El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El Cuervo

El Cuervo debería haber despertado con la agitación habitual de un martes de mercadillo. Aquella mañana, sin embargo, el crimen había vaciado de rutina sus calles.

Los vehículos de la Guardia Civil, la Policía Local y los servicios sanitarios permanecían detenidos junto al bulevar, con las luces ya apagadas.

Varias cintas de balizamiento cerraban el acceso al paseo mientras pequeños grupos de vecinos conversaban en voz baja, incapaces de apartar la vista del interior del perímetro.

Algunos se santiguaban. Otros negaban lentamente con la cabeza. Nadie se acercaba más de lo necesario.

Aquel silencio no era el de un pueblo que acababa de despertarse. Era el de un pueblo que intentaba comprender.

Clara detuvo el vehículo unos metros antes del cordón policial y permaneció un momento con las manos sobre el volante, contemplando la escena a través del parabrisas.

Vecinos, agentes, furgonetas de comerciantes que aquella mañana no terminarían de descargar, la cinta cerrando el paseo y, al fondo, la fuente.

Aquella sería la primera imagen que conservaría del escenario. Después llegarían las fotografías, las mediciones, los testimonios y los informes. La escena acabaría fragmentándose en cientos de datos.

Pero todavía no.

Clara respiró hondo y apagó el motor.

—¿Lista? —preguntó Morales mientras se desabrochaba el cinturón.

Clara apartó la mirada del bulevar.

—Ahora sí.

Ambos descendieron.

El calor comenzaba a hacerse notar. En el aire permanecía todavía el olor húmedo del riego nocturno, mezclado con el de la tierra y el ladrillo que empezaba a calentarse bajo el sol.

Apenas habían avanzado unos pasos cuando un hombre de complexión robusta y cabello entrecano se abrió paso entre los agentes de la Policía Local. Llevaba el uniforme azul marino impecablemente planchado y caminaba sin apresurarse, pero sin perder un segundo mirando a los curiosos.

—¿Teniente Díaz? ¿Sargento Morales?

—Así es —respondió Clara.

El hombre les tendió la mano.

—Manuel Ortega. Jefe de la Policía Local de El Cuervo.

Clara correspondió al apretón.

—Teniente Clara Díaz.

—Javier Morales —añadió el sargento.

Ortega señaló el interior del perímetro.

—Me habría gustado recibirlos en otras circunstancias.

—A nosotros también —respondió Morales.

—La primera patrulla llegó pocos minutos después del aviso.

Acordonamos la zona y apartamos a los curiosos.

El médico de guardia confirmó el fallecimiento y, desde entonces, nadie ajeno al dispositivo ha accedido al cuerpo.

También tenemos identificado al hombre que lo encontró y a los vecinos que estaban aquí antes de cerrar el paseo.

Clara miró hacia la cinta.

—¿El hombre que dio el aviso sigue aquí?

—Sí.

—Bien. Que no se marche hasta que hablemos con él.

—Ya está avisado.

Habían protegido la escena, identificado a los testigos y mantenido a los curiosos fuera del perímetro. En una investigación como aquella, los primeros minutos podían decidir qué pruebas sobrevivían y cuáles desaparecían para siempre.

—Buen trabajo.

Ortega agradeció el comentario con un leve movimiento de cabeza.

—Si les parece...

Se hizo a un lado y levantó la cinta. Clara se inclinó para cruzarla y Morales la siguió.

Por primera vez pudo contemplar el lugar sin un parabrisas de por medio. No era simplemente la escena de un crimen, sino el corazón de El Cuervo.

Clara avanzó despacio. Una escena del crimen podía fotografiarse cientos de veces, medirse, dividirse en cuadrículas y reducirse después a informes y bolsas de evidencias. Pero había algo que ninguno de esos procedimientos podía conservar del todo: la sensación de estar allí por primera vez.

Así que, antes de acercarse al cadáver, observó.

El paseo se abrió ante ellos con una serenidad que contrastaba con la inquietud de los vecinos.

Más que una plaza, aquello era un bulevar concebido para el encuentro.

Un amplio paseo peatonal recorría la zona en línea recta.

La piedra clara del pavimento se alternaba con franjas de ladrillo rojizo que dibujaban cenefas geométricas, como si el suelo conservara todavía la memoria de los antiguos hornos y del pasado alfarero del pueblo.

A ambos lados, hileras de árboles proyectaban sombras irregulares sobre los bancos de madera. Los pequeños parterres rompían la geometría del paseo con manchas de verde todavía húmedas por el riego de la madrugada.

Morales recorrió el lugar con la mirada.

—Cuesta imaginar que algo así haya ocurrido aquí.

El murmullo del agua llegaba desde el centro del paseo y se mezclaba con las voces amortiguadas de los curiosos.

El mercadillo nunca había llegado a instalarse aquella mañana. Algunos comerciantes permanecían junto a sus furgonetas abiertas. Cajas de fruta seguían apiladas en el interior; varias estructuras metálicas descansaban plegadas contra los vehículos. Nadie parecía tener ya intención de montar nada.

Clara continuó avanzando.

Al comienzo del bulevar, una estatua de bronce se alzaba sobre un pedestal de piedra arenisca. Representaba a un hombre de otra época. La pátina verdosa había oscurecido parte del bronce y, en la base, varias líneas grabadas identificaban a la figura.

Don Alonso Barragán.

Clara leyó el nombre sin detenerse. No significaba nada para ella, así que continuó caminando.

La fuente ocupaba el centro del paseo. Sobre una amplia base revestida de piedra oscura se elevaban seis grandes cubos cubiertos de pequeñas piezas cerámicas.

Dispuestos unos sobre otros en un equilibrio casi imposible, cada bloque giraba ligeramente respecto al anterior hasta formar una columna irregular que parecía desafiar la gravedad.

El agua brotaba de forma ininterrumpida y caía sobre la pileta con un murmullo constante. En cualquier otra mañana, aquel sonido habría resultado agradable. Aquella, hacía que todo pareciera más quieto.

Clara redujo el paso. Morales hizo lo mismo.

Bajo la sombra proyectada por la estructura cerámica había un hombre sentado contra el borde de la fuente.

O eso habría parecido desde lejos.

La cabeza descansaba ladeada sobre un hombro. Las piernas permanecían extendidas sobre el pavimento. Un brazo caía junto al cuerpo mientras la otra mano descansaba cerca del muslo.

Roberto Sánchez.