El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Leyendas

Morales guardó la libreta en el bolsillo. Le quedaba hablar con el médico de guardia, pero no había dado más de dos pasos cuando una voz cascada se alzó desde detrás de la cinta.

—¡Muchacho!... ¡Eh, muchacho! ¡Ven pacá un momento!

Se volvió. Una anciana menuda, encorvada sobre un bastón de madera, le hacía señas desde primera fila. A su alrededor, varios vecinos intercambiaron miradas. Morales se acercó.

—¿Qué ocurre?

La mujer lo examinó de arriba abajo.

—Usté está perdiendo el tiempo.

—¿Perdón?

—Que no busque más.

Morales esperó.

La anciana bajó la voz.

—Al que tiene que buscá no lo va a encontrá.

El sargento sacó de nuevo la libreta, pero no llegó a abrirla.

—¿Por qué dice eso?

La mujer echó un vistazo alrededor.

—Porque yo sé quién ha sío.

Aquello sí consiguió toda su atención.

—¿Vio lo que ocurrió?

—No.

—¿Vio a alguien cerca de Roberto?

—Tampoco.

Morales mantuvo el mismo tono.

—Entonces dígame qué sabe.

Los ojos de la anciana se clavaron en los suyos.

—Ha sío el Sediento.

Morales guardó silencio mientras a su alrededor comenzaban los murmullos.

—¡Rosario, otra ve con lo mismo! —protestó un hombre.

La anciana golpeó el suelo con el bastón.

—¡Callarse ustedes, que nadie les ha preguntao!

Morales tuvo que contener una sonrisa.

—¿Quién es el Sediento, Rosario?

La mujer se acercó un poco más a la cinta.

—Mi abuelo ya contaba esa historia cuando yo era una chiquilla. Y a él se la contó su padre. Hace muchísimos años apareció por aquí un hombre...

Se interrumpió y miró hacia la fuente.

—Bueno, hombre... por llamarlo de alguna manera.

Morales no dijo nada.

Rosario volvió a mirarlo.

—Salía de noche. Nunca de día. Decían que tenía la piel blanca como la cal y que no podía darle el sol.

Un vecino negó con la cabeza.

—Venga ya, Rosario...

Ella ni se inmutó.

—Y cuando tenía sed, buscaba gente.

Morales frunció ligeramente el ceño.

—¿Sed de qué?

Rosario lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—De sangre, hijo. ¿De qué va a ser?

Esta vez Morales sí abrió la libreta.

—Continúe.

—La gente empezó a aparecer muerta. Con la cara blanca, tiesos como piedras...

Hizo una pausa.

Después levantó el bastón y señaló hacia la fuente.

—Y con dos boquetitos en el cuello.

El bolígrafo de Morales se detuvo. Miró a Rosario y después al lugar donde había estado Roberto. Las dos pequeñas punciones seguían demasiado presentes.

—¿Esos dos agujeros forman parte de la historia?

—Claro que forman parte.

—¿Todo el mundo conoce esa leyenda?

Rosario resopló.

—Los jóvenes ya no creen en ná. Pero pregúntele a cualquiera que tenga unos años.

Uno de los hombres situados detrás de ella negó con la cabeza.

—Es un cuento pa asustar niños.

Rosario se volvió.

—Pues el cuento tiene un muerto esta mañana, Paco.

El hombre dejó de sonreír.

Morales intervino antes de que la discusión continuara.

—Rosario, ¿cómo se llamaba ese hombre?

La anciana volvió hacia él.

—Nadie se acuerda ya.

—Pero lo llamaban el Sediento.

—Sí.

—¿Y qué pasó con él?

Por primera vez, Rosario vaciló.

—Desapareció.

—¿Cómo?

—Un día dejaron de encontrá muertos.

—¿Lo capturaron?

—Que yo sepa, no.

—¿Encontraron el cuerpo?

—No.

Morales anotó algo. Aquello era una leyenda, nada más. Pero había un detalle que no podía ignorar.

—¿Cuándo vio usted las marcas de Roberto?

Rosario señaló hacia la fuente.

—Esta mañana. Antes de que lo taparan. Desde aquí se veían.

Morales siguió la dirección de su bastón. Era posible: no necesitaba haber tocado el cadáver ni acercarse al perímetro para distinguir las marcas.

—¿Y está segura de que se parecen a las de la historia?

La mujer apretó ambas manos sobre el bastón.

—Mi abuelo me contó esa historia cien veces.

Se inclinó ligeramente hacia él.

—Mírele el cuello, muchacho. Eso no lo hace un cristiano.

—Abuela.

Una joven apareció entre los vecinos y tomó a Rosario con delicadeza por el brazo.

—Venga. Vámonos.

—Pero déjame hablá, hija.

—No siga diciendo esas cosas delante de la Guardia Civil.

La muchacha dedicó a Morales una sonrisa avergonzada.

—Perdone. Mi abuela lleva toda la vida contando esa historia.

Rosario resopló.

—¡Porque es verdá!

La joven comenzó a alejarla. Rosario se resistió apenas unos pasos antes de ceder; entonces volvió la cabeza.

—Muchacho.

Morales la miró.

La anciana ya no parecía enfadada. Ahora parecía asustada.

—Rece pa que no aparezca otro con esos dos boquetes.

La nieta tiró suavemente de ella y ambas desaparecieron entre los vecinos.

Morales permaneció inmóvil, con la libreta todavía en la mano. Después miró a la gente congregada tras la cinta.

No creía en el Sediento, pero eso no significaba que la historia careciera de importancia. Si Rosario la conocía, otros también. Quizá muchos.

Y si las dos marcas del cuello de Roberto se parecían lo suficiente a las de una leyenda local para que una anciana la reconociera a primera vista, acababa de aparecer una pregunta que no tenía nada de sobrenatural.

¿Quién más conocía aquella historia?

El chirrido de la persiana al cerrarse sacó a Morales de sus pensamientos.

Clara salió del Manila acompañada por Ortega. Llevaba una carpeta bajo el brazo.

Morales caminó hacia ella.

—¿Qué tal ahí dentro?

Clara levantó ligeramente la carpeta.

—Tenemos varias cosas de las que hablar.

—Me alegra oírlo, porque yo también.

Morales miró hacia los establecimientos que rodeaban el bulevar.

—Aunque voy a confesar una cosa.

Clara arqueó una ceja.

—Llevo toda la mañana pensando en ese mollete y empiezo a sospechar que mis neuronas funcionan mejor cuando les doy de comer.

Clara consultó el reloj.

—¿Siempre piensa en comida durante una investigación?

—Solo cuando llevo cinco horas sin probar bocado.

Ortega sonrió.

—Si quieren comer bien, vayan a Casa Manolo. Está junto al Ayuntamiento.

Morales miró a Clara.

—¿Ha oído eso?

—Perfectamente.

—Me cae bien este hombre.

—No abuse.

Ortega soltó una carcajada.

Clara volvió la mirada hacia el Manila.

Todavía les quedaban muchas horas por delante. Además, necesitaban poner en común lo descubierto antes de decidir el siguiente movimiento.

—De acuerdo.

Morales sonrió.

—Sabía que acabaríamos entendiéndonos.

—Comemos algo mientras me cuenta lo que ha averiguado.

La sonrisa perdió algo de entusiasmo.

—Eso ya se parece más a usted.

❖ ❖ ❖

Diez minutos después ocupaban una mesa junto a la ventana.

El restaurante estaba concurrido, aunque las conversaciones mantenían un volumen extraño para aquella hora. El asesinato había entrado con ellos. Se percibía en las miradas, en los murmullos y en las conversaciones que se interrumpían cada vez que alguien reconocía a los dos guardias civiles.

El camarero dejó sobre la mesa dos bebidas y una tapa de aceitunas. Morales tomó una mientras Clara abría la libreta.

—Empiece.

—¿Ni siquiera va a dejarme llegar al serranito?

—Puede hablar y comer al mismo tiempo. Lleva toda la mañana demostrándome que es capaz de hacer varias cosas mientras habla.

—Eso casi ha parecido un cumplido.

—Antonio.

—Entendido.

Apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Llegó sobre las siete. Vio a Roberto contra la fuente y pensó que había vuelto a quedarse dormido después de beber. Se acercó, le puso una mano en el hombro y entonces comprobó que estaba frío. Dice que no movió el cadáver ni tocó ninguna de sus pertenencias.

—Bien.

—Después hablé con Sergio, el empleado del Manila.

Eso sí consiguió que Clara levantara la vista.

—¿Qué ha dicho?

—Trabajó anoche. Hubo fútbol y cerraron tarde. Los últimos clientes se marcharon pasada la medianoche. Sergio ayudó a recoger y se fue aproximadamente a la una.

—¿Roberto seguía vivo?

—Dentro del bar y solo.

Clara anotó la hora.

—¿Lo vio salir?

—No.

—Entonces tenemos una última constatación de que estaba vivo alrededor de la una.

—Exacto.

El camarero apareció con los platos. Morales contempló el serranito que acababan de dejar frente a él.

—Ahora sí podemos resolver el asesinato.

Clara lo ignoró.

—¿Algo más de Sergio?

Morales cortó el bocadillo por la mitad.

—Sí. Y esto puede interesarle.

Ella esperó.

—Dice que Roberto había cambiado durante los últimos meses. Bebía menos, estaba más callado y se había distanciado de sus amigos.

Clara dejó el bolígrafo sobre la libreta.

—¿Desde cuándo?

—No ha sabido concretarlo. Él lo relaciona con la muerte de su madre, hace unos ocho meses.

—Encontré una fotografía de ella en el despacho.

Morales dejó de comer.

—¿También?

—Ortega me dijo que murió hace unos ocho meses. El padre abandonó a Roberto cuando era niño. No tenía hermanos ni familiares cercanos.

—Entonces la teoría de Sergio tiene sentido.

—Puede tenerlo.

Clara abrió la carpeta que había dejado sobre la silla contigua.

—Pero encontré otra cosa.

Sacó uno de los documentos.

—Roberto padecía insuficiencia renal crónica. Llevaba meses sometido a controles.

Morales frunció el ceño.

—¿Meses?

—Sí.

—Justo cuando Sergio dice que empezó a cambiar.

—Aproximadamente.

Morales dejó el serranito sobre el plato.

—Podría estar relacionado.

—Podría.

—O no.

Clara no respondió de inmediato.

—Está aprendiendo.

—No se acostumbre.

Ella continuó.

—Había dinero en la caja y no encontramos signos evidentes de violencia dentro del Manila. Tampoco nada que indicara que alguien hubiera registrado el despacho.

—Entonces probablemente salió por su propio pie.

—Probablemente.

Morales bebió un sorbo.

—¿Y la fotografía de los cinco?

Clara lo miró.

—¿Qué fotografía?

—La que mencionó Ortega cuando salíamos.

Clara recordó el marco.

—Roberto con cuatro amigos de adolescencia. Le he pedido que averigüe quiénes son.

—Sergio dijo que últimamente se había distanciado de sus amigos.

Clara se quedó quieta. Por separado, los dos datos no significaban demasiado; juntos merecían una pregunta.

—Cuando tengamos los nombres, hablaremos con ellos.

Morales asintió.

Clara volvió a los informes.

—Todos los documentos médicos están firmados por el mismo facultativo. Gonzalo Romero.

—¿Quién es?

—El médico del pueblo. También tiene consulta privada.

—¿Y vamos a hablar con él?

—En cuanto terminemos.

Después siguió comiendo.

Clara lo observó.

—Ha dicho que tenía varias cosas que contarme.