CAPÍTULO 6
El médico del pueblo
El café se terminó poco después. Morales dejó unas monedas junto a la cuenta mientras Clara recogía la carpeta y guardaba la libreta.
Al salir, el sol de la tarde caía con fuerza sobre las fachadas encaladas. El Cuervo parecía haber recuperado parte de su rutina, aunque la muerte de Roberto seguía presente en las conversaciones que se apagaban a su paso.
Caminaron los primeros metros sin hablar. Ya no era el mismo silencio de aquella mañana.
Morales consultó la hora.
—Las cuatro y media.
—Si Ortega tenía razón, el doctor Romero ya habrá empezado la consulta.
Abandonaron la plaza del Ayuntamiento y enfilaron una calle estrecha flanqueada por naranjos.
Algunos comercios levantaban de nuevo las persianas después del descanso del mediodía.
Una mujer sacudía un mantel desde un balcón y, unos metros más adelante, varios niños perseguían un balón por la acera.
El pueblo seguía adelante.
Al final de la calle encontraron un edificio blanco de dos plantas. Junto a la entrada, una discreta placa metálica anunciaba:
Dr. Gonzalo Romero
Medicina General
Clara comprobó el número.
—Es aquí.
Entraron.
La sala de espera era pequeña. Cuatro sillas ocupaban una de las paredes y sobre una mesa baja descansaban varias revistas. El olor tenue a desinfectante se mezclaba con el de un ambientador demasiado dulce.
No tuvieron que esperar mucho. La puerta de la consulta se abrió y apareció una mujer de edad avanzada apoyada en un bastón. A su lado caminaba un hombre que rondaba los sesenta años.
—Tómese la medicación después de comer, Carmen. Y si esa tos no mejora en dos días, me llama.
—Gracias, doctor. Que Dios se lo pague.
—Y beba agua. Que luego me dice que bebe mucho y no llega ni al litro.
La mujer hizo un gesto de resignación.
—Qué pesao eres, Gonzalo.
—Para eso me pagan.
Carmen sonrió.
El médico esperó hasta verla alcanzar la puerta antes de reparar en Clara y Morales.
Llevaba una bata blanca abierta sobre una camisa clara y un pantalón beige.
Bajo la bata asomaba un cinturón oscuro, cerrado por una hebilla de metal amarillento, sencilla y algo gastada.
El cabello oscuro, salpicado de canas en las sienes, enmarcaba un rostro sereno.
Las líneas alrededor de los ojos y la boca parecían más propias de alguien acostumbrado a escuchar que de alguien acostumbrado a hablar.
Gonzalo se acercó.
—Buenas tardes. Doctor Romero. ¿En qué puedo ayudarles?
Clara correspondió al saludo.
—Teniente Clara Díaz, Unidad Orgánica de Policía Judicial.
—Sargento Javier Morales.
—Encantado.
La mirada del médico pasó de uno a otro antes de detenerse en la carpeta que Clara llevaba bajo el brazo.
—Imagino que vienen por Roberto.
—Así es.
La sonrisa de Gonzalo desapareció.
—Una auténtica desgracia. Lo conocía prácticamente desde que nació.
Se hizo a un lado.
—Pasen, por favor. Estaremos más tranquilos dentro.
Clara entró primero. El despacho era sencillo y ordenado. Un escritorio separaba la zona de consulta de una camilla cubierta con papel desechable. En las paredes había varios títulos enmarcados y una estantería contenía manuales médicos, carpetas y algunos objetos personales.
Nada especialmente llamativo.
Gonzalo cerró la puerta y ocupó su lugar al otro lado del escritorio.
—Siéntense.
Clara y Morales tomaron asiento frente a él. El médico entrelazó las manos sobre la mesa.
—Díganme.
Clara abrió la libreta.
—Doctor Romero, sabemos que esta mañana fue usted quien acudió al aviso antes de la llegada del forense.
—Así es.
—Y también hemos encontrado documentación médica que indica que llevaba tiempo tratando a Roberto Sánchez.
—Era paciente mío desde hacía varios años.
Clara apoyó el bolígrafo sobre el papel.
—Háblenos de él.
Gonzalo tardó un poco en responder.
—¿Como paciente?
—Como persona.
El médico bajó la mirada hacia sus manos y volvió a levantarla.
—Eso llevará algo más de tiempo.
Se recostó en la silla.
—Roberto tenía sus defectos, como cualquiera. Cuando era más joven bebía bastante. Demasiado, en mi opinión.
—Trabajando en un bar no debía de ayudar —comentó Morales.
—Probablemente no. Pero había reducido mucho el consumo durante los últimos meses.
Clara levantó ligeramente el bolígrafo.
—¿Por voluntad propia?
—En parte.
—¿Y la otra parte?
—Por recomendación médica. Le diagnosticamos una insuficiencia renal crónica hace unos meses. La detectamos en una fase relativamente temprana y, con seguimiento, tratamiento y algunos cambios en sus hábitos, podía mantener una buena calidad de vida durante mucho tiempo.
—¿Era grave? —preguntó Morales.
—Era una enfermedad que había que tomarse en serio. Pero no estaba ante una situación terminal, si es eso lo que me pregunta.
Clara anotó la respuesta.
—¿Cómo recibió el diagnóstico?
—Mejor de lo que esperaba. Al principio hizo las bromas habituales. Después empezó a cuidarse.
Una sonrisa tenue apareció en su rostro.
—Decía que un barman con los riñones hechos polvo no era precisamente la mejor publicidad para un negocio de copas.
Morales esbozó una sonrisa.
—Sergio asegura que Roberto había cambiado durante los últimos meses —continuó Clara—. Más callado. Más distante.
Gonzalo asintió.
—Eso es cierto.
—¿Por la enfermedad?
—No creo.
La rapidez de la respuesta hizo que Clara levantara la mirada.
—¿Entonces?
—Su madre.
Clara dejó de escribir.
—Murió hace unos meses.
—Nueve, aproximadamente. Cáncer.
El médico bajó brevemente la vista.
—Roberto estuvo con ella hasta el final. Estaban muy unidos.
—¿Le habló de cómo le afectó?
—Alguna vez.
—¿Qué le dijo?
Gonzalo juntó las manos sobre el escritorio.
—Nada especialmente revelador, teniente. Que la echaba de menos. Que la casa se le hacía demasiado grande. Que algunas noches prefería quedarse en el bar porque no tenía ganas de volver y encontrársela vacía.
Aquello encajaba con lo que habían escuchado hasta entonces, aunque no demostraba que fuera la única razón de su cambio.
—¿Tenía más familia? —preguntó Morales.
—No que yo sepa. Su padre se marchó cuando Roberto era pequeño. No tenía hermanos.
Clara escribió una línea.
—Ha dicho que en los últimos meses hablaban más.
—Sí.
—¿Hasta qué punto?
Gonzalo meditó la respuesta.
—Seguía siendo mi paciente. No quiero darles una impresión equivocada. Pero en un pueblo como este las fronteras son distintas. Conoces a las familias, ves crecer a los hijos, te encuentras a tus pacientes comprando el pan...
Morales asintió.
—Es difícil ser solo el médico.
—Exactamente.
Clara pasó una página.
—¿Roberto le habló alguna vez de tener miedo?
Gonzalo frunció ligeramente el ceño.
—¿Miedo?
—De alguien. De que pudiera ocurrirle algo.
—No.
—¿Alguna preocupación que no estuviera relacionada con su madre o con su enfermedad?
—Que yo recuerde, no.
Clara estudió su rostro. No buscaba nerviosismo ni esperaba descubrir una mentira por la dirección de una mirada o un gesto involuntario. Las personas no funcionaban así. Prefería escuchar las palabras, las pausas y las posibles contradicciones.
De momento, no había encontrado ninguna.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
—Unas tres semanas antes.
—¿Aquí?
—No. Me llamó de madrugada.
Morales dejó de escribir.
—¿A qué hora?
—No recuerdo la hora exacta. Bastante tarde. El bar ya estaba cerrado.
—¿Qué quería?
—Tenía un dolor muy intenso en el costado. Con sus antecedentes pensé que podía tratarse de un cólico renal y fui a verlo.
Clara apoyó el bolígrafo.
—¿Al Manila?
—Sí.
—¿Por qué no le indicó que llamara a Urgencias?
Gonzalo recibió la pregunta sin molestarse.
—Porque llevaba años siendo su médico, vivía a pocos minutos y me llamó directamente. En un pueblo se hacen cosas que probablemente no figuren en ningún manual de organización sanitaria.
Morales esbozó una sonrisa.
—Me estoy dando cuenta.
—Lo exploré allí mismo. El dolor era suficientemente intenso para que no quisiera correr riesgos, así que lo derivé a Urgencias.
—¿Lo acompañó?
—No. Se desplazó para que le hicieran las pruebas. Después supe que se confirmó un cálculo renal.
Clara consultó sus notas.
—¿Y volvió a verlo?
—Cuando le dieron el alta. Insistía en que podía regresar solo a casa, pero no me pareció buena idea. Lo acerqué yo.
—¿Hablaron durante el trayecto?
Gonzalo sonrió ligeramente.
—Roberto se había pasado unas horas con un cólico renal. No estaba especialmente conversador.
Morales hizo una mueca de comprensión.
Clara mantuvo la mirada sobre el médico.
—¿Y después de aquella noche?
—No volví a verlo.
—¿Ni en consulta?
—No.
Tres semanas.
Clara anotó el dato y dejó la libreta abierta.
—Ahora hábleme de esta mañana.
—Me llamaron poco después de las siete. La Policía Local necesitaba que acudiera a la plaza.
—¿Le dijeron quién era?
—No por teléfono. Solo que habían encontrado a un hombre inconsciente junto a la fuente.
—¿Y cuando llegó? ¿Qué hizo?
—Lo que habría hecho con cualquier otra persona. Comprobé si respondía y valoré signos vitales.
—¿Llegó a moverlo?
—Lo imprescindible para realizar la valoración. Nada más.
—¿Llevaba guantes?
—Sí. Los agentes ya habían aislado la zona y me facilitaron un par antes de acercarme.
Clara anotó la respuesta.
—¿Cuándo supo que estaba muerto?
—Prácticamente de inmediato. No presentaba signos vitales y el cuerpo mostraba cambios post mortem incompatibles con una muerte reciente. No había ninguna maniobra que realizar.
Morales intervino.
—¿Fue entonces cuando vio las marcas?
—Sí.
—¿Qué pensó?
Gonzalo se tomó un momento.
—Que eran extrañas.
—¿Nada más?
—Dos lesiones punzantes en el cuello de un hombre muerto llaman la atención, sargento.
—¿Pensó que podían haber causado la muerte?
—Lo pensé como posibilidad. Pero yo no podía determinarlo allí.
Clara levantó la vista.
—¿Por qué?
Gonzalo la miró con cierta extrañeza.
—Porque encontrar una lesión en un cadáver no significa automáticamente que esa lesión lo haya matado.
Morales apoyó el bolígrafo sobre la libreta.
—Entonces no sabe qué produjo esas marcas.
—No.
—¿Alguna hipótesis?
—Podría darle varias y probablemente no serviría ninguna.
Clara observó al médico.
—¿Una mordedura?
—¿Humana?
—De cualquier tipo.
Gonzalo negó despacio.
—No me atrevería a llamarla así. Vi dos punciones. Nada más.
—¿El forense ha encontrado algo en toxicología? —preguntó Gonzalo.
Clara levantó ligeramente la mirada.
—Todavía no.
El médico asintió.
—Entonces será mejor esperar.
—¿Observó algo más?
—Nada que pudiera valorar sin alterar la escena. En cuanto confirmé el fallecimiento me aparté y dejé trabajar a los agentes.
Morales pasó una página.
—Conocía a Roberto desde pequeño. Era paciente suyo. Y esta mañana lo encontró muerto.
Gonzalo bajó la mirada.
—Sí.
—¿Cómo se lleva eso?
El médico dejó escapar el aire lentamente.
—Mal. Uno se acostumbra a ver morir personas, sargento. Lo que no significa que aprenda a no sentirlo.
Morales no añadió nada.
Clara dejó que la respuesta se asentara antes de continuar.
—Doctor, necesitamos preguntarle algo más.
—Claro.
—La enfermedad renal de Roberto. ¿Podría haber causado una muerte repentina?
—En el estado en que se encontraba, sería muy improbable. Sus controles no indicaban una situación que hiciera esperar algo así.
—¿Y algún medicamento?
—No sin saber qué ha encontrado el forense.
—¿Existe alguna sustancia que pudiera provocar una muerte rápida y dejar un cadáver con una rigidez como la que presentaba Roberto?
Gonzalo guardó silencio unos segundos.
—Muchas sustancias pueden provocar alteraciones musculares, convulsiones o rigidez. Pero si me pregunta si puedo mirar un cadáver y decirles qué compuesto concreto lo ha matado, la respuesta es no.
Clara cerró la libreta. Las respuestas del médico no resolvían nada, pero tampoco contradecían lo que sabían hasta ese momento.
Se puso en pie y Morales la imitó.
—Una última pregunta, doctor.
—Dígame.
—¿Quién querría matar a Roberto Sánchez?
Gonzalo la observó antes de negar lentamente.
—Ojalá pudiera ayudarla con eso, teniente. Pero no tengo ni idea.