El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—¿Qué cosas?

Antonio miró hacia el Manila.

—Pues... beber más de la cuenta. Meterse en algún follón cuando era más joven. Pero tampoco quiero hablá mal del muchacho ahora que está muerto.

—No le estoy pidiendo que hable mal de él.

Morales sostuvo su mirada.

—Le estoy pidiendo que me ayude a averiguar quién lo mató.

Antonio bajó los ojos hacia la gorra. Después de unos segundos negó con la cabeza.

—No sé quién podría querer hacerle algo así.

Morales cerró la libreta.

—Está bien.

Dio un paso hacia él.

—Hay una última cosa.

Antonio levantó la vista.

—Diga.

—Después de vivir algo como esto, la memoria sigue trabajando. Puede que dentro de unas horas recuerde un coche, una persona, un ruido... cualquier detalle que ahora no le parezca importante.

El hombre escuchaba con atención.

—Si ocurre, llame a la Policía Local o pregunte por nosotros.

Morales señaló brevemente la libreta.

—Y no decida usted si merece la pena contarlo. Eso déjelo en nuestras manos.

Antonio acomodó la gorra bajo el brazo.

—Descuide. Si me acuerdo de algo, seréis los primeros en saberlo.

Morales le tendió la mano.

—Gracias, Antonio.

El hombre correspondió al apretón. Después se alejó despacio hacia su furgoneta.

Morales permaneció observándolo unos segundos.

No había obtenido ninguna revelación. Tampoco la esperaba.

Pero Antonio había confirmado tres cosas importantes: Roberto ya estaba junto a la fuente cuando llegó, nadie que él hubiera visto permanecía cerca y las dos marcas del cuello estaban allí antes de que apareciera la Policía.

Guardó la libreta. A veces un buen testimonio no era el que resolvía una investigación. Era el que impedía construirla sobre algo que nunca había ocurrido.

Al otro lado del bulevar, el estruendo metálico de la persiana del Manila rompió el murmullo de los curiosos. Clara esperó a que Ortega terminara de levantarla.

El interior permanecía sumido en una penumbra tranquila. Desde la entrada llegaba un olor tenue a café, alcohol y productos de limpieza, el aroma habitual de un bar cerrado desde hacía pocas horas.

—Después de usted, mi teniente.

Clara cruzó el umbral y se detuvo. No buscó nada en concreto. Primero observó. Ortega accionó el interruptor.

Las lámparas fueron encendiéndose una tras otra hasta revelar un local sencillo y cuidado.

Una larga barra de madera ocupaba el lateral derecho.

Frente a ella, las mesas altas y los taburetes permanecían perfectamente colocados.

Las botellas se alineaban en las estanterías del fondo y las sillas ocupaban sus lugares.

Todo parecía preparado para volver a abrir.

Excepto que su propietario estaba camino del Instituto de Medicina Legal.

Clara avanzó unos pasos. La caja registradora permanecía cerrada.

No había cristales rotos, muebles desplazados ni objetos esparcidos por el suelo.

La cafetera estaba limpia. Los vasos descansaban alineados sobre las baldas y el pavimento conservaba todavía el brillo del fregado de la noche anterior.

—¿Han documentado todo antes de entrar? —preguntó.

—Sí —respondió Ortega—. Fotografías, accesos, cerraduras, superficies de interés... Criminalística terminó hace unos minutos.

Aquello le permitía observar sin interferir en el trabajo técnico ya realizado, aunque procuró no tocar nada que no fuera necesario.

Rodeó la barra. Abrió algunos armarios. Revisó el pequeño almacén.

Los aseos. Después entró en el despacho.

Nada parecía fuera de lugar. No había cerraduras forzadas, cajones revueltos ni señales evidentes de que alguien hubiera buscado algo. Regresó al salón principal.

—¿La recaudación?

Ortega consultó una de las anotaciones que llevaba consigo.

—Había dinero en la caja.

Clara miró hacia ella.

—Entonces, al menos a simple vista, nadie vino a vaciarla.

—Eso parece.

Clara recorrió de nuevo el establecimiento.

La normalidad no demostraba que allí no hubiera ocurrido nada.

Pero tampoco había encontrado todavía un solo indicio que situara una agresión dentro del local.

Roberto parecía haber cerrado el Manila como cualquier otra noche.

La pregunta era qué había sucedido después.

Clara se disponía a regresar hacia la entrada cuando algo llamó su atención.

Era una fotografía sobre una repisa, entre varios objetos decorativos. Se acercó. El marco era sencillo y la imagen había perdido parte del color con los años. Cinco jóvenes sonreían a la cámara.

Debían de tener dieciséis o diecisiete años.

Vestían ropa de verano y aparecían abrazados por los hombros, con esa facilidad para invadir el espacio de los demás que solo existe entre quienes llevan mucho tiempo siendo amigos.

Uno de ellos sostenía un vaso frente al objetivo.

Otro hacía algún gesto con la mano que la fotografía había congelado para siempre.

En el centro estaba Roberto, mucho más joven, sonriendo.

No la sonrisa incómoda de una fotografía de documento ni el gesto neutro de las imágenes que Clara había visto aquella mañana.

Una sonrisa auténtica.

—¿Quiénes son? —preguntó.

Ortega se acercó. Observó la fotografía.

—Roberto y sus amigos de toda la vida.

Clara se fijó de nuevo en los otros cuatro.

—¿Siguen viviendo en el pueblo?

—Algunos sí. Otros van y vienen. Ya sabe cómo es esto.

—No.

Ortega la miró. Clara seguía observando la fotografía.

—Todavía no.

El policía sonrió apenas.

—Pues aquí es difícil perderle la pista a nadie. Aunque se marche, siempre acaba teniendo una madre, un hermano o un primo que sabe dónde está.

Clara asintió.

—Necesitaré sus nombres.

Ortega señaló la fotografía.

—Se los consigo.

—No hace falta ahora.

Clara recorrió una vez más los rostros. No sabía si aquellas cuatro personas tendrían alguna relevancia para la investigación.

Probablemente no. Pero habían formado parte de la vida de Roberto mucho antes de que alguien lo dejara muerto junto a una fuente.

Y eso bastaba para querer saber quiénes eran. Dejó el marco exactamente donde estaba.

—Quiero hablar con quienes estuvieron aquí anoche.

—Morales ya está con ello.

Clara miró hacia la entrada abierta. Desde allí alcanzaba a ver parte del bulevar.

La fuente, el lugar donde habían encontrado a Roberto y los pocos metros de pavimento que separaban ambos puntos.

El Manila no les había explicado cómo había muerto, pero acababa de ofrecerles algo que a veces resultaba igual de importante: una puerta hacia su vida.

Morales localizó al único empleado del Manila junto a la cinta policial.

Apenas tendría veinte años. Vestía unos vaqueros claros, zapatillas deportivas y una camiseta sencilla de manga corta.

Desde que Morales había terminado de hablar con Antonio, el muchacho no había dejado de mirar hacia la fachada del bar.

Como si todavía esperara que Roberto apareciese bajo la persiana y le dijera que empezara a colocar las mesas. Morales se acercó sin abrir la libreta.

—¿Trabajabas con Roberto?

El joven apartó la vista del Manila.

—Sí.

—Soy el sargento Morales.

Le mostró la identificación.

—¿Cómo te llamas?

—Sergio.

—¿Te importa que hablemos unos minutos?

Sergio tragó saliva.

—Claro.

Solo entonces abrió la libreta.

—Cuéntame cómo era Roberto.

El muchacho pareció sorprendido.

—¿Cómo era?

Sergio volvió a mirar el bar.

—Bueno... yo siempre le decía Robe. Casi todo el mundo lo llamaba así.

Una sonrisa breve apareció en su rostro.

—Era buen jefe. Nunca me faltó al respeto ni me dejó tirao. Si había que echar más horas, él era el primero en quedarse.

—¿Cuánto tiempo llevabas trabajando con él?

—Casi dos años.

Morales anotó el dato.

—Entonces lo conocías lo suficiente para notar si algo cambiaba.

Sergio asintió despacio.

—Sí.

—¿Había cambiado?

Esta vez tardó algo más.

—Sí.

Morales esperó.

—Antes se bebía lo que le echaran. Últimamente ya no tanto.

—¿Sabes por qué?

—Ni idea. Pero estaba raro. En plan... más callao. Como con la cabeza en otro sitio.

Se rascó la nuca.

—Mi padre siempre dice que la gente bebe porque está de fiesta o porque quiere olvidá algo.

Morales dejó que continuara.

—Y el Robe últimamente no estaba pa muchas fiestas.

—¿Te contó qué le preocupaba?

—No. No era de contarte sus cosas.

—¿Tenía problemas de dinero?

—Que yo sepa, no. Siempre teníamos gente y nunca me dijo que el negocio fuera malamente.

—¿Algún problema con alguien?

Sergio hizo una mueca.

—Buf... que yo supiera, no.

Dudó.

—Eso sí...

Morales levantó la mirada.

—¿Qué?

—Hacía tiempo que casi no salía con los colegas. Antes siempre estaba con ellos y últimamente iba más a su bola.

Morales recordó la pregunta de Clara. El círculo cercano.

—¿Sabes por qué?

Sergio se encogió de hombros.

—Yo pensaba que era por lo de su madre. Murió hace unos meses y aquello le dio un palo mu gordo. Desde entonces el Robe no era el mismo.

Morales anotó la respuesta. No intentó interpretarla. Todavía.

—Vamos a anoche. ¿Trabajaste?