CAPÍTULO 4 #3
—Sí. Como jugaba el Betis, cerramos más tarde de lo normal. Cuando hay fútbol esto se llena y después se nos hace tarde recogiendo.
—¿A qué hora se marcharon los últimos clientes?
Sergio pensó.
—Pasada la medianoche. No sabría decirle exacto.
—No pasa nada. ¿Y tú?
—Sobre la una.
—¿Roberto seguía dentro?
—Sí. Le eché una mano a recoger y a limpiar, pero al final me dijo: «Venga, tira pa casa, que esto lo termino yo». Siempre hacía lo mismo cuando quedaba poco.
—¿Lo viste salir?
—No. Cuando me fui seguía dentro, fregando y dejando aquello recogío.
Morales escribió una línea.
01:00 aprox. — Sergio deja a Roberto vivo en el Manila.
—Mientras estuviste aquí, ¿discutió con alguien?
—Qué va. La noche fue igual que siempre. La gente viendo el fútbol, unas copas... ya sabe.
—¿Algún cliente que se quedara hasta el final?
Sergio frunció el ceño.
—No. Cuando empezamos a recoger ya se había ido todo el mundo.
—¿Recibió alguna llamada?
—No me fijé mucho. Miró el móvil un par de veces, pero como hacemos tos.
—¿Algún mensaje que pareciera preocuparle?
—Que yo viera, no.
—¿Esperaba a alguien?
—No me dijo ná.
Morales hizo una pausa.
—Cuando te marchaste, ¿viste a alguien fuera?
Sergio volvió la cabeza hacia el bulevar. Esta vez tardó bastante en responder. Morales no lo apremió.
—No —dijo finalmente—. Algún coche pasó y poco más. Si había alguien esperándolo, yo no lo vi.
Morales cerró la libreta.
—Bien.
Sacó una tarjeta.
—Si recuerdas cualquier cosa, por insignificante que te parezca, me llamas.
Sergio la tomó.
—Claro.
—Un coche que hayas visto otras noches. Alguien preguntando por Roberto. Una conversación que entonces no te pareciera importante. Lo que sea.
—Sí.
Morales hizo ademán de marcharse, pero Sergio habló antes.
—Sargento.
Él se volvió. El muchacho miraba otra vez hacia el Manila.
—¿Se sabe por qué lo han hecho?
—Todavía no.
Bajó la mirada hacia la tarjeta.
—El Robe no era mala persona.
Morales observó al muchacho.
—Averiguar quién era también forma parte de averiguar quién lo mató.
Sergio no respondió. Morales se alejó. Antes de guardar la libreta, volvió la vista hacia él. No le había hablado de Roberto como se habla de un jefe, sino de alguien a quien todavía no sabía cómo echar de menos. Clara regresó al despacho del Manila.
Era una estancia pequeña, funcional. Un escritorio de madera oscura ocupaba buena parte del espacio.
Sobre él descansaban un bloc de notas, un bolígrafo desgastado por el uso y una lámpara articulada.
Nada parecía fuera de lugar. Se colocó un par de guantes nuevos y abrió el primer cajón.
Facturas. El segundo. Albaranes, recibos y extractos bancarios archivados con un orden casi meticuloso.
El tercero ofrecía más de lo mismo. Todo clasificado. Todo en su sitio.
—Era organizado —murmuró.
Ortega permanecía junto a la puerta.
—Mucho. Roberto podía ser un desastre con algunas cosas, pero con el negocio era imposible pillarlo en un descuido.
Clara siguió revisando la documentación.
Entre varias carpetas apareció una azul, más gastada que las demás.
No llevaba ninguna etiqueta. Una goma elástica mantenía unidos los documentos del interior.
Clara la abrió. Informes médicos, resultados de analíticas, recetas y varias citas fechadas durante los últimos meses. Pasó las primeras hojas.
No necesitaba comprender cada valor para identificar las palabras que se repetían. Insuficiencia renal crónica. Consulta de Nefrología. Control periódico de función renal. Frunció ligeramente el ceño.
—¿Sabía que estaba enfermo?
Ortega negó.
—No.
Clara revisó las fechas.
—Parece que llevaba varios meses en seguimiento.
Continuó pasando las hojas. A sus veintiocho años, Roberto convivía con una enfermedad importante que, hasta ese momento, nadie había mencionado.
No significaba necesariamente nada, pero formaba parte de la víctima y Clara quería conocer todas sus partes.
Llegó al último informe. En la parte inferior figuraba el nombre del facultativo. Dr. Gonzalo Romero.
—Ortega.
—Dígame.
Clara señaló el documento.
—¿Conoce a este médico?
El hombre ni siquiera necesitó acercarse demasiado.
—Claro. Gonzalo Romero. Es médico aquí en el pueblo.
—¿Médico de Roberto?
—Supongo. Atiende a muchísima gente de aquí.
Clara volvió a mirar los informes.
—¿En el centro de salud?
—Sí. Y también tiene consulta privada.
—¿Dónde?
—No muy lejos.
Clara cerró la carpeta.
—Tendremos que hablar con él.
Ortega asintió con naturalidad.
—No tendrán problema. Gonzalo lleva toda la vida aquí. Si sabe algo que pueda ayudar, se lo contará.
Clara dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Quiero que estos documentos queden incorporados a la investigación.
—Aviso a los compañeros.
Ortega salió del despacho. Clara permaneció unos segundos frente al escritorio.
Una enfermedad renal, un seguimiento médico reciente y el nombre de un facultativo.
Tres datos nuevos. Nada más. Todavía no sabía si alguno tendría relación con la muerte de Roberto, y no pensaba obligarlos a tenerla. Cerró el cajón y salió del despacho.