El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Roberto

La puerta de la consulta se cerró a sus espaldas. Clara y Morales caminaron unos metros antes de detenerse junto al coche.

—¿Qué le ha parecido? —preguntó Morales.

—Ha respondido a todo.

—A mí también me lo ha parecido.

Clara abrió la carpeta.

—Eso no significa que demos sus respuestas por comprobadas.

—Porque comprobamos todo.

—Veo que algo se le queda.

—No se emocione.

Clara cerró la carpeta.

—Confirmaremos el episodio del cólico renal. Fecha de ingreso, asistencia y alta.

—¿Porque sospecha de Romero?

—Porque forma parte de la cronología de Roberto.

Morales asintió. Por el momento, nada situaba al médico en una posición distinta a la de cualquier otra persona relacionada con la víctima.

Clara consultó la hora. Todavía quedaban varias horas de luz.

—Nos falta un sitio.

Morales la miró.

—La casa de Roberto.

No estaba lejos.

Ortega los esperaba unos minutos después al comienzo de un estrecho pasaje de casas bajas, fachadas blancas y ventanas protegidas por rejas oscuras.

—Es esa.

Señaló una vivienda situada casi al final.

Clara observó la fachada mientras se acercaban. Dos plantas, una pequeña cancela de hierro y varias macetas junto a la entrada. Nada que diferenciara aquella casa de las demás.

—¿Vivía solo?

—Desde que murió su madre, sí. La casa era de ella.

Clara miró hacia las ventanas cerradas.

Ortega abrió la cancela y después introdujo la llave en la cerradura. Antes de entrar, Clara y Morales se colocaron guantes de nitrilo.

—¿Criminalística ha pasado por aquí?

—Sí. La vivienda ya está documentada. No han encontrado señales de entrada forzada ni indicios evidentes de que alguien hubiera estado aquí anoche.

—Bien.

La puerta se abrió y un aire fresco escapó al exterior.

Clara entró primero. En el recibidor, lo primero que percibió fue el olor: café, detergente y algo cítrico, probablemente algún producto de limpieza. No había rastro de tabaco ni de alcohol.

Morales entró detrás de ella.

—Esperaba otra cosa.

Clara recorrió el recibidor con la mirada. Los zapatos descansaban alineados junto al mueble de la entrada. Sobre una pequeña consola había un cuenco con algunas llaves de repuesto y varios objetos cotidianos cuidadosamente colocados.

—Yo también.

Avanzaron hacia el salón. La estancia era sencilla, pero acogedora. Un sofá gris ocupaba el centro frente a un televisor. Una estantería cubría buena parte de una de las paredes: novelas, algunos discos antiguos, fotografías y pequeños recuerdos acumulados durante años.

En un rincón descansaba una guitarra sobre su soporte.

Morales se acercó.

—¿Tocaba?

Ortega se encogió de hombros.

—Cuando era más joven sí. Después no sé.

Morales se detuvo ante una de las fotografías de la estantería. Roberto aparecía abrazado a una mujer de cabello corto y sonrisa amplia. Ambos miraban a cámara con una familiaridad imposible de fingir.

—¿Quién es?

Clara se volvió y reconoció enseguida a la mujer.

—Su madre.

Ortega asintió.

—María José.

Morales observó el retrato.

—Se parecían.

—Mucho —respondió Ortega.

Desde donde estaba, Clara contempló la fotografía. Aquel Roberto tampoco se parecía demasiado al cadáver que habían encontrado esa mañana, y no porque fuera más joven. En la imagen parecía feliz.

Apartó la mirada.

—Vamos por partes. Morales, dormitorio y cualquier zona de trabajo. Ortega, cocina y lavadero.

—¿Y usted? —preguntó Morales.

—Empiezo por aquí.

Morales miró el sofá y después a Clara.

—Empiezo a sospechar que me ha tocado la peor parte.

—Llevamos trabajando juntos unas horas, Morales. Todavía está a tiempo de empeorarla.

Él sonrió.

—Mensaje recibido.

—Muévase.

—Ya voy.

Los dos hombres se alejaron y Clara quedó sola en el salón.

No buscaba un objeto concreto. Buscaba a Roberto.

Abrió el primer cajón de un pequeño aparador. Encontró facturas, recibos y correspondencia; nada fuera de lo habitual. En el segundo había varios archivadores. El primero contenía extractos bancarios, seguros y documentación del vehículo. En el siguiente encontró justificantes de transferencias.

Clara pasó varias hojas hasta que un mismo destinatario empezó a repetirse.

Asociación Española Contra el Cáncer.

Revisó las fechas. No se trataba de una aportación puntual: había transferencias de distintos años.

—Morales.

El sargento apareció desde el pasillo.

—¿Qué ha encontrado?

Clara le mostró los justificantes. Morales leyó el nombre y pasó varias hojas.

—Lleva haciéndolo años.

Ortega salió de la cocina al escucharles.

—Eso será por el festival.

Clara levantó la mirada.

—¿Qué festival?

—Roberto organizaba uno en el bulevar todos los veranos. Música, actuaciones, rifas... cosas del pueblo. Lo que se sacaba iba para la asociación.

Morales volvió a mirar los documentos.

—No parece encajar demasiado con algunas cosas que nos han contado de él.

Ortega guardó silencio antes de responder.

—Roberto tuvo una época mala cuando era más joven. Bebía, se metía en líos...

Miró hacia la fotografía del salón.

—Pero con su madre era otra persona. Murió hace unos meses. Cáncer. Estuvo bastante tiempo enferma.

—Gonzalo nos lo ha contado.

—Roberto no se separó de ella. La llevaba a Sevilla para los tratamientos y, cuando se quedaba ingresada, muchas noches dormía allí.

Morales dejó los justificantes sobre la mesa.

Clara volvió a fijarse en la fotografía. Un hombre podía haber sido muchas cosas a lo largo de su vida: buen hijo y mal amigo, generoso y egoísta, víctima y culpable. Una cosa no borraba necesariamente las demás.

—Sigamos.

Morales regresó al pasillo. Clara permaneció un momento frente al retrato antes de cerrar el archivador.

Todavía intentaban averiguar cómo había muerto Roberto Sánchez, pero aquella casa empezaba a plantear una pregunta diferente: quién había sido.

—Mi teniente.

La voz de Morales llegó desde el pasillo.

Clara fue hacia él. El sargento esperaba en la puerta del dormitorio.

—Creo que debería ver esto.

El dormitorio mantenía el mismo orden que el resto de la casa. La cama estaba hecha. Sobre una cómoda descansaban un frasco de colonia, un reloj y algunas monedas. Dos pares de zapatillas permanecían alineados junto al armario.

Nada parecía abandonado a medias. Era como si Roberto hubiera salido aquella noche convencido de que regresaría unas horas después.

Morales señaló la mesilla.

—Estaba en el cajón.

Sobre la superficie había un sobre amarillento.

Clara se acercó.

—¿Lo ha abierto?

—Sí. Está dirigido a Roberto.

Clara extrajo la hoja. No era reciente: el papel presentaba dos dobleces marcados y los bordes empezaban a acusar el paso del tiempo.

Leyó las primeras líneas y no necesitó llegar al final.

«No vuelvas a buscarme. Tengo otra familia y no pienso destruirla removiendo el pasado.»

Continuó un poco más.

«Para mí hace mucho tiempo que dejaste de ser mi hijo.»

Bajó la carta.

Morales permaneció callado.

—Su padre —dijo finalmente.

—Eso parece.

—¿Hay fecha?

—Hace seis años.

Clara volvió a leer el remitente.

—Entonces no tiene relación inmediata con lo ocurrido anoche.

—Probablemente no.

Morales señaló el sobre.

—Pero la guardó seis años.

Clara dobló la carta siguiendo exactamente los pliegues originales. Eso sí era un dato. No demostraba qué había sentido Roberto al leerla ni por qué había decidido conservarla, pero decía algo acerca de las cosas de las que no había conseguido desprenderse.

—Que la documenten antes de decidir si se incorpora como elemento de interés.

Clara abrió el armario. Camisas, pantalones, ropa deportiva. Todo colocado con un orden casi excesivo.

En uno de los estantes inferiores encontró una pequeña caja con medicamentos.

—Aquí está el tratamiento.

Morales se acercó. Clara comprobó los nombres con los informes que habían encontrado en el Manila.

—Coincide con la medicación prescrita.

—¿Se la estaba tomando?

—No podemos saberlo solo mirando las cajas.

Las dejó donde estaban.

—Pero no parece que ocultara la enfermedad en casa.

Morales abrió otro cajón.

—Viviendo solo tampoco tenía mucho sentido ocultársela a nadie.

Se dio cuenta de lo que acababa de decir.

—Sí. Ya sé.

—¿Qué sabe?

—Que estoy haciendo una suposición.

Clara continuó revisando el armario.

—Definitivamente está aprendiendo.

—A este paso voy a acabar preocupando a mi familia.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Clara.

Continuaron registrando la vivienda. No encontraron grandes cantidades de dinero, drogas, armas ni documentos escondidos.

Tampoco fotografías recientes de una pareja.

El teléfono de Roberto estaba ya en manos de los investigadores y sería el análisis de su actividad digital el que ayudara a completar aquella parte de su vida.

Clara apagó la luz del dormitorio y cerró la puerta. La vivienda quedó sumida de nuevo en el mismo silencio con el que los había recibido.

Morales aguardaba junto a la entrada.

—¿Lo tenemos todo?

Clara recorrió la estancia por última vez: el sofá perfectamente colocado, la guitarra en un rincón, las fotografías, los archivadores. Una casa preparada para recibir a alguien que ya no iba a volver.

—Sí.

Salieron.

Ortega cerró la puerta y comprobó la cerradura antes de atravesar la pequeña cancela. Caminaron unos metros sin hablar hasta que Morales rompió el silencio.

—No era como lo imaginaba.

—¿Cómo lo imaginaba?

—No sé. Después de lo que nos habían contado... Un tipo que bebía demasiado, que se había metido en problemas de joven, dueño de un bar...

—Ha llenado bastantes huecos usted solo.

Morales aceptó el reproche.

—Sí. Supongo que eso es precisamente lo que quiero decir. Entré ahí creyendo que sabía más o menos qué clase de persona iba a encontrarme.

Miró hacia la casa.

—Y no tenía ni idea.

—Nos pasa constantemente.

—¿A usted también?

—A todo el mundo.

Morales sonrió.

—Pensaba que usted era inmune.

—No soy inmune. Procuro darme cuenta antes de equivocarme demasiado.

Ortega, unos pasos por delante, se volvió hacia ellos.

—Roberto tuvo épocas.

Clara lo miró.

—¿A qué se refiere?

—Cuando era más joven era bastante más complicado. Bebía mucho, salía, se metía en alguna pelea... Lo típico que aquí termina sabiendo medio pueblo.

—¿Y después? —preguntó Morales.

—Fue cambiando.

Clara se detuvo.

—¿Ocurrió algo?

—Que yo sepa, no.

—¿Problemas con sus amigos?

—Con los años se fueron distanciando. Pero eso tampoco es raro. Cada uno hace su vida.

Clara recordó la fotografía del Manila: cinco adolescentes abrazados frente a una cámara.

—Los cuatro que aparecen con Roberto en aquella fotografía...

Ortega asintió.

—Sé quiénes son.

—Lo imaginaba. Necesito información sobre ellos.

—¿Qué quiere saber?

—Dónde viven actualmente, a qué se dedican, si alguno tiene antecedentes o intervenciones policiales, y todo lo que pueda decirme sobre la relación que mantenían con Roberto.

Ortega frunció ligeramente el ceño.

—¿Cree que alguno puede tener algo que ver?

—No. Creo que eran parte de su círculo más cercano y Sergio nos ha dicho que con los años se distanciaron. Quiero saber por qué.

—Veré qué puedo averiguar.

—Y necesito localizarlos.

—No debería ser difícil.

Clara reanudó la marcha.

—Cuando tenga la información, me llama.

—La tendrá.

Llegaron al coche. Clara apoyó una mano sobre la puerta y pensó en las distintas versiones de Roberto que habían ido apareciendo: el hombre que bebía demasiado, el hijo que había acompañado a su madre durante meses de tratamiento, el joven abandonado por su padre, el propietario de un bar que organizaba un festival benéfico cada verano y el amigo que, según Sergio, se había ido alejando de quienes antes lo rodeaban.

Todas podían pertenecer a la misma persona. Y seguramente faltaban muchas más.

Clara abrió la puerta.

—No busquemos decidir quién era Roberto.

Morales la miró desde el otro lado.

—¿Entonces?

—Averigüemos qué hizo.

Morales la observó un momento.

—Empiezo a entender por qué Gómez quería que trabajara con usted.

—No saque conclusiones tan rápido. Acabamos de conocernos.

—Lo sé. Por eso he dicho «empiezo».

Clara negó ligeramente con la cabeza.

—Suba, Morales.

—Sí, mi teniente.

El teléfono del sargento vibró antes de que pudiera abrir la puerta. Morales lo sacó del bolsillo y consultó la pantalla. Su expresión cambió.

—Es Salas.

Clara soltó la puerta.

—Conteste.

Morales aceptó la llamada.

—Sargento Morales.

Escuchó.

—Sí, seguimos en El Cuervo.

Otra pausa.

—Entendido.

Levantó la mirada hacia Clara.

—¿Está seguro?

Aquella pregunta bastó para que ella cerrara la puerta del coche sin entrar.

Morales continuó escuchando.

—Vamos para allá.

Colgó.

—¿Qué ocurre? —preguntó Clara.

—Salas ha terminado el examen preliminar.

—¿Causa de la muerte?

—Todavía no puede cerrarla.

—Entonces, ¿por qué quiere que vayamos?

Morales guardó el teléfono.

—Ha encontrado algo.

—¿Qué?

—Prefiere enseñárnoslo.

—¿Ha dicho algo más?

—Solo que las marcas del cuello no son lo que más le preocupa.

Clara rodeó el vehículo.

—Conduzco yo.

—No pensaba discutirlo.

Subieron. Clara arrancó y abandonó el estrecho pasaje. Las casas blancas fueron quedando atrás mientras tomaban la carretera de regreso a Sevilla.

Esta vez ninguno parecía tener nada que añadir.

Tenían una enfermedad renal que difícilmente explicaba una muerte repentina, dos pequeñas punciones en el cuello, una rigidez que ya había llamado la atención del forense y ahora algo que Salas no había querido explicar por teléfono.

Clara aumentó ligeramente la velocidad.

Fuera lo que fuese, los estaba esperando sobre una mesa del Instituto de Medicina Legal.