de dos puntas. Sin vampiros.

—Vamos progresando —dijo Clara.

—No sabe cuánto me tranquiliza.

Salas apartó las fotografías del cuello.

—Hay más.

La expresión de Morales cambió.

—Claro que hay más.

El forense tomó otra imagen, esta vez una ampliación de la mano derecha de Roberto.

—Esto también les va a interesar.

Clara se inclinó sobre la fotografía. Bajo una de las uñas se distinguían varios puntos oscuros, casi imperceptibles.

Los reconoció.

—Los restos que vimos esta mañana.

—Probablemente.

Salas abrió una pequeña bolsa transparente y la sostuvo bajo la luz. En el interior apenas se distinguían unos fragmentos minúsculos adheridos al plástico.

—Los recuperamos durante el examen de las manos.

Morales se acercó.

—¿Qué son?

—Restos metálicos.

—¿De qué metal? —preguntó Clara.

—Todavía no lo sabemos. Se han remitido para análisis de composición.

—¿Podrían proceder de algo que llevara Roberto?

—Es lo primero que comprobamos.

Salas dejó la bolsa sobre la mesa.

—Reloj, monedas, llaves, cremalleras, elementos metálicos de la ropa... No hemos encontrado en sus pertenencias ninguna pérdida compatible con estos fragmentos.

Morales frunció el ceño.

—Entonces son de otra cosa.

—Eso parece.

Clara volvió a observar la fotografía.

—¿Solo estaban en la mano derecha?

—Sí.

—¿Bajo una uña concreta?

Salas señaló la imagen.

—Principalmente aquí.

Clara acercó un poco más la fotografía. Aquello cambiaba el valor del hallazgo. Una partícula sobre la ropa podía proceder prácticamente de cualquier lugar; bajo una uña era diferente.

—Pudo arañar algo —dijo Morales.

Clara levantó la vista.

—O a alguien.

—Es una posibilidad —dijo Salas—. Pero no puedo decirles cómo llegaron ahí.

—¿Hay lesiones defensivas?

—No las habituales.

—¿Nada en brazos o manos?

—Nada significativo. No presenta heridas que indiquen una lucha prolongada.

Morales miró las fotografías del cuello.

—Si lo atacaron por sorpresa, quizá solo tuvo tiempo de reaccionar una vez.

Era posible, pero seguía siendo una posibilidad.

—¿Han tomado muestras de las uñas de ambas manos?

—Todas. Material biológico, fibras y cualquier resto extraño. Si hay algo más, Criminalística lo encontrará.

Clara asintió.

—Quiero el resultado de composición en cuanto llegue.

—Lo tendrán.

Salas dejó la bolsa junto a las fotografías.

Morales volvió a fijarse en las diminutas partículas.

—No parece gran cosa.

Clara cerró parcialmente la carpeta.

—Depende de dónde hayan salido.

Salas recogió una de las imágenes del cuello.

—Y todavía queda otra cuestión.

Clara levantó la mirada.

—La rigidez.

—Exacto.

El forense colocó la fotografía sobre la mesa.

—Esta mañana ya les dije que era llamativa. Después de la autopsia sigo pensando lo mismo.

—¿Por qué? —preguntó Morales.

Salas escogió las palabras antes de responder.

—Porque su intensidad no encaja bien con el intervalo post mortem que manejamos. Pero quiero ser muy prudente con esto.

—¿Puede haberla provocado la sustancia?

—Puede estar relacionada. También existen otros factores capaces de modificar la aparición y evolución de la rigidez cadavérica.

—Entonces no podemos vincular ambas cosas todavía.

—No. Necesito Toxicología.

Morales suspiró.

—Otra vez Toxicología.

—Me temo que los cadáveres no suelen adaptarse a nuestros plazos.

Clara miró al forense.

—Pero sí podemos afirmar que la rigidez es anómala.

Salas meditó la respuesta.

—Podemos afirmar que resulta llamativa para el intervalo temporal estimado y que merece ser estudiada. Yo no iría más allá por ahora.

Clara anotó la formulación prácticamente palabra por palabra.

Morales la observó.

—Eso va a quedar precioso en el informe.

—Y será correcto.

—También.

Salas volvió a ordenar las fotografías.

Clara permaneció mirando las dos imágenes que todavía quedaban sobre la mesa: el cuello y la mano. Dos perforaciones producidas simultáneamente por un instrumento que aún no habían encontrado, una sustancia desconocida y restos metálicos bajo una uña.

Nada de aquello les decía todavía quién había matado a Roberto, pero empezaba a revelar cómo lo había hecho. Y, sobre todo, que no había improvisado.

Salas cerró la carpeta, pero Clara no se movió.

—Doctor.

El forense levantó la mirada.

—¿Sí?

—Hora de la muerte.

Salas apoyó de nuevo las manos sobre la mesa.

—Con los datos que tenemos, puedo mantener una estimación aproximada entre las dos y las cuatro de la madrugada. No sería responsable estrechar más el intervalo.

Morales sacó la libreta.

—Sergio dijo que Roberto cerró el Manila sobre las dos.

Clara hizo un cálculo rápido.

—Entonces murió poco después de cerrar.

—Es compatible con los hallazgos —dijo Salas—. Pero recuerden que hablamos de una estimación.

—¿Comió antes de morir?

El forense la miró con cierto interés.

—Sí. Hay contenido gástrico parcialmente digerido.

—¿Puede ayudarnos a precisar la hora?

—No tanto como les gustaría. El vaciamiento gástrico varía demasiado de una persona a otra como para utilizarlo como reloj.

Morales cerró la libreta.

—Otra alegría.

Salas ignoró el comentario.

—Entonces podemos descartar un accidente —dijo Morales.

El forense miró primero al sargento y después a Clara.

—Por los hallazgos que tenemos, la intervención de una tercera persona es la hipótesis médico-legal más consistente.

Morales levantó una ceja.

—Eso ha sido una manera muy larga de decir homicidio.

—Es una manera bastante más prudente.

Clara cerró la carpeta.

—Y por eso lo ha dicho así.

Salas le dedicó un leve asentimiento.

Morales guardó la libreta.

—Voy a tener que acostumbrarme a trabajar con gente que no quiere decir nada hasta estar completamente segura.

Clara lo miró.

—Le vendrá bien.

—Eso me preocupa.

Salas recogió las fotografías.

—Cuando tenga Toxicología, los llamaré.

—¿Y el análisis del metal?

—También.

Clara se puso en pie.

—En cuanto llegue cualquiera de los dos, doctor. Aunque sea de madrugada.

—Lo suponía.

Morales se levantó.

—Yo no.

Clara permaneció seria.

—Ahora ya lo sabe.

Salas dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.

—Bienvenido a Homicidios, sargento.

Morales señaló a Clara con un gesto de la cabeza.

—Empiezo a sospechar que el cadáver va a ser la parte menos peligrosa del trabajo.

—Fuera —dijo Clara.

—Ya me iba.

Clara lo siguió hasta el pasillo. Caminaron unos metros antes de que Morales hablara.

—Bueno.

—¿Bueno qué?

—Esta mañana teníamos un muerto con dos agujeros en el cuello.

—Y ahora tenemos un muerto con dos lesiones punzantes producidas simultáneamente, una posible intoxicación y restos metálicos de origen desconocido bajo una uña.

Morales la miró.

—Lo suyo suena bastante peor.

—Porque lo es.

Llegaron al ascensor. Morales pulsó el botón.

—Hay algo que no termino de entender.

—Solo una cosa. Estamos avanzando.

—Si quería animarme, casi lo consigue.

Las puertas se abrieron y entraron.

—Si quien lo mató quería simplemente acabar con él —continuó Morales—, ¿para qué mover el cadáver?

Las puertas se cerraron.

—Esa es la pregunta correcta.

Morales la observó.

—¿Tiene respuesta?

—Todavía no.

El ascensor comenzó a descender.

Clara pensó en la fuente, en la posición del cuerpo y en aquellas dos pequeñas marcas que habían bastado para que una historia antigua regresara a las conversaciones del pueblo.

El asesino podía haber dejado a Roberto donde cayó. No lo hizo. Había trasladado el cadáver unos metros y lo había sentado junto a la fuente, asumiendo tiempo, esfuerzo y riesgo.

—Pero hay algo que sí sabemos —dijo.

—¿Qué?

Clara levantó la mirada.

—Que la fuente importaba.

Las puertas del ascensor se abrieron. Morales tardó un segundo en seguirla.

—Entonces no solo tenemos que averiguar por qué mataron a Roberto.

Clara salió al pasillo.

—Tenemos que averiguar por qué querían que lo encontráramos así.