CAPÍTULO 4
Manila
Clara levantó la vista del cadáver. Al otro lado del bulevar, a escasos metros de la fuente, un rótulo negro de letras doradas presidía la fachada de un establecimiento.
Café Copas Manila.
—Ortega.
El jefe de la Policía Local se volvió hacia ella.
—¿Sí?
Clara señaló el local con un leve movimiento de la barbilla.
—¿Era ese el bar de Roberto?
—Sí. Era el propietario.
Clara observó el establecimiento y después volvió la mirada hacia Roberto.
El bar estaba lo bastante cerca para convertirse en uno de los primeros lugares que tendrían que inspeccionar.
Pero una cosa era saber dónde había pasado Roberto sus últimas horas y otra, muy distinta, dónde había muerto.
Clara volvió a fijarse en la parte posterior del pantalón.
Las abrasiones, la suciedad adherida al tejido.
Después observó el pavimento alrededor de la fuente.
Echó a andar. Morales y Ortega la siguieron sin hacer preguntas.
Clara avanzó unos metros por el paseo, alejándose del cadáver.
Caminaba despacio, con la mirada fija en el suelo.
Se detuvo, retrocedió y cambió ligeramente de ángulo.
Una irregularidad del pavimento llamó su atención.
Se agachó. Nada. Continuó. Dos metros más adelante volvió a detenerse.
Esta vez permaneció inmóvil.
—Morales.
El sargento se acercó.
—¿Qué ocurre?
Clara señaló el suelo.
—Mire.
Morales entrecerró los ojos. Al principio no vio nada.
Después distinguió una sucesión irregular de manchas ligeramente más oscuras sobre el pavimento.
El rastro apenas se prolongaba unos metros.
No eran pisadas ni formaban una línea continua: eran roces.
Morales siguió su recorrido con la mirada.
Comenzaban en mitad del paseo y terminaban junto a la fuente, junto al cadáver.
—Parece como si algo hubiera resbalado por el suelo.
Clara volvió la mirada hacia el pantalón de Roberto.
—Sí.
Morales hizo lo mismo. Las abrasiones, la suciedad, el rastro. Esta vez no necesitó más.
—Lo arrastraron.
Clara se incorporó.
—Eso parece.
Morales recorrió con la mirada los pocos metros que separaban el inicio de las marcas de la fuente.
—Desde ahí.
—No necesariamente.
Él la miró. Clara señaló el punto donde comenzaba el rastro.
—Solo sabemos que las marcas visibles empiezan ahí. No que Roberto muriera ahí.
Morales asintió lentamente. Ortega se acercó.
—¿Qué han encontrado?
—Un posible rastro de arrastre —respondió Clara.
El policía siguió las manchas hasta la fuente.
—Entonces alguien movió el cadáver.
Clara contempló a Roberto.
—Si Criminalística confirma que el rastro está relacionado con las abrasiones de la ropa, sí.
Morales miró hacia el punto donde desaparecían las marcas y después hacia el Manila.
—Pudo salir del bar caminando.
Clara siguió su mirada.
—Pudo.
—Y encontrarse con alguien aquí fuera.
—También.
—¿Y después lo llevaron hasta la fuente?
Clara volvió los ojos hacia el cadáver.
—Eso explicaría las abrasiones.
Guardó silencio unos segundos. La cuestión ya no era únicamente cómo había muerto Roberto.
Alguien podía haberlo dejado donde cayó.
No lo había hecho. Se había tomado la molestia de desplazar un cadáver varios metros y apoyarlo contra uno de los lugares más visibles del bulevar. Clara observó la fuente.
—No querían esconderlo.
Morales la miró.
—Todo lo contrario.
Clara no respondió. No hacía falta.
El agua continuaba cayendo detrás de Roberto.
Quien lo había llevado hasta allí quería que lo encontraran.
La cremallera de la bolsa mortuoria rasgó el silencio del bulevar.
Los operarios levantaron el cuerpo de Roberto Sánchez y lo depositaron sobre la camilla con una delicadeza que contrastaba con la violencia de su muerte.
Tras el cordón policial, los vecinos siguieron cada movimiento.
Nadie habló. Solo cuando las puertas del vehículo del Instituto de Medicina Legal se cerraron y el coche comenzó a alejarse regresaron los primeros murmullos.
Clara observó cómo desaparecía al final de la calle.
El cadáver abandonaba la escena; las preguntas se quedaban allí. Salas se acercó antes de marcharse.
—Ahora le toca hablar a la autopsia.
—Llámeme en cuanto tenga algo.
—Lo haré.
El forense se alejó. Poco después, uno de los agentes de Policía Judicial se aproximó a Clara.
—Mi teniente.
Llevaba consigo el registro de los efectos personales intervenidos a Roberto.
—Cartera, teléfono móvil, monedas, llaves y algunos efectos menores. Todo está documentado.
Clara examinó la relación.
—El teléfono que vaya a análisis. Quiero llamadas, mensajes y cualquier actividad relevante de las últimas horas.
—Sí, mi teniente.
Clara levantó la vista hacia el Manila. La persiana seguía bajada.
—Necesitamos acceder al establecimiento.
El agente consultó la relación de efectos.
—Entre las pertenencias hay un juego de llaves.
Clara miró a Ortega.
—¿Puede confirmar cuál pertenece al local?
—Probablemente sí. Conozco la cerradura de la persiana.
El agente dejó constancia de la extracción temporal del llavero y se lo entregó a Ortega. Clara observó el gesto.
—Cuando terminemos, que vuelva con el resto de los efectos y quede anotado el uso.
—Por supuesto.
Ortega tomó las llaves. El pequeño tintineo metálico rompió durante un instante el rumor del agua. Clara volvió la vista hacia Morales.
—Usted empiece con los testimonios.
El sargento ya tenía la libreta en la mano.
—¿Por quién?
—Por Antonio. Después, los empleados del Manila y cualquiera que estuviera aquí anoche cuando Roberto cerró.
Morales asintió. Clara continuó:
—Quiero reconstruir sus últimas horas. Con quién estuvo, a qué hora se marcharon los últimos clientes, si discutió con alguien, si recibió alguna llamada y si alguien lo esperaba fuera.
—¿Y el médico de guardia, que certificó la muerte?
Clara miró hacia el lugar que acababa de ocupar el cadáver.
—También. Pero primero quiero saber quién vio a Roberto vivo por última vez.
Morales anotó algo.
—Entendido.
—Y una cosa más.
Él levantó la vista.
—No mencione las marcas del cuello.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber qué recuerda la gente antes de decirles qué deberían recordar.
Una sonrisa breve apareció en el rostro del sargento.
—Eso sí me gusta.
Clara lo miró.
—No necesito que le guste.
—Mejor todavía.
Ella decidió ignorarlo. Ortega regresó desde la persiana.
—Antes de entrar, una cosa. Criminalística ya ha terminado la inspección técnico-ocular del establecimiento. No han encontrado señales de entrada forzada ni nada que requiera mantenerlo cerrado para una segunda inspección inmediata. El local queda a disposición de la investigación.
—Entonces ábralo.
Ortega introdujo una de las llaves en el cierre.
La cerradura cedió. Ortega se agachó, sujetó la persiana con ambas manos y comenzó a levantarla.
El estruendo metálico se extendió por el bulevar.
Clara permaneció frente al local. A su espalda, Morales se alejaba ya hacia Antonio.
Hasta entonces habían preguntado qué podía contarles el cadáver.
Ahora tocaba mirar lo que Roberto había dejado detrás.
Clara esperó a que la persiana terminara de subir y miró hacia el interior del Manila.
Morales se acercó al hombre que aguardaba junto a la cinta policial. Rondaba los sesenta años. Tenía la piel curtida por el sol, las manos ásperas y una gorra entre los dedos que no había dejado de retorcer desde que llegaron. Seguía mirando hacia la fuente, aunque Roberto ya no estaba allí.
—¿Antonio?
El hombre levantó la cabeza.
—Sí, señor.
—Soy el sargento Morales.
Le mostró la identificación.
—Me han dicho que fue usted quien encontró a Roberto.
Antonio asintió despacio.
—Así fue.
Morales abrió la libreta, pero no escribió nada.
—Cuénteme qué pasó.
Antonio respiró hondo.
—Pues... llegué como to los martes, sobre las siete, pa montá el puesto. Aparqué la furgoneta y, cuando bajé, lo vi allí, arrimao a la fuente.
Miró hacia el lugar vacío.
—Pensé: «Mira este... otra ve ha dormío la mona aquí». Alguna que otra vez ya lo había hecho.
Una sonrisa fugaz le cruzó el rostro y desapareció enseguida.
—Me acerqué pa pegarle un par de voces y espabilarlo, pero no contestaba. Le puse la mano en el hombro...
Antonio se quedó callado. Morales esperó.
—Estaba helao.
La gorra volvió a retorcerse entre sus dedos.
—Ahí fue cuando vi los dos agujeros en el cuello.
Morales levantó ligeramente la mirada, pero no preguntó por ellos.
—¿Qué hizo después?
—Na. Bueno... echarme patrás. Se me encogió el cuerpo entero.
Tragó saliva.
—Saqué el móvil y llamé a la Policía. Ya no hice más na.
Morales anotó por primera vez.
—¿Llegó a moverlo?
Antonio negó inmediatamente.
—¡Qué va! En cuanto vi cómo estaba me eché patrás. Me dio un mieo que todavía no se me ha quitao.
—¿Le tocó alguna otra parte del cuerpo aparte del hombro?
—No, señor.
—¿Cogió algo que estuviera cerca? ¿Teléfono, cartera, llaves...?
—Nada. Yo no toqué ná.
Morales asintió.
—Cuando llegó, ¿había alguien más por aquí?
Antonio frunció el ceño. Miró hacia el paseo como si intentara reconstruir aquella mañana.
—No... o, por lo meno, yo no vi a nadie. Tampoco iba mirando pa tos laos. Bastante tenía con descargar la furgoneta.
Morales dejó el bolígrafo quieto.
—Está bien.
Antonio lo miró, inseguro.
—¿Está bien?
—Prefiero que me diga «no lo vi» a que intente recordar algo solo porque cree que debería haberlo visto.
La tensión de los hombros del hombre disminuyó ligeramente. Morales continuó:
—¿Conocía bien a Roberto?
—Claro. Aquí nos conocemos tos.
—¿Eran amigos?
Antonio hizo una mueca.
—Amigos, amigos... no. Pero lo conocía desde chico. Venía mucho por aquí y alguna vez me tomaba algo en su bar después de recoger el puesto.
—¿Había notado algo raro en él últimamente?
Antonio tardó en responder.
—¿Raro cómo?
—Más nervioso. Preocupado. Alguna discusión. Alguien con quien tuviera problemas.
El vendedor negó lentamente.
—No sabría decirle. Roberto siempre ha tenío sus cosas.
Morales no escribió aquella vez.