CAPÍTULO 3
La verdad empieza aquí
Al principio, Clara no buscó heridas. No miró el cuello ni las manos. Se limitó a observar al hombre y el lugar donde alguien había decidido dejarlo.
A su alrededor, el bulevar conservaba su belleza. Quizá por eso el cadáver resultaba aún más perturbador.
Junto al cuerpo, un hombre de cabello entrecano se incorporó al advertir su llegada. Llevaba una bata blanca sobre un traje oscuro y guantes de nitrilo en ambas manos. A pocos metros, dos miembros del equipo de Policía Judicial trabajaban dentro del perímetro.
Esperó a que Clara y Morales se acercaran.
—Álvaro Salas. Médico forense.
—Teniente Clara Díaz.
—Sargento Javier Morales.
Salas respondió con un breve gesto de asentimiento. No hubo apretones de manos, detalle que Clara agradeció.
Los tres dirigieron la vista hacia el cadáver.
—¿Qué puede decirnos? —preguntó Clara.
El forense se situó junto al cuerpo.
—La identificación está confirmada. Roberto Sánchez, veintiocho años.
Señaló el cuello sin tocarlo.
—A simple vista presenta dos pequeñas lesiones punzantes en el lateral izquierdo. No observo signos evidentes de violencia alrededor del cuerpo ni alteraciones importantes en el entorno inmediato.
Morales se inclinó un poco para observarlas desde donde estaba.
—¿Mordeduras?
—Dos orificios no hacen una mordedura, sargento.
Morales levantó ligeramente las manos.
—Preguntaba.
—Y hace bien.
Salas volvió la atención hacia las marcas.
—La disposición es poco habitual, pero cualquier cosa que les dijera ahora sería especular. Habrá que estudiar los bordes de las lesiones, su profundidad y el tejido afectado. Y, sobre todo, averiguar qué ocurrió dentro del organismo.
Clara observó las dos punciones.
—¿Sospecha de alguna sustancia?
—Sospecho que tengo un cadáver con dos lesiones que todavía no puedo explicar.
La respuesta bastó para que Clara supiera qué clase de forense tenía delante.
—¿Hora de la muerte?
Salas miró el cuerpo.
—La rigidez está establecida y la temperatura corporal es compatible con varias horas de evolución. Con las condiciones ambientales que tenemos y un examen preliminar como este, no voy a darles una hora exacta.
—¿Una franja?
—Durante la madrugada es lo máximo que me atrevería a decir aquí.
Morales miró a Roberto.
—¿Y la causa?
—Esa tendrá que esperar.
—¿Hasta la autopsia?
—Como mínimo.
Clara prefería aquella incertidumbre reconocida a una certeza inventada.
—¿Algo que debamos saber antes de examinarlo?
Salas miró hacia los técnicos y luego a Clara.
—Solo que no se enamoren de esas marcas.
Morales arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Son lo primero que ve cualquiera que se acerca al cuerpo. Y precisamente por eso existe el riesgo de convertirlas en la explicación de todo antes de saber qué son.
Clara volvió los ojos hacia Roberto.
Dos heridas pequeñas, limpias, extrañas. Demasiado fáciles de mirar.
—¿Cuándo realizará la autopsia?
—En cuanto traslademos el cadáver al Instituto de Medicina Legal.
—Quiero toxicología.
—Ya contaba con ello.
—Y cualquier indicio que permita determinar qué produjo esas lesiones.
Salas asintió.
—Lo tendrán.
Clara dio un paso hacia el cuerpo.
—Avísenos en cuanto tenga algo.
—Serán los primeros en saberlo.
El forense se apartó para dejarles espacio. Detrás de Roberto, el agua continuaba cayendo con la misma cadencia.
Clara se colocó un par de guantes de nitrilo.
Ahora le tocaba escuchar lo que la escena tuviera que decir.
Roberto Sánchez descansaba contra el borde de la fuente, con la cabeza ligeramente vencida hacia la derecha y los ojos abiertos, fijos en un punto indefinido del cielo. La rigidez había inmovilizado el cuerpo en una postura que no parecía del todo natural.
Clara no miró las heridas del cuello. Todavía no.
Comenzó por el conjunto.
Retrocedió un par de pasos y estudió la posición del cadáver respecto a la fuente, la distancia hasta los bancos, los árboles, las papeleras, los accesos al bulevar, el pavimento.
Después volvió a acercarse y se acuclilló frente a Roberto.
—No hay que mirar, sino ver... —murmuró.
Morales la oyó, pero no dijo nada.
Clara comenzó por las manos. No presentaban heridas evidentes, ni vio sangre o abrasiones importantes en los nudillos que sugirieran, a simple vista, una pelea.
Entonces algo brilló bajo una de las uñas.
Acercó el rostro sin tocarlo. Era una partícula diminuta, de aspecto metálico, atrapada entre restos de suciedad.
Clara la observó sin intentar identificarla. No allí.
Desplazó la atención hacia la ropa. En la parte posterior del pantalón había pequeñas abrasiones y restos de suciedad adheridos al tejido. La misma suciedad aparecía en la zona posterior de una de las zapatillas.
Clara miró el suelo sobre el que descansaba Roberto y volvió al pantalón.
Algo no encajaba.
Morales se agachó a su lado.
—¿Qué ha visto?
Clara señaló sin tocar.
—La parte trasera.
Morales observó el tejido.
—Está sucio.
—Sí.
—¿Y?
Clara levantó la mirada hacia él.
—Está apoyado contra una fuente, Morales. No tumbado en el suelo.
El sargento volvió a examinar el pantalón y esta vez tardó menos en comprender.
—¿Cree que lo arrastraron?
—Creo que esta ropa ha rozado el suelo.
—No es exactamente lo mismo.
Clara lo miró con una sombra de aprobación.
—Exacto.
Todavía no tenían suficiente para saber cómo se había producido aquel roce, ni cuándo ni dónde. Pero sí para formular una pregunta: ¿había muerto Roberto Sánchez en el lugar donde lo habían encontrado?
Clara dejó la cuestión abierta.
Solo entonces dirigió su atención al cuello. Apartó con cuidado el borde del polo y dejó a la vista las dos punciones.
Pequeñas, limpias, separadas por apenas un par de centímetros. Alrededor se distinguía un fino halo de sangre seca. Muy poca.
Clara acercó ligeramente el rostro. No parecían desgarros ni mostraban, a simple vista, la irregularidad que habría esperado de una mordedura.
Dos entradas precisas.
Eso era todo lo que podía afirmar.
Morales contempló las lesiones.
—No parecen de un animal.
—No.
—¿Entonces?
—Entonces todavía no sabemos qué las produjo.
Clara se incorporó y Morales hizo lo mismo.
—¿Qué piensa?
Ella contempló de nuevo el cadáver entero: las manos, el pantalón, el calzado, la postura contra la fuente y, finalmente, las dos marcas del cuello.
Eran lo primero que cualquiera miraría. También serían lo que probablemente acabaría en las fotografías de los curiosos, en los comentarios del pueblo y, tarde o temprano, en algún titular.
Demasiado llamativas para ignorarlas.
—Que todo el mundo va a hablar de esas dos marcas —dijo.
Morales miró el cuello.
—Normal.
—Sí. Y eso puede ser un problema.
—¿Por qué?
—Porque cuando algo consigue que todos miren al mismo sitio, conviene comprobar qué está ocurriendo en el resto de la escena.
Morales siguió su mirada.
—Cree que quieren distraernos.
Clara negó ligeramente con la cabeza.
—No he dicho eso.
—Pero lo está pensando.
Clara dejó pasar un segundo.
—Estoy pensando que todavía no sé si esas marcas explican la muerte o solamente forman parte de ella.
Volvió a acuclillarse frente a la mano de Roberto y observó la partícula atrapada bajo la uña.
Aquello sí le interesaba. No sabía qué era, pero estaba escondido y, a diferencia de las heridas del cuello, nadie parecía haber querido que lo encontraran.
Se incorporó.
—Que Criminalística recoja esto.
Clara dio un último vistazo al cadáver. No tenía respuestas, pero sí preguntas que empezaban a apuntar en direcciones distintas.
A su alrededor, la investigación se había puesto en movimiento. Los miembros de Policía Judicial trabajaban dentro del perímetro mientras, al otro lado de la cinta, los vecinos seguían reuniéndose en pequeños grupos. Sus voces llegaban amortiguadas.
Roberto Sánchez llevaba muerto apenas unas horas y El Cuervo ya empezaba a construir su propia versión de lo ocurrido.
Morales se colocó a su lado.
—¿Por dónde empezamos?
Clara recorrió una última vez la escena con la mirada.
—Por no dar nada por hecho.
El agua siguió cayendo detrás del cadáver, constante e indiferente.
Mientras los primeros rumores comenzaban a extenderse por las calles del pueblo, Clara comprendió que la parte más difícil de aquella investigación quizá no sería descubrir qué había ocurrido, sino separar los hechos de lo que todos estaban a punto de creer.