CAPÍTULO 5 #2
Él masticó deprisa.
—Cierto.
Dejó el bocadillo.
—Hay una más.
Algo en su tono hizo que Clara cerrara la carpeta.
—Le escucho.
Morales se inclinó ligeramente sobre la mesa.
—¿Ha oído hablar alguna vez del Sediento?
Clara dejó que la frase quedara entre ambos.
—No.
—Yo tampoco hasta hace veinte minutos.
—¿Quién es?
Morales apoyó la espalda en la silla.
—Según una mujer llamada Rosario, alguien que lleva muerto unos cuantos siglos y que esta mañana ha decidido volver a matar gente en El Cuervo.
Clara permaneció inexpresiva.
—Morales.
—Se lo estoy contando como me lo han contado.
—Cuéntemelo como ocurrió.
Él sonrió.
—Sabía que diría eso.
Entonces le habló de Rosario: de la historia que su abuelo le contaba cuando era niña; de aquel hombre que, según la leyenda, solo salía de noche; de su piel pálida, de los cadáveres rígidos y de las dos pequeñas marcas que dejaba en el cuello.
Cuando terminó, Clara no dijo nada.
Morales tomó otra aceituna.
—Ahora viene la parte en la que me dice que es una tontería.
—Es una leyenda.
—Eso he pensado yo.
—Las leyendas no matan a nadie.
—También he pensado eso.
Clara entrelazó las manos sobre la mesa.
—Pero las personas que las conocen sí pueden hacerlo.
Morales dejó la aceituna y la miró.
—Exactamente.
Ambos llegaron a la misma conclusión sin necesidad de discutirla.
Clara bajó la vista hacia sus notas. Dos punciones. Un cadáver colocado deliberadamente junto a una fuente. Una antigua historia conocida por los vecinos.
—¿Rosario vio las marcas?
—Desde detrás del cordón. Y las reconoció inmediatamente como parte de la leyenda.
—¿Dice que todo el pueblo la conoce?
—No exactamente. Pero varios vecinos reaccionaron en cuanto pronunció el nombre.
Clara miró hacia la ventana.
Al otro lado del cristal, El Cuervo continuaba con su vida.
—Entonces averigüemos cuánto hay de historia y cuánto de cuento.
Morales sonrió.
—¿Eso significa que vamos a investigar un vampiro?
Clara miró entonces hacia él.
—Significa que vamos a investigar a alguien que quizá quiera que pensemos en uno.
Morales tomó de nuevo el serranito.
—Mucho menos divertido.
—Procure superar la decepción.
Esta vez Clara no pudo evitar una pequeña sonrisa. Morales volvió a ocuparse del serranito y durante unos momentos ninguno dijo nada.
Clara repasó las anotaciones de la libreta: una última constatación con vida alrededor de la una; un posible desplazamiento del cadáver; una enfermedad renal; cuatro amigos de adolescencia; una leyenda local que hablaba de muertos rígidos y dos marcas en el cuello.
Demasiadas piezas y, todavía, ninguna imagen.
Cerró la libreta.
Morales la observó mientras terminaba de masticar.
—¿Siempre trabaja así?
Clara atendió a quien hablaba.
—¿Así cómo?
—Analizando todo.
—Es mi trabajo.
—No me refiero solo al caso.
Clara esperó.
Morales señaló vagamente hacia ella con el tenedor.
—A la gente. Los lugares. Lo que dicen, lo que no dicen... Incluso a mí.
Una leve sonrisa asomó en los labios de Clara.
—Es una costumbre difícil de apagar.
—Mi madre dice que yo hago justo lo contrario. Hablo antes de pensar.
—Eso ya lo había deducido.
Morales soltó una risa.
—¿Ve? A eso me refiero.
Clara tomó un sorbo de agua.
—Debe de ser agradable.
—¿El qué?
—No darle tantas vueltas a las cosas.
—Tiene sus ventajas.
—No lo dudo.
Morales dejó los cubiertos sobre el plato.
—¿Y fuera del trabajo?
—¿Qué pasa fuera del trabajo?
—¿También analiza a todo el mundo?
Clara bajó la mirada hacia el plato.
—Intento no hacerlo.
—¿Y lo consigue?
Negó despacio.
—No siempre.
El tintinear de los cubiertos llenó el breve silencio que siguió. Esta vez no resultó incómodo.
Clara observó cómo Morales atacaba lo que quedaba del serranito con una velocidad considerable.
—¿Siempre come tan deprisa?
Él sonrió sin dejar de masticar.
—Cuatro hermanos y dos hermanas. O aprendías a comer rápido o te quedabas sin croquetas.
Clara dejó escapar una risa breve y espontánea, tan inesperada que ella misma pareció sorprenderse.
Morales la miró.
—Vaya.
Clara recuperó inmediatamente la compostura.
—¿Qué?
—Nada.
—Morales.
—Acaba de reírse.
—No se acostumbre.
—Demasiado tarde.
El camarero apareció con dos cafés y los dejó sobre la mesa.
Morales dio un sorbo al suyo.
—Al final ha merecido la pena parar a comer.
Clara tomó la taza.
—No se emocione. Seguimos trabajando.
—Lo sé.
Esta vez fue él quien miró las anotaciones.
—Gonzalo Romero.
Clara asintió.
—Nuestra siguiente parada.
—Médico de Roberto y médico del pueblo.
—Y una de las primeras personas que vio el cadáver esta mañana.
Morales dejó la taza.
—Entonces puede hablarnos del Roberto vivo y del Roberto muerto.
Clara lo miró. La frase era sencilla, pero correcta.
—Exactamente.
—Otra vez estamos de acuerdo.
—No convierta dos coincidencias en una tendencia.
—Ya son dos. Estadísticamente empieza a preocuparme.
Clara negó con la cabeza, aunque esta vez la sonrisa tardó un poco más en desaparecer.
Fuera, El Cuervo continuaba bajo el sol de septiembre. Dentro del restaurante quedaban dos cafés, una libreta llena de preguntas y un nombre que acababa de abrirles el siguiente camino: Gonzalo Romero.